¿Centro verde? No, delante


¿Economía o ecología? Este es el cruce que tenemos ante nosotros. O seguimos por el camino transitado, dominado por la economía. O emprendemos uno nuevo, regido por la ecología. Pero este nuevo punto de partida requiere enfocar la acción política fuera del eje izquierda/derecha. Desde el ¿centro verde? No, éste es parte de dicho eje. La respuesta debe ser estar delante. Anticiparnos. Ello obliga redistribuir la gama de las posiciones izquierda/derecha, mediante la reasignación de las diferencias entre éstas desde el punto de vista de la sostenibilidad/insostenibilidad de las mismas (Latour). Un indicador apto para  esta reordenación sería la huella ecológica. Veamos.
  La emergencia climática es una compleja crisis ecosocial que necesita tres respuestas para abordar los tres niveles o planos que presenta: la ecológica, la social y la generacional. La razón para ello es que los beneficiados y los perjudicados por el cambio climático se encuentran en distintas áreas o zonas y pertenecen a distintas generaciones (Padilla Rosa). Se trata de elegir si vamos seguir oponiendo las exigencias del desarrollo a los ciclos de generación y renovación de la Naturaleza. Dicho de otra manera: si solo vamos a seguir gobernando el presente u optaremos no menoscabar el futuro teniendo en cuenta la repercusión de nuestros actos en él. El primer camino lleva a la sostenibilidad débil, al ecoescepticismo o al negacionismo –según el color del gobierno que esté en el poder−. El segundo conduce a la sostenibilidad fuerte, si las soluciones se buscan fuera del mercado.
                                                             

La respuesta a la emergencia climática requiere medidas generaciones junto a las medidas sociales y ambientales en el  gobierno del presente. No hacerlo nos empujaría al desastre. Unas no excluyen otras. Una política y un gobierno así concebidos cambiarían nuestra manera de estar en el planeta y la relación con la Naturaleza. Sería éste un gobierno erigido sobre valores como la fraternidad, el cuidado y la equidad y no sobre valores meramente económicos. Un gobierno donde libertad e igualdad no son enfrentadas sino conectadas.
De todo ello puede extraerse una conclusión. Sin la respuesta generacional pero con un gobierno progresistas-izquierda en el poder, la acción política se situaría en una zona intermedia entre la sostenibilidad débil y el ecoescepticismo social que no mitigaría los efectos más graves de la crisis climática. Si se tratara de un gobierno conservador-liberal su acción política quedaría empantanada en el ecoescepticismo de mercado. Y un gobierno conservador-reaccionario se situaría en una zona entre el ecoescepticismo de mercado y el neonegacionismo. Esta conclusión describe la vida política española e internacional.
                                                
Ejemplos de programa de sostenibilidad débil, de progresistas-izquierda, son los de PSOE, Unidas Podemos y Más País, aún no ensayados en España. Pero en Europa sí tenemos ejemplo de ella. Ejemplifica este tipo de política el acuerdo de gobierno en Dinamarca, donde social liberales, socialistas y rojiverdes han firmado un pacto de gobierno que se compromete a una reducción de emisiones CO2, legalmente vinculante, del 70% en 2030. Es una muestra de una política de sostenibilidad débil con fuerte ambición y compromiso climático y restricciones inmigratorias duras, dentro del marco económico neoliberal europeo. No incluye políticas generacionales. El pacto rompe los esquemas tradicionales, no es un pacto como los descritos más arriba, más clásicos.
En España, además, hay quienes dicen –como Más País− que tenemos que ganar tiempo y hacer solo lo que está en el sentido común de la época, es decir, solo que la sociedad puede aceptar. Pero con ello no habremos ganado tiempo como pretenden sino que el problema lo pasaremos a la generación de Greta y la de sus hijos e hijas. Y a las que vendrán después, mientras que el gobierno actual hace como que resuelve la emergencia climática. ¿Podría ser esta estrategia tan errónea como se puede ver en el ejemplo opuesto: la decisión de Donald Trump, de sacar a EE.UU. del Acuerdo de París?
Para responder a esta pregunta hay que partir de una idea: tener poder no garantiza nada si no se adoptan las medidas acertadas. Esto se puede ver en la gran coalición que se ha formado contra la decisión de Donald Trump, por quienes si quieren comprometerse a la reducción de emisiones en EE.UU.: el Movimiento de rebeldía climática en EEUU formado por 25 estados; 534 ciudades, condados y tribus; 2.008 empresas e inversores; 981 organizaciones culturales y religiosas; 38 de salud y 400 universidades, que representan el 51% de las emisiones. Calculan pueden reducir las emisiones un 25%. Y con un mayor esfuerzo de ciudades, estados y empresas se podría aumentar esta reducción a un 37%.
                                                     

Una muestra de sostenibilidad débil, liberal-conservadora, es el Pacto Verde presentado por la recién elegida Presidenta de la Comisión Europea, que ha sido concebido con medidas de mercado y soporta un déficit de financiación anual de 250.000 millones de euros. La reacción ciudadana a un plan de este tipo es conocida y ya ha sido vista: los chalecos amarillos en Francia. Como dice T. Picketty «la idea de tender a un uso más moderado de la energía sin moderar la desigualdad es una ilusión, porque no seremos capaces de pedirle a los que ganan menos y a los grupos de ingresos medios que cambien su forma de vida si los que más ganan siguen consumiendo a lo loco y generando muchas emisiones de carbono».
Los conservadores-reaccionarios tienen la falsa convicción que en el futuro seremos más ricos –aunque en realidad solo algunos serán más ricos−, lo que les lleva a pensar que no es rentable hacer esfuerzos en el presente para disminuir las emisiones que afectarán al futuro, pues las emisiones como se sabe afectarán más a los más pobres. No a ellos.
Modelos de ecoescepticismo de mercado y neonegacionismo son la actuación del PP, C’s y VOX en Madrid, con el desmantelamiento de la prohibición de circulación en el área de Madrid Central. O el proceder en Andalucía con el inicio de los trabajos de prospección para yacimientos de fracking el día que comenzaba la COP25 en Madrid. Cumbre que se ha cerrado con un débil llamamiento a aumentar la cacareada ambición y sin acuerdo sobre los mercados de carbono.
                                                    

No existe un derecho natural a contaminar, en consecuencia el principio ‘quién contamina paga’ no es válido. La premisa no es: si puedo pagar puedo contaminar. La premisa es no contaminar. Y los mercados de carbono se basan en este principio. Su funcionamiento hasta hoy no ha servido para reducir las emisiones de CO2, al contrario continúan incrementándose. La única opción viable que tenemos es una política, que cumpliendo de la obligación del presente, no altere −como hasta ahora− la dotación natural que las generaciones futuras tienen derecho a disfrutar. El respeto de los derechos del futuro debe implicar «un menor sacrificio» al presente. Pero «un menor sacrificio» no significa que sea el menor sacrificio posible para el presente. Sino que alude al «menor sacrificio compatible» con los derechos del futuro, el cual es el marco del resto de políticas del presente.
El legado que dejemos al futuro es el indicador que establece la calidad de las políticas de maximización del bienestar social de la izquierda y las de maximización de la rentabilidad de la derecha y el que señala el mayor o menor contraste con las propuestas de bienestar social y protección de los derechos de las generaciones futuras de la ecología.
La trampa que tiende la izquierda a los ecologistas con sus coaliciones es visibiliza de su acción política al eje izquierda/derecha, estéril para éstos pero productivo para ella, desplazándola de la visibilización en su eje natural: sostenibilidad/insostenibilidad. El esfuerzo de diferenciación de la ecología respecto de la izquierda la convierte en una fuerza política sectorial y secundaria de la izquierda. Y no la deja aparecer como una fuerza política con un eje político diferente.
¿Y Equo donde ésta? Tras su coalición electoral con Más País y el rechazo del decrecimiento en la ponencia política de su última asamblea, Equo pone en entredicho su posicionamiento en la sostenibilidad fuerte, pues la objeción al decrecimiento hace que la equidad entre generaciones que defiende sea puramente nominal. Y sin política generacional no hay sostenibilidad fuerte.

Francisco Soler
 https://mas.laopiniondemalaga.es/blog/barra-verde/2019/12/27/centro-verde-no-delante/

De banderas, patrias y planetas

Un mundo en el que está en entredicho la distinción entre animales, humanos y máquinas. En el que se cuestiona la diferencia entre lo natural y lo artificial; los límites entre lo físico y lo no físico son muy imprecisos; las dicotomías entre la mente y el cuerpo, lo animal y lo humano, el organismo y la máquina, lo público y lo privado, la naturaleza y la cultura se diluyen (Moreno Ibarra). Un mundo en el que las tecnologías de comunicación y de la biotecnología, van a reestructurar el planeta con una oleada de megainfraestructuras transcontinentales e intercontinentales. Que, además, está apremiado por la emergencia climática. En un mundo en el que se difuminan los límites, carecen de sentido las diferencias identitarias basadas en el nacimiento, la religión, la lengua o la cultura. Pero a pesar de la incongruencia banderas y patrias, naciones y fronteras ocupan el espacio político.

¿Cómo combatir el discurso excluyente y de odio que difunde, propaga la extrema derecha? Con un discurso armado desde los valores de fraternidad y equidad, que son los que mejor nos van a servir para afrontar la crisis ecológica en la que estamos y desde los que mejor se puede hacer frente al discurso xenófobo y machista. El repliegue que vivimos a posiciones soberanistas y actitudes reaccionarias, es el espejo en el que se refleja una crisis climática global que no tiene fronteras. Que ha sido originada por quienes ahora extienden esas ideas destructoras. Un relato que sea eficaz para uno y otro propósito puede ser como lo que sigue: en cuanto seres humanos pertenecientes a la misma especie y habitantes del mismo planeta, tenemos un destino compartido.

Este destino común antes referido expande el significado habitual del lema: ‘no tenemos planeta B’ y le añade otro sentido. Si el destino humano es compartido, la identidad debe ser construida desde «lo que somos», es decir, desde lo común. Pues el individuo no pertenece solo «a una familia, a un linaje, a una comunidad, a una cultura, a una nación o a una cofradía religiosa o política. Antes que todo es parte de una especie biológica, dotada de historia y necesitada de un futuro, con una existencia ligada al resto de seres vivos que integran el hábitat planetario y, por supuesto, en íntima conexión con el planeta mismo» (V. Toledo).

Pero cuando la identidad se establece, como hasta ahora, desde el «quienes somos», es decir, desde lo que nos diferencia, erige un sentimiento de pertenencia incompleto, parcial, que genera una identidad mutilada, egoísta, que distorsiona, deforma y retuerce la percepción de la realidad. Y hace que la resonancia emocional de la cuestión nacional invisibilice la pertenencia a la comunidad planetaria interdependiente, así como la anomalía en la que están instaladas las relaciones de la humanidad con el planeta. Ejemplo de ello son: el Brexit, las aspiraciones secesionistas de Escocia −y su petróleo del Mar del Norte−, las de las regiones ricas del Norte de Italia, el conflicto independentista catalán o el conflicto étnico de la Guerra de los Balcanes.

Esto se puede ver en que el cambio climático es global, no tiene fronteras. Las emisiones de CO2 causadas en un país producen efectos letales en otros continentes. Y los países que ya sufren más severamente las consecuencias del calentamiento del planeta, son aquéllos menos desarrollados cuyas economías han sido históricamente y son hoy menos contaminantes.

La aparición de predicadores del ‘yo primero’ −los Trump, Bolsonaro, Salvini, Le Pen, Orban, Putin, Abascal, con sus arengas de hacer grande otra vez la patria− es funcional para un capitalismo que ha superado los límites del planeta y es incapaz de asegurar el buen vivir universal dentro de los límites que éste marca. Estos profetas son el inicio del viraje de las sociedades hacia la prioridad en la salvaguarda del grupo, ante las dificultades que vendrán por la inacción premeditada de los gobiernos ante la emergencia climática y la gran competencia que viene por los recursos naturales en declive: energías fósiles, tierras raras, agua, tierras cultivables.

Como ‘no hay planeta B’ la patria no puede venir  designada por el lugar de nacimiento, pues, así concebida produce identidades parciales, que son un obstáculo para la reacción universal, coordinada y direccionada que se necesita ante a la emergencia climática.

Se impone, por tanto, una redefinición de este concepto. El lema referido, además, hace que el nuevo mapa político deba ser el planeta, no el territorio. Solo así aquél puede ser imaginado y convertido en un espacio compartido donde confluyen los ecosistemas y las civilizaciones humanas. En el que se consuma –que no consume− el destino común de los seres humanos. Y dejar de ser un espacio dividido por naciones, estados y fronteras en el que florecen los conflictos por los recursos y progresa el ansia de dominación. De esta manera la patria se hace matria. Ésta es mi tierra.

La desaparición de la estabilidad del sistema climático supone la pérdida de un derecho inherente a la condición y dignidad humana. De un derecho humano universal cuyos titulares son la totalidad de los seres humanos: los que habitan el presente pero también las generaciones futuras. Para evitar vernos privados de este derecho −por la crisis climática− es imprescindible el advenimiento de un nuevo sujeto, titular de derechos y obligaciones planetarias: la especie.

La identidad así construida, erigida desde la especie, no se fundaría sobre la soberanía sino que se apoyaría en la afinidad, que aporta singularidades «a la experiencia común de [quienes comparten] la misma suerte». Esta identidad actuaría como «matriz estructural» de lo que es común a los seres humanos: la pertenencia al planeta y a la misma especie biológica, que actúa por encima de los yoes histórica y socialmente creados: la nación, la clase, el género o la relación con el mercado y el consumo de bienes y servicios. Esta nueva identidad supondría el nacimiento de una conciencia de especie, que facilitaría la perspectiva planetaria de la realidad humana y generaría la necesidad de repensar los yoes históricos fuera del núcleo identitario tradicional.

A modo de anécdota puede destacarse que existe una bandera que nos representa como especie. Con ella se quiere «recordar a las personas de la Tierra que podemos compartir este planeta sin importar las nacionalidades de origen, y que los ciudadanos de la tierra se cuidarán en el planeta en que vivan». Los anillos unidos entre sí, sobre un fondo azul océano, representan que en nuestro planeta todo, directa o indirectamente, esta interconectado. 
                       
La focalización de las emociones en la superación de la crisis civilizatoria, que engloba: la emergencia climática, la crisis de biodiversidad, la sequía creciente, el declive energético, la contaminación por plásticos, el agotamiento de tierras raras, puede actuar a modo de cámara de despresurización en los conflictos nacionalistas. Y contribuir a la reducción de su intensidad, debido al alejamiento de lo emocional del centro de gravedad.

La necesidad de esta nueva categoría es política. En la medida que los derechos y obligaciones planetarias  se han fraccionado en derechos individuales, sin la protección de una arquitectura coercitiva estatal adecuada que garantice la protección y el cumplimiento efectivo de unos y otras, el efecto resultante es el mantenimiento del metabolismo del mercado y, consecuencia de ello, la exacerbación y profundización de las consecuencias ecológicas de la crisis civilizatoria, que a su vez agravarán la desigualdad e incrementarán los conflictos sociales. En esta maraña la emergencia climática flota en la atmósfera. Y el agotamiento de las energías fósiles es enterrado a más profundidad que nunca.

En la actualidad se está pasando de una redistribución más o menos equitativa a otra desigual en favor de las clases dirigentes. Y a medida que vayamos avanzando hacia estadios de mayor rigor climático, más escasez y mayor competencia por el control de la energía y de los recursos, la salvaguarda del ‘yo primero’ y del ‘hagamos la patria grande otra vez’ se concentrará cada vez más en los intereses de las élites. Se producirá entonces el salto de la competencia por los recursos al pillaje y a la guerra, surgiendo nuevas formas de desigualdad y discriminación. Esta es la hoja de ruta de la metamorfosis del capitalismo en neofascismo.

Francisco Soler 

V Asamblea de Equo: decepción sistémica




El día en el que el Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, pedía a los Gobiernos «responsabilidad y liderazgo» para poner fin a la crisis climática; Greta Thunberg cruzaba el Atlántico en velero para reducir al mínimo su huella ecológica al acudir a la COP25; y el negacionismo climático adoptaba nuevas formas y discursos en la Cumbre de Madrid; Equo, en su V Asamblea Federal, rechazó en su documento político la inclusión del decrecimiento como la forma de «transición de una sociedad de mercado a una sociedad con mercado» (con el 53,55% de votos a favor en comisión, al no alcanzar los 2/3 de los mismos para su inclusión en la ponencia), así como la propuesta de «federalismo en clave biorregional».

La Asamblea transcurrió entretenida en debates menores, de detalle. Con ausencia de un debate general sobre la emergencia climática y los intereses económicos y geopolíticos y la diferencia de poder que existe entre ciudadanos y corporaciones multinacionales; así como, sobre como y con quien ampliar el espacio verde. Y eso que el objetivo de la Asamblea era definir la hoja de ruta y asentar el papel de Equo como miembro del Partido Verde Europeo, «en la definición de un gran espacio verde, progresista y feminista fuerte en España». En este aspecto la falta de concreción fue decepcionante. Aunque hubo cosas, muchas cosas, positivas.

Las declaraciones del Secretario General de la ONU pidiendo a los gobiernos «mayor ambición y compromiso», creaban el marco político idóneo para que Equo recogiera el guante y encabezara la lucha contra el cambio climático con propuestas radicales como las declinadas en la ponencia política. Pero al no seguir Equo la estela de la ONU, de los científicos y de la juventud Equo renunció a ejercer su liderazgo. 
 
En nota de prensa pedía al Gobierno mayor ambición contra el cambio climático y le pedía un compromiso de reducción de emisiones al menos del 55% en 2030. Y aunque dicha demanda de reducción supone un incremento sustancial respecto al objetivo del 20% fijado por el Gobierno, la petición que Equo hizo al Gobierno es insuficiente para limitar el calentamiento global a 2°C y mucho más para contenerlo en 1,5°C.Y si el objetivo reclamado se analiza en relación al área Mediterránea, es más insuficiente aún, y un desatino, pues en este área el esfuerzo de reducción deberá ser superior al que se realice en otras, al haber sido ya alcanzado aquí el incremento de temperatura de 1,5°C que fija el Acuerdo de París.

En un momento en el que existen dificultades para tomar medidas que resultan imprescindibles, que los acuerdos de cumbres anteriores no se han cumplido, que los presidentes de EEUU, China, Rusia, India, Brasil o Reino Unido, al igual que muchos de los grandes fondos de inversión o los accionistas y directivos de muchas de las mayores empresas del mundo se niegan a desarrollar las medidas que serían precisas, es necesario que todos los actores políticos y sociales, incluso económicos, se comprometan con la acción climática al máximo. Pero en esta hora decisiva Equo optó por un perfil bajo y abordó su acción política futura solo desde la óptica interna: de fortalecimiento orgánico y en clave de evitar la pérdida de alianzas y recursos, obviando el interés de los ciudadanos. Desde la óptica de los hechos el desarrollo y el desenlace de la V Asamblea no fue responsable. No es tiempo para cálculos interesados, ni medidas verdades.

La década 2020-2030 va a ser una de las más decisivas de la historia de la humanidad. Los cambios a acometer son tan profundos, tan impactantes y tienen que hacerse tan rápido que es posible afirmar que nos encontramos en el umbral de una gran transformación. Ésta admite comparación con los inicios de la Revolución Industrial y va a cambiar el mundo tanto o más que aquella. Y también a España. 
 
Esta década no es el tiempo para propuestas que de partida asumen su insuficiencia respecto al cambio climático. Para eso ya hay otros. Es tiempo de hablar claro y sin tapujos del cambio climático y las medidas qué hay que adoptar para evitar sus efectos más adversos. Para proteger la vida, la salud y la Naturaleza. Es tiempo para la honestidad y el coraje. 
 
Si queremos hacer que la esperanza no solo mane de la calle, sino también desde la política, Equo debe abordar las cuestiones no tratadas en la V Asamblea y apostar por un espacio de progreso verde, decrecentista y feminista y convocar a tal efecto una Conferencia Política en el primer semestre de 2020. ¿O prefiere Equo ser una fuerza política anodina como los líderes de la COP25?

Francisco Soler

Ni a la izquierda ni a la derecha, delante

                                                   



El cambio climático ha refrendado hoy el posicionamiento político histórico de los partidos verdes: ni a la izquierda ni a la derecha, delante. ¿Pero quién está delante? Hoy esta definición tiene más sentido que nunca pues una Tierra habitable, un clima en el que poder vivir es un derecho humano. No hay, pues, un ecologismo de izquierdas y otro de derechas. Hay grados de sostenibilidad o insostenibilidad. Aserto este que se puede representar gráficamente de la siguiente manera:




¿Pero, por qué la acción política habría de desplazar del frontispicio político al eje izquierda/derecha y descansar sobre el eje: sostenibilidad/ insostenibilidad? La razón es sencilla: cada generación que habita el mundo sólo es usuaria y custodia del planeta que recibe en fideicomiso. No propietaria del «patrimonio común natural» que éste constituye. Por tanto, no puede adoptar decisiones distributivas (de consumo de recursos o de contaminación y destrucción de la biosfera) que comprometan la capacidad de las generaciones futuras para tomar sus propias decisiones.

Para poder conjugar las necesidades no solo de todos los individuos sino de todas las generaciones, el primer mandamiento es el del ‘cuidado’: de la Naturaleza y de las personas. Sin cuidados no hay acción política posible. Por ello para la ecología los valores primeros de la acción política son, por este orden, la fraternidad y la equidad entre generaciones. Su centro es la fraternidad y desde ella mana el resto de principios que la inspiran. Ante la pregunta: «¿Hay recursos para todos?  «¿Hay bastante para garantizar la libertad general [y la igualdad] frente al temor y la miseria?», la ecología no plantea un «dilema entre libertad e igualdad» como hace la economía (C. Amery), sino que las conecta desde el cuidado y la justicia. Ello significa que las bases de la autoconciencia individual, pero también política, han de ser construidas con apoyos distintos de los meramente económicos.

Diré esto en un lenguaje político más al uso. No solo hay que pensar en las necesidades de los individuos del presente, también hay que hacerlo en las de las generaciones futuras. La acción política, por tanto, ha de tener en cuenta no solo la libertad y la igualdad de los individuos del presente, sino también las repercusiones que las decisiones que éstos tomen en ejercicio de su  libertad y en su búsqueda de la felicidad tengan para la libertad e igualdad de las generaciones futuras. Debe evitarse a toda costa que las decisiones del presente puedan tener un carácter irreversible para el futuro. Por ello a los jóvenes se les ha de dar un papel en las decisiones y en las herramientas para enfrentar la emergencia climática. Pero estamos a punto de incumplir esta premisa política fundamental.

La hipocresía verde lo invade todo: desde el ecoescepticismo político del que tenemos ejemplos en programas políticos como el Compromiso Verde del PP de Andalucía, el capitalismo verde de Ciudadanos, la modernización ecológica del PSOE, el Pacto Verde propuesto por la Presidenta de la Comisión Europea que según las estimaciones de los expertos tiene una “brecha verde” de inversión, es decir, el dinero que falta frente al que sería necesario para lograr la transición ecológica, de entre 250.000 y 300.000 millones de euros, los compromisos insuficientes para  descarbonizar la economía que envían los Gobiernos a la ONU, la declaración de emergencia climática de un Parlamento Europeo con doble sede –Bruselas y Estrasburgo− que emite 19.000 Tne CO2 anuales; a la sostenibilidad débil que proponen las fuerzas políticas con propuestas como el Horizonte Verde de Unidas Podemos, el Acuerdo Verde para una España justicialista de Más País o el rechazo de Equo a incluir en su programa político el decrecimiento. Mucho ruido verde.

Pasando por el ecoescepticismo de mercado del que es ejemplo el intento de las grandes empresas energéticas y bancos de aguar  las reglas de «etiquetado verde» que la Comisión Europea quiere establecer para identificar las inversiones sostenibles para el medio ambiente y a la vez patrocinan las cumbres mundiales sobre el clima y hacen mecenazgo verde.

De cara a la recesión que se anuncia, para algunas economistas del Partido Laborista− como Grace Blakely, una de las caras jóvenes más conocidas de la izquierda en el Reino Unido− o la demócrata estadounidense Alexandria Ocasio Cortez, la idea de un Green New Deal proporciona un margen de maniobra potencial pues dicho programa se basa en la demanda y la inversión, y también en ecologizar la economía a largo plazo.

Esta idea, que no es nueva, surgió en 2008 cuando un grupo de economistas se reunió y propusieron un gran programa de inversión que a la vez hiciera la economía más sostenible. 

Señala Blakeley que se podía haber respondido de otra manera a la Gran Recesión mediante la inversión en tecnología verde, transportes, reducción de la desigualdad. Y haber disminuido su impacto a la vez que se impulsaba la producción y la productividad a largo plazo. Pero no se hizo. Era una alternativa a la política neoliberal.

El Green New Deal es la continuidad de una política del crecimiento perpetuo corregida, no un proyecto para una nueva política económica, pues no elimina el sistema de mercantilización ni los motores de expansión. Es un espacio intermedio entre el ecoescepticismo y la sostenibilidad débil que no evitará los peores efectos del calentamiento global, pero que tiñe de verde el capitalismo y concede unos años más a las élites para la obtención de beneficios. Esas mismas que han tomado la decisión −y están ejecutando− de romper todos los lazos de solidaridad, ahora más necesarios que nunca ¿Es esta la receta −cínica o ingenua, no lo se− de «ganar tiempo», que algunos proponen para hacer frente a la emergencia climática? Aunque no se que tiempo se puede ganar ante ella.


 Por el contrario, este es el momento de hablar claro y sin tapujos sobre las opciones para evitar los efectos más adversos del calentamiento global, pues «si las personas no son plenamente conscientes de lo que está sucediendo no podrán ejercer presión sobre los líderes. Y sin esa presión, los líderes políticos no harán nada» (G. Thunberg). Y antes que el tiempo se agote y el imaginario social se adormezca colonizado por la ficción de los coches eléctricos y la transición energética como solución a la emergencia climática y, a la vez, sostener el nivel de vida y prometer el aumento de las oportunidades de empleo. Pero el incremento verde del PIB no es la receta mágica, conlleva la dificultad añadida que este incremento supondría para la reducción de emisiones de CO2.

Para afrontar la emergencia climática las economías desarrolladas incluidas en el Anexo I del Protocolo de Kioto deberían recortar sus emisiones de CO2 entre el 8−10% anual. Este recorte  es posible hacerlo de manera equitativa, como se demostró en Cuba en la década de 1990. Pero el espacio político de la sostenibilidad fuerte: decir la verdad, decrecimiento de los sectores sucios y sustitución por sectores limpios con «medidas de reducción de la demanda», transición ecológica justa, reruralización del territorio y renaturalización, sigue sin ser políticamente ocupado. Da pavor. El dilema entre lo que debe hacerse y lo que puede hacerse sin perder dinero, votos o poder, mantiene atrapadas a instituciones y políticos. Nadie se hace preguntas: ¿transición dentro o fuera del capitalismo?, ¿austeridad o mantenimiento del modelo?, ¿cómo redistribuir?, ¿limitar la población? Ni éstas ni otras. Pero el cambio llegará se quiera o no. Lo queda por saber es a que coste.

Para las élites, sin embargo, este dilema no existe: ya resolvieron abandonar la idea de un futuro común donde todos pudiéramos prosperar de igual manera y han decidido para ello desembarazarse de todos los lazos de solidaridad (B. Latour) ¿Cuantas vidas deberán perderse para que los líderes mundiales tomen las decisiones correctas?

Greta Thumberg decía en Madrid que la esperanza no está dentro de los muros de la COP25 sino en la calle: en las manifestaciones climáticas, en las  asambleas de los barrios, en la rebelión que se comienza a manifestar, en las respuestas de la gente en las encuestas que sobre la crisis climática que se publican estos días durante la COP25 de Madrid: nueve de cada 10 españoles piensa que es urgente dar un paso adelante y actuar; seis de cada 10 está a favor de prohibir los coches diesel y de gasolina a partir de 2040, a optar por energías limpias aunque sean más caras, a comprar productos locales y a no usar el avión en trayectos cortos; y cinco de cada 10 está dispuesto a dejar de comer carne. Y tiene razón. Lo demás está vacío.

Pero la actitud de quienes piensan más en el dinero que en la vida: esos como Jair Bolsonaro, el pirómano de la selva amazónica; Donald Trump, que hacen chistes sobre el frío que hace en pleno recalentamiento global; Xi Jinping, el presidente chino, que aspira a seguir contaminando por el procedimiento de comprar cuotas de emisión de gases a países tan pobres que ni siquiera se pueden permitir el lujo de poseer industrias; y tantos otros, hace que me pregunte con Manuel Arias: «¿hasta qué punto [responderán] nuestras democracias liberales a los imperativos de la [emergencia climática] que afectan potencialmente a la supervivencia de los individuos presentes, las generaciones futuras y del mundo natural»? ¿Hay alguien ahí o tendremos que elegir entre salvarnos o morir a la fuerza?

Francisco Soler
https://mas.laopiniondemalaga.es/blog/barra-verde/2019/12/10/ni-a-la-izquierda-ni-a-la-derecha-delante/

Cuando el sistema judicial renuncia a los derechos humanos

Justicia y leyes no son lo mismo. Tampoco son lo mismo la justicia y la aplicación de las leyes por los Tribunales. Es algo evidente e incluso “aceptado”.  La primera es un fin imprescindible para los sistemas democráticos, y las leyes y su aplicación son o deben ser, en ese tipo de organización política, un instrumento para llegar a la justicia. Según mi experiencia cuanto más grande es la justicia que conseguimos más sentido de utilidad y humildad tienen las leyes y quienes trabajamos con ellas. Cuanto más artesanal, detallado, cuidadoso y sin adornos es nuestro trabajo, más justo es nuestro resultado. Y viceversa. Cuanto más grande nos creemos en nuestros roles procesales, más alejado está nuestro trabajo de la justicia.
En un estado democrático vivir la experiencia de un procedimiento judicial, y por tanto de las leyes en acción, debería acercarnos a la justicia y ayudarnos a mejorar como individuos y como sociedad. Las leyes y los procedimientos judiciales deberían servir de modelo de cumplimiento de los derechos humanos. Pero no siempre es así. Es más, no pocas veces el procedimiento judicial aporta escasa claridad a quieres intervienen y genera un efecto de confusión,  impotencia e ira. No pocas veces las personas que pasan por los procedimientos judiciales padecen a una o varias personas, profesionales del derecho, que les tratan sin respeto, con autoritarismo, con prejuicios, sobre todo de género, o con superficialidad. No pocas veces dentro del procedimiento judicial hay comportamiento ajenos  a los derechos humanos, sin que haya una reacción pública contra algo tan grave: la renuncia a los derechos humanos dentro del propio sistema judicial.

El verdadero poder de la justicia no es el miedo sino la claridad, porque la justicia nos lleva o acerca  a la verdad de lo que ha sucedido y de lo que nos corresponde a cada persona por nuestros actos en nuestras circunstancias. Pero en los procedimientos judiciales no pocas veces hay más imposición que claridad, algo que causa malestar entre la ciudadanía y también en ocasiones entre quienes trabajamos en este mundo.

Cuando el sistema legal o judicial, o ambos, renuncia a garantizar los derechos humanos, renuncia a la justicia. Es bueno no olvidarlo.

Amparo Díaz Ramos
 https://blogs.publico.es/dominiopublico/30152/cuando-el-sistema-judicial-renuncia-a-los-derechos-humanos/

MODELO ENERGÉTICO: TENSIÓN NATURALEZA-PRODUCCIÓN (y II)


Esta no es una crisis de sobreproducción, sino una crisis de sobreconsumo de los recursos básicos que fundamentan nuestro modo de vida.”
Emilio Santiago Muiño
Rutas sin mapa: horizontes de transición ecosocial

 
Muiño (Santiago Muiño, E. 2016 Rutas sin mapa. Horizontes de transición ecosocial. Catarata) es otro de los autores que anuncia, para el siglo XXI, la crisis del capitalismo como patrón civilizatorio. Señala que la actual crisis económica no se puede interpretar como una crisis cíclica del capitalismo, que, una vez resuelta, permitiría seguir con la marcha de nuestro sistema económico con variaciones más o menos significativas. Compara la crisis económica actual con la crisis de 1929, definiendo ésta como una crisis de sobreproducción y marcando la diferencia con la actual crisis al definirla como una crisis de sobreconsumo de los recursos básicos que fomentan nuestro modo de vida.
A partir de esta premisa, Muiño coincide con Harari (Harari, Y. N. 2015 Homo Deus. Breve historia del mañana. Penguin Random House Grupo editorial SAU) en que las consecuencias de la crisis civilizatoria que vivimos suponen un vuelco de las cosmovisiones, los valores y del modo en que los seres humanos nos relacionamos con nosotros mismos y con la naturaleza.
Para Muiño el colapso socioecológico ya ha comenzado. El pico de la producción del petróleo ha sido ya sobrepasado en este principio de siglo y cualquier otra alternativa energética de energías fósiles (gas, uranio, carbón…) presenta problemas de agotamiento próximo. Los picos productivos de metales como el hierro, el aluminio o el cobre se esperan para mediados del siglo XXI, la misma suerte cabe esperar para otros metales necesarios para el avance de la innovación tecnológica. A su vez, el cambio climático puede traer alteraciones bruscas en los agrosistemas humanos, aproximarnos al límite de seguridad del uso mundial del agua y generar una pérdida de biodiversidad vertiginosa.
Para diversos autores el problema de las energías renovables, como fuentes energéticas sustitutivas de las energías fósiles, se centra en cuestiones de incompatibilidad con los niveles de consumo de la sociedad industrial actual, dado que las energías renovables no tendrán la intensidad energética que tienen las energías fósiles (De Castro, C. 2009 Escenarios de energía-economía mundiales con modelos de dinámica de sistemas, Tesis doctoral, Universidad de Valladolid. Holmgren, D. 2009 Future Scenarios: how communities can adapt to peak oil and climate change, Chelsea Green Publishing, Vermont, Canada. Khanna, P. 2017 Conectografía: mapear el futuro de la civilización mundial, PAIDÓS Estado y Sociedad, Barcelona). No obstante, las cadenas energéticas de suministro están comenzando a estudiar modelos rentables de gestión de energías variables (que no garantizan un suministro constante, como las energías solar, eólica, geotérmica… en general las fuentes de energía renovables, que están sujetas a variaciones de producción según variables meteorológicas, estacionales, de luz, climáticas…) a través de redes de energía de generación distribuida (plataformas energéticas bidireccionales en las que los clientes usuarios de las redes energéticas pueden poner a disposición de la red de suministro la energía que producen a través de sus dispositivos domésticos) en una suerte de economía colaborativa coordinada entre sistemas, mercados y propietarios de recursos energéticos (y esto lo dice nada más y nada menos que la multinacional Deloitte: Centro para Soluciones de Energía de Deloitte 2017 Gestión de fuentes de energía variable y distribuida: una nueva era para la red. Cuadernos de Energía, nº 51. Deloitte, Garrigues, Club Español de la Energía, Madrid.).
En todo caso, y dada la estrecha correlación entre consumo energético y crecimiento económico, la situación descrita apunta al fin del crecimiento económico e implica el surgimiento de una nueva civilización postcapitalista, que Muiño propone conscientemente construida, marcada por los imperativos morales de pensar en los otros y pensar en el mañana (como los deberes planetarios de Brown), en la que la sostenibilidad no es una opción, sino una cuestión de supervivencia. Para llevar a cabo esta labor, se plantea distinguir entre sostenibilidad débil y sostenibilidad fuerte. La sostenibilidad débil procura reducir los efectos del colapso distribuyéndolos a otros lugares y a otros tiempos (incumpliendo los deberes planetarios de Brown y no pensando ni el los otros ni en el mañana). La sostenibilidad fuerte, en cambio, persigue revertirlos o, al menos repararlos.
Tainter (Tainter, J. 1988 The collapse of complex societies. Cambridge University Press.Cambridge) entiende por colapso una reducción acusada en el nivel de complejidad de una sociedad, en apenas unas décadas, con un descenso brusco de la población y un deterioro severo del aparato político. Casal (Casal, M. 2016 La izquierda ante el colapso de la civilizacion industrial: apuntes para un debate urgente. Editorial La Oveja Roja, Madrid) asume que el colapso no tiene por qué ser un sinónimo de "apocalipsis", sino una mera simplificación rápida de la sociedad a todos los niveles. Muiño, siguiendo este mismo razonamiento, se sitúa en interpretaciones de mayor complejidad, incluyendo posibilidades de colapso más acordes con los escenarios de descenso energético de Holmgren o las visiones pesimistas centradas en la supervivencia y cambio de civilización de De Castro . Admite que habrá cambios radicales, pero defiende, al mismo tiempo, que las transiciones civilizatorias se dan siempre en la escala de los siglos y que la esperanza, además de un ejercicio de optimismo, lo es de inteligencia. Para apoyar su posicionamiento busca en la historia y presenta el caso del Imperio Bizantino, representativo de cómo un ente civilizatorio pudo esquivar el colapso por la vía de la simplificación de su complejidad económica y social. Lo que está en juego es si hacemos esa reducción de consumo y complejidad de forma ordenada, de forma caótica, o bien dirigida por unas élites que sólo mirarán su propia supervivencia.
Para Casal, es necesario abandonar el imposible objetivo de la “sostenibilidad” y cambiarlo urgentemente por la construcción de “resiliencia”, es decir, de la capacidad de resistir el gran golpe que se nos viene encima, para intentar minimizar el sufrimiento social. Porque si algo nos traerá claramente el colapso de la industrialización será la vuelta a un modo de vida más local, tanto en lo social como en lo económico, en la cultura, etc.
Sempere (Sempere, J. 2014 Papel y límites de la acción intersticial en las transiciones postcarbono), en un giro que integra los planteamientos de Muiño, De Castro y Casal, plantea esta transición postcapitalista, combinando elementos de resiliencia y de sostenibilidad fuerte, en términos de economía dual: por un lado un sector de producción local ligera (que no requiera consumos significativos de materiales no renovables) y por otro, un sector que pueda mantener una producción pesada (sectores de cierta complejidad técnica y un mayor uso de materiales no renovables, para actividades agropecuarias y minero-metalúrgicas e industriales de gran escala) desarrollada en ámbitos que desbordan lo local.
La cuestión primordial sería estudiar en qué condiciones sociopolíticas (técnicas, energéticas, de marco institucional, de transporte, de movilización de capital y para mantener sistemas de educación, investigación, atención sanitaria, protección social, etc.) se puede desarrollar una producción pesada sostenible. Porque las políticas de resiliencia de la producción local ligera deberían de estar ya fuera de toda duda. Resulta trágico y doloroso tener que utilizar todavía el condicional. Estamos tardando, vamos ya muy tarde. En mi pueblo, en situaciones como ésta, todo el mundo utiliza una frase hecha: “tarde, mal y nunca”.

Javier Moreno Ibarra

Modelo energético: tensión naturaleza-producción (I)

“Somos estructuralmente ecodependientes, partes subordinadas del sistema biosfera, tenemos que procurar no deteriorar las condiciones de posibilidad de nuestra propia existencia”
Emilio Santiago Muiño
Rutas sin mapa: horizontes de transición ecosocial


Para David Holmgren (Holmgren, D. 2009 Future Scenarios: how communities can adapt to peak oil and climate change. Chelsea Green Publishing, Vermont, Canada), la aparición simultánea del cambio climático y el cénit del suministro mundial del petroleo nos enfrenta a un cambio sin precedentes en la reorganización de nuestra biosfera y de los cimientos de la industria, la economía y la cultura mundiales.

Holmgren  resalta cuatro grandes escenarios energéticos que proporcionan un marco para considerar el amplio espectro de probables futuros, cultural y ecológicamente imaginados, para este siglo o más allá:
  • Tecno-Explosión. Este escenario se asocia generalmente con la navegación espacial y la colonización de otros planetas. Para que esto ocurra dependemos de fuentes de energía nuevas, grandes y concentradas que permitan el crecimiento continuo de la riqueza material y del poder humano sobre las limitaciones medio ambientales, al mismo tiempo que crece la población.
  • Tecno-Estabilidad. Este escenario supone un paso de un crecimiento material fundado en el agotamiento de la energía a un estado de equilibrio en el consumo de recursos y en la población. Si bien esto claramente implicaría grandes cambios en casi todos los aspectos de la sociedad, se espera que una vez establecidos estos sistemas sostenibles llegaremos a una sociedad en equilibrio dinámico no muy diferente a la actual.
  • Descenso Energético. Este escenario implica, de algún modo, una reducción en la actividad económica, la complejidad y las poblaciones, a medida que los combustibles fósiles se vayan agotando. La creciente dependencia de recursos renovables con menor densidad de energía, con el tiempo cambiaría la estructura de la sociedad. Esto indicaría una ruralización de los asentamientos y de la economía, con un movimiento más lento y de menor volumen de energía y recursos, y una disminución progresiva en las poblaciones humanas.
  • Colapso. Este escenario sugiere un fracaso completo de todos los sistemas interconectados que mantienen y apoyan la sociedad industrial, en la medida que los combustibles fósiles de alta calidad se van agotando y/o el cambio climático vaya dañando radicalmente los sistemas de soporte ecológico. Involucraría inevitablemente una rápida y pronunciada caída de la población humana y una pérdida de los conocimientos y la infraestructura necesarios para la civilización industrial, si no más graves escenarios, incluida la extinción humana junto con gran parte de la biodiversidad del planeta.
En una línea similar, De Castro (De Castro, C. 2009 Escenarios de energía-economía mundiales con modelos de dinámica de sistemas. Tesis doctoral, Universidad de Valladolid) reconoce que a la crisis económica derivada de la crisis financiera se le unen la crisis energética y la crisis alimentaria en un marco de relación entre ellas que viene conformado por la crisis climática. De Castro propone un análisis de escenarios de futuro, en un esfuerzo por modelar el sistema económico y sus conexiones con la energía y la ecología, para ayudarnos en la toma de decisiones políticas, especialmente en materia de política energética y política medioambiental (mercado de emisiones, impuestos a la energía y/o a las emisiones, etc.).



Para enfrentarse a esta labor, trabaja a partir de cuatro tipos de factores que influyen en la producción y consumo de energía (avance tecnológico; crecimiento económico mundial; medio ambiente, la política, los acuerdos internacionales y el comportamiento social; física y geología de los recursos energéticos) y los combina con visiones más o menos optimistas, según estén centradas en economía, desarrollo o supervivencia. De esta manera se obtiene el siguiente cuadro (tomado de De Castro, 2009):

Si la visión optimista del mundo fuera correcta y se utilizaran unas políticas centradas en la economía, entonces el mundo humano conseguiría un crecimiento económico alto en el futuro. Pero bajo estas mismas políticas, si la visión del mundo escéptica fuera correcta se produciría un desastre económico y si la visión pesimista terminara siendo la correcta, entonces las políticas optimistas conducirían a un colapso de la civilización humana.

De la misma manera, si se utilizaran unas políticas centradas en el desarrollo, la visión optimista generaría crecimiento económico medio, la escéptica generaría desarrollo humano sostenible y la pesimista provocaría colapso o recesión económica.

Por último, con unas políticas centradas en la supervivencia, la visión optimista generaría recesión económica, la escéptica generaría recesión económica temporal y la pesimista nos llevaría a la supervivencia a través de un cambio civilizatorio.

Finalmente se añade una interpretación subjetiva de la probabilidad que se asigna a cada una de las visiones del mundo, a partir de la que se propone no esperar a la aportación de evidencias científicas abrumadoras (de >90%) sobre las probabilidades subjetivas y basar las decisiones políticas en umbrales bajos (del 10%) de evidencia científica sobre la probabilidad de ocurrencia, dados los riesgos tan elevados que entran en juego.

Bajo este “principio de precaución” propuesto por De Castro, la carga de la prueba debería haber sido demostrar, con una probabilidad mayor del 90%, que no existe un Cambio Climático provocado por las actividades humanas y no al revés, como ha ocurrido.

Dejando a un lado las maneras suicidas (o algo peor...) que tienen de enfrentar este asunto el capitalismo verde de C’s, el neoliberalismo del PP o el negacionismo climático del neofascismo y la ultraderecha, parece que los que parece que se preocupan: el Green New Deal de Errejón, el Horizonte Verde de Unidas Podemos o la modernización ecológica del PSOE, necesitan reajustar la mira, la brújula, la ruta, el discurso, las políticas, los planes, los programas, los proyectos, las acciones… no vaya a ser que nos pase, entre si son galgos o son podencos, como ya nos advirtió Tomás de Iriarte:




En esta disputa
llegando los perros,
pillan descuidados
a mis dos conejos.
Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo. 





El engaño tiene dos caras

 Una alegoría de la verdad y el tiempo
Annibale Carracci

Los años posteriores a la II Guerra Mundial se denominan los «Treinta Gloriosos. Con esta expresión se designa la época de crecimiento económico continuo y progreso material de las sociedades de industrialización temprana ―o sociedades occidentales―. Pero la verdad puede yacer bajo la superficie, enterrada, olvidada. Y el tiempo acabar destapándola. Así ha ocurrido con el calentamiento global. Ha destapado la segunda y monstruosa faz del beneficio empresarial vendido como progreso: un crecimiento exponencial de la huella de la actividad humana en el planeta, causante de la actual emergencia climática. Más que hablar de la edad de oro del capitalismo ―los llamados «Treinta Gloriosos»― es necesario constatar su reverso distópico: la «Gran Aceleración».

Cambiar el marco del relato sobre el que se asientan las bases de la sociedad actual industrial es, pues, imprescindible para que pueda llevarse a cabo la gran transformación productiva, económica y social que hay que emprender para evitar un calentamiento global fuera del control humano. Pero la resistencia de la sociedad a poner fin a la fiesta del consumismo resulta naturalmente lógica, desde el momento en que el progreso material alcanzado se ha vendido como el mayor logro de la humanidad, a pesar de las injusticias y las desigualdades económicas y del deterioro ambiental ocasionado. Y esto se ha justificado y ha sido aceptado como el precio que hemos tenido que pagar por ese progreso.

La no sustitución de este marco mantendrá la ficción del crecimiento económico infinito y la pervivencia del marco político tramposo que le acompaña: unos actores que no explican a la ciudadanía la gravedad de la crisis climática y ecológica y no adoptan las medidas necesarias por miedo a perder votos. La cobardía de las fuerzas políticas para abordar la crisis climática dará como resultado ―cuando se produzca el colapso del clima― la llegada del autoritarismo o del fascismo con su relato y sus soluciones. La opción del 1% más rico.

Solo desde otro marco diferente, el de la «Gran Aceleración», desde el que se explique a la ciudadanía de manera clara y sin tapujos la responsabilidad de la actividad económica en la degradación ecológica, las migajas de prosperidad ofrecidas como progreso, el engaño al que ésta ha sido sometida, así como del coste social y ecológico pagado, podrá ser entendida y aceptada la necesidad de una reducción drástica de las emisiones en el menor tiempo posible según lo planteado por la comunidad científica y la conveniencia de caminar hacia una sociedad distinta de la actual: ecológica, justa y feminista.

En este sentido el anuncio del Papa Francisco ―en el XX Congreso Internacional de la Asociación de Derecho Penal― sobre la reflexión de la Iglesia Católica respecto a la introducción en el Catecismo del «pecado ecológico» ―«en particular» el «ecocidio»― es importante, ya que la autoridad moral de la Iglesia favorecerá entre los católicos y no católicos el avance de la toma de conciencia sobre la emergencia climática y la imperiosa necesidad de la reducción de emisiones de CO2.

El paso del tiempo nos ha mostrado que el engaño tenía dos caras: la del progreso de los «Treinta Gloriosos» y la de la contaminación y la explotación sin límite del planeta y de las personas de la «Gran Aceleración». La de unas fuerzas económicas guiadas por el beneficio y la de unas fuerzas políticas temerosas de perder votos. En el cuadro «La alegoría de la verdad y el tiempo», de Annibale Carracci, cuando la verdad sale a la luz pisotea el engaño. Hoy, de la misma manera, la inocultable la crisis climática y ecológica está revelando que el relato de los «Treinta Gloriosos» fue una invención que ―suficientemente repetida― se convirtió en verdad en nuestra mente y en la de los demás. Pero el mundo se está despertando. Y el cambio guste o no, viene.


Francisco Soler
 https://mas.laopiniondemalaga.es/blog/barra-verde/2019/11/18/el-engano-tiene-dos-caras/

Vemos los que se tumban, pero no los que se construyen.


Ayer 9 de Noviembre, según los periódicos se cumplieron 30 años de la caída del muro de Berlín, conocido como muro de la vergüenza. Sí, ese muro que dividía en 2 partes la capital alemana. En el Estado español, Nino Bravo dedicó una canción diez años después de la muerte Peter Fechter que conmocionó a toda la comunidad internacional –un joven que intentó cruzar el muro en 1962, pero falleció ese mismo día por un disparo de guardias de la RDA-.
Si ponemos la mirada 9 años antes de la caída del muro de Berlín, en el remoto e inhóspito Sahara Occidental se construía la mayor barrera creada por el hombres después de la muralla china. Una obra de 2.700 km que su único objetivo es dividir un país en 2 partes; diseñado por Israel, financiado por Arabia Saudí y con tecnología americana y francesa. A día de hoy la situación continúa igual o peor, por eso lo hemos bautizado como muro de la vergüenza. Pocos saben que la mayor zona minada del mundo se encuentra en el Sáhara Occidental, además es una de las zonas más protegidas –poca broma, 100.000 soldados vigilan la zona-. Pero para que el lector entienda qué está ocurriendo le voy a poner en situación, o mejor dicho le voy a hacer recordar: el mes de Noviembre coincide con muchos acontecimientos que marcaron el destino de los Saharauis.
“Laissa podrá andar perfectamente dentro de 2 meses; él la ayudará en todo”. El 21 de agosto de 1975 el secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, enviaba este telegrama desde Beirut a Hassan II. Se trataba de un mensaje cifrado. Laissa era el proyecto Marcha Blanca que se diseñó en los despechos de la city londinense entre un grupo de enviados marroquíes y expertos norteamericanos. Él era Estados Unidos. Eran aquellos maravillosos setenta, una época marcada por el pulso de la guerra fría y Marruecos ya había fichado por el bando azul. Henry Kissinger, de los creadores de operación Condor, ansiaba la construcción de la teoría del sistema mundo de Inmanuel Wallestreing. Por desgracia África acabaría convirtiéndose en uno de los peores destinos neoliberales con el Plan Berg, pero esto lo explicaremos otro día. Entre un Egipto dónde reinaba el espíritu de Nasser, una Libia dirigida por Gadafi y una Argelia al servicio del FLN; había que mover fichas. Total consiguieron criminalizar a Lubumba en el Congo.
Pero volvamos al Sáhara Occidental. El 6 de Noviembre de 1975 se inicia la marcha Verde, es decir, la fase de ejecución del proyecto de Marcha Blanca que se diseñó en Londres. El rey Hassan II hizo un llamamiento al país que consiguió reunir a 350.000 personas en la frontera con el Sahara. Estaban dispuestos a cruzar la frontera para salvar a sus hermanos saharuis en una marcha pacífica con solo la ayuda del Corán, la Bandera marroquí y la voz del rey (un discurso carlista a más no poder). Bueno, esto y 25.000 soldados que entraron por si las moscas. El objetivo táctico era presionar a España. Con Franco agonizando, se presionó a un país para que cediera la administración del Sáhara a Marruecos y Mauritania. Finalmente, el 12 de Noviembre de 1975 se sellaron los Acuerdos Tripartitos de Madrid en el que se vendió los derechos de explotación de los recursos naturales y firmaron los derechos de uso. Se reunieron personalidades como el presidente del gobierno español Carlos Arias Navarro y su ministro de exteriores Pedro Cortina; el primer ministro marroquí y el director de OCP (Office Chérifien des Phosphates); y el ministro de asuntos exteriores de Maruitania y su embajador en España. Aquí me permito abrir un paréntesis; se vendió un país sin preguntar a su población qué querían hacer, como si de un coche de segunda mano se tratara; cierro paréntesis. Pocos días después empezaron las acciones bélicas, una guerra que duró hasta 1991 y en la que el número de fallecidos y desaparecidos a día de hoy se desconoce.
La ONU, que estaba al tanto de la situación en el Sáhara Occidental, quería mover ficha. Ya había empezado a presionar a España para que descolonizara el territorio mediante la aplicación de un referéndum de autodeterminación. No obstante, en dicho proceso no se llegó a pasar de realizar el censo electoral. En los pasillos del edificio de la ONU en New York, el entonces Secretario General Kurt Waldheim habló con el representante español Jaime de Piniés. En dicha conversación propusieron que los 10.000 legionarios que estaban en el Sahara pasaran a ser cascos azules –creo que hubiera estado muy guay que los cascos azules los dirigiera una cabra-. Parecía una buena idea. No obstante, cuando se quiso llevar a España el Ministerio de Asuntos Exteriores ignoró la propuesta, ya que ya se había vendido el territorio–mi teoría es que estaban ocupados contando los billetes mientras se fumaban un puro con un copa de Blue Label-.
Olvidados por la comunidad internacional, los saharauis se armaron y se enfrentaron al enemigo como pudieron. A los pocos años, Mauritania salió del tablero (sufrió un golpe de Estado) y firmó los acuerdos de Paz con el Sáhara. Marruecos no conseguía dominar la situación. Los saharauis habían conseguido desestabilizar a las tropas marroquíes mediante la guerra de guerrillas. Por lo que se decidió jugar a la guerra de muros. Esto es muy sencillo: invado un territorio construyo un muro, gano un poco de terreno y construyo otro. Esto así hasta construir 6 muros. El último, de 2.700 kilómetros con más de 7 millones de minas y 100.000 soldados; y no solo permanece en activo, sino que ha ido a más.
En el Sáhara vivían españoles. Españoles que fueron olvidados por el propio país. Muchos murieron bombardeados, fusilados… Incluso muchos murieron en el muro, pero nadie les recuerda. Hoy, 10 de noviembre, muchos saldrán a votar. Inmersos en su vida cotidiana, con lo poco que el propio sistema nos deja mirar a los lados, veremos entre fachas con discursos absurdos pero sensacionalistas y una izquierda que no sabemos dónde va, un recuerdo que nos dejó ayer el muro de Berlín.  
Por esto me gustaría hacer un llamamiento. El próxima sábado 16 de noviembre nos reunimos en Madrid para denunciar todo lo que ocurrió y lo que ocurre. Saldremos desde Atocha a las 12 del mediodía. Es una fecha que marcó todo el destino de la población saharaui, y que cada año recordamos que el pueblo saharaui permanece en lucha aunque cada día caigamos más en el olvido. Posiblemente este sea nuestro destino: morir de olvido.
Ahmed Mohamed Saleh.
Olvido Colectivo


Los derechos humanos y la Renta Básica Universal


El mes de ocubre pasado hemos celebrado en Sevilla el XIX Simposio Estatal y I Ibérico de la Renta Básica Universal (RBU). Estudiosos y representantes de la sociedad civil de los estados portugués y español hemos debatido sobre los avances del movimiento por la implantación de la medida: un ingreso a toda la ciudadanía, que iguale el umbral de la pobreza, individual, e incondicional, que esto es la RBU. La asociación organizadora ha sido Andalucía por la RBU, coordinada con la Red Renta Básica, que integra a las entidades que en el conjunto del Estado defienden su implantación, y la Asociación homóloga portuguesa Rendimiento Básico Incondicional, que aglutina a los partidarios del país vecino.
La continuidad de estos encuentros demuestra la solidez del movimiento asociativo y el crecimiento de las personas convencidas de la necesidad de la RBU para el avance de la justicia, la equidad, la autonomía personal y la seguridad material básica de todos y todas, es decir, para el avance de los Derechos Humanos. Lo reconoce la Declaración Universal de los Derechos Humanos Emergentes, aprobada en la Conferencia de Monterrey en 2007, que incluye la RBU como uno de ellos. Y así se ha pronunciado el Relator Especial de las Naciones Unidas sobre la extrema pobreza y los derechos humanos, Philip Alston, que en comparecencia ante el Consejo de Derechos Humanos reunido en Ginebra en junio de 2017 ha declarado: “…la renta básica universal ofrece una solución audaz y creativa a muchos problemas acuciantes que están a punto de empeorar aún más, como consecuencia del rumbo hacia el que la economía mundial parece orientarse de manera inexorable”.
Hemos hablado en Sevilla de las experiencias de RBU que tienen lugar en distintos países o ciudades del mundo, con especial atención a la impulsada por el ayuntamiento de Barcelona; de las fórmulas y posibilidades de su financiación, con una mesa dedicada a su viabilidad económica en Andalucía; de los efectos que tendría sobre la emancipación de la mujer; de las posibilidades que abriría para el avance del cooperativismo y el amparo de los bienes comunes, y, finalmente, de la filosofía política que la sustenta.
Muchxs afirman que es financieramente inviable, pero contamos con estudios concluyentes que demuestran su viabilidad y aseguran que podría implantarse aun sin modificar la estructura tributaria y de gasto público actual (http://www.redrentabasica.org/rb/libro-renta-basica-incondicional-una-propuesta-de-financiacion-racional-y-justa/). Una prueba de que se trata de estudios rigurosos es que no han sido contestados, sino espuriamente ignorados. Cada vez está más claro que quienes aducen motivos económicos para rechazar la RBU ocultan probablemente razones menos confesables, como su avenencia con la injusticia y la opresión, o su sombría creencia de que los humanos solo nos conducimos bien sometidos y temerosos. Pero no: aunque los humanos podemos faltar a promesas asumidas, podemos también libremente cumplirlas, en lo que estriba además una de las fuentes genuinas de realización personal y extensión de la confianza. Que además, abrumadoras evidencias prueban que nuestra inclinación a cumplir los compromisos libremente asumidos aumenta, no con el crecimiento económico o la opulencia, sino con la extensión de la justicia y la equidad. Por eso, la implantación de la RBU no debería supeditarse en primera instancia a la estrecha razón economicista. Porque creemos que la justicia y la libertad son valores primeros que magnitudes abstractas y ya hoy desacreditadas, como el PIB.
Hay quien rechaza la medida porque supondría otorgar-nos un derecho sin deber de contrapartida, ignorando que ello no supone ninguna novedad en el ordenamiento institucional orientado a garantizar otros derechos universales, como el de salud, educación, seguridad personal y patrimonial, etc. Seguramente su rechazo se debe sobre todo a que miran la sociedad con las anteojeras de la ideología productivista y trabajocéntrica, concluyendo que la única aportación valiosa a los demás es mediante el trabajo, dando además por supuesto que todas las actividades englobadas en ese “cajón de sastre” contribuyen a crear riqueza. Lxs defensores de la RBU estamos convencidos de que las posibilidades de contribuir a la sociedad no se restringen a producir trabajando, por lo que, donde lxs productivistas ven vagancia, vemos ampliación de las posibilidades y maneras de vivir.
Otrxs, en fin, aducen que la RBU es innecesaria, que la solución adecuada a la pobreza y el desempleo es la mejora de los subsidios y rentas condicionadas. Pero solo una mirada ignorante puede concluir que la RBU es una renta condicionada extendida, siendo radicalmente diferentes los fines que persiguen las rentas condicionadas a los que persigue la incondicional: todas las rentas y subsidios condicionados pretenden mantener la supeditación universal de la ciudadanía al trabajo. Pero lo que llamamos vulgarmente trabajo es en realidad una heterogeneidad de actividades de implicaciones y efectos dispares, amalgamadas y englobadas por el economicismo hegemónico. Las rentas condicionadas, sean o no cicateras, contribuyen a la hegemonía del economicismo y a un mundo trabajocéntrico, lo que constituye una singularidad civilizatoria total, y una postergación de los ideales también modernos de libertad, equidad y justicia. Son justamente estos los que pretende amparar la RBU.
Seguiremos hablando de RBU.
Félix Talego
Comisión de Justicia de la Asociación Pro-Derechos Humanos de Andalucía