LA HUELLA GENERACIONAL EN NUESTRAS ORGANIZACIONES


Cada día (con)vivimos en sociedades más diversas, pero a la vez más estandarizadas por sus estilos de vida. Uno de los factores que marcan la evolución a lo largo de la historia de la humanidad son las generaciones. Estas cohortes de edad permiten observar diferencias y similitudes entre unas y otras, de modo que el enriquecimiento de una sociedad podría ponderarse por el conjunto de generaciones vivas que comparten espacios comunes donde interactuar a favor del bienestar y progreso social.
En las sociedades contemporáneas occidentales se observa un hecho histórico que representa una conquista social en el plano demográfico, como sería la convivencia de cuatro, incluso cinco generaciones al mismo tiempo. Insisto que este fenómeno resulta único hasta la fecha, como consecuencia del envejecimiento demográfico, es decir, del aumento de la esperanza de vida y el descenso de la natalidad. Así, los grupos de edad maduros y longevos aumentan con el transcurso del tiempo, mientras que los grupos etarios infantiles y juveniles disminuyen.
En este contexto socio-demográfico resulta interesante conocer los procesos de intercambio y transferencia de conocimientos entre personas de distintas edades y generaciones. Es sabido que la biografía de las personas está definida por el género y la edad, entre otros rasgos personológicos, que determinan la posición y composición de las organizaciones de las que formamos parte. Por eso, el factor edad se está convirtiendo en clave para decidir el futuro de las organizaciones que conforma nuestro sistema social. Y en esas organizaciones la tendencia demográfica se impone de manera que los equipos intergeneracionales representan el mejor ejemplo de talento retenido y emergente para emprender proyectos de impacto social, económico, ecológico o cultural, entre otros ámbitos de intervención, siguiendo pautas de aprendizaje colaborativo o interaprendizaje.
El artículo GESTIÓN DE LA EDAD EN LAS ENL EN EXTREMADURA: LA “HUELLA GENERACIONAL” es resultado de una investigación que combina aspectos teóricos y el trabajo empírico analiza la definición de los instrumentos de gestión de las personas en un tipo de organización como son las entidades no lucrativas (ENL) que conforman el denominado Tercer Sector. Un sector cada día más emergente y necesario por el impacto de su intervención y acción social en un país como el nuestro, donde el Tercer Sector se ha ido consolidando a la par que se construía el Estado de Bienestar y en el que las ENL influyen desde los ámbitos de la inserción socio-laboral, la atención socio-sanitaria, la educativa, etc., prestando servicios de cobertura básica para la ciudadanía más vulnerable socialmente. Los datos avalan las 7.500.000 personas beneficiarios, los 650.000 trabajadores y trabajadoras, los 3.700.000 voluntarios, que representan al Tercer Sector como un cauce de participación ciudadana y solidaridad organizada, con una aportación del 1,5% al PIB y el 4,6% de la EPA en España, según la Plataforma del Tercer Sector (2014).
La European Foundation for the Improvement of Living and Working Conditions 2011 (Eurofound, 2012) apunta en sus informes que en las próximas dos décadas, aumentará el promedio de edad de la población activa y disminuirá el número de hombres y mujeres en edad laboral, por lo que habrá que encontrar la fórmulas de desarrollo de las aptitudes y la empleabilidad de los trabajadores de más edad, manteniendo al mismo tiempo la salud, la motivación y las capacidades de los trabajadores a medida que van envejeciendo. Asimismo, deben tomarse medidas de lucha contra la discriminación por motivos de edad y los estereotipos negativos atribuidos a los trabajadores de más edad y, sobre todo, deben adaptarse las condiciones de trabajo y las oportunidades de empleo a una población activa de edad diversificada.
Por tanto, el principal reto de las sociedades occidentales no es tanto el demográfico, como favorecer la plena inclusión social de estas personas en un contexto de diversidad generacional, sin discriminación alguna por motivos de género, capacidades o edades, en el sistema social, en sus organizaciones, en las ENL como garante de una sociedad tendente a las prácticas de solidaridad intergeneracional en aras a reforzar el Estado de Bienestar en estos tiempos cambiantes y convulsos en Europa y en España.


                                                                      Santiago Cambero Rivero
  Doctor en Sociología. Profesor asociado de la Universidad de Extremadura


Los “expertos” ante la Comisión de la Verdad

El País del domingo 2 de septiembre de 2018 presentaba un pequeño reportaje de Ignacio Zafra, que recogía la opinión de cuatro historiadores acerca de la iniciativa de Pedro Sánchez de crear una Comisión de la Verdad sobre el franquismo. Paul Preston decía que ya es tarde para crear esa Comisión, porque los verdugos ya no pueden pedir perdón a las víctimas; Santos Juliá decía que eso tiene sentido “cuando los testigos de los sucedido están vivos” y que aquí ya se conoce casi todo; Moradiellos decía que “no va a sentar una verdad oficial”; y José Álvarez Junco añadía que está en contra de esa verdad oficial.

Otro historiador, Julián Casanova, replicaba en su muro de Facebook el día 3 de septiembre una entrevista que le hizo Infolibre y tampoco se mostraba partidario de una Comisión de la Verdad, en este caso por extemporánea. Reconocía, sin embargo, lo siguiente: “Hay que sacar toda la verdad histórica, toda la información, pero no soy partidario de una comisión ad hoc”.

Nos faltaba Antonio Elorza, que pontificó finalmente el día 5 de septiembre, también en El País. Decía que la “verdad histórica” ya está establecida en cuanto a las responsabilidades. Faltaría una nimiedad: el resarcimiento de las víctimas. Y terminaba manifestando sus dudas sobre si los líderes políticos herederos de las ideologías presentes en la Guerra asumirían los crímenes. Citaba, incluso, tres de esos crímenes, sólo tres: García Oliver y su amparo de la FAI; los comunistas en Paracuellos; y el PNV con Santoña.

Finalmente, Álvaro Soto, el día 6, escribía otro artículo en el que no veía con agrado una Comisión de la Verdad, después de tanto tiempo y porque “ya tenemos ‘verdades’ históricas rigurosas y reconocidas”. Pero su artículo se titulaba “Contra el olvido”. ¿En qué quedamos?

Vaya por delante mi desprecio sin paliativos a estas opiniones por una primera razón: casi ninguna demuestra saber lo que es una Comisión de la Verdad y todas desconocen el papel y el significado de las víctimas. Además, confunden una Comisión de la Verdad con una tesis doctoral. Y, en el fondo, lo que se manifiesta es la preocupación por que una Comisión de la Verdad ponga sobre la mesa su papel historiográfico, su autoridad en tanto que historiadores “oficiales”. Estos historiadores pueden ser “expertos” en historia, pero no lo son en comisiones de la verdad . Su palabra, por lo tanto, no vale más que la de cualquier otra persona; y el valor de esa palabra dependerá de la sabiduría que demuestren. En este caso, poca.

Las asociaciones de víctimas del franquismo, sin embargo, y las asociaciones de defensa de los derechos humanos llevan varios años reclamando la creación de una Comisión de la Verdad. ¿Qué quieren estas asociaciones? Desde luego, no quieren otro libro de historia, ni siquiera otro libro para combatir a negacionistas y revisionistas, cosa que siempre hace falta.

Quieren conocer todos los nombres de las víctimas, las circunstancias de su muerte, los autores de la misma, quién dio la orden, quién la ejecutó, si fue el gobierno, si el ejército, si unos paramilitares, si cuadrillas de bandoleros, si se ajustaba al derecho nacional e internacional vigente.

Quieren localizar todas y cada una de las fosas (las del campo republicano y las del campo franquista; eso sí, sin mezclarlas, cada una en su departamento), sacar los huesos, identificarlos, entregarlos a los familiares o a las asociaciones de defensa de los derechos humanos. Y esto en público, no como mero “honor de los muertos” en la privacidad familiar.

Quieren conocer si, además de matarlos, los torturaron, si les robaron sus bienes, si les obligaron a trabajar como esclavos; quién los contrataba para esos trabajos; quién se adueñó de sus bienes. Quieren saber si esos crímenes han conocido ya alguna reparación. Quieren conocer la verdad, que lleva oculta más de ochenta años. Una comisión “contra el olvido” precisamente.

Y cuando conozcan la verdad, reclamarán justicia y reparación, claro. Pondrán en manos de los jueces la información. Y si los jueces no hacen nada, como ahora, pedirán reparación al gobierno. Pedirán una ley que dignifique a las víctimas, que las diferencie de los asesinos, que las honre. Una ley que condene la apología del crimen y que expulse de la sociedad a los apologetas, que limpie los escenarios de contertulios solidarios con los asesinos, lo sean por mala fe o por ignorancia.

No necesitamos un nuevo libro de historia, por eso no necesitamos una comisión de historiadores. Por cierto, el Pacto de Santoña podrá merecer el juicio político que se desee, pero no es responsable de ningún tipo de crímenes contra la humanidad, por lo que no forma parte de los objetivos de estudio de una Comisión de la Verdad.

Tampoco necesitamos recuperar la Segunda República o, como dicen algunos, la “memoria democrática”, por eso tampoco necesitamos una comisión de republicanos. A este respecto, sí queremos conocer la responsabilidad de García Oliver, pero no en abstracto, sino ante asesinatos concretos, con todas sus circunstancias; como también queremos saber el papel de Carrillo en Paracuellos, que éste ocultó hasta en sus memorias póstumas, pero no se busca un análisis e interpretación del anarquismo y del comunismo durante la República. De eso sí van hablando los historiadores y tendrán que hacerlo, quizá, los “herederos políticos”, pero no es tarea de ninguna Comisión de la Verdad.

Sólo necesitamos conocer la verdad oculta: los nombres de las víctimas, los de sus asesinos, el lugar del ocultamiento del cadáver, todo lo que se ocultó hace cuarenta años, a pesar de la Constitución. Para eso necesitamos una Comisión de la Verdad.

Después vendrán otras cosas por añadidura: nuevos libros de historia, que interpelarán a los “expertos”; nueva imagen de la política republicana, que redefinirá los rostros de unos y de otros; nueva imagen del franquismo, que hará posible culminar la Transición, ahora ya sin espadones y sin los otros poderes fácticos con sus diversos aliados, que nos subyugaron desde 1975 hasta aquí.

Marcelino Flórez
 https://rememoracion.blog/2018/09/09/los-expertos-ante-la-comision-de-la-verdad/

¿Ayudan los VMPs a una movilidad mas sostenible en las ciudades?

Como analizaba en otra entrada anterior, el futuro de la movilidad eléctrica no está en los automóviles eléctricos, sino en los vehículos eléctricos de pequeña potencia, que aprovechan mucho mejor las posibilidades de miniaturización de los motores eléctricos y se adaptan mucho mejor que los (por comparación) mastodónticos automóviles eléctricos a las dificultades de recarga que el uso de la electricidad como vector energético implica.

Pero, pese al cada vez mas evidente fracaso de los automóviles eléctricos como substitutos de los automoviles de gasolina o gasoil, que he analizado AQUÍ, la industria de la automoción y los poderes políticos dominantes (siempre sumisos ante los grandes lobbys económicos) siguen apostando por el coche eléctrico, como lo demuestran las ingentes inversiones (la mayoría públicas) en puntos de recarga y otra infraestructura de apoyo al coche eléctrico, que va camino de convertirse en el gran "elefante blanco" de la industria de la movilidad.

Pero mientras el coche eléctrico no consigue alcanzar cuotas de mercado mínimamente esperanzadoras, los ciclomotores y vehículos eléctricos ligeros, que en España han dado en llamarse "vehículos de movilidad personal" o VMPs, alcanzan crecientes cuotas del reparto modal en las ciudades de todo el mundo. Como comentaba en esta entrada anterior, ya citada, " las bicicletas eléctricas son en la actualidad un auténtico éxito de ventas en toda Europa, donde en el año 2014 se vendieron más de 1.300.000 unidades. Por el contrario, las ventas de coches puramente eléctricos apenas si alcanzaron las 38.000 unidades." Pero el verdadero país de los vehículos eléctricos ligeros es China, donde se fabrican y se venden por millones tanto bicicletas eléctricas (es decir vehículos de pedaleo asistido) como pequeños ciclomotores eléctricos (que son la mayoría en el mercado chino) que aquí llamamos VMPs y que allí llaman e-bikes: vehículos con un pequeño motor eléctrico de potencia en torno a 1.000 W o mas, un acelerador, un asiento para el conductor y poco más, aunque poco a poco se van sofisticando y pareciendo mas a un ciclomotor "de los de toda la vida".

El ascenso de este tipo de vehículos es imparable, por su conveniencia para los desplazamientos urbanos y su bajo coste. Nadie cuestiona, por otro lado, que su generalización podría contribuir en gran medida a una movilidad urbana mas sostenible, ya que su consumo energético es del orden de 10 veces inferior (o mas) al de una automóvil convencional, para la misma distancia recorrida.

Pero la pregunta es ¿Se está produciendo realmente esta sustitución de automóviles por e-bikes y VMPs? Si nos fijamos en China, el país donde la penetración de estas e-bikes (en la terminología china) es mayor, la repuesta es un rotundo NO. 

En la ciudad de Shangai, la capital económica de China y la ciudad que marca tendencia en dicho país, datos recientes (lamento no poder ofrecer la gráfica por cuestiones de prioridad científica: el trabajo aún no se ha publicado) muestran que, entre 1995 y 2014 las e-bikes subieron de menos de un 5% del reparto modal a cerca de un 20%. La cara oscura de este aumento fue que la movilidad en bicicleta tradicional descendió de más del 40% a menos del 10% de la movilidad global. De modo que la movilidad "sostenible" en dos ruedas (bicicletas tradicionales + e-bikes) descendió globalmente. Así pues, el auge de las e-bikes en China no ha llevado a un aumento de la movilidad sostenible, sino a un descenso de la movilidad activa (en bicicleta), sin que la sostenibilidad global haya aumentado. 

Las razones que han llevado a esta evolución son fáciles de entender. La política hacia las e-bikes en China ha sido asimilarlas a las bicicletas y ubicarlas en las vías ciclistas (¿les suena?). Así que las vías ciclistas han ido perdiendo gradualmente su carácter de espacios no motorizados y seguros para las bicicletas. No es de extrañar pues que las e-bikes, mas potentes y veloces que las bicicletas tradicionales, haya acabado por expulsarlas del único espacio seguro que les quedaba, una vez que los automóviles se habían adueñado de las calzadas. Este vídeo grabado en Shangai muestra gráficamente la situación:



https://www.youtube.com/watch?v=n6d-99yWeo0

Pero ¿Era esto necesariamente así? Probablemente no. Si las políticas hacia las e-bikes hubieran sido diferentes y el carácter de espacio no motorizado de las vías ciclistas se hubiera mantenido, ubicándose las e-bikes en la calzada de alguna manera (ya discutiremos después como), a lo mejor el número de bicicletas no habría descendido (o no habría descendido tanto) y un mayor número entre los nuevos usuarios de las e-bikes provendrían del automóvil privado. A fin de cuentas, no deja de haber una contradicción entre pretender que las e-bikes les ganen usuarios a los coches, pero sin ganarles espacio urbano a éstos sino a las bicicletas. Lo que ha sucedido era lo mas lógico: las e-bikes han arrebatado espacio y usuarios a las bicicletas tradicionales. ¿Cabía esperar otra cosa?

Se me dirá que, dada su vulnerabilidad, no era "razonable" ubicar las e-bikes en la calzada en lugar de en las vías ciclistas (vistas las e-bikes del vídeo esto no parece tan irrazonable). Lo mismo que se dice en España de los VMPs. Pero quizás lo que no sea razonable es mantener un diseño de la calzada tan hostil, no ya para los vehículos de tracción humana, como las bicicletas, sino incluso para los vehículos a motor mas ligeros. Tanta prevalencia y tanto respecto hacia el automóvil en la calzada empieza a resultar sospechosa. Sobre todo cuando convive con continuas proclamas a favor del calmado de tráfico, de la "ciudad 30" y otras iniciativas para hacer de la calzada un lugar mas habitable y menos exclusivo para el automóvil.

Si la integración tanto de las e-bikes chinas como de los VMPs hispanos se plantease en el marco de una política de fomento de la "ciudad 30", declarando la limitación de velocidad a 30 km/h en todas las calles con un solo carril por sentido, como se ha reclamado tantas veces, y ubicando al menos un carril-30 en las calles con más carriles de circulación, como hace el Ayuntamiento de Madrid con sus ciclo-carriles (una medida de escaso éxito para las bicicletas normales, pero probablemente apropiada para los VMPs), a lo mejor ya no habría que ubicar a los VMPs en las vías ciclistas y el ansiado trasvase de usuarios del automóvil hacia los VMPs se produciría de un modo natural, en paralelo al trasvase de espacios. 

Pero es evidente que no van por ahí los tiros. La recientemente aprobada ordenanza de Barcelona, así como sus copias en Madrid, Valencia, etc..., no solo permiten a los VMPs circular por las vías ciclistas, sino que, como ya he explicado AQUI, les prohíben circular por la calzada ordinaria (en China, al menos, las e-bikes no tienen prohibido circular por la calzada). Así va a ser muy difícil que la irrupción de los VMPs realmente contribuya a una movilidad urbana mas sostenible, así en China como en España.

Las conclusiones de este artículo son pues estas tres:

CONCLUSIONES: 

1.- Los VMPs son una alternativa de movilidad urbana mucho mas sostenible que el automóvil privado. Potencialmente podrían pues ayudar a reducir la insostenibilidad del actual modelo de movilidad urbana y deben ser integrados en la misma de un modo seguro y saludable.

2.- Sin embargo, las políticas de integración de los VMPs en la movilidad urbana basadas en su circulación obligatoria por las vías ciclistas y en la prohibición de circular por la calzada ordinaria no solo no están produciendo el objetivo ¿deseado? de promover la sustitución de desplazamientos en automóvil privado por desplazamientos en VMPs, sino que están produciendo un notable descenso de la movilidad activa y saludable en bicicleta. Por tanto esas políticas no son ni sostenibles ni saludables. 

3.- Una política de integración de los VMPs en la movilidad urbana, a la vez sostenible y saludable, debe basarse en el concepto de "Ciudad 30" con el objetivo de hacer la calzada acogedora no solo para los automóviles de gran potencia, sino también para los VMPs (calles 30 y carriles 30 adaptados a la circulación de VMPs en todas las avenidas)






Cuando los meteoros ocultan el clima

Los cambios sociales globales que se están produciendo indican que la sociedad industrial se está desmoronando. No solo eso. Únase a ello el cambio climático y el avance tecnológico que está ocurriendo en los procesos productivos y se tendrá una radiografía aproximada de la agitación que recorre el mundo. La mayoría de los análisis que se están realizando, no obstante, utilizando una metáfora lingüística, son intransitivos. Subrayan los cambios desde la perspectiva de un solo núcleo. Las amenazas de este siglo, sin embargo, piden un análisis transitivo, es decir, de dos núcleos: sujeto (el ser humano) y objeto (biosfera), que ponga de manifiesto la inclusión del primero en el segundo y la interacción mutua entre ambos. Al no incluir las fuerzas políticas en su análisis la variable pico del petróleo y al considerar de manera insuficiente —diría incluso tramposa— la del cambio climático, la insostenibilidad del metabolismo de la actual sociedad industrial queda fuera del debate político y público. Al tiempo la sociedad sigue en la ilusión del consumo. Un superviviente de una unidad de operaciones especiales de los activistas clandestinos polacos que participó en el levantamiento del gueto de Varsovia nos recuerda: «nunca os imaginéis que vuestro mundo no puede derrumbarse, como lo hizo el nuestro.»

Con los parámetros descritos el debate se centra, de manera inevitable, en la naturaleza financiero-económica de la crisis, cuando en realidad la misma es ecológica: proviene del descenso de la disponibilidad de energía fósil barata. Cuando alguien dice que las causas de la Gran Recesión son la deuda, la desregulación financiera, las hipotecas basura, la burbuja inmobiliaria, el riesgo crediticio, etc., éstos son factores secundarios que han reaccionado a una causa primera: la falta de petróleo barato suficiente para seguir creciendo[1]. Esta situación de escasez se originó a partir de 2002. La solución que se encontró entonces para seguir creciendo fue la deuda. Por eso deuda y falta de petróleo van de la mano. Y por eso la crisis no ha podido resolverse: porque no hay petróleo barato abundante. Y en 10-15 años (2025-2030) puede no haber petróleo disponible para los que no lo producen. Con los datos y conocimientos actuales es difícil imaginar escenarios realistas —para dentro de una década— en los que el colapso del petróleo no vaya a tener lugar[2]. Estos escenarios al estar fuera del debate político público son una agenda que se mantiene opaca para la gente.

La no inclusión del pico del petróleo en el análisis hace que el debate salga del eje que le sería natural: productivismo/antiproductivismo, y se albergue en uno que le es espurio: el eje izquierda/derecha. El análisis y el debate se hace, por tanto, desde parámetros incorrectos, secundarios. Ante la escasez de petróleo el actual debate público no está siendo el de la transición a una sociedad pospetróleo y la cantidad y forma de uso de los recursos. El debate continúa encallado en la discusión sobre la mejor forma de mantener el actual metabolismo de la sociedad industrial.

Pero la apuesta tecnológica que se hace para ello y la orientación de la economía a los servicios, ha ocasionado que los empleos menos cualificados estén siendo ocupados por inmigrantes, que ofrecen su fuerza de trabajo por menos salarios y usan los servicios y beneficios que les brinda el Estado protector, creando un enorme malestar entre los trabajadores tradicionales con menos formación y recursos, que mayoritariamente están votando a fuerzas xenófobas y culpando a la inmigración de todos sus males.

Únase a lo anterior las migraciones por causas climáticas —26,7 millones de desplazados anualmente según el informe Frontiers 2017 de la ONU— debido a las tensiones ecológicas que el cambio climático está produciendo en muchos territorios: sequías, descenso de la producción de alimentos, incremento de la violencia tanto en forma de exacerbación de conflictos existentes, como de aparición de otros nuevos.

El efecto que estas tres circunstancias combinadas y no explicadas  está ocasionando un repliegue de las sociedades sobre sí mismas (nacionalismo), un despertar de  la pulsión xenófoba y una ruptura de la solidaridad intra e interclasista. Ha sucedido en Francia, en EEUU, en Alemania, en Reino Unido. En Polonia y Hungría los gobiernos nacionalistas e identitarios han reforzado su poder. En Austria e Italia, unos partidos vinculados al fascismo de entreguerras tienen un papel crucial en las respectivas coaliciones de Gobierno. La República Checa, Eslovaquia y Eslovenia cuentan con unos partidos de extrema derecha muy poderosos. En Suecia, Finlandia y Dinamarca se encuentran en la misma situación.

Hoy estamos en la fase que se puede denominar: ‘nosotros primero’. Pero cuando la crisis energética se agudice, este sentimiento se agudizará paralelamente. Su traducción en la práctica será nosotros primero segundo y tercero. Y este sentimiento se puede acentuar hasta llegar a ser: ‘nosotros somos los únicos.’ De esta manera, poco a poco, las sociedades humanas se pueden deslizar hacia las ideas de primacía natural, hacia esquemas de «pueblo dominador-animal de carga». Un ejemplo de ideas de supremacía —cercano en el tiempo y el espacio— es el actual Presidente de la Generalitat, para quien los españoles son «bestias con forma humana». Individuos «con un pequeño bache en su cadena de ADN»[3].

En un mundo que sufrirá cada vez más una escasez acusada de recursos, una pregunta me asalta: ¿el término ‘sustentabilidad o sostenibilidad’ podría resignificarse desde lo ambiental hacia una sostenibilidad humana, concebida como la correlación entre los recursos necesarios para sostener una vida humana de un grupo determinado y ciertas características del mismo, en el que no estarían incluidos los individuos calificados como «subhumanos», «bestias», ineficientes u otro atributo dirigido a dicho fin?

Una sociedad que cada vez puede ofrecer menos trabajo debido al avance tecnológico y con menos disponibilidad energética. Con menos territorio, alimentos y agua disponible en la medida que se agudice el cambio climático y un crecimiento de la población mundial que no se detiene[4]. Con migraciones climáticas que —según ACNUR— obligarán a dejar sus casas y trasladarse a otro país a entre 250 y 1.000 millones de personas en los próximos 50 años[5], si no se frena el cambio climático. Que algunos pidan una «gestión migratoria solidaria y profundización democrática», es como ponerse a tocar la flauta en el metro confiando en que los viandantes te echen unas monedas y que con ellas vas a solucionar unos problemas que requieren otro tipo de solución.

Los medios de comunicación son una herramienta que construye la realidad. Y hoy están actuando en modo Matrix, al mantener la ilusión de un mundo que no existe: energía abundante, crecimiento infinito, desarrollo sostenible, progreso ilimitado. Y muchos de ellos, además, ayudan a crear un mundo falso: la inmigración como culpable de todos los males. En este contexto el partido verde debe elegir, para el futuro, —usando palabras de Manuel Casal— entre ser parte del «1% que representamos la gente consciente del colapso para hacer que el 98% despierte y luche con nosotros para frenar a ese 1% que nos dirige al abismo» o legitimar la real politick cortoplacista de la izquierda —bajo la excusa de dar de comer a la gente— que acalla conciencias y demora la acción —personal, familiar y política— de la gente hasta el último minuto, y que no sirve para evolucionar un sistema ahogado en el consumo y por la contaminación. La gente no quiere escuchar la realidad antipática a la que nos enfrentamos. Pero en un clima general de evitación de la realidad para no perder algo: votos, influencia, dinero, alguien debe decir las cosas francamente, como realmente son.

Una de las causas que originan la demora antes señalada —entre las varias que concurren— es el reverdecimiento del programa neokeynesiano de la izquierda, con el marchamo verde que le otorgan las coaliciones con el partido ecologista. ¿Puede una fuerza política entregar, dilapidar, la confianza? ¿Hay algún tipo de táctica que lo justifique? El pico de petróleo ha llegado y el aspecto que tiene no era el que esperaba la mayoría de la gente. Es bastante más antipático. Y trae un regalo, no por esperado, indeseado: el cambio climático. Ningún líder ni ninguna política pueden cambiar lo que la física, la geología y la termodinámica han dictado para nosotros. Con ellas no hay negociación que valga. ¿Piensan las fuerzas políticas, entonces, seguir haciendo como que hablan del clima, cuando en realidad no dejan de hablar de los meteoros? La actual crisis de la civilización industrial no es solo una crisis de incremento de temperatura, de derretimiento de los polos o de subida del nivel del mar. Es sobre todo una crisis de exceso de emisión de CO2, de disminución de disponibilidad energética barata: Pero tambien es un reto que nos ofrece la oportunidad, aun en esta tesitura, de poder «vivir mejor cualitativamente o al menos no peor» que ahora. ¿Hasta cuándo piensan seguir las fuerzas políticas e instituciones de gobierno haciendo como que no pasa nada?

 Francisco Soler
http://mas.laopiniondemalaga.es/blog/barra-verde/2018/09/13/cuando-los-meteoros-ocultan-el-clima/


[1]Lo dice así de contundente Rankia, la web para los profesionales de la gestión patrimonial. https://www.rankia.com/blog/game-over/2611551-pico-petroleo-decrecimiento-colapsoUn buen ejemplo de ello es el comunicado de Attac Europa sobre el décimo aniversario de la caída de Lehman Brothers:  https://www.attac.es/2018/09/12/10-anos-despues-de-la-crisis-financiera-nuestros-dirigentes-nos-han-fallado-el-futuro-depende-de-nosotros/
[2] Los resultados muestran que una transición energética dirigida por la demanda, como las realizadas en el pasado, no parece posible: si las tendencias de demanda continúan se prevé una fuerte escasez antes de 2020, especialmente en el sector del transporte, mientras la generación de electricidad parece incapaz de cubrir la demanda a partir de 2025‐2040. Las actuales políticas conducen a un colapso energético global a mediados del siglo XXI por la incapacidad del sistema económico de adaptarse a los límites de los recursos naturales. Agotamiento de los combustibles fósiles y escenarios socio‐económicos: un enfoque integrado, Septiembre 2014, Iñigo Capellán‐Pérezaa , Margarita Mediavillab , Carlos de Castroc, Óscar Carpinterod , Luis Javier Miguelb: a. Low Carbon Programme. Instituto de Economía Pública, Universidad del País Vasco. b. Departamento de Ingeniería de Sistemas y Automática, Escuela de Ingenierías Industriales. c. Departamento de Física Aplicada, Escuela de Arquitectura, Universidad de Valladolid. d. Departamento de Economía Aplicada, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad de Valladolid.
[3] El pensamiento antiespañol de Quim Torra a través de sus artículos. El Periódico, 4.5.2018, https://www.elperiodico.com/es/politica/20180514/quim-torra-articulos-contra-espanoles-6817795
[4] Cuya cifra ahora es de 7.700 millones y se calcula que alcanzará los 9.700 millones en 2050
[5] Un dato para la comparación es que la II Guerra Mundial ocasionó 60 millones de desplazados

Del austericidio financiero a la austeridad energética

El nivel de energía disponible por una sociedad, condiciona el nivel o calidad de vida de ésta. Y hoy la disponibilidad de energías fósiles está en declive. El petróleo ya ha llegado a su cénit o pico y en los próximos años viene el pico del gas y el del carbón. La relación entre sistema financiero y energía la explica muy bien Manuel Casal. Señala éste que el declive energético hará inviables los actuales sistemas monetarios. Y que la falta de crecimiento económico hará inviable el sistema financiero al estar éste basado en el interés compuesto. La austeridad financiera es, así, la receta empleada para sostener la tasa de ganancia del capital. Veamos cómo es esta relación.

Lo señalado anteriormente se puede explicar con los dos sencillos gráficos que a aparecen a continuación, —la idea de los círculos concéntricos la tomo del libro de Manuel Casal, La izquierda ante el colapso de la civilización industrial, que plasmo de manera aproximada en la figura 2 de abajo y desarrollo en la figura 1—. Mientras en la primera figura, describe la actual relación de la civilización industrial en la biosfera: la economía actúa como capa o nivel omnicomprensivo que abarca todas las demás. Las restantes capas quedan supeditadas a las leyes económicas que niegan a las demás; la figura 2, representa la correcta inmersión de la especie y la sociedad humana en la biosfera, en la cual el ambiente es el nivel o capa en el que se incluyen los demás y actúa como límite de lo posible para las sociedades humanas y no humanas, sin que ello implique la negación o contraposición con los restantes niveles o capas.
 


           
Partiendo de la forma de la forma de inclusión del ser humano en la biosfera y la relación con el ambiente descrita para la figura 1, el principal motor de la sociedad en Occidente desde la Revolución Industrial ha sido la fe en el progreso, entendido como crecimiento económico. En coherencia con la organización económica, social y tecnológica de la civilización industrial y con su postulado principal: el progreso, las fuerzas políticas se han organizado en la defensa de los intereses de los grupos sociales (clases) que representan, a fin de obtener una parte mayor de la riqueza que se creaba, sin interesarse por los límites que impone la biosfera. El caballo de batalla ha sido y es la distribución de la riqueza que se genera. Hasta la segunda mitad del siglo XX ninguna fuerza política cuestionó el dogma del crecimiento. En los años 60 del pasado siglo el movimiento ecologista fue el primero que lo hizo. A partir de este momento ha surgido una nueva divisoria política entre fuerzas productivistas o antiproductivistas —o industrialistas y no industrialistas— según defiendan el dogma del crecimiento económico sin límites (entendido como producción ilimitada) o, por el contrario, que éste esté ceñido a los límites biofísicos y termodinámicos que impone el planeta. Esta nueva divisoria establece una nueva pugna política: la de los límites que impone la biosfera.

                        
Figura 3. Gráfico en el que se relaciona la puesta en práctica de las divisas de la Revolución Francesa, el tiempo histórico en el que aparecen y la ideología que levanta la bandera (elaboración propia)


Si se realiza un análisis de las etapas históricas que ha atravesado la civilización industrial, y se toma como eje de dicho examen la divisa de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad, se observará que tanto la lucha por la libertad de la Revolución Liberal, como la lucha por la igualdad de la Revolución Socialista, han tenido en su centro la disputa por la apropiación de los recursos materiales, junto a otras luchas: control de los medios de producción y distribución de la riqueza. La libertad burguesa exigida no era solo política: solo control del poder del rey, reclamaba sobre todo libertad económica: la liberación de los recursos naturales, la libertad de comercio y de empresa que exigía la Revolución Industrial y que el absolutismo no podía afrontar, merced de la intervención en la economía, del déficit público y del grado de parasitismo del estamento nobiliario y la Corte que consumían directamente —en Francia— un sexto —16.6%— del presupuesto nacional. Y el anhelo de igualdad de la revolución soviética: el acceso a la propiedad de los medios de producción, conllevaba la necesidad de acceder a los recursos, para producir y distribuir la riqueza estatalmente generada.

Los gráficos 1 y 3 ponen de manifiesto que la batalla política ha estado centrada en el nivel económico y político del gráfico 2, obviando los restantes niveles. Ello ha llevado a una subversión de dicho orden y a la preponderancia de lo económico sobre todo lo demás con olvido del nivel antropológico —entendido como la repercusión de y sobre la especie, tanto humana como restantes— y el ambiente —o biosfera— que da sustento a la vida en el planeta, tal y como se indica en la figura 1. Esta subversión ha llevado a considerar el medio ambiente como un subconjunto de la economía, como un mero stock de aprovisionamiento para la actividad productiva. Diversos estudios revelan, sin embargo, la falacia del mito de la calidad de vida ligada al crecimiento del PIB, ya que por encima de un determinado nivel de renta per cápita anual (13.000 euros), no hay mayor calidad de vida, sino mayor consumo de energía y recursos materiales, superficial y destructivo.

Una relectura en clave ambiental de los acontecimientos políticos del último tercio del siglo XX, nos muestra nuevos hitos significativos que proporcionan una nueva comprensión de ese período histórico. En la década de 1970 la destrucción de la Naturaleza dejó de ser un mal condenable, para pasar a ser contemplada como una «pérdida de servicios». En 1971 se publicaron los resultados del trabajo de modelización del mundo titulado World Dynamics, que llegó a la conclusión que la economía mundial tendía a estancar su crecimiento y a colapsarse como resultado de una combinación de la disponibilidad de los recursos, la sobrepoblación y la contaminación. En 1972 se publicó el Informe Meadows sobre Los límites del crecimiento, con un fuerte impacto. Posteriormente el sistema económico mundial ha seguido muy de cerca el escenario de declive económico (escenario “caso base”) previsto en él. 1973 fue el año de la primera crisis del petróleo. En la década de 1980 comienza la extralimitación ecológica y el negacionismo tanto climático como de los límites biofísicos de la economía. Entre 2005-2008 se estima que se alcanzó el máximo nivel en la producción de petróleo (pico del petróleo). Y en 2008 se produjo la segunda crisis del petróleo.

No debe despreciarse la conexión entre los hitos ambientales indicados y el giro de la economía que posteriormente se produjo. El precedente fue en plena II Guerra Mundial, en 1941, con firma de la Carta del Atlántico, declaración conjunta de los Estados Unidos y Gran Bretaña en la que se acordó que todos los estados deberían tener igual acceso a las materias primas que les fueran necesarias para su prosperidad económica. El segundo paso se dio en 1957, con la creación de la CEE como un «orden de mercado» u «orden de competencia». En 1970 se produjo el resurgir del neoliberalismo y arrancó el proceso de financiarización de la economía. En lo político este resurgir se tradujo en la elección de una triada de presidentes neoliberales: Valéry Giscard d’Estaing (1974), Margaret Thatcher (1980) y Ronald Reagan (1981). En España, la muerte del dictador en 1975 permitió que nos sumáramos desde el inicio al renacimiento neoliberal con la aprobación de la Constitución de 1978, que es el pacto fundacional del neoliberalismo en España y cuyo texto ha marcado el rumbo que ha seguido nuestro país. La principal lectura que hay que hacer de su aprobación no es la que hace la izquierda como legitimación de la continuidad del pasado, sino como un instrumento de tránsito hacia el futuro neoliberal.

Y en estas llegamos a la reforma del artículo 135 de la Constitución, que prohibió el déficit público y antepuso el pago de la deuda a cualquier otra necesidad pública. Esta reforma es una vuelta de tuerca más, en España, de la política neoliberal instaurada en 1978, cuyo efecto práctico ha sido la «desposesión generalizada de la riqueza» a las clases populares, sin reparo alguno, por los detentadores del capital.

Ello nos pone en la pista de dos hipótesis: una, que la derecha es consciente de la intensa e irremediable escasez que viene; dos, el diagnóstico equivocado de la crisis que hace la izquierda, pues no se trata de una cuestión puramente económico-financiera que exige redistribuir, sino que además será necesario pisar el freno y relocalizar. La insistencia de la izquierda en el crecimiento económico es un error anacrónico que parte de una comprensión superficial de la actual crisis, por cuanto el crecimiento económico del que gozamos y la complejidad de los modernos Estados está en relación directa con la cantidad disponible de energía con alta tasa de retorno energético  que proporcionan las energías fósiles, actualmente en fase de declive.

Con el mantenimiento del mito del crecimiento, la izquierda se encierra en un bucle del que no puede salir y se desliza por el marco de la derecha. Tras la proclamar que la austeridad es mala, ¿cómo piensa explicar a la sociedad que la austeridad es mala pero la frugalidad material es buena? Sin quererlo ni buscarlo legitima la austeridad financiera que ha impuesto el capital, al mantener el debate dentro del marco que ésta ha establecido, en vez hacer una impugnación total del sistema y establecer otro marco para el debate político: el de la transición civilizatoria hacia una sociedad de prosperidad sin crecimiento.

Como bien explica Manuel Casal en su libro, la actual creación de dinero bancario a escala mundial está basada en la perpetua creación de deuda, lo cual requiere que la economía de mañana sea, en términos cuantitativos, mayor que la de hoy para permitir no solo devolver el crédito sino también pagar los intereses. La Gran Recesión de 2008-2009 —que fue una crisis con origen ambiental—  fue un efecto del agotamiento del petróleo, de haber alcanzado el pico de producción.

El esquema de crecimiento actual asentado en la expansión del crédito, requiere un flujo creciente de energía barata que alimente la economía real. Cuando ese flujo de energía fósil barata se ha secado debido al cenit del petróleo, el sistema ha comenzado a fallar y seguirá esa senda hasta el colapso. Si no se pueden pagar los intereses de la deuda el sistema no es viable. Y hoy no cabe esperar  siquiera que se alcance la capacidad de devolver el principal de los préstamos vivos.

Separar lo financiero de la base material de la economía ha sido posible un tiempo, pero esta disociación no es posible mantenerla a largo plazo. La Gran Crisis de 2008 ha evidenciado que «lo sociopolíticamente posible es (…) un subconjunto de lo posible físicamente». Lo que está más allá de los límites que impone la biosfera, por tanto, está fuera de las posibilidades de la política. Así pues, en vez de aplicar recortes, austeridad y rescates financieros, operaciones que —como dice Antonio Turiel— no son más que un plan de liquidación de activos para pagar una deuda impagable y con los intereses prometidos, es necesario que la deuda ecológica sea tenida en cuenta, se implemente una política de recortes de la producción excesiva para la biosfera y superflua para la sociedad, un plan de austeridad energética y un objetivo de rescate y restauración de las partes dañas de la biosfera. No hemos vivido por encima de nuestras posibilidades financieras, como gusta acusar a la derecha, sino por encima de los límites del planeta, que es un matiz que siempre queda oculto.

Siguiendo el hilo conductor que trazan las divisas de la Revolución Francesa y partiendo de los retos y amenazas que —como especie— hemos de afrontar en el siglo XXI: la transición civilizatoria y el cambio climático, hemos de dirigir la evolución de nuestros valores hacia la fraternidad y encaminarnos hacia la inmersión real de la civilización humana dentro de los límites de la biosfera. Propuestas de este calado, hoy por hoy, solo están siendo formuladas por el movimiento decrecentista/colapsista y la ecología política. Jugar con las reglas del sistema no sirve y quienes debido a su realismo político han han impugnado el sistema han sido adjetivados de terroristas. La vía por la que hemos de transitar —como sociedad y como especie— pasa, por tanto, por recorrer el camino que va desde el austericidio financiero hasta la austeridad energética voluntaria y planificada, la autolimitación, la frugalidad y la vida simple.

Francisco Soler

Caperucita Roja y la distopía del crecimiento económico

La inacción generalizada de los partidos políticos respecto a la crisis terminal de la sociedad industrial, cuya traducción visible es el declive de las energías fósiles y la imposibilidad de que las energías renovables sean escalables en la cantidad y ritmo precisos para la sustitución fósil, nos sitúa en el tiempo de los hechos, de la acción, no en el de la espera en los discursos, si no queremos contar el cuento de Caperucita Roja y la distopía del crecimiento económico.

Hoy aún tenemos todas las opciones abiertas. La utopía aún es posible. Pero si las fuerzas políticas continúan mirando hacia otro lado —no digo los poderes económicos, pues esos siempre miraran hacia su lado—, y la gente común sigue desinformada, nos caeremos de esta civilización industrial como Pablo de Tarso se cayó del caballo. Cegados por la revelación de la realidad. La transición habrá de hacerse entonces de un día para otro. En tal caso la opción solo podrá ser la menos mala entre las distopías. ¿Quo vadis mundi? Al colapso de la civilización industrial, dijo Caperucita, que llevaba una cesta de productos industriales para su abuelita. ¿Se dará cuenta Caperucita del engaño del industrialismo feroz? ¿Matará el leñador al crecimiento económico malo y recuperará de sus entrañas al planeta?

El discurso oficial de las fuerzas políticas para responder al colapso de la civilización industrial es el ya manido e «impracticable desarrollo sostenible». ¿Sostener qué?, si la historia nos está avisando sobre la necesidad de refundar el mundo con el 85% menos de energía y unos recursos materiales muy mermados. Y del avance de la crisis climática. El discurso de la sostenibilidad solo sustenta la mentira de la viabilidad del crecimiento económico que se sigue alimentando. Según Juan Carlos Monedero hablando de decrecimiento no se ganan elecciones. Pero de seguir por ese camino terminaremos comiendo tierra.

A mi me gustaría conocer cual es la estrategia que van a proponer las fuerzas políticas para hacer frente al colapso civilizatorio y como piensan enfrentar el hat-trick que nos puede colar el planeta: descenso energético, de recursos materiales y crisis climática. Y los efectos sociales que traerá. ¿Qué estrategia piensa desarrollar cada una de las fuerzas políticas: son partidarias de una «estrategia franca» o están por desarrollar una «estrategia hipócrita», de decirle a la gente lo que quiere oír y mantener el crecimiento? A tenor de las declaraciones de sus líderes, la estrategia de las izquierdas es la hipócrita y la de la derecha la negacionista. Y digan lo que digan quienes las defienden, ambas tienen probabilidad de conducir a la gente hacia un fascismo escudado en la emergencia ecológica, cuando ésta, desesperada, busque soluciones.

¿Están las fuerzas políticas dispuestas a crear una mesa multipartidista, convocar expertos, escuchar, divulgar el escenario de colapso civilizatorio al que nos enfrentamos y empezar a proponer y debatir soluciones? Es mucho lo que está en juego y, necesario por ello, un pronunciamiento claro y explícito de cada fuerza política a este respecto. Más que mucho, todo está en juego. ¿O es qué piensan avisar y actuar «media hora antes del colapso» de la civilización industrial?

Hagamos la prueba del nueve. ¿Habría fuerzas políticas que llevaran en su programa político para las próximas elecciones autonómicas y municipales, europeas y generales dos sencillas medidas, que tomo prestadas del libro de Manuel Casal, La izquierda ante el colapso de la civilización industrial. Apuntes para un debate urgente: una, colaborar en la realización de todo tipo de jornadas de divulgación social del peak oil o pico del petróleo y sus implicaciones para nuestra sociedad y; la otra, urgir a los responsables de las instalaciones de suministro de agua potable para que analicen las vulnerabilidades de las mismas en el caso de una súbita carencia de derivados del petróleo o de suministro eléctrico. ¿Suscribirán las lideresas y líderes políticos, excelentísimas señorías, el compromiso? ¿Serán este asunto y el cambio climático los ejes de sus campañas electorales? En caso negativo ¿vamos a dejar que continúen jugando con nosotros a la gallinita ciega?

¿Qué es el peak oil o pico del petróleo —y del resto de energías fósiles— del que hablo? A grandes rasgos y en unas pocas cuantas palabras. Éste señala el cenit de la producción petrolera, así como del gas y del carbón, tras cada uno de los cuales la tasa de producción de cada energía fósil entra en un declive terminal. Este evento va a traer un colapso de la civilización industrial que hemos montado, por la imposibilidad de sustitución por energías renovables como decía más arriba. La disponibilidad energética fósil será el 15% de la actual. El cambio puede ser abrupto, si no se reacciona a tiempo y, en cualquier caso, será revolucionario y requerirá grandes dosis de empatía, responsabilidad, justicia y conciencia de nuestra interdependencia. Ingredientes necesarios para un gobierno ético e imprescindibles para la construcción de la paz. El caos económico es evitable si actuamos en la forma señalada y efectuamos el cambio en el tiempo adecuado, es decir, si empezamos ya, y no escondemos la cabeza en el hoyo de la confianza en la ciencia y la tecnología para encontrar nuevas fuentes energéticas ilimitadas, que hagan innecesario el austericidio energético. Y para ello hace falta determinación en el logro de los objetivos.

El cambio civilizatorio que hemos de realizar hacia una sociedad sin energías fósiles, como dice Manuel Casal, no es ninguna tragedia para la gente corriente, si lo será, en cambio, para unas élites que no podrán continuar con su modo de vida despilfarrador, despreocupado. Egoísta. Hay una añoranza de simplificar la vida en mucha gente. La  nueva civilización que ha de surgir y que habrá que construir nos ofrece la oportunidad de retornar a una vida más simple y más local. De apartarnos del camino al que otros nos quieren llevar y dirigirnos hacia donde sentimos que queremos estar. No por ello podemos olvidar que las élites tienen su modelo de civilización postpetróleo: la  tecnoutopía ciborg. Y que en caso de fracaso total nos embestirá la distopía zombie de un mundo sin petróleo y sin hielo. Eso significará que el lobo feroz se comió a Caperucita. Entonces nos lamentaremos y diremos: ¡pobre Caperucita! Unos llorarán, otros invocarán a Dios y otros pedirán la guillotina para quienes nos trajeron hasta aquí. Es hora del retorno a los límites.


Francisco Soler
 http://mas.laopiniondemalaga.es/blog/barra-verde/2018/08/

CRISIS CLIMÁTICA: RETOS ECOLÓGICOS PARA LA AGENDA CLIMÁTICA Y LA AGENDA SOCIAL DEL SIGLO XXI.

Tenemos que convertir el territorio en un lugar de vida, no únicamente en un lugar de residencia.”
Francisco Soler


Según datos publicados por el Observatorio de la Sostenibilidad (Alfonso, 2017), España es el país europeo que más ha aumentado las emisiones de gases de efecto invernadero desde 1990. Las condiciones ecológicas de España son de elevada vulnerabilidad especialmente para el ciclo hidrológico, la biodiversidad y las costas, por ello son necesarias actuaciones urgentes para adaptarnos al cambio climático. El año 2016 ha sido muy cálido en España, con una temperatura media de 15,8ºC, valor que supera en 0,7ºC al normal (período de referencia 1981-2010). Se ha tratado del sexto año más cálido desde el comienzo de la serie en 1965 y el quinto más cálido de lo que llevamos de siglo XXI.

Juan Carlos del Olmo, secretario General de WWF España (2018) define España como un país extremadamente vulnerable al cambio climático, con una economía que depende en gran medida de sectores estratégicos ligados a la naturaleza y a la salud de los ecosistemas como el turismo, la agricultura, la ganadería y la pesca, y en el que gran parte de su población se encuentra en zonas de riesgo por olas de calor. En estas circunstancias, la lucha contra el cambio climático es una cuestión de pura supervivencia y una oportunidad única para cambiar radicalmente el modelo energético actual, para hacerlo eficiente, totalmente renovable y también más justo. 

En esta misma dirección, Punma y Golg (2011), indican que hacer frente a los posibles impactos del cambio climático está dando muestras de ser enteramente compatible con la consecución del desarrollo sostenible y con el logro de las Metas de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas. Las preguntas que debemos plantearnos no son únicamente del tipo ¿cómo vamos a afrontar el cambio climático y los retos ecológicos que trae este siglo? o ¿cómo será la agricultura?, también tendremos que plantearnos preguntas referidas a ¿cómo afectará a nuestra salud? o ¿cuáles son las condiciones sociales más adecuadas para afrontar el cambio climático? 
 
En última instancia los Objetivos de Desarrollo Sostenible, la reducción de emisiones y la economía verde y circular son instrumentos que buscan una sociedad con menos desigualdad, más justa y cohesionada, luchar contra el cambio climático, un menor uso de materias primas, una reducción en residuos y en productos tóxicos para avanzar hacia la descarbonización y un futuro más sostenible (Prieto, 2018). En estas condiciones hablar de cambio climático es hablar también de consecuencias sociales. Esta combinación de elementos climáticos y sociales es lo que define el escenario de crisis climática que se avecina: ¿cómo vamos a abordar la agenda climática y la agenda social del siglo XXI de una manera combinada y a un mismo tiempo? 
 
Brown (1999), en su obra Un mundo justo para las futuras generaciones: derecho internacional, patrimonio común y equidad intergeneracional, plantea que es propósito del Estado realizar y proteger el bienestar y prosperidad de todas las generaciones: el principal deber planetario es el que establece que cada generación presente sólo puede tomar del planeta aquello que le resulte necesario para satisfacer sus necesidades sin comprometer la capacidad ecológica y socioeconómica de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades. Cumplir con este deber es dejar de quitar a las generaciones futuras algo a lo que tienen derecho, no entregarles algo. Los deberes planetarios –dice Brown– se imponen a cada sujeto en cuanto miembro de la generación presente y sólo tienen significado si se traducen en deberes específicos, en el derecho internacional y en el derecho interno de cada estado, respecto a la utilización de los recursos naturales y la conservación del medio ambiente. Según esta autora existen cinco clases de deberes de uso: a) de conservación de los recursos; b) de acceso equitativo a la utilización de los recursos; c) de prever o disminuir el impacto negativo sobre los recursos o la calidad ambiental; d) de minimizar los desastres; e) de soportar los costos del daño.

Parece claro que, en la crisis climática, la intergeneracionalidad marca los nodos de intersección entre las agendas climática y social siglo XXI.

Una característica común a la organización política y económica global de nuestro momento histórico es que actúa en contra de los deberes que indica Brown, como si la explotación de los recursos naturales no estuviera sujeta a ningún límite, como si no se hubiera aceptado la finitud del planeta que ya proclamó en los años 70 del siglo pasado el Club de Roma. No parece aceptarse la subordinación de la economía a las leyes de la Naturaleza, ni que la producción, comercialización y consumo de bienes y servicios están condicionados y limitados por los límites físicos de la biosfera. Las consecuencias son el cambio climático que ya nos afecta y la crisis climática consiguiente que determinará la política y la economía de la sociedad que viene. 
 
El cambio climático traerá desequilibrios en los ecosistemas, aumento de la frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos, subida del nivel del mar, escasez de agua potable, desertización y alteración de los ciclos agrícolas. Las cadenas de suministro hiperconectadas e hiperdimensionadas tienen una implicación primordial en las causas del cambio climático, son las responsables de la expoliación de los recursos del mundo, saquean las selvas vírgenes, emiten gases nocivos a la atmósfera, sobreexplotan los océanos y los contaminan con vertidos industriales. Al mismo tiempo se verán severamente afectadas por la crisis climática de la que son causa (Khanna, 2017). 
 
A medida que el incremento de temperaturas, la subida del nivel del mar y la modificación de los ciclos agrícolas afecte nuestros hábitats urbanos, nos enfrentaremos a un fenómeno de desurbanización que no sabemos hasta qué punto puede ser tan intenso como el de urbanización que hemos descrito en el apartado anterior, aunque sí podemos afirmar que no cabe esperar que sea igual en todas las regiones del planeta, ni tampoco lineal en el tiempo. A esto se une la desertización de zonas fértiles y la escasez de agua potable: la gestión del agua es otra de las cuestiones centrales de la gestión de la urbanización en escenarios de crisis climática. El agua es esencial para la industria, la agricultura, la electricidad, el consumo humano y animal… la gestión de las cuencas hidrográficas y la gestión urbana del agua plantean desafíos a nivel global (Khanna, OpCit).

La gestión de la desurbanización y la gestión del agua en entornos urbanos y regiones metropolitanas se convierten en elementos esenciales del surgimiento de una urbanización, sostenible por un lado y resiliente por otro, que se plantee una nueva relación con la naturaleza y, por ende, con los entornos rurales: una relación de equilibrio con la naturaleza y de revalorización de la vida rural. 
 
En esta relación los entornos urbanos deben asegurar la incorporación de tecnologías energéticamente eficientes en las cadenas de suministro (verdaderas responsables de los efectos del cambio climático) y elementos de sostenibilidad en sus actividades industriales y sus flujos comerciales. La incorporación de índices de sostenibilidad a las gestiones y transacciones financieras de las cadenas de suministro (fondos de inversión socialmente responsables, cumplimiento de estándares medioambientales y sociales en las decisiones de inversión, introducción de procesos de compra ética en las cadenas de proveedores…) es otro de los elementos a incorporar para promover la sostenibilidad en las cadenas de suministro. 
 
A su vez, la naturaleza y los entornos rurales, activados por una gestión eficiente de la desurbanización, podrán aportar su capacidad resiliente de revitalización de ecosistemas. La producción de energías renovables, los canales cortos de comercialización de alimentos y la práctica de una ganadería y agricultura de proximidad, mas acordes con criterios ecológicos y menos dominadas por prácticas industriales, forman parte de estas pautas de relación.



Javier Moreno Ibarra





REFERENCIAS

Alfonso, C. y otros (2017) SOS17. Sostenibilidad en España 2017. Informe Basado en los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Observatorio de la Sostenibilidad www.observatoriosostenibilidad.com

Brown, E. (1999) Un mundo justo para las futuras generaciones: derecho internacional, patrimonio común y equidad intergeneracional. Mundi Prensa Libros S.A.

Junta de Extremadura (2010) Escenarios regionalizados de cambio climático en Extremadura. Direccción General de Evaluación y Calidad Ambiental.


Khanna, P. (2017) Conectografía: mapear el futuro de la civilización mundial. PAIDÓS Estado y Sociedad, Barcelona.

Olmo, J.C. (2018) El cambio climático, un huracán para el planeta. Revista digital Ethic.

 
Puma MJ and Gold S. (2011) Formulando Escenarios de Cambio Climático para Contribuir con Estrategias de Desarrollo Adaptadas al Clima. Una Guía para Practicantes, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Nueva York, NY, Estados Unidos.


¿Es suficiente la solidaridad?

La política de mercados libres de la derecha y la propuesta de amplia prosperidad de la izquierda, ambas sin protección del medio ambiente, han desembocado en una crisis financiera, energética y climática. Ésta está transformando el significado del ‘nosotros’. «Lo nuestro» está siendo reemplazado por: «nosotros primero». Optar por «lo nuestro» es lógico. Abandonar a los demás, creer que nosotros estamos primero, es  una reacción de miedo que nos hace sentir bien. Más seguros. Ante ello surge la pregunta: ¿para enfrentarnos a esta situación es suficiente la solidaridad o necesitamos un valor que cree unos lazos más fuertes?

Hacer lo que nos hace sentir bien, es más fácil que hacer lo que es lógico. Un ejemplo de ello fueron las elecciones ganadas por Reagan prometiendo que la fiesta del consumo podía continuar, tras el anuncio de Jimmy Carter de que el petróleo y el gas estaban agotándose y eran necesarios sacrificios graduales y realistas. Éste fue el primer caso de influencia electoral de las cuestiones ambientales. ¿Están haciendo lo mismo Trump con su ‘América primero’; Iglesias cuando dice que ya que no se puede hacer una enmienda a la totalidad del sistema, aunque vamos al desastre ecológico, lo importante ahora es dar de comer a la gente; o Juan Carlos Monedero cuando dice: «hablando de decrecimiento no se ganan elecciones». ¿Ante la dureza de los años que vendrán, caerán las banderas de la solidaridad para mantener el nivel de vida actual? ¿La negaremos como Pedro negó a Jesús de Nazaret? Al mantener y promover las izquierdas y las derechas las mismas políticas de producción y consumo sin límite, que nos han traído a este punto: ¿estamos instalados en lo que Manuel Casal llama «antes fascistas que sencillos»?

Lemas y afirmaciones como las de Trump, Iglesias o Monedero expresan valores conservadores que, desde una y otra perspectiva, ignoran las leyes del planeta. El del primero empuja a la apropiación y a la guerra por los recursos. Las de los segundos los sitúan en la irresponsabilidad ambiental, porque sin energía y con un planeta deteriorado, mañana, será improbable que se pueda dar de comer a tantos como somos hoy y mucho menos a los muchos más que se espera que seamos mañana (1). Todos ellos padecen un desfase moral. Y transmiten valores del mundo del siglo XX. Pero ese mundo ya no existe. ¿Se autoengañan y nos conducen al suicidio colectivo o engañan y arrastran a la gente al abismo en su ambición por el poder? ¿O es simple ignorancia?

Estamos destruyendo el lugar hermoso que es este planeta, cuyas condiciones benignas posibilitaron el acontecimiento de la vida. Pero a pesar de no tener un planeta de repuesto seguimos con la fiesta. El mal que hacemos al planeta se vuelve contra nosotros. Y se volverá contra nuestros nietos. Ese será el precio a pagar si se mantiene un nivel de producción y consumo insostenible. ¿Dejaremos que ellos nos maldigan?

Para evitar destruir el planeta y sortear la trampa del nuevo fascismo ambiental que acecha, no basta con apostar por un cambio de modelo energético, con realizar una transición a las energías renovables —que hasta la derecha secunda— y confiar en la tecnología para la resolución del cambio climático. Es necesaria una inmersión colectiva en nuevos valores dirigidos al cuidado, a la responsabilidad, a la equidad. Y a la resiliencia.

Cambiar las cosas es cambiar el modo que la gente tiene de ver el mundo. Seguir pensando, pues, en términos de mercado libre como las derechas o de prosperidad amplia como las izquierdas, sin cambiar los valores morales de la sociedad es crear y creer en la ilusión de un capitalismo verde. La crisis del sistema climático que hemos inducido exige la transformación del modelo industrial de civilización, no solo del energético. Para evitar esta artimaña —que a quienes más perjudica es a los más débiles y a los que menos han contribuido al colapso—, es necesario un reseteo moral. Dicho de otra manera, que la sociedad se sustente en una elección moral diferente, que escoja un modo de vida acorde con los límites que nos impone el planeta. Si nuestro bienestar procede en última instancia de los recursos, agotados éstos el bienestar de la sociedad en el futuro deberá tener otro origen.

Para llevar a cabo este cambio social es crucial que dominen la esfera pública los sentimientos de empatía, cuidado, responsabilidad e interdependencia, acompañantes naturales de los valores necesarios para restaurar las capacidades antiguas —justicia y equidad— precisas para preservar —entre las naciones y dentro de ellas— la armonía en la competencia por unos recursos cada día más escasos.

Debemos construir para ello una solidaridad más fuerte, fundada en lazos de hermandad entre quienes comparten, no solo intereses de clase, económicos o nacionales, sino también destino. Esta solidaridad fuerte es la fraternidad. Desde ella emergen nuevos valores, derechos y deberes vinculados a la justicia: la equidad intergeneracional; el gobierno ético: como gobierno cimentado en los derechos humanos y en los derechos de los seres no humanos; el desarrollo humano; y la construcción de la paz positiva. Solo desde una postura moral así conformada podremos superar el reto que tenemos planteado como especie, sin olvidar injusticia de las políticas neoliberales ni el fascismo que nos acecha. La sociedad ha de prepararse para el postcolapso de la civilización industrial. Un día si no, mientras  soportamos la ira de la Naturaleza, aflorarán preguntas sobre nuestra relación con el planeta que harán surgir en nosotros el dilema del verdugo.

Francisco Soler
 http://mas.laopiniondemalaga.es/blog/barra-verde/2018/08/17/es-suficiente-la-solidaridad/

(1) ¿Hemos llegado al pico de comida? La escasez se cierne a medida que las tasas de producción mundial disminuyen: Tom Bawden indica en en el artículo del 28.1.2015, publicado en The Independent, que maíz, arroz y hasta trigo y pollo desaceleran el crecimiento de su producción. Recientes investigaciones indican además que la producción de huevos, carne, verduras, soja, y así hasta 21 productos básicos, está empezando a quedarse sin impulso. Mientras la población mundial continúa creciendo. Se espera llegue a nueve mil millones en 2050. Los problemas causados por la creciente población se han visto agravados por el crecimiento de las poblaciones adineradas de la clase media en países como China y la India, que exigen una dieta más sustanciosa. Si a lo anterior se une el pico del fósforo (2) —más complejo y difícil que el del petróleo— y las implicaciones que tiene para la inviabilidad a largo plazo —incluso a medio— de la agricultura industrial, al ser éste un recurso no renovable, puede comprenderse que las luces rojas se hayan encendido.
(2) Por qué el agotamiento del fósforo debería preocuparte, Iñaki Berazaluce, Yorokubu, 2.12.2013
Ante el declive del fósforo para la agricultura, Jesús Bermúdez, Crisis energética, 18.8.2018