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Crisis del coronavirus, capítulo uno: colapso

Imagen de Andrew Martin extraída de Pixabay

 Estos días, en lo que leo y hablo encuentro un gran contraste entre dos visiones extremas: la los que afirman que nos hallamos ante “la gran transformación” y la de los que sólo ven un paréntesis embarazoso… Me hallo entre ambas visiones. Vaya por delante que nos falta perspectiva, y que ni siquiera sabemos realmente cuánto durará esta crisis, cuántas personas morirán, qué consecuencias a corto plazo tendrá y cuánto durará el confinamiento. En todo caso, no cabe duda de que no se tratará de un mero incidente en nuestras vidas ni en la Historia de la humanidad. Tampoco parece probable que todo cambie 180 grados en unos meses… Las resistencias de los subsistemas humanos y la lentitud en los cambios cosmovisionales lo impedirán. Lo que sí parece claro es que cuanto mayor sea la gravedad de esta crisis (en términos sociales, humanos, temporales y económicos) mayor será el impacto de los cambios. Y dado que parece que los Gobiernos no están diciendo realmente cuál es esa gravedad, parece que las consecuencias serán mayores de lo que podría parecer a resultas de sus declaraciones.

Las ideas se agolpan en mi mente, pero la primera palabra que me viene es “colapso”.

Este concepto no es nuevo, y es un tema que gran parte de nuestra comunidad científica lleva trabajando hace tiempo. En particular, desde el ámbito de la ecología social, la economía ecológica y la ecología política, es una variable posible. Y gran parte de la comunidad científica de ámbitos vinculados al estudio de la crisis medioambiental la reconoce como probable. En particular, aunque no sólo, respecto a la emergencia climática, aunque también en relación con la crisis energética que el intento de evitar aquella conllevaría, salvo veleidades energético-nucleares. Estos estudios analizan cómo podrían colapsar todos los subsistemas humanos y, por tanto, la civilización tal como hoy la entendemos (occidental globalizada), si se produjesen los hechos que todos los datos están confirmando en el campo medioambiental.

Es obvio que en estos días el sistema ha colapsado. Empezando por las cadenas de suministro de materiales sanitarios y los sistemas de salud públicos en las zonas más afectadas, pasando por las cadenas de suministros del sector industrial, hasta la reciente paralización de todos los sectores productivos no esenciales, e incluso los problemas sociales o de seguridad ciudadana que han empezado en algunas zonas con protestas sociales (saqueos a supermercados en el sur de Italia, por ejemplo). Pero el colapso no afecta sólo a la economía real (otro día hablaremos de la financiera), sino también a otros ámbitos, como el que en cierto modo (a pesar del sobrehumano esfuerzo de la comunidad docente) está sufriendo el sistema educativo, los psicológicos del personal sanitario, y los posibles de ese mismo tipo en ciertas poblaciones de riesgo o en cuidadores de colectivos vulnerables. Por no hablar de la situación mental que gran parte de la población puede sufrir cuando de la noche a la mañana se le ha confinado en casa sin una previa preparación (y que explican algunos—no todos—de los incumplimientos insolidarios que todos nos apresuramos a condenar). Circunstancias que se pueden agravar cuando las medidas de excepción se alarguen, como parece, en el tiempo. Más difíciles de encajar en nuestras sociedades occidentales, menos habituadas que las orientales a la sujeción a la colectividad.

Es verdad que por el momento no parece que se haya producido un colapso económico o social completos, y, por el momento también, no se produce en el plano político (al menos en Europa, pero permanezcan atentos a la evolución de las negociaciones en la UE), ni securitario, ni energético ni agroalimentario (estos tres son clave).

Por tanto, no es una situación de bloqueo completo, pero es, si lo prefieren ustedes, un “simulacro de colapso” o, al menos, uno controlado (esperemos, si no, échense a temblar). Pero cuando se produce un cortocircuito en un espacio destinados a grandes eventos es la mejor oportunidad para revisar no sólo todas las instalaciones eléctricas sino también todos los sistemas y medidas de seguridad. ¿No? Pues bien, nos encontramos antes una situación lamentable pero que nos ofrece un marco paradigmático para estudiar cómo podríamos evitar una caída civilizatoria completa, o al menos, cómo podríamos atemperarla.

Al respecto, si se compara esta situación con los estudios referentes a posibles colapsos socioambientales que analiza la comunidad científica, llaman la atención varios paralelismos. En primer lugar, la imprevisibilidad ante el mismo es en muchas ocasiones producto de su llegada a través de una cadena de pequeños hechos concatenados que no son interpretados adecuadamente. De tal modo que se permanece a la espera de un rápido tsunami que nunca llega o, al menos, que, cuando llega, nos pilla ya con el agua al cuello. Todas las investigaciones apuntan a que no se producirá, al menos de momento, una situación apocalíptica ambiental que, cual perfecto Armagedón, imposibilite la reacción ante una catástrofe de dimensiones inabarcables sucedida sin previo aviso. Más bien, se habla de la sucesión permanente de pequeñas microcrisis, de dimensiones cada vez mayores. Como una especie de aumento progresivo y continuo de oleaje, con picos puntuales en los que puede haber galernas que cuando acaban no es sino para dar paso a nuevas tempestades más fuertes… ¿Les suena?

La segunda cuestión sobre la que es posible detectar un cierto paralelismo es la falta de preparación, la cual se debe a la negación de los hechos o a la confianza en las posibilidades del ser humano. Esto es algo típicamente moderno, en el sentido de que pertenece a la cosmovisión surgida desde la Modernidad, que cree en el progreso continuado del ser humano, dueño de su destino. “Saldremos de esta, como siempre hemos salido”. Hay aquí evidentemente una negación de la realidad, cuestión sobre la que esperamos escribir en la siguiente entrega.

El tercer ítem en el que cabe observar similitudes entre este simulacro de hundimiento y los estudio sobre uno posible socioambiental, es la desigualdad en la que se reciben las consecuencias de este. Desde el inicio de esta crisis llevo intentando escribir unas reflexiones urgentes, pero ser padre de dos niños pequeños es una gran dificultad. Aunque evidentemente no puedo quejarme, si miro alrededor. El desigual impacto de la crisis puede verse en cómo afectó (al menos, hasta la prohibición de las actividades económicas no esenciales) a determinados trabajadores/as que no pueden teletrabajar, a los/las que sufren ERTES, a los ya previamente desempleados/as, a los colectivos vulnerables, a la infancia, a los/las dependientes, a los/las mayores con o sin demencias, a las personas con discapacidad o capacidades diferentes, o con trastornos de la conducta. Evidentemente, los y las sanitarios y los miembros de los servicios de emergencia están en primera línea de fuego, pero mucho habría que hablar sobre la estabilidad y las condiciones sociolaborales de estos colectivos. También se juegan el pellejo personas que no sólo no estaban a priori vocacionadas para pelear en esta guerra, sino que tampoco gozan de dicha estabilidad ni buenas condiciones laborales.

No cabe duda: no es lo mismo pasar la crisis con teletrabajo, en una casa grande, y sin problemas económicos, que como cuidador de personas dependientes, en pisos microscópicos en barrios marginales, en el entorno de familias grandes con todos sus miembros en situación de desempleo, vulnerabilidad y tal vez con otros problemas sociofamiliares (Save the Children está publicando datos al respecto). Sin embargo, el confinamiento se ha dictado para todos por igual. La igualdad en las medidas una vez más nos remonta a la desigualdad en las condiciones de cada persona o sector social. Esto nos devuelve a eras pretéritas, pero es claramente la situación que podría dibujarse en un posible futuro escenario de bloqueo, en el que las clases privilegiadas no sufrirían de la misma manera los efectos de la crisis medioambiental. Es más, ya lo están sufriendo los colectivos más débiles de los países empobrecidos. Esa desigualdad, que parece máxima, tiene evidentemente ciertos límites: ante un escenario de colapso total que afecte a todos los subsistemas humanos) y global (en términos de extensión planetaria), no cabe defensa posible, ni siquiera por parte de los más poderosos. Eso lo hemos podido también atisbar estos días en el fallecimiento de personas famosas o poderosas en términos socioeconómicos.

Este ensayo de hundimiento nos ha golpeado en el rostro, pero es sólo una pequeña muestra de algo que podría ser mucho peor[1]. Un aviso de algo que tal vez podría irse manifestando, como ya se ha apuntado, en forma de nuevas crisis parciales. La cuestión es: tras la superación de esta crisis, ¿seremos por fin conscientes de que un colapso mucho más grave es inminente si retomamos la senda anterior?



 Pablo Font Oporto
https://blog.cristianismeijusticia.net/2020/04/03/crisis-del-coronavirus-capitulo-uno-colapso



[1] Antes del cierre de este texto he encontrado un texto que aborda la crisis del COVID-19 desde la perspectiva del colapso y que recoge una amplia bibliografía sobre el tema del posible colapso de nuestra civilización no sólo medioambiental, y posibles relaciones entre este y la emergencia sanitaria actual.






MODELO ENERGÉTICO: TENSIÓN NATURALEZA-PRODUCCIÓN.

Tomado de De Castro, C. (2009) Escenarios de energía-economía mundiales con modelos de dinámica de

sistemas. Tesis doctoral, Universidad de Valladolid.

“Somos estructuralmente ecodependientes, partes subordinadas del sistema biosfera, tenemos que procurar no deteriorar las condiciones de posibilidad de nuestra propia existencia.”
Emilio Santiago Muiño
Rutas sin mapa: horizontes de transición ecosocial

Para David Holmgren (2009), la aparición simultánea del cambio climático y el cénit del suministro mundial del petroleo nos enfrenta a un cambio sin precedentes en la reorganización de nuestra biosfera y de los cimientos de la industria, la economía y la cultura mundiales. 

Holmgren (OpCit) resalta cuatro grandes escenarios energéticos que proporcionan un marco para considerar el amplio espectro de probables futuros, cultural y ecológicamente imaginados, para el próximo siglo o más allá:

• Tecno-Explosión. Este escenario se asocia generalmente con la navegación espacial y la colonización de otros planetas. Para que esto ocurra dependemos de fuentes de energía nuevas, grandes y concentradas que permitan el crecimiento continuo de la riqueza material y del poder humano sobre las limitaciones medio ambientales, al mismo tiempo que crece la población.

• Tecno-Estabilidad. Este escenario supone un paso de un crecimiento material fundado en el agotamiento de la energía a un estado de equilibrio en el consumo de recursos y en la población. Si bien esto claramente implicaría grandes cambios en casi todos los aspectos de la sociedad, se espera que una vez establecidos estos sistemas sostenibles llegaremos a una sociedad en equilibrio dinámico no muy diferente a la actual.

• Descenso Energético. Este escenario implica, de algún modo, una reducción en la actividad económica, la complejidad y las poblaciones, a medida que los combustibles fósiles se vayan agotando. La creciente dependencia de recursos renovables con menor densidad de energía, con el tiempo cambiaría la estructura de la sociedad. Esto indicaría una ruralización de los asentamientos y de la economía, con un movimiento más lento y de menor volumen de energía y recursos, y una disminución progresiva en las poblaciones humanas.

• Colapso. Este escenario sugiere un fracaso completo de todos los sistemas interconectados que mantienen y apoyan la sociedad industrial, en la medida que los combustibles fósiles de alta calidad se van agotando y/o el cambio climático vaya dañando radicalmente los sistemas de soporte ecológico. Involucraría inevitablemente una rápida y pronunciada caída de la población humana y una pérdida de los conocimientos y la infraestructura necesarios para la civilización industrial, si no más graves escenarios, incluida la extinción humana junto con gran parte de la biodiversidad del planeta.

En una línea similar, De Castro (2009) reconoce que a la crisis económica derivada de la crisis financiera se le unen la crisis energética y la crisis alimentaria en un marco de relación entre ellas que viene conformado por la crisis climática. De Castro (Op Cit) propone un análisis de escenarios de futuro, en un esfuerzo por modelar el sistema económico y sus conexiones con la energía y la ecología, para ayudarnos en la toma de decisiones políticas, especialmente en materia de política energética y política medioambiental (mercado de emisiones, impuestos a la energía y/o a las emisiones, etc.).

Para enfrentarse a esta labor, trabaja a partir de cuatro tipos de factores que influyen en la producción y consumo de energía (avance tecnológico; crecimiento económico mundial; medio ambiente, la política, los acuerdos internacionales y el comportamiento social; física y geología de los recursos energéticos) y los combina con visiones más o menos optimistas, según estén centradas en economía, desarrollo o supervivencia. De esta manera se obtiene el siguiente cuadro (tomado de De Castro, 2009): 





 




Si la visión optimista del mundo fuera correcta y se utilizaran unas políticas centradas en la economía, entonces el mundo humano conseguiría un crecimiento económico alto en el futuro. Pero bajo estas mismas políticas, si la visión del mundo escéptica fuera correcta se produciría un desastre económico y si la visión pesimista terminara siendo la correcta, entonces las políticas optimistas conducirían a un colapso de la civilización humana. 

De la misma manera, si se utilizaran unas políticas centradas en el desarrollo, la visión optimista generaría crecimiento económico medio, la escéptica generaría desarrollo humano sostenible y la pesimista provocaría colapso o recesión económica.

Por último, con unas políticas centradas en la supervivencia, la visión optimista generaría recesión económica, la escéptica generaría recesión económica temporal y la pesimista nos llevaría a la supervivencia a través de un cambio civilizatorio.

Finalmente se añade una interpretación subjetiva de la probabilidad que se asigna a cada una de las visiones del mundo, a partir de la que se propone no esperar a la aportación de evidencias científicas abrumadoras (de >90%) sobre las probabilidades subjetivas y basar las decisiones políticas en umbrales bajos (del 10%) de evidencia científica sobre la probabilidad de ocurrencia, dados los riesgos tan elevados que entran en juego. Bajo este “principio de precaución” propuesto por De Castro, la carga de la prueba debería haber sido demostrar, con una probabilidad mayor del 90%, que no existe un Cambio Climático provocado por las actividades humanas y no al revés, como ha ocurrido.

Muiño (2016) es otro de los autores que anuncia, para el siglo XXI, la crisis del capitalismo como patrón civilizatorio. Señala que la actual crisis económica no se puede interpretar como una crisis cíclica del capitalismo, que, una vez resuelta, permitiría seguir con la marcha de nuestro sistema económico con variaciones más o menos significativas. Compara la crisis económica actual con la crisis de 1929, definiendo ésta como una crisis de sobreproducción y marcando la diferencia con la actual crisis al definirla como una crisis de sobreconsumo de los recursos básicos que fomentan nuestro modo de vida. 

A partir de esta premisa, Muiño (OpCit) coincide con Harari (2015) en que las consecuencias de la crisis civilizatoria que vivimos suponen un vuelco de las cosmovisiones, los valores y del modo en que los seres humanos nos relacionamos con nosotros mismos y con la naturaleza. 

Para Muiño el colapso socioecológico ya ha comenzado. El pico de la producción del petróleo ha sido ya sobrepasado en este principio de siglo y cualquier otra alternativa energética de energías fósiles (gas, uranio, carbón…) presenta problemas de agotamiento próximo. Los picos productivos de metales como el hierro, el aluminio o el cobre se esperan para mediados del siglo XXI, la misma suerte cabe esperar para otros metales necesarios para el avance de la innovación tecnológica. A su vez, el cambio climático puede traer alteraciones bruscas en los agrosistemas humanos, aproximarnos al límite de seguridad del uso mundial del agua y generar una pérdida de biodiversidad vertiginosa.

Para diversos autores el problema de las energías renovables, como fuentes energéticas sustitutivas de las energías fósiles, se centra en cuestiones de incompatibilidad con los niveles de consumo de la sociedad industrial actual, dado que las energías renovables no tendrán la intensidad energética que tienen las energías fósiles (Holmgren, OpCit; De Castro, OpCit; Khanna, OpCit). No obstante, las cadenas energéticas de suministro están comenzando a estudiar modelos rentables de gestión de energías variables (que no garantizan un suministro constante, como las energías solar, eólica, geotérmica… en general las fuentes de energía renovables, que están sujetas a variaciones de producción según variables meteorológicas, estacionales, de luz, climáticas…) a través de redes de energía de generación distribuida (plataformas energéticas bidireccionales en las que los clientes usuarios de las redes energéticas pueden poner a disposición de la red de suministro la energía que producen a través de sus dispositivos domésticos) en una suerte de economía colaborativa coordinada entre sistemas, mercados y propietarios de recursos energéticos (Centro para Soluciones de Energía de Deloitte, 2017).

En todo caso, y dada la estrecha correlación entre consumo energético y crecimiento económico, la situación descrita apunta al fin del crecimiento económico e implica el surgimiento de una nueva civilización postcapitalista, que Muiño propone conscientemente construida, marcada por los imperativos morales de pensar en los otros y pensar en el mañana (como los ya mentados deberes planetarios de Brown), en la que la sostenibilidad no es una opción, sino una cuestión de supervivencia. Para llevar a cabo esta labor, se plantea distinguir entre sostenibilidad débil y sostenibilidad fuerte. La sostenibilidad débil procura reducir los efectos del colapso distribuyéndolos a otros lugares y a otros tiempos (incumpliendo los deberes planetarios de Brown y no pensando ni el los otros ni en el mañana). La sostenibilidad fuerte, en cambio, persigue revertirlos o, al menos repararlos.

Tainter (1988) entiende por colapso una reducción acusada en el nivel de complejidad de una sociedad, en apenas unas décadas, con un descenso brusco de la población y un deterioro severo del aparato político. Casal (2016) asume que el colapso no tiene por qué ser un sinónimo de "apocalipsis", sino una mera simplificación rápida de la sociedad a todos los niveles. Muiño (OpCit), siguiendo este mismo rezonamiento, se sitúa en interpretaciones de mayor complejidad, incluyendo posibilidades de colapso más acordes con los escenarios de descenso energético de Holmgren (OpCit) o las visiones pesimistas centradas en la supervivencia y cambio de civilización de De Castro (OpCit). Admite que habrá cambios radicales, pero defiende, al mismo tiempo, que las transiciones civilizatorias se dan siempre en la escala de los siglos y que la esperanza, además de un ejercicio de optimismo, lo es de inteligencia. Para apoyar su posicionamiento busca en la historia y presenta el caso del Imperio Bizantino, representativo de cómo un ente civilizatorio pudo esquivar el colapso por la vía de la simplificación de su complejidad económica y social. Lo que está en juego es si hacemos esa reducción de consumo y complejidad de forma ordenada, de forma caótica, o bien dirigida por unas élites que sólo mirarán su propia supervivencia.

Para Casal (2016), es necesario abandonar el imposible objetivo de la “sostenibilidad” y cambiarlo urgentemente por la construcción de “resiliencia”, es decir, de la capacidad de resistir el gran golpe que se nos viene encima, para intentar minimizar el sufrimiento social. Porque si algo nos traerá claramente el colapso de la industrialización será la vuelta a un modo de vida más local, tanto en lo social como en lo económico, en la cultura, etc. 

Sempere (2014), en un giro que integra los planteamientos de Muiño, De Castro y Casal, plantea esta transición postcapitalista, combinando elementos de resiliencia y de sostenibilidad fuerte, en términos de economía dual: por un lado un sector de producción local ligera (que no requiera consumos significativos de materiales no renovables) y por otro, un sector que pueda mantener una producción pesada (sectores de cierta complejidad técnica y un mayor uso de materiales no renovables, para actividades agropecuarias y minero-metalúrgicas e industriales de gran escala) desarrollada en ámbitos que desbordan lo local. La cuestión primordial sería estudiar en qué condiciones sociopolíticas (técnicas, energéticas, de marco institucional, de transporte, de movilización de capital y para mantener sistemas de educación, investigación, atención sanitaria, protección social, etc.) se puede desarrollar una producción pesada sostenible.


Javier Moreno Ibarra




REFERENCIAS

Brown, E. (1999) Un mundo justo para las futuras generaciones: derecho internacional, patrimonio común y equidad intergeneracional. Mundi Prensa Libros S.A.
Casal, M. (2016) La izquierda ante el colapso de la civilizacion industrial: apuntes para un debate urgente. Editorial La Oveja Roja, Madrid.
Centro para Soluciones de Energía de Deloitte (2017) Gestión de fuentes de energía variable y distribuida: una nueva era para la red. Cuadernos de Energía, nº 51. Deloitte, Garrigues, Club Español de la Energía, Madrid.
De Castro, C. (2009) Escenarios de energía-economía mundiales con modelos de dinámica de sistemas. Tesis doctoral, Universidad de Valladolid.
Harari, Y. N. (2015) Homo Deus. Breve historia del mañana. Penguin Random House Grupo editorial SAU.
Holmgren, D. (2009) Future Scenarios: how communities can adapt to peak oil and climate change. Chelsea Green Publishing, Vermont (Canada).

Khanna, P. (2017) Conectografía: mapear el futuro de la civilización mundial. PAIDÓS Estado y Sociedad, Barcelona.
Santiago Muiño, E. (2016) Rutas sin mapa. Horizontes de transición ecosocial. Catarata.
Sempere, J. (2014) Papel y límites de la acción intersticial en las transiciones postcarbono. En https://www.uv.es/poscarbo/papers/jsempere_mayo2014.pdf
Tainter, J. (1988) The collapse of complex societies. Cambridge University Press.Cambridge. En Santiago Muiño, E. (2016) Rutas sin mapa. Horizontes de transición ecosocial. Catarata.


Caperucita Roja y la distopía del crecimiento económico

La inacción generalizada de los partidos políticos respecto a la crisis terminal de la sociedad industrial, cuya traducción visible es el declive de las energías fósiles y la imposibilidad de que las energías renovables sean escalables en la cantidad y ritmo precisos para la sustitución fósil, nos sitúa en el tiempo de los hechos, de la acción, no en el de la espera en los discursos, si no queremos contar el cuento de Caperucita Roja y la distopía del crecimiento económico.

Hoy aún tenemos todas las opciones abiertas. La utopía aún es posible. Pero si las fuerzas políticas continúan mirando hacia otro lado —no digo los poderes económicos, pues esos siempre miraran hacia su lado—, y la gente común sigue desinformada, nos caeremos de esta civilización industrial como Pablo de Tarso se cayó del caballo. Cegados por la revelación de la realidad. La transición habrá de hacerse entonces de un día para otro. En tal caso la opción solo podrá ser la menos mala entre las distopías. ¿Quo vadis mundi? Al colapso de la civilización industrial, dijo Caperucita, que llevaba una cesta de productos industriales para su abuelita. ¿Se dará cuenta Caperucita del engaño del industrialismo feroz? ¿Matará el leñador al crecimiento económico malo y recuperará de sus entrañas al planeta?

El discurso oficial de las fuerzas políticas para responder al colapso de la civilización industrial es el ya manido e «impracticable desarrollo sostenible». ¿Sostener qué?, si la historia nos está avisando sobre la necesidad de refundar el mundo con el 85% menos de energía y unos recursos materiales muy mermados. Y del avance de la crisis climática. El discurso de la sostenibilidad solo sustenta la mentira de la viabilidad del crecimiento económico que se sigue alimentando. Según Juan Carlos Monedero hablando de decrecimiento no se ganan elecciones. Pero de seguir por ese camino terminaremos comiendo tierra.

A mi me gustaría conocer cual es la estrategia que van a proponer las fuerzas políticas para hacer frente al colapso civilizatorio y como piensan enfrentar el hat-trick que nos puede colar el planeta: descenso energético, de recursos materiales y crisis climática. Y los efectos sociales que traerá. ¿Qué estrategia piensa desarrollar cada una de las fuerzas políticas: son partidarias de una «estrategia franca» o están por desarrollar una «estrategia hipócrita», de decirle a la gente lo que quiere oír y mantener el crecimiento? A tenor de las declaraciones de sus líderes, la estrategia de las izquierdas es la hipócrita y la de la derecha la negacionista. Y digan lo que digan quienes las defienden, ambas tienen probabilidad de conducir a la gente hacia un fascismo escudado en la emergencia ecológica, cuando ésta, desesperada, busque soluciones.

¿Están las fuerzas políticas dispuestas a crear una mesa multipartidista, convocar expertos, escuchar, divulgar el escenario de colapso civilizatorio al que nos enfrentamos y empezar a proponer y debatir soluciones? Es mucho lo que está en juego y, necesario por ello, un pronunciamiento claro y explícito de cada fuerza política a este respecto. Más que mucho, todo está en juego. ¿O es qué piensan avisar y actuar «media hora antes del colapso» de la civilización industrial?

Hagamos la prueba del nueve. ¿Habría fuerzas políticas que llevaran en su programa político para las próximas elecciones autonómicas y municipales, europeas y generales dos sencillas medidas, que tomo prestadas del libro de Manuel Casal, La izquierda ante el colapso de la civilización industrial. Apuntes para un debate urgente: una, colaborar en la realización de todo tipo de jornadas de divulgación social del peak oil o pico del petróleo y sus implicaciones para nuestra sociedad y; la otra, urgir a los responsables de las instalaciones de suministro de agua potable para que analicen las vulnerabilidades de las mismas en el caso de una súbita carencia de derivados del petróleo o de suministro eléctrico. ¿Suscribirán las lideresas y líderes políticos, excelentísimas señorías, el compromiso? ¿Serán este asunto y el cambio climático los ejes de sus campañas electorales? En caso negativo ¿vamos a dejar que continúen jugando con nosotros a la gallinita ciega?

¿Qué es el peak oil o pico del petróleo —y del resto de energías fósiles— del que hablo? A grandes rasgos y en unas pocas cuantas palabras. Éste señala el cenit de la producción petrolera, así como del gas y del carbón, tras cada uno de los cuales la tasa de producción de cada energía fósil entra en un declive terminal. Este evento va a traer un colapso de la civilización industrial que hemos montado, por la imposibilidad de sustitución por energías renovables como decía más arriba. La disponibilidad energética fósil será el 15% de la actual. El cambio puede ser abrupto, si no se reacciona a tiempo y, en cualquier caso, será revolucionario y requerirá grandes dosis de empatía, responsabilidad, justicia y conciencia de nuestra interdependencia. Ingredientes necesarios para un gobierno ético e imprescindibles para la construcción de la paz. El caos económico es evitable si actuamos en la forma señalada y efectuamos el cambio en el tiempo adecuado, es decir, si empezamos ya, y no escondemos la cabeza en el hoyo de la confianza en la ciencia y la tecnología para encontrar nuevas fuentes energéticas ilimitadas, que hagan innecesario el austericidio energético. Y para ello hace falta determinación en el logro de los objetivos.

El cambio civilizatorio que hemos de realizar hacia una sociedad sin energías fósiles, como dice Manuel Casal, no es ninguna tragedia para la gente corriente, si lo será, en cambio, para unas élites que no podrán continuar con su modo de vida despilfarrador, despreocupado. Egoísta. Hay una añoranza de simplificar la vida en mucha gente. La  nueva civilización que ha de surgir y que habrá que construir nos ofrece la oportunidad de retornar a una vida más simple y más local. De apartarnos del camino al que otros nos quieren llevar y dirigirnos hacia donde sentimos que queremos estar. No por ello podemos olvidar que las élites tienen su modelo de civilización postpetróleo: la  tecnoutopía ciborg. Y que en caso de fracaso total nos embestirá la distopía zombie de un mundo sin petróleo y sin hielo. Eso significará que el lobo feroz se comió a Caperucita. Entonces nos lamentaremos y diremos: ¡pobre Caperucita! Unos llorarán, otros invocarán a Dios y otros pedirán la guillotina para quienes nos trajeron hasta aquí. Es hora del retorno a los límites.


Francisco Soler
 http://mas.laopiniondemalaga.es/blog/barra-verde/2018/08/