CRISIS CLIMÁTICA: RETOS ECOLÓGICOS PARA LA AGENDA CLIMÁTICA Y LA AGENDA SOCIAL DEL SIGLO XXI.

Tenemos que convertir el territorio en un lugar de vida, no únicamente en un lugar de residencia.”
Francisco Soler


Según datos publicados por el Observatorio de la Sostenibilidad (Alfonso, 2017), España es el país europeo que más ha aumentado las emisiones de gases de efecto invernadero desde 1990. Las condiciones ecológicas de España son de elevada vulnerabilidad especialmente para el ciclo hidrológico, la biodiversidad y las costas, por ello son necesarias actuaciones urgentes para adaptarnos al cambio climático. El año 2016 ha sido muy cálido en España, con una temperatura media de 15,8ºC, valor que supera en 0,7ºC al normal (período de referencia 1981-2010). Se ha tratado del sexto año más cálido desde el comienzo de la serie en 1965 y el quinto más cálido de lo que llevamos de siglo XXI.

Juan Carlos del Olmo, secretario General de WWF España (2018) define España como un país extremadamente vulnerable al cambio climático, con una economía que depende en gran medida de sectores estratégicos ligados a la naturaleza y a la salud de los ecosistemas como el turismo, la agricultura, la ganadería y la pesca, y en el que gran parte de su población se encuentra en zonas de riesgo por olas de calor. En estas circunstancias, la lucha contra el cambio climático es una cuestión de pura supervivencia y una oportunidad única para cambiar radicalmente el modelo energético actual, para hacerlo eficiente, totalmente renovable y también más justo. 

En esta misma dirección, Punma y Golg (2011), indican que hacer frente a los posibles impactos del cambio climático está dando muestras de ser enteramente compatible con la consecución del desarrollo sostenible y con el logro de las Metas de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas. Las preguntas que debemos plantearnos no son únicamente del tipo ¿cómo vamos a afrontar el cambio climático y los retos ecológicos que trae este siglo? o ¿cómo será la agricultura?, también tendremos que plantearnos preguntas referidas a ¿cómo afectará a nuestra salud? o ¿cuáles son las condiciones sociales más adecuadas para afrontar el cambio climático? 
 
En última instancia los Objetivos de Desarrollo Sostenible, la reducción de emisiones y la economía verde y circular son instrumentos que buscan una sociedad con menos desigualdad, más justa y cohesionada, luchar contra el cambio climático, un menor uso de materias primas, una reducción en residuos y en productos tóxicos para avanzar hacia la descarbonización y un futuro más sostenible (Prieto, 2018). En estas condiciones hablar de cambio climático es hablar también de consecuencias sociales. Esta combinación de elementos climáticos y sociales es lo que define el escenario de crisis climática que se avecina: ¿cómo vamos a abordar la agenda climática y la agenda social del siglo XXI de una manera combinada y a un mismo tiempo? 
 
Brown (1999), en su obra Un mundo justo para las futuras generaciones: derecho internacional, patrimonio común y equidad intergeneracional, plantea que es propósito del Estado realizar y proteger el bienestar y prosperidad de todas las generaciones: el principal deber planetario es el que establece que cada generación presente sólo puede tomar del planeta aquello que le resulte necesario para satisfacer sus necesidades sin comprometer la capacidad ecológica y socioeconómica de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades. Cumplir con este deber es dejar de quitar a las generaciones futuras algo a lo que tienen derecho, no entregarles algo. Los deberes planetarios –dice Brown– se imponen a cada sujeto en cuanto miembro de la generación presente y sólo tienen significado si se traducen en deberes específicos, en el derecho internacional y en el derecho interno de cada estado, respecto a la utilización de los recursos naturales y la conservación del medio ambiente. Según esta autora existen cinco clases de deberes de uso: a) de conservación de los recursos; b) de acceso equitativo a la utilización de los recursos; c) de prever o disminuir el impacto negativo sobre los recursos o la calidad ambiental; d) de minimizar los desastres; e) de soportar los costos del daño.

Parece claro que, en la crisis climática, la intergeneracionalidad marca los nodos de intersección entre las agendas climática y social siglo XXI.

Una característica común a la organización política y económica global de nuestro momento histórico es que actúa en contra de los deberes que indica Brown, como si la explotación de los recursos naturales no estuviera sujeta a ningún límite, como si no se hubiera aceptado la finitud del planeta que ya proclamó en los años 70 del siglo pasado el Club de Roma. No parece aceptarse la subordinación de la economía a las leyes de la Naturaleza, ni que la producción, comercialización y consumo de bienes y servicios están condicionados y limitados por los límites físicos de la biosfera. Las consecuencias son el cambio climático que ya nos afecta y la crisis climática consiguiente que determinará la política y la economía de la sociedad que viene. 
 
El cambio climático traerá desequilibrios en los ecosistemas, aumento de la frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos, subida del nivel del mar, escasez de agua potable, desertización y alteración de los ciclos agrícolas. Las cadenas de suministro hiperconectadas e hiperdimensionadas tienen una implicación primordial en las causas del cambio climático, son las responsables de la expoliación de los recursos del mundo, saquean las selvas vírgenes, emiten gases nocivos a la atmósfera, sobreexplotan los océanos y los contaminan con vertidos industriales. Al mismo tiempo se verán severamente afectadas por la crisis climática de la que son causa (Khanna, 2017). 
 
A medida que el incremento de temperaturas, la subida del nivel del mar y la modificación de los ciclos agrícolas afecte nuestros hábitats urbanos, nos enfrentaremos a un fenómeno de desurbanización que no sabemos hasta qué punto puede ser tan intenso como el de urbanización que hemos descrito en el apartado anterior, aunque sí podemos afirmar que no cabe esperar que sea igual en todas las regiones del planeta, ni tampoco lineal en el tiempo. A esto se une la desertización de zonas fértiles y la escasez de agua potable: la gestión del agua es otra de las cuestiones centrales de la gestión de la urbanización en escenarios de crisis climática. El agua es esencial para la industria, la agricultura, la electricidad, el consumo humano y animal… la gestión de las cuencas hidrográficas y la gestión urbana del agua plantean desafíos a nivel global (Khanna, OpCit).

La gestión de la desurbanización y la gestión del agua en entornos urbanos y regiones metropolitanas se convierten en elementos esenciales del surgimiento de una urbanización, sostenible por un lado y resiliente por otro, que se plantee una nueva relación con la naturaleza y, por ende, con los entornos rurales: una relación de equilibrio con la naturaleza y de revalorización de la vida rural. 
 
En esta relación los entornos urbanos deben asegurar la incorporación de tecnologías energéticamente eficientes en las cadenas de suministro (verdaderas responsables de los efectos del cambio climático) y elementos de sostenibilidad en sus actividades industriales y sus flujos comerciales. La incorporación de índices de sostenibilidad a las gestiones y transacciones financieras de las cadenas de suministro (fondos de inversión socialmente responsables, cumplimiento de estándares medioambientales y sociales en las decisiones de inversión, introducción de procesos de compra ética en las cadenas de proveedores…) es otro de los elementos a incorporar para promover la sostenibilidad en las cadenas de suministro. 
 
A su vez, la naturaleza y los entornos rurales, activados por una gestión eficiente de la desurbanización, podrán aportar su capacidad resiliente de revitalización de ecosistemas. La producción de energías renovables, los canales cortos de comercialización de alimentos y la práctica de una ganadería y agricultura de proximidad, mas acordes con criterios ecológicos y menos dominadas por prácticas industriales, forman parte de estas pautas de relación.



Javier Moreno Ibarra





REFERENCIAS

Alfonso, C. y otros (2017) SOS17. Sostenibilidad en España 2017. Informe Basado en los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Observatorio de la Sostenibilidad www.observatoriosostenibilidad.com

Brown, E. (1999) Un mundo justo para las futuras generaciones: derecho internacional, patrimonio común y equidad intergeneracional. Mundi Prensa Libros S.A.

Junta de Extremadura (2010) Escenarios regionalizados de cambio climático en Extremadura. Direccción General de Evaluación y Calidad Ambiental.


Khanna, P. (2017) Conectografía: mapear el futuro de la civilización mundial. PAIDÓS Estado y Sociedad, Barcelona.

Olmo, J.C. (2018) El cambio climático, un huracán para el planeta. Revista digital Ethic.

 
Puma MJ and Gold S. (2011) Formulando Escenarios de Cambio Climático para Contribuir con Estrategias de Desarrollo Adaptadas al Clima. Una Guía para Practicantes, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Nueva York, NY, Estados Unidos.


¿Es suficiente la solidaridad?

La política de mercados libres de la derecha y la propuesta de amplia prosperidad de la izquierda, ambas sin protección del medio ambiente, han desembocado en una crisis financiera, energética y climática. Ésta está transformando el significado del ‘nosotros’. «Lo nuestro» está siendo reemplazado por: «nosotros primero». Optar por «lo nuestro» es lógico. Abandonar a los demás, creer que nosotros estamos primero, es  una reacción de miedo que nos hace sentir bien. Más seguros. Ante ello surge la pregunta: ¿para enfrentarnos a esta situación es suficiente la solidaridad o necesitamos un valor que cree unos lazos más fuertes?

Hacer lo que nos hace sentir bien, es más fácil que hacer lo que es lógico. Un ejemplo de ello fueron las elecciones ganadas por Reagan prometiendo que la fiesta del consumo podía continuar, tras el anuncio de Jimmy Carter de que el petróleo y el gas estaban agotándose y eran necesarios sacrificios graduales y realistas. Éste fue el primer caso de influencia electoral de las cuestiones ambientales. ¿Están haciendo lo mismo Trump con su ‘América primero’; Iglesias cuando dice que ya que no se puede hacer una enmienda a la totalidad del sistema, aunque vamos al desastre ecológico, lo importante ahora es dar de comer a la gente; o Juan Carlos Monedero cuando dice: «hablando de decrecimiento no se ganan elecciones». ¿Ante la dureza de los años que vendrán, caerán las banderas de la solidaridad para mantener el nivel de vida actual? ¿La negaremos como Pedro negó a Jesús de Nazaret? Al mantener y promover las izquierdas y las derechas las mismas políticas de producción y consumo sin límite, que nos han traído a este punto: ¿estamos instalados en lo que Manuel Casal llama «antes fascistas que sencillos»?

Lemas y afirmaciones como las de Trump, Iglesias o Monedero expresan valores conservadores que, desde una y otra perspectiva, ignoran las leyes del planeta. El del primero empuja a la apropiación y a la guerra por los recursos. Las de los segundos los sitúan en la irresponsabilidad ambiental, porque sin energía y con un planeta deteriorado, mañana, será improbable que se pueda dar de comer a tantos como somos hoy y mucho menos a los muchos más que se espera que seamos mañana (1). Todos ellos padecen un desfase moral. Y transmiten valores del mundo del siglo XX. Pero ese mundo ya no existe. ¿Se autoengañan y nos conducen al suicidio colectivo o engañan y arrastran a la gente al abismo en su ambición por el poder? ¿O es simple ignorancia?

Estamos destruyendo el lugar hermoso que es este planeta, cuyas condiciones benignas posibilitaron el acontecimiento de la vida. Pero a pesar de no tener un planeta de repuesto seguimos con la fiesta. El mal que hacemos al planeta se vuelve contra nosotros. Y se volverá contra nuestros nietos. Ese será el precio a pagar si se mantiene un nivel de producción y consumo insostenible. ¿Dejaremos que ellos nos maldigan?

Para evitar destruir el planeta y sortear la trampa del nuevo fascismo ambiental que acecha, no basta con apostar por un cambio de modelo energético, con realizar una transición a las energías renovables —que hasta la derecha secunda— y confiar en la tecnología para la resolución del cambio climático. Es necesaria una inmersión colectiva en nuevos valores dirigidos al cuidado, a la responsabilidad, a la equidad. Y a la resiliencia.

Cambiar las cosas es cambiar el modo que la gente tiene de ver el mundo. Seguir pensando, pues, en términos de mercado libre como las derechas o de prosperidad amplia como las izquierdas, sin cambiar los valores morales de la sociedad es crear y creer en la ilusión de un capitalismo verde. La crisis del sistema climático que hemos inducido exige la transformación del modelo industrial de civilización, no solo del energético. Para evitar esta artimaña —que a quienes más perjudica es a los más débiles y a los que menos han contribuido al colapso—, es necesario un reseteo moral. Dicho de otra manera, que la sociedad se sustente en una elección moral diferente, que escoja un modo de vida acorde con los límites que nos impone el planeta. Si nuestro bienestar procede en última instancia de los recursos, agotados éstos el bienestar de la sociedad en el futuro deberá tener otro origen.

Para llevar a cabo este cambio social es crucial que dominen la esfera pública los sentimientos de empatía, cuidado, responsabilidad e interdependencia, acompañantes naturales de los valores necesarios para restaurar las capacidades antiguas —justicia y equidad— precisas para preservar —entre las naciones y dentro de ellas— la armonía en la competencia por unos recursos cada día más escasos.

Debemos construir para ello una solidaridad más fuerte, fundada en lazos de hermandad entre quienes comparten, no solo intereses de clase, económicos o nacionales, sino también destino. Esta solidaridad fuerte es la fraternidad. Desde ella emergen nuevos valores, derechos y deberes vinculados a la justicia: la equidad intergeneracional; el gobierno ético: como gobierno cimentado en los derechos humanos y en los derechos de los seres no humanos; el desarrollo humano; y la construcción de la paz positiva. Solo desde una postura moral así conformada podremos superar el reto que tenemos planteado como especie, sin olvidar injusticia de las políticas neoliberales ni el fascismo que nos acecha. La sociedad ha de prepararse para el postcolapso de la civilización industrial. Un día si no, mientras  soportamos la ira de la Naturaleza, aflorarán preguntas sobre nuestra relación con el planeta que harán surgir en nosotros el dilema del verdugo.

Francisco Soler
 http://mas.laopiniondemalaga.es/blog/barra-verde/2018/08/17/es-suficiente-la-solidaridad/

(1) ¿Hemos llegado al pico de comida? La escasez se cierne a medida que las tasas de producción mundial disminuyen: Tom Bawden indica en en el artículo del 28.1.2015, publicado en The Independent, que maíz, arroz y hasta trigo y pollo desaceleran el crecimiento de su producción. Recientes investigaciones indican además que la producción de huevos, carne, verduras, soja, y así hasta 21 productos básicos, está empezando a quedarse sin impulso. Mientras la población mundial continúa creciendo. Se espera llegue a nueve mil millones en 2050. Los problemas causados por la creciente población se han visto agravados por el crecimiento de las poblaciones adineradas de la clase media en países como China y la India, que exigen una dieta más sustanciosa. Si a lo anterior se une el pico del fósforo (2) —más complejo y difícil que el del petróleo— y las implicaciones que tiene para la inviabilidad a largo plazo —incluso a medio— de la agricultura industrial, al ser éste un recurso no renovable, puede comprenderse que las luces rojas se hayan encendido.
(2) Por qué el agotamiento del fósforo debería preocuparte, Iñaki Berazaluce, Yorokubu, 2.12.2013
Ante el declive del fósforo para la agricultura, Jesús Bermúdez, Crisis energética, 18.8.2018

UNA HISTORIA DE REFUGIADOS


Yusra Mardini tiene una cara aniñada, una sonrisa optimista y una voluntad de hierro. Su vida en Siria no era la de una familia especialmente acomodada, pero vivian bien. Su padre era entrenador de natación, y entrenó a sus hijas desde muy pequeñas, y su madre era fisioterapeuta.

La guerra de Siria cambió sus vidas, bajo los bombardeos, sin casa, sin futuro, Yusar y su hermana mayor Sara, se metieron en una balsa hinchable (prevista solo para 6 personas) con otros 18 refugiados, por la que habían pagado más de 1.500 $ cada uno a la mafia turca. Para sorpresa de todos, el motor de la balsa dejó de funcionar a los 20 minutos de estar en el mar, frente a las costas de Turquía. Yusra y Sara, no dudaron en tirarse al agua, junto con otro refugiados, y nadaron empujando la balsa hasta cerca de la Isla de Lebos. Más de tres horas agotadoras, luchando contra el mar, y donde los valientes nadadores estuvieron a punto de perecer ahogados por el frío y el cansancio. Dice ella que siendo nadadora, hubiese sigo absurdo morir nadando.

No fue este el final del periplo, más bien el inicio. La historia de los refugiados Sirios es humillante. En Lesbos ni siquiera les dieron comida o agua (estaba prohibido por la autoridades). Viajaron por Macedonia, Serbia y Budapest y llegaron a Alemania, donde no son ciudadanas de ninguna parte, pero al menos fueron acogidas en campos de refugiados. Yusra y su hermana pagaron más de 5.000 $ a las mafias en todo este deambular.

El conflicto armado en Siria ha dado lugar a una de las mayores crisis humanitarias de toda la región. 250 personas, la mayoría civiles, han muerto desde el estallido de la guerra en 2011. Desde principios de 2013 el número de refugiados sirios en los países vecinos se ha duplicado. Las cifras más recientes indican que 4 millones de refugiados sirios buscan asilo en Jordania, Líbano, Turquía, Irak y el Norte de África. Más de la mitad son niños y la mayoría de ellos están traumatizados por el horror que han vivido.

La historia de Siria nos podía haber ocurrido a todos, es la historia de las guerras por los recursos. Tenían una casa, estudios, una vida y han sido desprovistos de todo. El resultado es la paradógica figura de “expulsados retenidos”. No tienen pasaporte, no son de ningún sitio.

Pero las migraciones por la guerra, por los recursos y en el futuro no muy lejano, por el cambio climático, no son un patrimonio exclusivo de los paises pobres. En un futuro, van a existir desplazamientos climáticos masivos en el interior de los países ricos. Muy cerca de nosotros, las provincias de Almería y Murcia comenzarán a despoblarse a partir de 2040, debido a la fuertes sequías y al aumento de la temperatura. Y también habrá desplazamientos de países ricos hacia países más pobres, desde EE.UU. hacia México.

Yusra se lanza cada mañana a una piscina olímpica a las afueras de Berlín, donde vive ahora, para su entrenamiento rutinario. Se prepara para las olimpiadas de Tokio y representará a los refugiados. Su historia es una historia de superación y esfuerzo, que se hizo mediática. Fue recibida por el ex Presidente Obama, ha dado discursos ante las Naciones Unidas y ha sido nombrada Embajadora de Buena Voluntad del Alto Comisionado para los Refugiados de la Naciones Unidas (ACNUR).

Nosotros, desde el Sur, frente a las personas refugiadas que recibimos cada día en el Mediterráneo, no podemos permitirnos mirar para otro lado. La desgracia de tener que emigrar por la guerra, por el cambio climático o por la falta de recursos económicos para poder vivir, nos puede pasar a todos.

Carmen Ciudad
Women International League for Peace & Freedom

Aborto: ¿libertad o derecho?


Toda mujer que se plantea interrumpir su embarazo ha de encarar —de la forma cruda, incluso cruel— su libertad. Como otras veces, en otros lugares y tiempos, el intento de legalización del aborto en Argentina días atrás, ha reproducido las razones, posiciones y debates y la polarización social entre partidarios y opositores. Uno de los defectos del debate como se ha conducido hasta ahora, es que aborda la cuestión desde la perspectiva de los derechos. Pero si se quiere encontrar una salida a la regulación del aborto es necesario cambiar el marco del debate, llevándolo a un terreno que sea más propicio para el consenso. Para ello la cuestión debería ser planteada desde la óptica de la libertad y la tolerancia. Aborto: ¿libertad o derecho?

Un derecho es el poder, la capacidad, que el ordenamiento jurídico concede a un individuo para poder exigir a terceros una conducta positiva o negativa de hacer o de no hacer algo. El único derecho que tiene explícitamente reconocido el feto —si posteriormente ve la luz— es patrimonial: el derecho a la herencia. Y la libertad es la capacidad del individuo para obrar según su propio criterio o voluntad, sin que le pueda ser impuesto el deseo de otro u otros de manera coercitiva. El derecho es un poder que es otorgado; la libertad, sin embargo, es una potencia innata, que no ha de ser concedida, consentida ni autorizada.

Una de las libertades que gozamos en nuestra sociedad es la libertad de conciencia. Y libertad de conciencia es tolerancia, que significa la contemplación del individuo por otros desde el exterior de su otredad. Es reconocimiento del otro, respeto por la diferencia y por la pluralidad. Es capacidad para comprender y para hacerse comprender. Es moderación y templanza. Y asimismo es responsabilidad —en cuanto componente básico del comportamiento moral, que sólo responde a la moral propia— que surge de la cercanía con el otro. ¿Y hay cercanía mayor que la de la madre con el feto? Reconocimiento y tolerancia son, pues, la única posibilidad de convivencia.

Entendida la interrupción del embarazo como el ejercicio de la libertad de conciencia, abarca ésta tanto la libertad psicológica o libertad de decisión, como la libertad moral o libertad de elección. El poder o capacidad de decisión sobre el embarazo así entendido, lo tiene la mujer de manera originaria, es innato a ella, no necesita que este poder le sea otorgado por otro. Aunque la Constitución reconoce que todos tienen derecho a la vida, y se puede entender que el feto está dentro de la esfera de significación del adverbio ‘todos’, no ha desempoderado a la mujer para ejercer su libertad en caso de embarazo, ni ha apoderado al Estado para que la ejerza en su lugar mediante una prohibición. Nada dice la Constitución en tal sentido.

La decisión de interrumpir el embarazo está ubicada en el ámbito interno de cada mujer y reclama la no injerencia de terceros en la adopción de la misma. Esta concepción de la interrupción del embarazo como una libertad extrae la decisión del ámbito moral (derecho) y la trae al ámbito de la democracia (libertad). Y ello sólo es posible con una ley de plazos que no criminalice a la mujer por el ejercicio de su libertad y legalice el aborto hasta un plazo determinado sin someter dicha decisión a condición alguna.

Pero si la interrupción del embarazo es configurada como un derecho, aunque sea el derecho a abortar, niega que la mujer tenga la soberanía de decidir sobre su embarazo en virtud de su libertad de conciencia. La consideración del aborto como un derecho significa que otro debe dar su consentimiento para que la mujer tenga ese poder. Configura una mujer con una capacidad de decisión limitada. Así entendidas las cosas este derecho se asemeja a una concesión de una parte de la sociedad sobre el ámbito de decisión interno de las mujeres. Sobre su ámbito de libertad. La mujer podrá decidir sólo en los supuestos autorizados para ejercer el poder concedido, con menor o mayor amplitud según se trate de una ley prohibicionista o de supuestos más o menos restrictiva. Al ser una decisión tomada por otro, por quien le otorga el ámbito de poder, éste se convierte en el dueño de la libertad de la mujer. Una cuestión de libertad de conciencia de la mujer, se convierte en una cuestión de la voluntad de otro.

La configuración del aborto como un derecho concedido, sitúa la decisión en el ámbito de la moral. En el terreno del bien y del mal. El debate es entonces una lucha por la hegemonía entre concepciones morales opuestas en la que al final habrá un ganador y un perdedor. Con esta concepción la decisión que corresponde al ámbito íntimo de la mujer, se sitúa en el centro del ágora como objeto de debate moral −entre una moral religiosa y otra laica−, de debate político y de debate social. En esta contienda todos reclaman su poder de decidir por otros: unos exigiendo su derecho a que el Estado permita un hacer, un hacer concreto, que consiste en abortar; otros clamando que el Estado lo impida. El resultado es siempre de suma cero: la ganancia de uno implica una perdida exacta del otro. La autorización o prohibición del aborto —en definitiva de la libertad de conciencia de la mujer− queda entonces sujeta la correlación de fuerzas que exista en el Parlamento en cada momento.

Esta configuración del aborto, por último, considera a la mujer como un ser necesitado de tutela y por tanto incapaz para tomar correctamente ciertas decisiones, además de ser un signo de intolerancia e inmadurez democrática al establecer —con la solo con la autoridad y legitimación de los poderes que la sancionan y aplican como única razón— la supremacía de una opción moral sobre otra.

Una sociedad democrática y ética debe buscar en la regulación del aborto una solución ganancia-ganancia, en lugar de adoptar soluciones ganancia-pérdida. Dada la pluralidad de concepciones morales existentes, la configuración del aborto como un ejercicio de la libertad de conciencia, es un signo de madurez y tolerancia democrática, que no interfiere en el ámbito de decisión interno de la mujer y mantiene esta decisión en el ámbito del que nunca hubo de salir.

Esta configuración de la interrupción del embarazo crea para la mujer un contexto que le permite ejercer su libertad y tomar la decisión sin soportar los costes de criminalización, sufrimiento psíquico e incertidumbre que acarrea una legislación restrictiva o prohibicionista. La concepción del aborto como un ejercicio de la libertad de conciencia, crea una realidad social suave para la mujer, la cuida en ese trance y la ayuda a restañar sus heridas. Las mujeres necesitan cuidados, no que salven sus almas. Lo demás es música celestial.


Francisco Soler
 http://mas.laopiniondemalaga.es/blog/barra-verde/2018/08/10/aborto-libertad-o-derecho/


¿Cuándo comienza el siglo XXI?


El Consejo de la Unión Europea dice en su web, que el incremento de temperatura estará, a final de siglo, por encima de los 2ºC que establece el Acuerdo de París y que este incremento puede alcanzar los cinco grados si no se adoptan las medidas adecuadas. Señala además la Agencia de Medio Ambiente de la ONU que los planes de reducción de emisiones presentados por los estados firmantes, conducen a un incremento de 2,7ºC, que otros organismos cifran en 3,5ºC grados. El mundo que viene será más cálido, ¿cuándo comienza el siglo XXI?

Superar los dos grados del Acuerdo de París se puede resumir en los cuatro hitos de este párrafo. —y las cifras inversas del siguiente— que lo dicen todo: las olas de calor afectarían a la mitad de la población mundial, las sequías serían el pan de cada día en el Mediterráneo, la producción de alimentos se reduciría de manera ostensible e incremento del nivel del mar.

Por debajo de ese límite, sin embargo, la exposición a olas de calor se reducirían un 89%, las inundaciones un 76%, el declive de las cosechas un 41% y el estrés hídrico un 26%. Esta es la diferencia entre dar cumplimiento o no cumplir con el Acuerdo de París.

Para alcanzar ese objetivo, la exigencia de reducción de emisiones y el establecimiento de objetivos intermedios que adopten las fuerzas políticas en el interior de cada estado, España en este caso, resulta determinante para el devenir futuro de la humanidad. Estos objetivos se recogen en el siguiente cuadro comparativo:

                            

El cuadro de arriba contiene los compromisos de reducción de emisiones —vigentes— que han fijado las principales fuerzas políticas en España. Oscilan entre el 26%, sobre emisiones de 2005, del PP —recogidos en su proposición de ley de cambio climático y transición energética presentada en el Congreso de los Diputados— para 2030 y el 30%, sobre emisiones de 1990, del partido verde (EQUO), a nivel estatal, para 2020. Objetivo que en Andalucía amplía éste al 40%. Unidos Podemos propone una reducción del 35%, sobre emisiones de 1990, en la proposición de ley de cambio climático presentada en el Congreso de los Diputados. Objetivo que se aleja de las recomendaciones del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, IPCC, para llegar a una economía sin emisiones en 2050, pues una reducción del 35% proyecta un incremento de temperatura superior a 2,4ºC, que además está por debajo del umbral de reducción del 40% establecido por la UE.

La primera conclusión que se extrae del cuadro es que salvo el compromiso de reducción del partido verde, el empeño del resto de fuerzas políticas para mantener la temperatura global del planeta por debajo del incremento de 2ºC acordado en París es escaso.

El anterior Gobierno del Partido Popular ya indicó en el documento que envió a la Comisión Europea en marzo del año pasado —que recogía la proyección de las emisiones de España hasta mediados de siglo—, que lo esperado era que las emisiones de gases de efecto invernadero de España, entre 2017 y 2030, no bajaran si no se tomaban medidas extraordinarias. Y no parece que los compromisos indicados —con la salvedad indicada del partido verde— contengan esas medidas extraordinarias.

La segunda consecuencia, de los compromisos de reducción que proponen las diferentes fuerzas políticas, es que el efecto que  producirían es el de un alargamiento de la era de los combustibles fósiles, ya que menores e insuficientes reducciones al inicio del programa de mitigación continuarán incrementando el nivel de carbono en la atmosfera y de la temperatura que se quiere reducir. Esta es la trampa —o trampantojo— que esconden las propuestas de todas las fuerzas políticas analizadas. Muestran una preocupante falta de voluntad política —por unas u otras causas— para acometer la necesaria reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. La respuesta a esos datos es sencilla: son un lavado verde de cara a la insostenibilidad de un modo de vida inadmisible, ilógico y absurdo. Un ejemplo lo vemos en las declaraciones de la Ministra para la Transición Ecológica que en declaraciones recientes señalaba que el objetivo de reducción de España debía ser del 20%.

La incongruencia en este asunto comienza a ser visible en ciertas izquierdas. Admitió la Ministra —con toda naturalidad— que en el proceso de transición «habrá ganadores y perdedores». Nadie ha replicado sus declaraciones inaceptables, ni siquiera Podemos, adalid de la justicia social hoy y socio del POSE en el Parlamento murciano, con quien propone un objetivo de reducción para aquella región del 40% para 2030. ¿Improvisación, ignorancia o qué?

El acortamiento de la era fósil al que aludía más arriba, exige que el programa de mitigación deje atrás la filosofía de reducciones lineales acumulativas. Y adopte la contraria: mayores esfuerzos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero al inicio y decrecientes en el tiempo. El objetivo no es la economía hipocarbónica que plantean las fuerzas políticas convencionales (productivistas), si no la descarbonización de la economía que propugna el partido verde. No es una simple cuestión de matiz, es una cuestión de modelo.

A punto de cumplirse el año 2020 sin que se hayan alcanzado los porcentajes de reducción que pedía la formación ecologista, EQUO debería reivindicar como objetivo para 2030, al menos, una reducción de emisiones del 55% sobre emisiones de 1990, si se quiere alcanzar la completa descarbonización de la economía en 2050. Y tampoco debería aceptar que el objetivo de neutralidad en carbono que quiere aprobar la UE en la directiva de gobernanza en diciembre, quede indeterminado: «tan pronto como sea posible», sin que se establezca una fecha de cumplimiento límite. En el Congreso de los Diputados, en el seno de la coalición electoral que mantiene con otras fuerzas políticas, sin embargo, ¿apoyará o consentirá el partido verde un compromiso de reducción de emisiones inferior al manifestado en su programa electoral o defenderá una reducción drástica de las mismas en consonancia con aquél?

Si el Acuerdo de París acaba en fiasco y se mantiene la tendencia actual, el propio Consejo de la Unión Europea señala que, a finales de siglo, el incremento será de tres, cuatro o cinco grados. Parag Khanna dibuja —ver imagen de abajo— una perspectiva sombría, espeluznante, atroz de los efectos de un calentamiento de 4ºC.

                                 

Pero el cambio climático —más allá de los efectos ecológicos y las consecuencias sociales que acarrea— trae un mal de fondo que no está siendo percibido o no se quiere advertir. Si a la postre se produce un cambio climático «peligroso», fuera de control, nos exponemos a que los principales grupos sociales —en un contexto de desorientación existencial instigada por una percepción real o inducida de que no hay suficiente para todos— renuncien a la concepción intocable de la dignidad humana actual y abdiquen de los derechos humanos y a la protección de las minorías desfavorecidas en aras de su salvación. Este devenir se traduciría en el desencadenamiento de una  «crisis hitleriana en el siglo XXI» y en la vuelta de las «masas sobrantes», que Amery anuncia en su libro: ‘Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Hitler como precursor’. Y respondiendo la pregunta que da título a esta entrada, diré que el inicio del siglo XXI puede ser fijado en el momento del ascenso al poder del nazismo en el siglo pasado.

Esta es la gran responsabilidad que tienen los actores políticos: que no solo han de ser conocedores de la catástrofe que constituye la crisis climática y sus repercusiones sociales, si no que además deben ser conscientes de la nueva «elección moral» que acompañará a un cambio climático fuera de control y las consecuencias de ésta. ¿Qué ocurrirá cuando las clases dirigentes perciban a la masa como una amenaza del nivel de vida actual? ¿Aparecerán nuevas «definiciones de los que sobran»? El sentimiento de justicia tiene una raíz biológica, emocional, que enlaza con la necesidad de preservar la armonía frente a la competencia por los recursos ¿Se eliminaría al 80% de «residuos del bienestar» que amenazan la supervivencia de la especie? Los viejos espectros vuelven a pasear a la luz del día con el pretexto de la crisis migratoria. El Mediterráneo se llena de cadáveres y las olas de calor se suceden.

Si queremos evitar el desencadenamiento de masacres por el agua o la tierra cultivable, la creencia sobre la escasez de recursos no puede convertirse en imaginario social. La alternativa es desarrollar políticas que recuperen capacidades antiguas como la justicia, la equidad y la fraternidad. Esta nueva política, en la práctica, tiene su traducción en la asunción de la responsabilidad con la biosfera, en una prosperidad sin crecimiento, en la realización de los deberes frente a las generaciones futuras, la conjunción de la agenda climática y la agenda social y en el desarrollo de la resiliencia al lado de la sostenibilidad. Es responsabilidad de todos que iniciemos el camino descrito, el cambio climático nos ha interpelado.


Francisco Soler
 http://mas.laopiniondemalaga.es/blog/barra-verde/2018/08/06/cuando-comenzo-el-siglo-xxi/

HIPERCONECTIVIDAD Y CADENAS DE SUMINISTRO: UNA REALIDAD POLÍTICA RENOVADA


Si las fronteras están destinadas a separar territorios y sociedades, ¿por qué se acumulan entonces cada vez más poblaciones a lo largo de ellas?”
Parag Khanna
Conectografía: mapear el futuro de la civilización mundial


Para Khanna (Khanna, P. Conectografía: mapear el futuro de la civilización mundial. PAIDÓS Estado y Sociedad, Barcelona, 2017) el incremento de las infraestructuras globales de conectividad (conexiones de transportes, energía y comunicaciones) está creando una sociedad que trasciende los estados y avanza hacia una civilización de redes globales en la que, al mismo tiempo que la conectividad genera una nueva geografía política (conectografía en el lenguaje de Khanna), se genera un paisaje neomedieval de competición y colaboración entre gobiernos, empresas y colectivos ciudadanos: se compite por la autoridad, pero pero no queda otra que colaborar para abordar los desafíos globales, los desafíos de una emergente civilización global en red caracterizada por tres ideas clave interconectadas:

1.- Conectividad reemplazando a la división: nos dice más un mapa de conexiones de transportes, energía y comunicaciones (autopistas, oleoductos, redes eléctricas y tramas de internet) que los mapas de fronteras territoriales.

2.- Descentralización y agregación: los países se descomponen hacia multiplicidad de ciudades y megaciudades (áreas territoriales de influencia) que buscan autonomía financiera y diplomática y a la vez buscan agregarse en mancomunidades regionales de recursos compartidos para sobrevivir.

3.- Cadenas de suministros (mercados energéticos, producción industrial y flujos de finanzas, conocimiento y talento) organizadas en un mundo sin fronteras: la hiperconectividad permite la transformación hacia un sistema global crecientemente complejo que atraviesa fronteras mediante las asociaciones de cadenas de suministro. 

Esta situación tiene afectaciones económicas (con economías más integradas e interdependientes), demográficas (con aumentos globales de la movilidad de las poblaciones) y climáticas (cambio climático, crisis climática, adecuación de la agenda social y climática). El mundo se torna más complejo e incierto y se hace necesario el planteamiento de escenarios futuros para enfrentarse a la gestión de lo que viene. Sin embargo los indicios que podemos rastrear nos sitúan al mismo tiempo en una situación y su contraria, de tal manera que necesitamos ajustarnos más a desentrañar procesos que a determinar predicciones. Por tanto construir una visión atinada del futuro no es tanto una cuestión de elecciones binarias como de la articulación de una mezcla de varias visiones. Éste es el marco de complejidad e incertidumbre en el que se debe insertar el logro de la resiliencia colectiva a las situaciones previsiblemente adversas que se avecinan.

En todo este entramado hay una visión que se pone especialmente de relieve: en 2030 más del 70% de la población mundial vivirá en ciudades que, en su mayor parte, estarán ubicadas a menos de 80 kilómetros del mar. Hoy ya más de la mitad de la población del planeta vive en las grandes ciudades y sus regiones metropolitanas (Martí, J.M. La España de las ciudades. El estado frente a la sociedad urbana. EDLibros, Barcelona, 2017). Para estos autores estamos ingresando en una época en la que las ciudades tendrán más importancia que los estados. La conectividad es el patrón de esta civilización en ciernes, caracterizada por la tendencia creciente a la urbanización, la omnipresencia de la tecnología y la importancia central de las infraestructuras físicas (carreteras, puentes, redes energéticas y de internet…) y sociales (salud, educación, conocimiento, talento...)

Es decir, nos enfrentamos a un escenario que recorre los puntos críticos desde la conectividad a la resiliencia en un mundo en el que los entramados globales de transporte, energía y comunicaciones generan conectividad y cadenas de suministro de valor que nos obligan a reinterpretar la geografía y la geopolítica en términos de conectografía. Esta situación está caracterizada por la hiperglobalización, la influencia económica, política y social de las las megaciudades, la descentralización del estado hacia los entornos urbanos y la agregación de éstos en pro de la satisfacción colaborativa de sus necesidades en torno a infraestructuras físicas y sociales. Dentro de estas necesidades, ocupa un lugar no menor el afrontamiento de los retos de resiliencia ante la complejidad y la incertidumbre que se acumulan en un mundo en transformación y amenazado por las consecuencias críticas del cambio climático. 

No se trata de pronosticar la desaparición del estado a favor de las ciudades o las cadenas de suministro de las corporaciones privadas, sino de presagiar los conflictos y reconfiguraciones de la gobernanza entre las reglas del mercado, los estados y las redes subestatales de regiones urbanas y ciudades conectadas entre sí por las cadenas de suministro. Se trata de entender la complejidad que aportan la conectividad y las cadenas de suministro al escenario de lucha de poder entre la política y la economía, entre la lógica estatal de la posesión y del control del territorio y la lógica económica del uso y obtención de beneficio de los recursos. Y se trata también de asumir que los conflictos futuros estarán menos relacionados con el establecimiento de nuevas fronteras y más con el control de las conexiones y la búsqueda de equilibrio entre las necesidades locales y las conexiones globales.


Javier Moreno Ibarra


Green washing

¿Se puede mostrar acatamiento al Acuerdo de París sobre cambio climático y tener como objetivo el crecimiento económico? Mantener los tratados del TTIP, TISA, TTP o CETA. Hablar de sostenibilidad, de crecer con energías renovables. Encontrar en los discursos referencias a las incomodidades que el cambio climático ya está produciendo y producirá en la vida cotidiana de los españoles. Y no enunciar siquiera la necesidad de decrecer. La receta mágica que se usa, es la llamada transición energética. Pero a pesar de los malabarismos lingüísticos del green washing, la respuesta sigue siendo: no. No es posible conciliar crecimiento económico y lucha contra el cambio climático. Una premisa anula a la otra.

Para compatibilizar economía y clima la receta es sustituir el objetivo del crecimiento económico por el de la prosperidad sin crecimiento.  Pero no es este el camino por el que vamos. Una muestra es el debate del techo de gasto para los presupuestos del año que viene. El entendimiento al que hay que llegar no es solo sobre el gasto social y el actividad económica. Ese debate está cojo si conjuntamente no se aborda la cuestión de las emisiones de CO2 a la atmósfera y su limitación, los efectos que se derivan y las soluciones que es necesario adoptar.

A día de hoy está claro que la base sobre la que se deberían construir los Presupuestos Generales del Estado no es el gasto financiero, si no el gasto social y el cuidado del medio ambiente. En 2017 España experimentó el mayor incremento de emisiones desde 2002. En Sevilla ya se ha medido un incremento que supera el umbral de incremento de 1,5°C establecido en el Acuerdo de París: 1,53ºC; en Granada el incremento medido es de 1,34ºC y en Málaga del 1,13ºC.
A día de hoy los pronósticos dicen que los episodios de sequía serán cada vez más frecuentes, prolongados e intensos. Pero esto los presupuestos no lo saben.

El anterior Gobierno del Partido Popular —en un documento enviado a la Comisión Europea en marzo del año pasado, que contenía las proyecciones de emisiones hasta mediados de siglo— ya reconoció que lo esperado era que entre 2017 y 2030 las emisiones de gases de efecto invernadero de España no bajaran si no se tomaban medidas extraordinarias. ¿Ha tomado, ha preparado o ha anunciado alguna el nuevo Gobierno? ¿O está haciendo la política climática a expensas del ciclo electoral?

Resulta ilustrativo que el Gobierno, tras la creación del Ministerio para la Transición Ecológica no haya puesto de manifiesto en el debate sobre el techo de gasto esta realidad y enunciado las directrices de una modificación que haga del presupuesto un instrumento efectivo para combatir el calentamiento global. ¿Esta es la utilidad del Ministerio para la Transición Ecológica recién creado? ¿Está el Gobierno instalado en el juego del green washing?

Asimismo es llamativo el planteamiento electoralista a corto plazo de cierta izquierda que se descubre en sus respuestas. En la de Juan Carlos Monedero que dice —como recoge Manuel Casal en el libro ‘La izquierda ante el colapso de la civilización industrial’—: «hablando de decrecimiento no se ganan elecciones». Y en la de Pablo Iglesias a la pregunta Jordi Évole, sobre si aplicar políticas expansivas para salir de la crisis equivalía a incentivar el consumismo: «tú y yo nos podemos poner de acuerdo en que el capitalismo nos conduce al desastre ecológico, pero ahora lo importante es dar de comer a la gente». Sin energía y con la biosfera deteriorada, se podrá dar pan hoy, pero es improbable, mucho, que se pueda dar mañana, al menos a tanta gente como hoy. ¿Qué le dirán mañana a la gente que les votó, cuando el sol abrase la tierra, falte el agua y el mar inunde sus ciudades? ¿A quién echarán la culpa? Esa realidad que ni izquierda ni derecha quieren enunciar, no pueden admitirla públicamente porque entonces todo su discurso político se derrumbaría. Y esta actitud sugiere que aceptan la realidad o su tiempo habrá pasado.

Resulta extravagante, por ello, que a pesar de la trampa mortal en que las derechas y las izquierdas nos sitúan, los diputados del partido verde presentes en el Congreso de los Diputados, no hayan puesto la realidad encima de la mesa —dentro o fuera del hemiciclo— , abriendo el debate sobre la destrucción ambiental, el sobregiro, el endeudamiento ecológico a las generaciones futuras y exigiendo reformas para que el trámite de la aprobación del techo de gasto contemple el límite del gasto ambiental permitido, expresado en forma de huella de carbono, huella de agua y huella ecológica. U otra herramienta que pudiera ser más adecuada. ¿Para que están allí entonces?

La batalla cultural de las palabras cobra, por tanto, especial importancia para desvelar esa realidad silenciada y la necesidad de no continuar instalados en el presente del crecimiento económico. El escenario dibujado por el cambio climático reclama la creación un nuevo relato que genere cambios a partir de un reenmarcamiento de la realidad. Exige imaginar el futuro para que éste no devore a nuestros niños, como consecuencia de las malas decisiones de hoy.


Francisco Soler
 http://mas.laopiniondemalaga.es/blog/barra-verde/2018/07/28/green-washing/