La ecología política como centralidad del siglo XXI (I)



Hace algún tiempo conversaba con un compañero en Sevilla. Hablábamos entre otras cosas del papel de la ecología política en la política actual. Para él, que está en la izquierda, era necesario que la ecología política, la izquierda y el nacionalismo progresista, confluyeran en Andalucía en un espacio más amplio. Con todo respeto, su visión no es la mía. En mi opinión el movimiento que debería producirse es de confluencia de ciertos sectores en la ecología política. Me explicaré.

El siglo XXI, el siglo de la crisis ecológico-social: de la escasez de recursos, del cambio climático y de la crisis de biodiversidad, es y será el siglo de la ecología política. Y es que los problemas del siglo XXI, de superación de los límites biofísicos del planeta, no se pueden resolver con las recetas ideológicas y los instrumentos políticos del siglo XX. Un dato confirma esta imposibilidad: cierta izquierda comienza a definirse además de cómo socialista, también como feminista y ecologista. Esta definición, compuesta, desvela la insuficiencia actual de su propuesta ideológica para analizar los problemas centrales de la sociedad y proponer soluciones para ellos. De ahí la agregación de adjetivos y la propuesta de construir un espacio más amplio. Muestra la izquierda, así, su impotencia tras la apariencia de una actualización. Es la constatación de un hecho.

Lo explicaré gráficamente. Durante los siglos XIX y XX los problemas centrales de la sociedad fueron sociales. En el siglo XXI, sin embargo, el problema central es una triple crisis, que entrelaza: una crisis climática causada por el hombre, una crisis energética y una crisis de la biodiversidad, originadas, todas ellas, por la deficiente inserción de los sistemas humanos en los sistemas naturales. Quiere decir esto que se ha producido un desplazamiento del eje de los problemas centrales de la sociedad desde lo social a lo ecológico. Y este desplazamiento no ha sido advertido o no quiere ser reconocido por la izquierda, como ponen de manifiesto su discurso y muchas de sus propuestas. Analizar y dar respuesta a los problemas desde la transversalidad de las políticas medioambientales, como pretende la izquierda, no es suficiente, pues la transversalidad pone el foco al final del proceso, cuando el problema ya existe, olvidando las causas que lo originaron. Es necesario situar, como hace la ecología, la crisis ecológico-social como centralidad política, económica y social, y actuar en el origen del problema: que es el actual modelo de producción y consumo.

Por tanto, la propuesta de creación de un espacio de izquierdas, ecologista y feminista, y además nacionalista, que se hace desde ciertos sectores, es una invitación a seguir actuando con la mirada puesta en el retrovisor. El siglo XXI requiere mirar hacia adelante. Y esta nueva visión la proporciona la ecología política, con su propuesta ideológica nueva, centrada en los retos y los problemas centrales que tenemos hoy. La concurrencia de la triple crisis ecológica y de la crisis financiera y social que explotó en 2008 nos proporciona un dato: que esta última tiene un origen medioambiental, la escasez de recursos. La crisis financiero-social es, entonces, una crisis ecológico-social. Y este dato nos lleva a una conclusión: la solución que plantea la izquierda a la crisis social, basada en el crecimiento ilimitado, es inviable en un planeta limitado, pues no hay planeta suficiente para mantener el ritmo de vida actual, para generar más acumulación de manera ilimitada y tener así más riqueza para repartir. La segunda conclusión es que para resolver la crisis social hemos de resolver al mismo tiempo la crisis de recursos, climática y de biodiversidad. No es suficiente poner primero el foco en la protección de los derechos humanos básicos: derecho al trabajo, a la vivienda, a la salud, a la educación y a la justicia, y pensar que después podremos resolver la urgencia ecológica en la que estamos inmersos. No tenemos tiempo.

Me decía este compañero que, aunque situado en la izquierda, está a favor de un modelo de producción y consumo respetuoso con el planeta y sus límites. Y esto es una buena noticia, porque nos pone a ambos a jugar el mismo partido. Tendrá que decidir esta izquierda, entonces, por quien ficha: si por la ecología política o por aquella izquierda que está perdiendo el tren de la historia, por mantener posiciones ancladas en el pasado. Si yo me encontrara en esa disyuntiva mi opción sería fusionarme con el futuro, con la ecología política, y convertirme en la corriente ecosocialista dentro de ésta. Pero no digo nada nuevo. Este camino ya ha tenido un precedente en Cataluña. Fue el caso de la evolución de los comunistas del antiguo PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya) que son los actuales ecosocialistas de ICV (Iniciativa per Catalunya–Verds), fuerza política que forma parte del Partido Verde Europeo y está integrada en el Grupo Verde del Parlamento Europeo. Y además para defender Andalucía y a su gente basta entender que sin planeta no hay Andalucía, que sin justicia ambiental no puede haber justicia social, porque somos, sobre todo, ciudadanos de la Tierra, parte de una comunidad planetaria integrada también por seres distintos de los humanos, no solamente andaluces o españoles. Por eso la soberanía política de Andalucía se defiende protegiendo el planeta.

El campo de juego del partido y la naturaleza de los equipos que lo disputan están fijados. Siguiendo con el símil futbolístico, el equipo que juega en casa es la ecología política, en tanto que la izquierda es el equipo visitante. Antes fue al revés, es cierto. Pero el partido del siglo XX ya se jugó. Hoy estamos jugando el partido del siglo XXI. Por eso en este partido la ecología política es la centralidad, no la periferia. La pelota está en juego.

Por último, unos versos de Paul Celan, que para mí son un reflejo de la perfección: «Oí decir que hay/en el agua una piedra y un círculo/y sobre el agua una palabra/que en torno a la piedra el círculo tiende.» Quien quiera desenterrar el tesoro, deberá seguir el camino del agua, el camino que siempre desciende, eso dice Jung.

Francisco Soler

Diversidad Funcional, Ecología Política y Ecofeminismo


Las personas que pertenecemos al Movimiento de Vida Independiente (MVI) en España, llevamos años, y algunas varias décadas, intentando cambiar la mirada sobre nosotras, las personas con diversidad funcional.
La diversidad funcional es una realidad insoslayable. Representamos ya el 14% del total de la población y el número va creciendo debido a varios factores, algunos medioambientales.
El concepto de diversidad funcional, en realidad personas discriminadas por su diversidad funcional, con independencia de consideraciones lingüísticas, no es un mero cambio de terminología, sino el resultado de una profunda reflexión sobre nuestra propia identidad. Está íntimamente ligado al ideario de Vida Independiente. De hecho es en el Foro de Vida Independiente donde se acuña. Y no es casual, la filosofía de VI lleva impreso en su ADN el respeto a lo que cada uno es, alejándose de las ideas capacitistas y competitivas que otros modelos han venido imponiéndonos históricamente.
Esta otra forma de reconocernos a nosotros mismos y presentarnos ante los demás y supone por lo tanto, un cambio de paradigma.
Desde este modelo de Vida Independiente denunciamos situaciones y aspectos cotidianos de vulneración sistemática de los derechos de las personas con diversidad funcional, sustentada en modelos opresores, que anulan nuestra capacidad de control sobre nuestras propias vidas. Y no lo hacemos con ánimo victimista, sino como reclamo de respuestas políticas a una situación que no es un problema de las personas con diversidad funcional, sino un asunto de todos, un asunto político y que por lo tanto, requiere de un posicionamiento político.
¿El posicionamiento político a la hora de afrontar la vulneración de nuestros derechos podría hacerse desde una concepción productivista y excluyente tanto de la organización social como de las relaciones y los recursos? Entiendo que no.
Planteamos un modelo de autoayuda, pero también de interdependencia entre los miembros de la especie o si se prefiere, entre los miembros de la comunidad. De esta forma los cuidados no son entendidos a la manera tradicional, asistencialista, compasiva o voluntarista, sino como provisión por parte de la sociedad de los apoyos que cada cual precise para poder controlar y desarrollar su proyecto vital.
Basado en los Derechos Humanos, al mismo tiempo propone una forma distinta de organizarnos las personas, la producción, los espacios y los tiempos, desarrollando políticas económicas no productivistas ni competitivas, que favorece la economía del bien común, siempre desde el respeto a la diversidad humana.
Es un modelo, por tanto, que entronca con la ecología política y el ecofeminismo.
Proponemos soluciones localizables, en el entorno más próximo. Que atienden el bienestar, las necesidades y actividades de las personas, respetando los ritmos naturales y las relaciones familiares y sociales.
En esta nueva forma de organizar la sociedad, la diversidad funcional tiene mucho que aportar.
Si pensamos por ejemplo en el diseño de nuestras ciudades, proyectadas para el uso de un determinado tipo de personas, funcionalista, pero para un determinado tipo de funcionalidad relacionado con la producción, coincidimos con el urbanismo feminista en la necesidad de visibilizar la importancia de los cuidados. Como dice la economista feminista Amaia Pérez Orozco, el feminismo reclama poner la sostenibilidad de la vida en el centro, o lo que es lo mismo, poner a las personas en el centro.
Nosotras, las personas con diversidad funcional también reclamamos ciudades cuidadoras, en las que los espacios no se proyecten con fines productivistas exclusivamente, sino que se tengan en cuenta los muy diversos tipos de personas, con sus distintas necesidades, que los van a utilizar. Queremos que los niños y los mayores al igual que las mujeres y los hombres con y sin diversidad funcional, se puedan apropiar de estos espacios y que están conectados por medios de transporte públicos accesibles, sostenibles y amables. Y estamos convencidos de que esta concepción del espacio público, facilitadora de las relaciones personales, los juegos y la participación, será beneficiosa para todos permitiéndonos cuidarnos, cuidar y que nos cuiden. Del mismo modo reclamamos también el acceso a la vivienda digna, tanto económica como físicamente, como forma imprescindible de permanecer incluidos en la comunidad.
Entroncando también con el ecofeminismo abordamos el tema de los cuidados.
Dicen Selma James y María Rosa dalla Costa en su libro Donne e sovversione sociale :

"Tener tiempo" significa trabajar menos. Tener tiempo para estar con los niños, ancianos y enfermos no quiere decir apresurarnos para hacerles una visita rápida en los garajes en que se estaciona a niños, viejos e inválidos. Significa que nosotras, las primeras en ser excluidas estamos luchando para que todas las otras personas que están excluidas -los niños, los viejos y los enfermos- puedan reapropiarse la riqueza social, se reintegren a nosotras y todos junto a los hombres, sin depender unos de otros sino autónomamente, tal como las mujeres lo queremos para nosotras, puesto que su exclusión del proceso social directamente productivo, de la existencia social, ha sido creada como la nuestra, por la organización capitalista”.
Teniendo en cuenta que es una traducción al español y a pesar de que es probable que las autoras no conozcan el ideario de Vida Independiente, me atrevo a incluir a las personas con diversidad funcional entre los excluidos que enumeran y reclamo también para nosotras esa reapropiación de la riqueza, autonomía e inclusión social.
Compartimos con otros grupos sociales la lucha por nuestros Derechos, la denuncia de nuestra discriminación.
Así, al igual que las personas LGTBQI, desde la realidad de nuestros cuerpos no normativos reclamamos respeto y puesta en valor de la diversidad humana. Como los movimientos negros de lucha contra el apartheid, reclamamos nuestros derechos civiles. O como los movimientos feministas exigimos igualdad de oportunidades y empoderamiento, por decir algunas. Priorizando el empoderamiento se previene de la violencia hacia nosotras, las personas con diversidad funcional, pero especialmente la que se ejerce sobre las mujeres y las niñas con diversidad funcional.
Pertenezco a esa generación de mujeres que reivindicó el derecho al propio cuerpo, empezó a usar masivamente los métodos anticonceptivos, defendió la maternidad y el aborto libres, se incorporó masivamente a la universidad y al trabajo. Empezó a poder tomar decisiones propias sin necesitar la autorización de su padre o su marido.
A pesar del camino que aún queda por recorrer y de todo lo que queda por corregir, aprendimos a valorar la libertad propia y el control de nuestras vidas. Cuando se es consciente del valor de estos logros ya nunca más se puede renunciar a ellos voluntariamente.
Si lo trasladamos a la realidad de las personas discriminadas por su diversidad funcional, vemos que hay demasiadas similitudes como para que sea casual. La opresión responde siempre, con matices, a unos patrones fijos que se repiten con un mismo resultado: el sometimiento, la falta de empoderamiento, la anulación de la persona oprimida. Es la situación en la que nos encontramos y contra la que tenemos que luchar a diario. En el caso de las niñas y mujeres con diversidad funcional se suman las dos condiciones, dando como resultado la doble discriminación que muchas venimos denunciando.
Queremos controlar nuestros cuerpos y nuestras vidas, poder participar de lo público cuando queramos, sin dar explicaciones. Necesitamos poder acceder a todos los bienes y servicios sin permiso de nadie. Queremos poder proyectar y gestionar lo privado con los apoyos necesarios y suficientes. En definitiva, dejar de ser “objetos de” para ser sujetos de derecho.
Como nos dejó dicho Marita Iglesias Padrón, mujer con diversidad funcional, activista del Foro de Vida Independiente y feminista:
Tanto el género como la diversidad funcional son construcciones sociales basadas y generadas por una ideología imperante en nuestra sociedad, pero como tales construcciones sociales, pueden ser moldeables y transformadas en otras con otros valores y simbología. Ahí se vislumbran las claves para empezar a romper la situación actual, dando lugar a otra donde hallemos nuevos equilibrios entre valores y respeto a la diferencia que permitan, entonces sí, una participación social de la mujer en plano de igualdad”.
Y refiriéndose a la filosofía del propio Movimiento, como nueva forma de vernos y ser vistos:
La radicalidad, la innovación y la trasgresión de la filosofía del Movimiento de Vida Independiente está principal e incuestionablemente en interiorizar la conciencia del derecho a controlar la propia vida en el mismo grado, al menos, que se le reconoce a cualquier otro ser humano”.


Obviamente, apoyar y proteger estos derechos debe ser una tarea colectiva, concretada en compromisos políticos.


Coral Hortal Japón
Este texto surge de mi intervención en la Jornada formativa que Equo Sevilla organizó el pasado 2 de Abril, a la que invitó a colaborar a miembros de la Federación de Vida Independiente (FEVI) y a miembros de Vida Independiente Andalucía (VIAndalucía).
Está basado en mi presentación de los contenidos de la jornada.







El “sin-corbatismo”


¿No llevan corbata porque son diferentes? O ¿Son diferentes porque no llevan corbata?

El “sin-corbatismo” no es más que esa forma de vestir que siempre se llamó “arreglado pero informal”. Revistas de moda acuñaron un término, poco atractivo morfológicamente pero recurrente para nosotros, que define el estilo de vestir de hombres que no acompañan a la chaqueta de su traje convencional con una corbata, o incluso que se atreven a ir a su oficina, a la televisión, o a un parlamento, sin chaqueta. Decimos que el término es recurrente porque recalca la importancia de la ausencia. El “sin-corbatismo” no es nada sin la corbata. Por paradójico que parezca es así. No hay nada que destaque más en una foto de políticos con traje y corbata que el espacio que debía de ocupar la corbata del que no la lleva. Se analiza en este ensayo este tema estético de la vestimenta en relación a la producción de identidades y cómo interviene la corbata en el proceso.

La antigua élite obrera que conseguía entrar como representantes en los parlamentos liberales no llevaba corbata. No la tenían en su armario. Si acaso, para una sesión plenaria importante hacían el esfuerzo y alquilaban un traje. Ahora está claro que el que no la lleva es porque prefiere no hacerlo1. Es decir, es una decisión premeditada no llevar corbata. Se utiliza como herramienta para definir la estética propia del líder y del grupo. Va más allá de una simple opción, tiene un componente estratégico. Ya que no llevar corbata es más que un asunto estético o de moda, en la política occidental. Como bien refleja el título del último libro del exministro de finanzas griego, Yanis Varoufakis, “Economía sin corbata”.

¿Qué representa la corbata? Como tal, un objeto no tiene por qué significar nada, pero en su uso e interacción en acciones sociales esto cambia. Si le preguntáramos a sus defensores nos dirían cosas como que “es fundamental para el buen vestir”, “el protocolo la obliga” o “demuestra respeto por la institución”. Claro que si dirigimos la pregunta a algunos de los que “desafían” los cánones y el protocolo con su vestimenta informal, la corbata más bien es símbolo de la ley y del orden, del poder financiero, de clases altas, de hombre occidental… Obviamente esto demuestra que la corbata por sí, no significa nada. Los significados atribuidos estratégicamente por los dos grupos pretender asociar al objeto con unos valores e ideas.

Con esto no se pretende decir que la corbata sea un mero objeto que se le rellena de contenido identitario cada vez que es usado. Como se ha dicho, no ponerse corbata también es hacer referencia directa a ella. Se puede decir, que la corbata en ciertos ámbitos está más presente cuando no está que cuando sí aparece donde se la espera. Esto hace que el sujeto que no la lleva pueda referirse consciente e inconscientemente al rival político que la usa, y separarse de él discursivamente antes incluso de hablar. Es un uso estratégico de la corbata. En el mismo se llena de significado, curiosamente, por el que no la usa. Por lo tanto, como objeto no tiene significado por sí, sino que se transforma según contexto donde se encuentre. La corbata tiene la capacidad por su aparición o ausencia de interferir en interacciones sociales, es decir, tiene una cierta capacidad de agencia compartida con el contexto de actores que hacen de forma contingente ser a la corbata como es.

Así que es una herramienta más que un objeto vacío de significado. Se utiliza la corbata, en este caso su ausencia, como artefacto que opera en la construcción de identidades. El sujeto sabe que este proceso se da y por eso lo utiliza. Se puede decir, que la identidad es un recurso de acción. Entre lo consciente y lo inconsciente, este gesto material de pensar y dirigir tu vestimenta es ya por sí mismo constitutivo de diferencias. Se está construyendo un “cuerpo político”, centrando la imagen del político en el debate. El “sin-corbatismo” acabaría distinguiendo una forma de hacer política, más que una forma de vestir.

La práctica de utilizar la estética como diferenciador y potenciador de identidades está muy vigente. Los grupos se apoyan de esto también para establecer fronteras con el “otro” y facilitar su identificación. En este caso, los seguidores del “sin-corbatismo” se oponen a lo que consideran “vieja élite política”, situándose ellos en una posición de confrontación. Simplemente usan la corbata y la no corbata de forma asociada con una forma de hacer política. No importa si los diagnósticos de los sujetos son acertados o no, como dice Spinoza, “No hay que preguntarse por qué son las cosas como son, sino cómo opera lo identitario en ellas”. Es decir, este recurso “funciona”, opera, y por lo tanto no es solo digno de estudio sino influyente en el desarrollo de lo social.

Sería entender a la identidad no como algo estático, relacionado con la forma de ser de las cosas, y sí como algo procesual y que se hace. Por lo que es más cambiante y contingente a tiempos y espacios dónde se produce. Porque se puede transformar, se transforma constantemente. Dentro de lo que se hace, se encuentra sin duda, esta forma de vestir y todo el tratamiento a la estética e imagen corporal que se vuelve fundamental en los procesos de identificación. Lo que se define como “clase política” es cambiante, una disputa por su definición entre los actores que intervienen y que se consideran parte de ella de forma diferente.

Los partidos como competidores en la disputa del poder encuentran fácilmente al “diferente” para usarlo de espejo y concebirse según similitudes y principalmente diferencias respecto a él. El “otro” partido es rival en una batalla cultural, simbólica y discursiva que sirve entre otras cosas para conformar la identidad como grupo. Para acercar lo concreto, los nuevos partidos imaginan y se contraponen al “político tradicional”, siendo según a ellos como construyen su identidad, diferenciándola. El “sin-corbatismo” se significa como elemento de renovación con lo previo, no solo en sus políticas sino también en ellos mismos, en su imagen. Es una práctica que pretende redefinir lo que es ser élite política. Redefinir que no es hacer desaparecer, es renovación y no ruptura, por lo que las referencias al escenario anterior no pueden ser plenamente deslegitimadoras.

Esta categoría creada asociada a llevar corbata, es llamada como se ha dicho “vieja política”. La misma es llamada a la renovación por la “nueva política” que no lleva corbata. A la primera se le carga con la deslegitimación ciudadana, el problema de funcionalidad del sistema de bienestar, la despolitización de la tecnocracia, la corrupción y la falta de transparencia… En este relato, la “nueva política” trae una nueva concepción de la política, la representación y el papel de la clase política en el sistema. Introducen un gran número de políticos institucionales noveles y con perfil social diferenciado, pero lo más importante es que acceden con la intención de modificar o resignificar lo que se entiende por “ser político”.

Dicho esto, llevar o no corbata parece decisivo para saber a qué partido perteneces ¿no? Quizás no para tanto, pero sí podríamos acercarnos. En este momento, la corbata parece un elemento central de la estética y es precisamente por su ausencia. Esto cambiará, como también se modificará las cosas que se extrapolan de un político por verlo sin corbata. Y también cambiará como se usa como artefacto para crear esas identidades que nos ayudan a pensar la acción previsible de un político solo con ver su cuerpo y cómo va vestido.

En la lucha por el poder institucional y en democracias liberales, hay que ganar elecciones competitivas. Cada grupo debe de ofrecer algo que no pueda dar cualquier otro que también busque ese voto. No llevar corbata es una narrativa y estrategia para la acción política externa, con el objetivo concreto de diferenciarse. Es decir, no llevar corbata es un potenciador de las diferencias con el otro. Y una vez, el grupo se hace conscientemente diferente, como elemento cohesionador y común, no llevar corbata ayuda a la adscripción al mismo. Por lo tanto, la pregunta del comienzo tiene una doble respuesta: la más interesante, no llevan corbata para ser diferentes, y la derivada de ella, como son diferentes no llevan corbata.






Pablo Domínguez
1 La ceremonia de Los Goyas, que pareció quedar fuera de la política institucional, si mereció una pajarita para un líder de un partido estatal que es firme seguidor del “sin corbatismo”.

PRIVILEGIOS MASCULINOS



Los privilegios masculinos son aquellas ventajas de que gozamos los varones sobre las mujeres por derecho de nacimiento. Están tan naturalizados que cuesta imaginar que fueron imponiéndose por la ley de la fuerza y que se mantienen como norma cultural que reproducimos hombres y mujeres aunque solo nos beneficien a los primeros. Son un patrón de relación que, cuando es cuestionado, justifica en muchos países que caiga todo el peso de las leyes más misóginas sobre las infractoras; en el nuestro sirve de justificación a muchos hombres que usan la fuerza física para someter a sus parejas. 

Estos privilegios masculinos están incorporados en los procesos de socialización y, como el agujero en la capa de ozono, atentan contra nuestra salud aunque usemos protectores solares. Son ventajas cotidianas que los hombres acabamos interiorizando como posición privilegiada y que por lo general pasan desapercibidas para quienes las disfrutamos y también para muchas de las mujeres que padecen sus consecuencias. Son tan habituales que no siempre son visibles si no se les presta atención, pero necesitemos identificarlos para entender cómo los interiorizamos, mostrar las desigualdades que sostienen y diseñar estrategias para erradicarlos. 

Siempre que pedimos a grupos de hombres y mujeres que nos ayuden a identificar los privilegios masculinos con los que han tenido o tienen que vivir en su experiencia familiar, sexual, laboral o social —cosa que hacemos en muchos talleres—, constatamos que a los varones les cuesta más verlos que a las mujeres, y que mientras ellos acostumbran a enunciarlos en bloques ellas suelen enumerar largas listas de situaciones en las que sienten que las discriminan, o en las que les toca asumir una serie interminable de tareas y responsabilidades que entienden que deberían ser compartidas por sus parejas o sus compañeros de cama, trabajo, actividad o militancia. Son muchos los ejemplos que salen en los grupos de trabajo, pero me limitaré a poner algunos de ellos para dar una idea de lo que esta propuesta suele desvelarles: 

• Familiares: Los hombres reconocen que siempre los han cuidado más de lo que ellos han cuidado. Desde niños han gozado de más independencia y de adultos disponen de más tiempo libre. Acostumbran a delegar o escaquearse de lo cotidiano y de la atención a las personas dependientes, y son conscientes de que se valoran más sus esfuerzos corresponsables. 

• Sexuales: Es improbable que los hombres sufran una agresión sexual, se les supone el deseo, se espera que tomen la iniciativa y no choca que deleguen la responsabilidad por la anticoncepción. La promiscuidad les prestigia y no los estigmatizan ni la afición al porno ni el consumo de prostitución. Pero el mayor privilegio que conservan es que la penetración siga siendo sinónimo de relación sexual completa. 

• Laborales: La división sexual del trabajo hace que las cargas familiares limiten la empleabilidad de las mujeres y que la paternidad incremente la de los hombres, que los hombres suelan tener más fácil el acceso al trabajo, que sean menos cuestionados, que se les valore más y que se reconozca su autoridad. Es decir, que encuentren más fácil ascender y que cobren más hasta por el mismo trabajo.

• Sociales: El riesgo a ser agredidos es bajo. La división sexual del trabajo condiciona el tiempo disponible y la vida suele cambiarles poco por la paternidad, lo que les convierte en dueños del espacio público. Si a todo esto añadimos que su opinión se considere neutra y esté más valorada y que acostumbren a monopolizar el uso de la palabra, entenderemos sus resistencias a la igualdad. 

Por lo que vemos, los privilegios masculinos lo tiñen todo. Son parte de ese discurso cotidiano que nos dice lo que somos y lo que debemos ser, constituyen el germen de la violencia contra las mujeres y contra lo diferente, y son una falsa marca de importancia para situarnos en el poder. 

Jordi Cascales, un valenciano que nos invita a combatir los privilegios masculinos, distingue entre los privilegios no ganados (el valor social que nos otorga la sociedad por el hecho de ser hombres) y el dominio consentido (la potestad y legitimidad para ejercer poder). Y nos dice que detectar el dominio consentido es relativamente fácil y podemos combatirlo evitando aprovechar nuestra posición o rechazando sus prácticas. Depende de nosotros que evitemos imponernos, que desacreditemos o no a quien es diferente, que consintamos o no los chistes machistas o las formas de negociar desde la desigualdad... Pero también nos recuerda que es más difícil desprenderse de los privilegios no ganados porque forman parte del valor social superior que se nos otorga por el hecho de ser hombres. Podemos observarlos cuando se busca a alguien para que desempeñe actividades que requieren de fuerza física, o cuando percibimos la alerta en cualquier mujer con la que nos cruzamos en una calle solitaria, aunque ni se nos pase por la cabeza constituir una amenaza. En estas y otras situaciones se nos ve y se nos trata en base a prejuicios sociales que nada tienen que ver con nuestra actitud ni nuestros actos, y su erradicación pasa por cambiar los valores que hacen que nos vean y nos veamos como privilegiados. 

Somos conscientes de que la igualdad no queda relegada porque sea secundaria, sino porque no tiene los apoyos suficientes. Por eso, cuando se rechazan los privilegios masculinos más escandalosos, es preciso llamar también la atención sobre aquellos comportamientos masculinos "normales" que son los privilegios cotidianos en los que brotan los micromachismos: las armas y tretas que usan los varones, de forma no siempre consciente e intencionada, pero que tanto contribuyen a mantener su hegemonía sobre las mujeres.



José Ángel Lozoya Gómez
Miembro de la Red y el Foro de hombres por la igualdad


LOS ATENTADOS SOLO SIRVEN PARA HABLAR DE ATENTADOS


Ocurrió tras la caída de las Torres Gemelas, tras el 11M, tras el atentado de Londres, tras los de París, y ahora tras el de Bruselas. Siempre que ocurre igual, sucede lo mismo. Tras las imágenes de muerte, de las que algunos hasta llegan a afirman poseer “las mejores”, nos toca soportar la gran parafernalia mediática que hace desaparecer de nuestros ojos todo lo demás. A los análisis típicos y tópicos, les siguen los típicos discursos llenos de tópicos: que si la unidad frente al terrorismo, que no lograran destruir nuestros valores, que nosotros acabaremos con esta lacra, etc., etc.

Como sabemos que no hay mayor ciego que el que no quiere ver, podemos concluir que los gobiernos europeos están abarrotados de personajes con carencia voluntaria del sentido de la vista. Saben que en estas trágicas circunstancias, a su favor juega la brutalidad inherente a todo atentado, lo que difuminará cualquier posibilidad de crítica a su actuación. Son conscientes de que para los occidentales, no valen lo mismo unos muertos que otros, y se aprovechan de esa percepción. Por eso nadie pensará en sus responsabilidades como gobernantes occidentales, y así se sienten libres para dar rienda suelta a sus declaraciones, a garantizarse horas de programación televisiva, a repetir frases hechas sin necesidad de aportar ninguna clave, a sentirse políticos sin necesidad de hacer ningún análisis, sin tener que buscar las causas ni los porqués.

Los gobernantes occidentales han cometido verdaderas barbaridades, y no solo el famosos trío de las Azores, también muchos de los actuales dirigentes siguen cometiéndolas, que para eso ellos dirigen "países civilizados", frente a quienes comenten los atentados, que pertenecen a países pobres y débiles. A esos dirigentes no les duelen igual nuestros muertos que otros muertos, aunque sepan que todos los muertos son igual de injustos. Ahora, tras un atentado, saben que lo que más vende son las palabras vacías, la propaganda política, la charlatanería sin escrúpulos. Y como no, algunos también se sienten legitimados para aprovechar el terrorismo como arma arrojadiza en la política nacional.

El mundo no funciona bien, porque mientras unos pocos se enriquecen, a otros simultáneamente los estamos condenando a la muerte y la miseria. Pero para superarlo, a los occidentales nos basta con cerrar los ojos, con no enterarnos. Incluso algunos hasta se permiten defender los intereses de los que así se enriquecen, convencidos de que son los verdaderos creadores del empleo. Después nos alarmaremos y sorprenderemos con los atentados, con las muestras y manifestaciones de odio a occidente, olvidándonos de que ellos son los mismos a los que antes hemos condenado a la muerte y la miseria,. Nos extrañamos como si pensáramos que aún les queda algo que perder. Hasta se llegan a utilizar los atentados para justificar que debe seguir aparcado cualquier intento de un mínimo reparto de la riqueza en el mundo. 

A los europeos, los arboles nos impiden ver el bosque. ¿Dónde se ha quedado nuestra dignidad? ¿Y nuestra vergüenza? Aunque solo fuese por prudencia, deberíamos analizar las causas de los problemas, y no limitarnos a describir solo sus síntomas. Nos conformamos con manifestar nuestra opinión vacía de “algo habrá que hacer”, sin preocuparnos de buscar las causas por las que un país es saqueado. Somos ciudadanos de países ricos, y ya tenemos suficiente con discutir si quienes huyen de sus guerras, son refugiados o no pueden tener esa calificación entre nosotros. Somos superiores, y nos basta con saber su nacionalidad, su religión, su nivel de formación o su cuenta corriente, para decidir entre darle la bienvenida o colgarle el cartel de potencial terrorista y cerrarle las puertas.

Vivimos las consecuencias de que nuestro mundo sea gobernado no por la política, sino por el poder económico, y mientras los ciudadanos guardamos el silencio de los cementerios. Tanto los atentados de Bruselas como los anteriores, como la crisis de los refugiados, o las guerras silenciosas, son solo consecuencias de esa realidad. No es que los gobiernos europeos no sepan combatir los extremismos, de los que conocen sus apoyos, cuales son los países de entrenamiento, y cuales sus financiadores. Lo cierto es que existen sencillamente porque a ese poder económico no le interesa su desaparición. En el siglo XXI, en el que somos capaces de conocer la trazabilidad (desde su origen a su consumo) de una lechuga que llega a nuestra mesa, no podemos decir que desconocemos donde se fabrica un arma, por donde se transporta, quien cobra por su comercialización, o en que manos acaba siendo utilizada.

Claro, que una vez expuesta esta reflexión, me pregunto que si la petición de que eso cambie, la hace un español, un europeo residente del país en el que en la corrupción y en el enriquecimiento de algunos de sus gobernantes, está la causa de la pobreza de muchos de sus conciudadanos, y donde a pesar de ello, una mayoría de población sigue votando a los responsables de esa situación, solo puede tratarse de alguien que cree en las quimeras.

Una petición colectiva seria diferente, aunque creo que con igual resultado.




Antonio González Cabrera.

¿CUIDAN LOS HOMBRES DE SUS MAYORES ?


Todas las personas queremos llegar a viejas sin envejecer, aunque con los años suelen llegar los primeros achaques, y antes o después la necesidad de ayuda para un número creciente de actividades. Todas podemos acabar necesitando ayuda hasta para lavarnos, controlar las necesidades o utilizar el servicio. En estos casos suele ser la familia la que se encarga del cuidado y casi siempre lo asume una mujer sin que medie ningún acuerdo explícito previo, por lo que los cuidados siguen estando en manos de la comunidad y no del sistema formal de salud.

El impacto sobre la salud de las personas cuidadoras es muy grande. Su vida puede llegar a girar en torno a un ser querido cada vez más dependiente, se sienten atrapadas y con sentimiento de culpa, van perdiendo las amistades, apenas salen con sus parejas y necesitan descansar. Los recursos económicos son clave para satisfacer muchas de las necesidades de las personas dependientes y de sus cuidadoras; permiten contratar ayuda, conciliar los cuidados con la vida laboral y social, reducir la conflictividad familiar y atenuar la desigualdad entre hombres y mujeres. Pero la mayoría de las personas que precisan cuidados no aportan ayuda económica, y si la prestan no suele cubrir lo que se gasta en sus cuidados. Para colmo, los recortes de ayuda a la dependencia de los últimos años han sobrecargado a las familias en general y a las mujeres en particular.

Dada la influencia del género en la distribución de las actividades públicas y privadas, productivas y reproductivas, el hombre sigue muy vinculado al ámbito productivo y sigue muy extendida la idea de que las mujeres son las proveedoras naturales del cuidado. La idea misma de la discapacidad está condicionada por el género. Vemos a muchos hombres mayores que enviudan y son incapaces de hacer las tareas domésticas que hacían sus esposas; aunque no tienen ninguna discapacidad física es evidente que tienen una discapacidad de origen social que se puede atender con cursos de formación para que aprendan a cuidar o cuidarse. La mayoría de los varones están acostumbrados a que primero los cuidara su madre y más tarde su pareja, dedicándoles tiempo, cariño, respeto y apoyo. No necesitaron aprender a cuidarse ni a cuidar de otras personas, lo que ayuda a explicar que solo un 15% de quienes consideramos responsables del cuidado de una persona mayor dependiente sean hombres.

Los hombres se ven menos presionados que las mujeres para asumir esta responsabilidad, sobre todo menos que las hijas solteras y las viudas, que son las quienes más sufren el mandato del "deber de...". De hecho, aunque la mayoría de las y los cuidadores de mayores creen que hombres y mujeres pueden cuidar por igual, si les preguntamos quién prefieren que les cuide en su vejez son cinco veces más quienes prefieren que lo haga una hija a que sea un hijo. La evolución que hemos vivido en los modelos de familia y en el rol social de las mujeres no se ha visto correspondida con un incremento equivalente de la implicación de los hombres en lo doméstico, agudizando la crisis del sistema informal de cuidados y las desigualdades entre los sexos.

Aun así el número de cuidadores aumenta lentamente, sobre todo entre quienes tienen una red familiar reducida, los casados, los parados, los pensionistas y los jubilados. Aunque sigue habiendo diferencias, hay cosas que ellos no saben hacer y
acostumbran a recibir más apoyo de otras mujeres de la familia; también suelen delegar, más que ellas, algunos cuidados personales como el lavado o el cambiado de pañal.

Lo principal es la experiencia personal de cuidar y ser cuidado, pero esta actividad humana, tan importante, puede ser tan satisfactoria como dura. El cuidado de los mayores puede ocupar muchos años, las grandes dependencias suponen una dedicación de unas once horas diarias, y es preciso corregir los desequilibrios entre hombres y mujeres. La experiencia del cuidado tiene un gran potencial transformador que posibilita una redefinición de roles de género. Quienes se implican en la crianza y en lo doméstico aprenden a cuidar, a cuidarse y a ponerse en el lugar del otro para satisfacer sus necesidades, lo que propicia que tengan mejor disposición a cuidar de sus mayores.

El cuidado a los mayores es un reflejo de las prioridades de una sociedad y de sus desigualdades y necesitamos revalorizar el derecho a cuidar a los seres queridos anteponiendo las necesidades humanas a las del mercado, un cambio con profundas
implicaciones éticas que requiere igualar las oportunidades en el mercado de trabajo que penalizan a las mujeres, políticas públicas adecuadas y medidas educativas y de sensibilización social. Aunque la cobertura pública del cuidado fuera universal, la familia seguiría siendo la principal cuidadora, pero hemos de lograr que cuidar y dejarse cuidar sea una decisión libre en un reparto equitativo. Hacen falta políticas públicas a medio y largo plazo; también más recursos y mejor coordinados, que promuevan la independencia de las personas dependientes y alivien la carga de quienes las cuidan.

No obstante, la participación creciente de los varones en el cuidado cuestiona las atribuciones de género; invierten en él cantidades similares de tiempo y muestran que las diferencias en cuanto al tipo de tareas de cuidado o de responsabilidad sobre la persona atendida son menores de las que cabría suponer. Es decir, que cuidan o pueden cuidar cuando han de hacerlo. La población va a seguir envejeciendo, y para incrementar la implicación de los varones hemos de combatir las expectativas no escritas sobre quién debe cuidar, admitiendo que los hombres aprendemos a hacer todo lo que nos interesa.

José Ángel Lozoya Gómez
Miembro del Foro y de la Red de hombres por la igualdad

Sal de Cabo Verde (si puedes).


¿Alguno de ustedes ha viajado a un paraíso turístico y se ha visto metido en una “tourist trap”? En Cabo Verde todo es posible gracias a la especulación de los touroperadores y mayoristas. Algo así sucedió un verano de 2014 en Sal.
Situada al Sur del Trópico de Cáncer y al Este del archipiélago caboverdiano, la pequeña isla de Sal es el destino ideal de playa para los turistas que ya han visitado San Vicente y Santo Antao. El salto en avión es fácil y la tentación de llegar al paraíso que venden los folletos nos hace sentir ya el oasis, los cocoteros, los limones de Fa. Su encanto reside en unas playas kilométricas aptas para el buceo, y en una mina de sal que ya no está en actividad pero apta para un baño.
La opulencia caribe que tienen las playas salinas supera, es verdad, a las playas europeas. Pero, árida y desolada, Sal no tiene en su interior atractivo alguno. Es una isla plana, escasa de agua. No tiene cocoteros ni relieve, salvo algún morro pelado. En algún paraje desolado recuerda a los Monegros. En cuanto a la población, mestiza y criolla, se vino a poblar esta isla desierta de Dios y, en los últimos años, han arribado obreros de otras islas y artesanos senegaleses, malviviendo de la oferta turística internacional. La capital, Espargos, carece de interés turístico alguno. Al menos tiene el aeródromo.
En la parte Sur de la isla se encuentra la colonización de la llamada “horda dorada”. Es en Santa María, junto a su playa, donde se han construido varios complejos hoteleros o resorts. Algunos recuerdan al modelo caribeño, otros han adoptado una arquitectura en algo parecida a las mezquitas de Mali. El resultado es un falso exotismo para turistas adocenados, un pastiche. Es aquí donde se concentran las agencias de buceo y de rutas de aventura.
Nuestra impresión, al recorrer los restaurantes casi vacíos pero elegantes y “jamaicanos” fue la de encontrar un pueblo africano polvoriento pero maquillado para la ocasión. Los hotelitos con unas piscinas azul liberal y unas hamacas blancas (el color bueno) no se veían ocupados por turistas. En la puerta de algunos hoteles los taxistas miraban sin ver la calle donde unos gallinazos se disputaban las sobras. ¿Qué ocurría en Santa María?
En una tienda senegalesa, Akuaba, cerca del muelle, encontramos utensilios del Africa continental: Camerún, Ghana, Senegal. Enseguida el vendedor, Mamadou, pega la hebra con nosotros: “El negocio va mal, los turistas se han ido a Boavista, “il n’y a personne ici”. ¿Volver a Dakar? Mais non, Dakar es Francia, y el campo está peor, no trabajo. En Cabo Verde no son africanos, quieren ser portugueses, sí. Ven la tele de Portugal, beben cerveza Sagres. Católicos y tristes, verdianos, no quieren a los africanos.
Le compramos a Mamadou un cucharón de ébano, después de regatear con un té delante y salimos al muelle de madera, a la luz de Sal. Es el punto de reunión de la gente, aquí están con las cañas de pescar, o charlando, o jugando con los chiquillos morenos que se zambullen en el agua. El mar tiene unos colores increíbles, un agua cristalina y opalina, en tonos verdes y violetas. De aquí parte una suerte de paseo marítimo para pasear a la caída de la tarde, evitando los perros vagabundos y amarillentos.
Salinas de Pedra de Lume.
A unos 20 kilómetros al Norte queda Pedra de Lume, una población fantasma, con sus barracones y almacenes abandonados, donde queda algún barco oxidado en el muelle. A pesar de todo queda un bonito restaurante sin clientes y la opción de bañarse en las pozas de sal. Un mulato fornido ofrece un servicio de masajes a las pocas francesas que han venido con nosotros en el van desde Santa María.
La visita a estas instalaciones industriales tiene su interés. Aunque dejaron de funcionar en 1985, el entorno ha sido declarado Parque Natural. A las balsas de agua salitrosa se llega por un túnel o buraco y, al salir al cráter anegado en agua rosada y blanca, vemos una especie de teleférico con torres de madera y vagonetas caídas. Pasear por el borde de las salinas permite tomar unas estupendas fotos y contemplar los pelícanos. Al meternos en las aguas rosadas escuece todo, es la sal de la Tierra que nos cura, nos lava. Los cuerpos flotan como en el mismísimo Mar Muerto.
Luego de un baño terapéutico almorzamos en el restaurante Cadamosto una espetada de pescado y una sopa “a la portuguesa”. Se impone después una ducha para quitarnos las huellas salinas, y compramos a los niños unas curiosas pedras grises, salitrosas.
Hotel California.
Es de noche cuando el taxi nos lleva al hotel Sab Sab Sal en Santa María. A unos diez minutos andando al muelle de madera, junto al mar oscuro y ominoso, el sitio parece ser “fancy”. Acogedor y bien amueblado, con una buena piscina y alegres cuartos, pista de tenis y gimnasio (según reza el folleto).
Allí en recepción espera ella, tomando la campanilla en su mano con un suave roce, y me sonríe sin expresión. Luego del check-in me conduce por el corredor, con una vela en la mano. Yo pensaba para mis adentros “esto puede ser el Cielo o el Infierno”. Igual fue mi imaginación pero oí voces en la planta de abajo que parecían decir: “Welcome to the Hotel California, such a lovely place, such a lovely face”. Ni que decir que pasé mala noche a causa de los mosquitos, de la cancioncilla y del viento en los pasillos. Al asomarme al balcón, en la madrugada, ví unos pálidos galgos de ojos amarillentos rondar en la playa.
A la hora del desayuno cuatro camareros oscuros vestidos de blanco me sirvieron el único desayuno del hotel. Distraído aún por los efluvios nocturnos no caí en la cuenta de ser el único cliente vivo del local. “Plenty of room at the Hotel California” pensé. Mi cabeza me pesaba, de modo que terminé las papas cocidas y el bacon y salí a la alegre piscina. Nadie por aquí, nadie por allá. El quiosco de scuba diving muestra los trajes de buceo meciéndose en el aire caliente, sin empleado para atenderme. Vuelvo mis pasos al bar, donde seis camareros están mirando la tele, y le pido al barman una copa de vino. “No tenemos esa bebida aquí desde 1969 señor” me responde. Es parte de la canción de The Eagles: “We haven’t had that spirit here since 1969”. No puede ser, vuelve a sonar en los altavoces de la piscina la cancioncilla: “sweet summer sweat” y también “esas voces que te llaman desde lejos en mitad de la noche”. Absurdo, sólo soy un turista pero…
A la tarde decido dejar el Sab Sab y sus fantasmas. Al llegar a recepción la chica morena de la noche anterior me sonríe con una copa de champán con hielo en la mano. Con una mirada adulta me indica si subimos a mi cuarto, pero pido la cuenta. Entonces me dice en inglés lo que ya me temía: “We are all just prisoners here of our own device, relax, you can check out any time you like but you can never leave”.


Francisco Ortiz
1 de marzo de 2016