SI TE DICEN LOCO


 
SI TE DICEN LOCO (2016) es la segunda novela de Fernando Lallana, editada por la Editorial española Celya. En ella se relatan los sucesos acaecidos durante los días previos al estreno de la obra El Rey Lear de William Shakespeare el 26 de diciembre de 1606 en el Palacio Real de Whitehall en Londres. Unos días antes, se acrecientan en la corte los pareceres contrarios a su representación. En la figura de Lear, enajenado a consecuencia de sus erradas decisiones, se evidencia la endeble y contradictoria personalidad del rey Jacobo Estuardo. Ello provoca que se acrecienten en la Corte los pareceres contrarios a su representación y las presiones para abortar el estreno.

En sus páginas, por tanto, aflora la problemática dinástica, política, social y moral que configura el comienzo de la dinastía Estuardo. Con una precisa ambientación y un relato trepidante, preñado de sarcasmo e ironía, el autor abre una ventana al universo shakespeariano coincidiendo con el 400 aniversario del genio de Stratford.

En el trasfondo de la novela emergen diversas temáticas sobre las pudieran hacerse diferentes lecturas desde la perspectiva política, social y cultural actuales. Junto a la necesidad de gestionar la imagen del monarca y no someterla al posible escarnio público, en la novela aparece el elemento fundamental de la locura.

En la historia de la literatura, la figura del loco siempre ha sido un símbolo, analogía o parábola que significa un mundo en crisis y, en ocasiones, el espejo y catalizador de la conciencia crítica de la humanidad. A partir del siglo XVI el loco adquirió un protagonismo dentro de las artes y especialmente en el teatro. El loco era el centro de las piezas dramáticas como poseedor de la verdad, de una verdad que por ser censurada no podía estar en labios de los cuerdos. La locura es el camino para hacer trizas los viejos moldes, de transgredir los límites de lo conocido y aceptado, de avanzar más allá de lo que la racionalidad vigente podía codificar. 
 
Locura y razón entran en una relación perpetuamente reversible como las caras de la misma moneda, que hace que toda locura tenga su razón, la cual la juzga y la domina, y toda razón su locura, en la cual se encuentra su verdad irrisoria. 
 
La locura pone en crisis lo normal relativiza los valores fundamentales de los órdenes sociales. Los locos muestran aquello que nuestra normalidad racional no desea ver, puesto que la locura manifiesta dimensiones irracionales ante las cuales el orden social y la normalidad no desean enfrentarse. La locura es el refugio para encontrar la locuacidad y para encontrar la verdadera identidad. 
 
Por otro lado, la locura es el espacio donde el hombre se encuentra consigo mismo despojado de convencionalismos y prejuicios, es el lugar purificador donde se desarrolla la catarsis gracias a la cual, como le ocurre a Lear, es capaz de topar con su verdadera identidad.


Si te dicen loco
Fernando Lallana

Hoy es 14 de abril


Hoy es 14 de abril, día en el que se proclamó la República en la calle tras la victoria de la coalición republicano-socialista en la mayor parte de las capitales de provincia (menos Soria) donde las elecciones no estaban amañadas. La proclamación desbordó a las autoridades y el Rey decidió abdicar y marcharse de España, acabándose con el ominoso reinado de Alfonso XIII y con las dictaduras de Primo de Rivera (dimitido en el año 30) y del general Berenguer.

La II República supuso el mayor intento modernizador y democratizador ocurrido en España hasta ese momento. La Constitución se inspiró en la de Weimar, se aprobó una nutrida legislación social, se separó al Estado de la Iglesia, se trató de solucionar el problema agrario con una reforma agraria, se aprobaron amplias libertades, se inició un camino para solucionar la cuestión nacional, se intentó neutralizar la acción política del Ejército (fracasando), se construyeron miles de escuelas, los intelectuales se volcaron con la enseñanza popular o apoyando a la República naciente, etc. Sin embargo, las reformas de la II República (en el Bienio progresista, y con el Frente Popular) tocaban los resortes de poder que había mantenido la oligarquía española hasta ese momento, y amenazaban con desmoronar el régimen construido desde la Restauración. Este hecho provocó que, tras la victoria del Frente Popular, los militares conservadores decidieran, junto a la trama civil, derribar mediante un pronunciamento militar a la República. El fracaso del pronunciamiento derivará en la Guerra Civil con las consecuencias que ya conocemos.

Paradójicamente la revolución social (ya sea de inspiración marxista o anarquista) explotó en el marco de la Guerra que trataban de evitar los militares con el golpe. 

No me extenderé en la guerra y sus consecuencias, pero si añadiré que los luchadores por la libertad que soñaron con un mundo mejor, y lo fueron materializando durante aquellos años, con muchas contradicciones y dificultades, yacen en cunetas, pasaron muchos por el exilio, fueron utilizados otros como mano de obra esclava en obras del franquismo, etc. La memoria democrática de este país está ocultada por el pacto de la desmemoria de la Transición, mientras perviven los lugares de la memoria del golpe y de los golpistas (aunque cada día menos).

España tiene todavía esta asignatura pendiente, reconciliarse con su pasado, rescatar la memoria de los luchadores por la libertad y la democracia y reparar a las víctimas del franquismo (que fueron mayores que durante la guerra). Cuando esto se haga cerraremos este capítulo negro de la Historia de España.


Pedro González de Molina

La ecología política como centralidad del siglo XXI (y III)

Una parte de la izquierda, decía al principio, ha aceptado los principales postulados de la ecología política, entre los que destaca la necesidad de ir hacia un nuevo modelo de producción y consumo respetuoso con los límites biofísicos del planeta. Asimismo, ecología política e izquierda, están trabajando juntas en distintas Administraciones territoriales. Significan estos hechos que la relación de esa izquierda con la ecología política precisa una nueva articulación. Deberá ésta construir, por tanto, un nuevo consenso que le permita «olvidar los caminos que [la] llevan a los mismos lugares». Para ello debe avanzar en el camino emprendido y dar un paso más: determinar ser parte de la ecología política. Esta es la única estrategia cuyo resultado no sería una suma cero. Veamos.

Si no se produjera la integración en el espectro verde, el escenario de ese espacio más amplio que se propone, integrado por diversas fuerzas políticas (izquierdas, nacionalistas y ecologistas), sería una suma cero para todos los actores implicados, pues se trataría de una simple reunión de actores políticos, una más, en un espacio inoperante, de la misma potencia y nula repercusión política, salvo para postularse frente a otra fuerza política mayor. Las preguntas, por tanto, serían: cooperar en el trabajo político común, si, pero ¿para qué?, ¿dónde se quiere ubicar esta izquierda: en la ecología política o en la izquierda clásica? Este espacio sería una suma cero, para la izquierda en particular, puesto que el precio político que habría de pagar sería la irrelevancia sino consigue su objetivo o la disolución, en caso de integración, en una izquierda mayor. Y sería también una suma cero para la ecología política, porque si se crease este espacio político más amplio, la situaría en un espacio político que no es el suyo (sino de la izquierda) y le dificultaría la construcción del suyo, confinándola en un espacio alejado de la realidad socioambiental, sin futuro, acotado, en el que se encontraría en minoría. Quedaría la ecología política prisionera de la estrategia y los objetivos de esa izquierda, y por ende de la izquierda en general, lo que se traduciría en la pérdida de autonomía y capacidad para desplegar su propia estrategia y fijar su propia agenda. Dejaría huérfanos políticamente a sus votantes, suceso que equivaldría, para ellos, a la desaparición del tablero político de las siglas de la ecología política, que en Andalucía son las de EQUO. Y ello supondría suicidarse como proyecto histórico alternativo.

Pero si se produjera la integración de la izquierda en la ecología política, los beneficios alcanzarían a todos los actores. Para la ecología política el beneficio sería su transformación en núcleo irradiador con capacidad para forjar horizontes compartidos con poder de seducción. Esta revolución sería una invitación a otros actores para emprender este camino, ante la necesidad de reordenación del tablero político que ha impuesto la crisis ecológica. La ecología política, tercer polo ideológico, mostraría con ello capacidad de dirección, al proponer metas que son percibidas como buenas y legítimas por otros actores políticos; capacidad de producción de lo universal, al encarnar un ideal de lo universal, que coincide con el avance de la sociedad; y capacidad de construir una cierta irreversibilidad, desde el momento en que adversarios de ésta la están desafiando con sus términos y en su terreno (soy ecologista, soy decrecentista). Exhibiría, en definitiva, su capacidad de articulación en torno a sí de un bloque histórico diferente y diferenciado. Para esa izquierda esa decisión también reportaría beneficios. Uno sería, recobrar la centralidad política perdida por su evolución al ecosocialismo, que como toda ecología concibe cualquier problema ecológico como un problema social y, a la inversa, que todo problema social esconde un problema ecológico. El otro, dejar atrás un estado de cosas que puede ser descrito, como: «Estábamos muertos y podíamos respirar». No es cuestión de renuncias, sino de construir un nuevo consenso permita la composición de una melodía diferente con diferentes notas.

Para terminar les dejo un fragmento del poema de Paul Celan, Lejanías: «Mirándonos a los ojos, en la frescura,/comencemos también esto:/respiremos/juntos el velo/que nos oculta a uno del otro,/(…)»; y otro fragmento de Ryszard Kapuściński, Un mundo para los verdes: «(…)/que distinto es el color verde/el color de la permisión/el color de los prados/de los espacios abiertos:/respira/adelante/vuela/nuestro futuro será verde/sólo los que están verdes/no piensan en el miedo/(…)». Hasta la próxima.




Francisco Soler


La ecología política como centralidad del siglo XXI (II)



Decía en el primer artículo de esta serie que el siglo XXI es y será el siglo de la ecología política. Para entender esta afirmación y la época en la que nos hallamos, hemos de partir de un hecho: el contexto ecológico está derrotando a la política, a la economía y a la sociedad, y ha adquirido una primacía que antes era ignorada. Su emergencia ha contribuido a la ruptura del bipartidismo tradicional y al nacimiento de un nuevo ciclo político. Pero ésta es sólo la primera etapa de la entrada en la escena institucional de un nuevo discurso y una nueva dialéctica: la de la ecología política. La centralidad de las cuestiones medioambientales ha alcanzado a la reordenación del tablero político. Dicho de otra manera, el tablero político se está rediseñando para encarar los nuevos desafíos del siglo XXI con la llegada de la ecología política, que es la herramienta para afrontar los retos globales.

El nuevo tablero político refleja, por tanto, no sólo la problemática social derivada de la lucha por el reparto de la riqueza acumulada, a través de la clásica divisoria izquierda/derecha o la nueva arriba/abajo, sino que, por primera vez, los problemas ambientales van a poder ser puestos encima de la mesa, por una fuerza política que defiende la transformación del actual sistema depredador de producción y consumo, en otro que sea respetuoso con los límites biofísicos del planeta. La reordenación del tablero político se ha materializado, por consiguiente, desde una doble perspectiva: cuantitativa, con la nueva correlación de fuerzas surgida; y cualitativa, con la entrada en las instituciones de un tercer polo ideológico, la ecología política, aunque todavía de manera incipiente y de la mano de otras fuerzas políticas. En este nuevo contexto más complejo, multipartidario y con tres espacios ideológicos en competencia (izquierda, derecha y ecología política), se manifiesta una nueva divisoria que antes estaba soterrada, silenciada.

Esta divisoria es la denominada productivismo/antiproductivismo. Su dialéctica traza la frontera entre los límites de la acumulación de riqueza y los límites biofísicos del planeta. Es la divisoria central del actual tablero político, pues subordinada y subsume la dialéctica de acumulación/reparto de la riqueza, de la izquierda y la derecha, en la dialéctica de los límites y la equidad, que propone la ecología política, al estar dicha acumulación condicionada y limitada por los límites físicos del planeta. Es, además, una divisoria transversal, que interpela a las personas por encima de sus adscripciones ideológicas previas, para construir una nueva identidad política. La razón de su centralidad y primacía es evidente y fácil de entender: sin medio ambiente, no hay sociedad humana. Esta divisoria, asimismo, tiene el efecto de poner a las fuerzas políticas frente al contexto de crisis ecológica en el que estamos inmersos, obligándolas a posicionarse del lado del planeta o contra el planeta, a que elijan un nuevo modelo de producción y consumo o continúen consintiendo la depredación de recursos hasta el agotamiento. Esta dialéctica fortalece a la ecología política, pues a medida que las restantes fuerzas políticas varíen su posición a favor de un modelo de producción y consumo respetuoso con el planeta, la ecología política aparecerá ante los ciudadanos como una fuerza política para el cambio, útil y necesaria. Y si este postulado es aceptado ya por parte de la izquierda, puede decirse, entonces, que una parte de la izquierda se está haciendo o es ecologista.

En este contexto, la coincidencia de ciertas izquierdas con la ecología política, debe dar fruto. Es el momento de pasar de las palabras a los hechos. Debe haber una confluencia mirando al futuro, en el sujeto con capacidad de agregación política que, sin duda, es la ecología política. Esta es la dimensión ganadora, porque si hay un hecho constatado es que el planeta es finito y los desafíos que tenemos por delante son globales: el cambio climático, la crisis de recursos, las personas migrantes y refugiadas procedentes de territorios en guerra o agotados por el saqueo de los recursos, la desigualdad entre hombres y mujeres, que la crisis ecológica intensifica y acentúa en las comunidades deprimidas. Es el momento de reemplazar los conceptos del siglo XX, por otros propios del siglo XXI: competitividad por cooperación, economía de mercado por economía para el bien común, y globalización por conciencia global, de repensar la libertad y la igualdad a luz de la justicia y la fraternidad. Es momento de recuperar los valores de cuidado y protección de los recursos naturales, de demandar un nuevo modelo de trabajo productivo y reproductivo.

Déjenme que para construir un mundo compartido, también termine hoy con unos versos de Paul Celan: «Donde hay hielo hay frescura para dos./Para dos: por eso te hice venir./Un aliento tal de fuego te rodeaba–/venías de la rosa.»


Francisco Soler












La ecología política como centralidad del siglo XXI (I)



Hace algún tiempo conversaba con un compañero en Sevilla. Hablábamos entre otras cosas del papel de la ecología política en la política actual. Para él, que está en la izquierda, era necesario que la ecología política, la izquierda y el nacionalismo progresista, confluyeran en Andalucía en un espacio más amplio. Con todo respeto, su visión no es la mía. En mi opinión el movimiento que debería producirse es de confluencia de ciertos sectores en la ecología política. Me explicaré.

El siglo XXI, el siglo de la crisis ecológico-social: de la escasez de recursos, del cambio climático y de la crisis de biodiversidad, es y será el siglo de la ecología política. Y es que los problemas del siglo XXI, de superación de los límites biofísicos del planeta, no se pueden resolver con las recetas ideológicas y los instrumentos políticos del siglo XX. Un dato confirma esta imposibilidad: cierta izquierda comienza a definirse además de cómo socialista, también como feminista y ecologista. Esta definición, compuesta, desvela la insuficiencia actual de su propuesta ideológica para analizar los problemas centrales de la sociedad y proponer soluciones para ellos. De ahí la agregación de adjetivos y la propuesta de construir un espacio más amplio. Muestra la izquierda, así, su impotencia tras la apariencia de una actualización. Es la constatación de un hecho.

Lo explicaré gráficamente. Durante los siglos XIX y XX los problemas centrales de la sociedad fueron sociales. En el siglo XXI, sin embargo, el problema central es una triple crisis, que entrelaza: una crisis climática causada por el hombre, una crisis energética y una crisis de la biodiversidad, originadas, todas ellas, por la deficiente inserción de los sistemas humanos en los sistemas naturales. Quiere decir esto que se ha producido un desplazamiento del eje de los problemas centrales de la sociedad desde lo social a lo ecológico. Y este desplazamiento no ha sido advertido o no quiere ser reconocido por la izquierda, como ponen de manifiesto su discurso y muchas de sus propuestas. Analizar y dar respuesta a los problemas desde la transversalidad de las políticas medioambientales, como pretende la izquierda, no es suficiente, pues la transversalidad pone el foco al final del proceso, cuando el problema ya existe, olvidando las causas que lo originaron. Es necesario situar, como hace la ecología, la crisis ecológico-social como centralidad política, económica y social, y actuar en el origen del problema: que es el actual modelo de producción y consumo.

Por tanto, la propuesta de creación de un espacio de izquierdas, ecologista y feminista, y además nacionalista, que se hace desde ciertos sectores, es una invitación a seguir actuando con la mirada puesta en el retrovisor. El siglo XXI requiere mirar hacia adelante. Y esta nueva visión la proporciona la ecología política, con su propuesta ideológica nueva, centrada en los retos y los problemas centrales que tenemos hoy. La concurrencia de la triple crisis ecológica y de la crisis financiera y social que explotó en 2008 nos proporciona un dato: que esta última tiene un origen medioambiental, la escasez de recursos. La crisis financiero-social es, entonces, una crisis ecológico-social. Y este dato nos lleva a una conclusión: la solución que plantea la izquierda a la crisis social, basada en el crecimiento ilimitado, es inviable en un planeta limitado, pues no hay planeta suficiente para mantener el ritmo de vida actual, para generar más acumulación de manera ilimitada y tener así más riqueza para repartir. La segunda conclusión es que para resolver la crisis social hemos de resolver al mismo tiempo la crisis de recursos, climática y de biodiversidad. No es suficiente poner primero el foco en la protección de los derechos humanos básicos: derecho al trabajo, a la vivienda, a la salud, a la educación y a la justicia, y pensar que después podremos resolver la urgencia ecológica en la que estamos inmersos. No tenemos tiempo.

Me decía este compañero que, aunque situado en la izquierda, está a favor de un modelo de producción y consumo respetuoso con el planeta y sus límites. Y esto es una buena noticia, porque nos pone a ambos a jugar el mismo partido. Tendrá que decidir esta izquierda, entonces, por quien ficha: si por la ecología política o por aquella izquierda que está perdiendo el tren de la historia, por mantener posiciones ancladas en el pasado. Si yo me encontrara en esa disyuntiva mi opción sería fusionarme con el futuro, con la ecología política, y convertirme en la corriente ecosocialista dentro de ésta. Pero no digo nada nuevo. Este camino ya ha tenido un precedente en Cataluña. Fue el caso de la evolución de los comunistas del antiguo PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya) que son los actuales ecosocialistas de ICV (Iniciativa per Catalunya–Verds), fuerza política que forma parte del Partido Verde Europeo y está integrada en el Grupo Verde del Parlamento Europeo. Y además para defender Andalucía y a su gente basta entender que sin planeta no hay Andalucía, que sin justicia ambiental no puede haber justicia social, porque somos, sobre todo, ciudadanos de la Tierra, parte de una comunidad planetaria integrada también por seres distintos de los humanos, no solamente andaluces o españoles. Por eso la soberanía política de Andalucía se defiende protegiendo el planeta.

El campo de juego del partido y la naturaleza de los equipos que lo disputan están fijados. Siguiendo con el símil futbolístico, el equipo que juega en casa es la ecología política, en tanto que la izquierda es el equipo visitante. Antes fue al revés, es cierto. Pero el partido del siglo XX ya se jugó. Hoy estamos jugando el partido del siglo XXI. Por eso en este partido la ecología política es la centralidad, no la periferia. La pelota está en juego.

Por último, unos versos de Paul Celan, que para mí son un reflejo de la perfección: «Oí decir que hay/en el agua una piedra y un círculo/y sobre el agua una palabra/que en torno a la piedra el círculo tiende.» Quien quiera desenterrar el tesoro, deberá seguir el camino del agua, el camino que siempre desciende, eso dice Jung.

Francisco Soler

Diversidad Funcional, Ecología Política y Ecofeminismo


Las personas que pertenecemos al Movimiento de Vida Independiente (MVI) en España, llevamos años, y algunas varias décadas, intentando cambiar la mirada sobre nosotras, las personas con diversidad funcional.
La diversidad funcional es una realidad insoslayable. Representamos ya el 14% del total de la población y el número va creciendo debido a varios factores, algunos medioambientales.
El concepto de diversidad funcional, en realidad personas discriminadas por su diversidad funcional, con independencia de consideraciones lingüísticas, no es un mero cambio de terminología, sino el resultado de una profunda reflexión sobre nuestra propia identidad. Está íntimamente ligado al ideario de Vida Independiente. De hecho es en el Foro de Vida Independiente donde se acuña. Y no es casual, la filosofía de VI lleva impreso en su ADN el respeto a lo que cada uno es, alejándose de las ideas capacitistas y competitivas que otros modelos han venido imponiéndonos históricamente.
Esta otra forma de reconocernos a nosotros mismos y presentarnos ante los demás y supone por lo tanto, un cambio de paradigma.
Desde este modelo de Vida Independiente denunciamos situaciones y aspectos cotidianos de vulneración sistemática de los derechos de las personas con diversidad funcional, sustentada en modelos opresores, que anulan nuestra capacidad de control sobre nuestras propias vidas. Y no lo hacemos con ánimo victimista, sino como reclamo de respuestas políticas a una situación que no es un problema de las personas con diversidad funcional, sino un asunto de todos, un asunto político y que por lo tanto, requiere de un posicionamiento político.
¿El posicionamiento político a la hora de afrontar la vulneración de nuestros derechos podría hacerse desde una concepción productivista y excluyente tanto de la organización social como de las relaciones y los recursos? Entiendo que no.
Planteamos un modelo de autoayuda, pero también de interdependencia entre los miembros de la especie o si se prefiere, entre los miembros de la comunidad. De esta forma los cuidados no son entendidos a la manera tradicional, asistencialista, compasiva o voluntarista, sino como provisión por parte de la sociedad de los apoyos que cada cual precise para poder controlar y desarrollar su proyecto vital.
Basado en los Derechos Humanos, al mismo tiempo propone una forma distinta de organizarnos las personas, la producción, los espacios y los tiempos, desarrollando políticas económicas no productivistas ni competitivas, que favorece la economía del bien común, siempre desde el respeto a la diversidad humana.
Es un modelo, por tanto, que entronca con la ecología política y el ecofeminismo.
Proponemos soluciones localizables, en el entorno más próximo. Que atienden el bienestar, las necesidades y actividades de las personas, respetando los ritmos naturales y las relaciones familiares y sociales.
En esta nueva forma de organizar la sociedad, la diversidad funcional tiene mucho que aportar.
Si pensamos por ejemplo en el diseño de nuestras ciudades, proyectadas para el uso de un determinado tipo de personas, funcionalista, pero para un determinado tipo de funcionalidad relacionado con la producción, coincidimos con el urbanismo feminista en la necesidad de visibilizar la importancia de los cuidados. Como dice la economista feminista Amaia Pérez Orozco, el feminismo reclama poner la sostenibilidad de la vida en el centro, o lo que es lo mismo, poner a las personas en el centro.
Nosotras, las personas con diversidad funcional también reclamamos ciudades cuidadoras, en las que los espacios no se proyecten con fines productivistas exclusivamente, sino que se tengan en cuenta los muy diversos tipos de personas, con sus distintas necesidades, que los van a utilizar. Queremos que los niños y los mayores al igual que las mujeres y los hombres con y sin diversidad funcional, se puedan apropiar de estos espacios y que están conectados por medios de transporte públicos accesibles, sostenibles y amables. Y estamos convencidos de que esta concepción del espacio público, facilitadora de las relaciones personales, los juegos y la participación, será beneficiosa para todos permitiéndonos cuidarnos, cuidar y que nos cuiden. Del mismo modo reclamamos también el acceso a la vivienda digna, tanto económica como físicamente, como forma imprescindible de permanecer incluidos en la comunidad.
Entroncando también con el ecofeminismo abordamos el tema de los cuidados.
Dicen Selma James y María Rosa dalla Costa en su libro Donne e sovversione sociale :

"Tener tiempo" significa trabajar menos. Tener tiempo para estar con los niños, ancianos y enfermos no quiere decir apresurarnos para hacerles una visita rápida en los garajes en que se estaciona a niños, viejos e inválidos. Significa que nosotras, las primeras en ser excluidas estamos luchando para que todas las otras personas que están excluidas -los niños, los viejos y los enfermos- puedan reapropiarse la riqueza social, se reintegren a nosotras y todos junto a los hombres, sin depender unos de otros sino autónomamente, tal como las mujeres lo queremos para nosotras, puesto que su exclusión del proceso social directamente productivo, de la existencia social, ha sido creada como la nuestra, por la organización capitalista”.
Teniendo en cuenta que es una traducción al español y a pesar de que es probable que las autoras no conozcan el ideario de Vida Independiente, me atrevo a incluir a las personas con diversidad funcional entre los excluidos que enumeran y reclamo también para nosotras esa reapropiación de la riqueza, autonomía e inclusión social.
Compartimos con otros grupos sociales la lucha por nuestros Derechos, la denuncia de nuestra discriminación.
Así, al igual que las personas LGTBQI, desde la realidad de nuestros cuerpos no normativos reclamamos respeto y puesta en valor de la diversidad humana. Como los movimientos negros de lucha contra el apartheid, reclamamos nuestros derechos civiles. O como los movimientos feministas exigimos igualdad de oportunidades y empoderamiento, por decir algunas. Priorizando el empoderamiento se previene de la violencia hacia nosotras, las personas con diversidad funcional, pero especialmente la que se ejerce sobre las mujeres y las niñas con diversidad funcional.
Pertenezco a esa generación de mujeres que reivindicó el derecho al propio cuerpo, empezó a usar masivamente los métodos anticonceptivos, defendió la maternidad y el aborto libres, se incorporó masivamente a la universidad y al trabajo. Empezó a poder tomar decisiones propias sin necesitar la autorización de su padre o su marido.
A pesar del camino que aún queda por recorrer y de todo lo que queda por corregir, aprendimos a valorar la libertad propia y el control de nuestras vidas. Cuando se es consciente del valor de estos logros ya nunca más se puede renunciar a ellos voluntariamente.
Si lo trasladamos a la realidad de las personas discriminadas por su diversidad funcional, vemos que hay demasiadas similitudes como para que sea casual. La opresión responde siempre, con matices, a unos patrones fijos que se repiten con un mismo resultado: el sometimiento, la falta de empoderamiento, la anulación de la persona oprimida. Es la situación en la que nos encontramos y contra la que tenemos que luchar a diario. En el caso de las niñas y mujeres con diversidad funcional se suman las dos condiciones, dando como resultado la doble discriminación que muchas venimos denunciando.
Queremos controlar nuestros cuerpos y nuestras vidas, poder participar de lo público cuando queramos, sin dar explicaciones. Necesitamos poder acceder a todos los bienes y servicios sin permiso de nadie. Queremos poder proyectar y gestionar lo privado con los apoyos necesarios y suficientes. En definitiva, dejar de ser “objetos de” para ser sujetos de derecho.
Como nos dejó dicho Marita Iglesias Padrón, mujer con diversidad funcional, activista del Foro de Vida Independiente y feminista:
“Tanto el género como la diversidad funcional son construcciones sociales basadas y generadas por una ideología imperante en nuestra sociedad, pero como tales construcciones sociales, pueden ser moldeables y transformadas en otras con otros valores y simbología. Ahí se vislumbran las claves para empezar a romper la situación actual, dando lugar a otra donde hallemos nuevos equilibrios entre valores y respeto a la diferencia que permitan, entonces sí, una participación social de la mujer en plano de igualdad”.
Y refiriéndose a la filosofía del propio Movimiento, como nueva forma de vernos y ser vistos:
“La radicalidad, la innovación y la trasgresión de la filosofía del Movimiento de Vida Independiente está principal e incuestionablemente en interiorizar la conciencia del derecho a controlar la propia vida en el mismo grado, al menos, que se le reconoce a cualquier otro ser humano”.


Obviamente, apoyar y proteger estos derechos debe ser una tarea colectiva, concretada en compromisos políticos.


Coral Hortal Japón
Este texto surge de mi intervención en la Jornada formativa que Equo Sevilla organizó el pasado 2 de Abril, a la que invitó a colaborar a miembros de la Federación de Vida Independiente (FEVI) y a miembros de Vida Independiente Andalucía (VIAndalucía).
Está basado en mi presentación de los contenidos de la jornada.







El “sin-corbatismo”


¿No llevan corbata porque son diferentes? O ¿Son diferentes porque no llevan corbata?

El “sin-corbatismo” no es más que esa forma de vestir que siempre se llamó “arreglado pero informal”. Revistas de moda acuñaron un término, poco atractivo morfológicamente pero recurrente para nosotros, que define el estilo de vestir de hombres que no acompañan a la chaqueta de su traje convencional con una corbata, o incluso que se atreven a ir a su oficina, a la televisión, o a un parlamento, sin chaqueta. Decimos que el término es recurrente porque recalca la importancia de la ausencia. El “sin-corbatismo” no es nada sin la corbata. Por paradójico que parezca es así. No hay nada que destaque más en una foto de políticos con traje y corbata que el espacio que debía de ocupar la corbata del que no la lleva. Se analiza en este ensayo este tema estético de la vestimenta en relación a la producción de identidades y cómo interviene la corbata en el proceso.

La antigua élite obrera que conseguía entrar como representantes en los parlamentos liberales no llevaba corbata. No la tenían en su armario. Si acaso, para una sesión plenaria importante hacían el esfuerzo y alquilaban un traje. Ahora está claro que el que no la lleva es porque prefiere no hacerlo1. Es decir, es una decisión premeditada no llevar corbata. Se utiliza como herramienta para definir la estética propia del líder y del grupo. Va más allá de una simple opción, tiene un componente estratégico. Ya que no llevar corbata es más que un asunto estético o de moda, en la política occidental. Como bien refleja el título del último libro del exministro de finanzas griego, Yanis Varoufakis, “Economía sin corbata”.

¿Qué representa la corbata? Como tal, un objeto no tiene por qué significar nada, pero en su uso e interacción en acciones sociales esto cambia. Si le preguntáramos a sus defensores nos dirían cosas como que “es fundamental para el buen vestir”, “el protocolo la obliga” o “demuestra respeto por la institución”. Claro que si dirigimos la pregunta a algunos de los que “desafían” los cánones y el protocolo con su vestimenta informal, la corbata más bien es símbolo de la ley y del orden, del poder financiero, de clases altas, de hombre occidental… Obviamente esto demuestra que la corbata por sí, no significa nada. Los significados atribuidos estratégicamente por los dos grupos pretender asociar al objeto con unos valores e ideas.

Con esto no se pretende decir que la corbata sea un mero objeto que se le rellena de contenido identitario cada vez que es usado. Como se ha dicho, no ponerse corbata también es hacer referencia directa a ella. Se puede decir, que la corbata en ciertos ámbitos está más presente cuando no está que cuando sí aparece donde se la espera. Esto hace que el sujeto que no la lleva pueda referirse consciente e inconscientemente al rival político que la usa, y separarse de él discursivamente antes incluso de hablar. Es un uso estratégico de la corbata. En el mismo se llena de significado, curiosamente, por el que no la usa. Por lo tanto, como objeto no tiene significado por sí, sino que se transforma según contexto donde se encuentre. La corbata tiene la capacidad por su aparición o ausencia de interferir en interacciones sociales, es decir, tiene una cierta capacidad de agencia compartida con el contexto de actores que hacen de forma contingente ser a la corbata como es.

Así que es una herramienta más que un objeto vacío de significado. Se utiliza la corbata, en este caso su ausencia, como artefacto que opera en la construcción de identidades. El sujeto sabe que este proceso se da y por eso lo utiliza. Se puede decir, que la identidad es un recurso de acción. Entre lo consciente y lo inconsciente, este gesto material de pensar y dirigir tu vestimenta es ya por sí mismo constitutivo de diferencias. Se está construyendo un “cuerpo político”, centrando la imagen del político en el debate. El “sin-corbatismo” acabaría distinguiendo una forma de hacer política, más que una forma de vestir.

La práctica de utilizar la estética como diferenciador y potenciador de identidades está muy vigente. Los grupos se apoyan de esto también para establecer fronteras con el “otro” y facilitar su identificación. En este caso, los seguidores del “sin-corbatismo” se oponen a lo que consideran “vieja élite política”, situándose ellos en una posición de confrontación. Simplemente usan la corbata y la no corbata de forma asociada con una forma de hacer política. No importa si los diagnósticos de los sujetos son acertados o no, como dice Spinoza, “No hay que preguntarse por qué son las cosas como son, sino cómo opera lo identitario en ellas”. Es decir, este recurso “funciona”, opera, y por lo tanto no es solo digno de estudio sino influyente en el desarrollo de lo social.

Sería entender a la identidad no como algo estático, relacionado con la forma de ser de las cosas, y sí como algo procesual y que se hace. Por lo que es más cambiante y contingente a tiempos y espacios dónde se produce. Porque se puede transformar, se transforma constantemente. Dentro de lo que se hace, se encuentra sin duda, esta forma de vestir y todo el tratamiento a la estética e imagen corporal que se vuelve fundamental en los procesos de identificación. Lo que se define como “clase política” es cambiante, una disputa por su definición entre los actores que intervienen y que se consideran parte de ella de forma diferente.

Los partidos como competidores en la disputa del poder encuentran fácilmente al “diferente” para usarlo de espejo y concebirse según similitudes y principalmente diferencias respecto a él. El “otro” partido es rival en una batalla cultural, simbólica y discursiva que sirve entre otras cosas para conformar la identidad como grupo. Para acercar lo concreto, los nuevos partidos imaginan y se contraponen al “político tradicional”, siendo según a ellos como construyen su identidad, diferenciándola. El “sin-corbatismo” se significa como elemento de renovación con lo previo, no solo en sus políticas sino también en ellos mismos, en su imagen. Es una práctica que pretende redefinir lo que es ser élite política. Redefinir que no es hacer desaparecer, es renovación y no ruptura, por lo que las referencias al escenario anterior no pueden ser plenamente deslegitimadoras.

Esta categoría creada asociada a llevar corbata, es llamada como se ha dicho “vieja política”. La misma es llamada a la renovación por la “nueva política” que no lleva corbata. A la primera se le carga con la deslegitimación ciudadana, el problema de funcionalidad del sistema de bienestar, la despolitización de la tecnocracia, la corrupción y la falta de transparencia… En este relato, la “nueva política” trae una nueva concepción de la política, la representación y el papel de la clase política en el sistema. Introducen un gran número de políticos institucionales noveles y con perfil social diferenciado, pero lo más importante es que acceden con la intención de modificar o resignificar lo que se entiende por “ser político”.

Dicho esto, llevar o no corbata parece decisivo para saber a qué partido perteneces ¿no? Quizás no para tanto, pero sí podríamos acercarnos. En este momento, la corbata parece un elemento central de la estética y es precisamente por su ausencia. Esto cambiará, como también se modificará las cosas que se extrapolan de un político por verlo sin corbata. Y también cambiará como se usa como artefacto para crear esas identidades que nos ayudan a pensar la acción previsible de un político solo con ver su cuerpo y cómo va vestido.

En la lucha por el poder institucional y en democracias liberales, hay que ganar elecciones competitivas. Cada grupo debe de ofrecer algo que no pueda dar cualquier otro que también busque ese voto. No llevar corbata es una narrativa y estrategia para la acción política externa, con el objetivo concreto de diferenciarse. Es decir, no llevar corbata es un potenciador de las diferencias con el otro. Y una vez, el grupo se hace conscientemente diferente, como elemento cohesionador y común, no llevar corbata ayuda a la adscripción al mismo. Por lo tanto, la pregunta del comienzo tiene una doble respuesta: la más interesante, no llevan corbata para ser diferentes, y la derivada de ella, como son diferentes no llevan corbata.






Pablo Domínguez
1 La ceremonia de Los Goyas, que pareció quedar fuera de la política institucional, si mereció una pajarita para un líder de un partido estatal que es firme seguidor del “sin corbatismo”.