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¿Ley de cambio climático y transición energética?


El comunicado de prensa de ONU Medio Ambiente, de 13 marzo 2019, dice que incluso si se cumple el Acuerdo de París, se espera que el permafrost del Ártico se reduzca 45% en comparación con su estado actual. Y este deshielo del permafrost despertaría al «gigante dormido» de los gases de efecto invernadero, lo que podría descarrilar los esfuerzos climáticos globales. Se espera con ello que el aumento del deshielo contribuya significativamente a las emisiones de dióxido de carbono y metano, y el calentamiento resultante a su vez conducirá a un deshielo aun mayor, un efecto conocido como «retroalimentación positiva». (1) (2)

Pero a pesar de las advertencias de los científicos y de la ONU, las clases dirigentes —la española también— solo tratan ponerse a salvo fuera del mundo. Para ello construyen exclusivas urbanizaciones privadas, a modo de fortalezas, para ponerse a salvo de los efectos de la explosión de desigualdad. Saben que la fiesta se ha acabado, que hemos llegado a los límites del planeta, por ello han decido extraer (apropiarse) todo lo extraíble para ellas y sus hijos. Para llevar a cabo su propósito han concebido la desregulación y han desistido de toda solidaridad con los más débiles en nombre de la libertad. Y para disimular su egoísmo niegan el cambio climático (3) y enredan con la fantasía del capitalismo verde.

En este escenario, condicionado además por la aparición de la crisis sanitaria, económica y social ocasionada por el covid19, el Gobierno ha presentado en el Congreso de los Diputados su proyecto de ‘Ley de cambio climático y transición energética’. Un plan inservible para evitar la ‘catástrofe climática’ y que hace oídos sordos a las peticiones de los científicos y las recomendaciones de la ONU. El proyecto de ley del Gobierno vende la idea de que se están adoptando las medidas contra la emergencia climática que piden los científicos, cuando no es así. Para pesar de todos el proyecto de ley mantiene la cultura consumista existente con medidas verdes dentro lo políticamente posible pensadas para el bussiness as usual. Un dato a tener en cuenta: el 70% capital que movilizará la transición energética entre 2021 y 2030 será privado y solo el 30% será público, así lo indica el proyecto de ley en la Exposición de Motivos. Este proyecto no es más que un lavado verde de cara del sistema económico.

Inmersos como estamos en un «juego político que se caracteriza por la capacidad de “hacer ver y hacer creer” a los demás de otra manera», esto debe ser conocido por la ciudadanía porque como dice Greta Thumberg: «si las personas no son plenamente conscientes de lo que está sucediendo no podrán ejercer presión sobre los líderes. Y sin esa presión, los líderes políticos no harán nada». Y no hay que olvidar la advertencia que hace ONU Medio Ambiente: si solo confiamos en los compromisos climáticos actuales del Acuerdo de París es posible que las temperaturas aumenten 3,2 °C este siglo. Incremento que trae probabilidad de guerras, incluso nucleares y a la que pocas veces se hace referencia. Y no digamos si ni siquiera llegamos a cumplir el Acuerdo de París.

Analizamos ahora —tras la introducción— algunas deficiencias e insuficiencias del proyecto de ley de cambio climático presentado por el gobierno al Congreso de los Diputados, sin que dicha exposición agote todo el análisis posible de las mismas.

En el catálogo de deficiencias e insuficiencias encontradas se puede destacar el título del proyecto de ley: «Ley de cambio climático y transición energética». La rotulación que se ha dado al proyecto no es una mera cuestión terminológica, sino que ésta —en cuanto carta de presentación de la futura ley— recoge de manera sintética el espíritu de la misma y los principios que la alumbran. Y es que la elección semántica no es neutral como veremos. Ésta en concreto pone de manifiesto la elección de una opción: la continuidad del bussiness as usual desde el «crecimiento verde». 
 
La primera elección que hace el Gobierno en el título usado es la de «cambio climático», cuando tenía otras alternativas más ajustadas a la realidad: emergencia climática o crisis climática. La rotulación de la ley usando la descripción científica del evento, aséptica, no transmite la gravedad y la cercanía al umbral de irreversibilidad en el que nos encontramos. No estamos ya ante un acontecimiento para el que disponemos de tiempo suficiente —de aquí a final de este siglo— para mitigar sus efectos. La inacción de los gobiernos ha acelerado la velocidad de los cambios. Hoy vivimos una «emergencia climática» cuya mitigación exige una reducción drástica de las emisiones en esta década, para evitar que crucemos el umbral que conduce a un cambio apocalíptico, pues el tiempo de reacción de que disponemos es de apenas una década, según el consenso científico. Cada semántica crea, así, un marco cognitivo diferente en lo referido a la urgencia en la adopción de medidas de mitigación y adaptación a la crisis climática. Así pues la expresión que debería haber usado el gobierno en lugar de ‘cambio climático’ es: ‘emergencia climática’.

La segunda expresión que el ejecutivo elige para el título es la de «transición energética». No es incorrecta pero refleja una realidad parcial, porque también hace falta emprender otros cambios. Es una solución de ‘final de tubería’ que no va a la raíz del problema: el crecimiento económico ilimitado, sino que busca corregir su efecto y mantener el statu quo. Nos anuncia lo que el gobierno va a hacer: la sustitución de las energías fósiles por energías renovables dentro del marco económico de crecimiento, y también de lo que no va hacer: la reducción del consumo de energía, materiales y viajes que suponga un drástico cambio de viajes lujosos y consumo despilfarrador a un consumo y viajes básicos, necesarios, sustentables y satisfactorios, sin la cual no es posible cumplir los objetivos climáticos. El gobierno no va llevar a cabo la ‘transición ecológica’ aunque continuamente abuse de dicha expresión con su uso indebido.

En lo que se refiere al modelo de transición energética recogido en el proyecto, los análisis efectuados por el Grupo de Energía Economía y Dinámica de Sistemas de la Universidad de Valladolid en este campo, evidencian que la fuerte re-materialización que requerirá la transición hacia las energías renovables en el sector eléctrico cuestiona la consistencia y solidez del ‘crecimiento verde’, que no cuestionan ni el proyecto de ley ni la mayor parte de fuerzas políticas del Congreso de los Diputados.
 
En este «juego político» de «hacer ver y hacer creer», este somero análisis del título del proyecto de ley sugiere que el texto del proyecto de ley no va a ir en la dirección pedida por la comunidad científica de una reducción drástica de emisiones. Todavía, sin embargo, es pronto para establecer una conclusión definitiva.

Continuando con el análisis de otros aspectos del proyecto de ley, debe destacarse que éste no cuestiona el modelo económico de crecimiento ilimitado, ni el tipo de industrias sobre las que se asienta la economía española: turismo de masas, construcción, industria o agricultura y ganadería industrial. Ni tampoco fija un «catálogo de actividades económicas deseables y no deseables» en un escenario de emergencia climática, lo que dificulta la articulación de una política que suponga un giro real y drástico de las emisiones de gases de efecto invernadero. 
 
El mantenimiento del dogma del crecimiento económico se aprecia en la Exposición de Motivos del proyecto de ley con la referencia al «crecimiento verde y sostenible». Un oxímoron. Y en el articulado al definir la descarbonización de la economía como la consecución de un modelo socioeconómico sin emisiones de gases de efecto invernadero, pero sin hacer referencia en la definición al principio de equidad intergeneracional como marco socioeconómico inclusivo de las necesidades y la prosperidad de las generaciones futuras u otro principio que establezca esta salvaguarda. El planeta y sus recursos no pertenecen a una generación, son un legado que pertenece a todas las generaciones, que todas tienen el deber de cuidar y transmitir.

Un segundo aspecto del proyecto de ley que merece ser analizado es el objetivo nacional de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero que se establece. La reducción que se contempla en el texto es del 20% respecto a 1990 en 2030 y del 90% en 2050, pero inferior al objetivo vinculante que impone la normativa comunitaria a España del 26,5%. Ni siquiera el objetivo de reducción de emisiones del 23% previsto en el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima —que se incorporará a la futura ley durante la tramitación parlamentaria— cumple con dicho objetivo, muy alejado de la reducción drástica que reclaman los científicos hay que llevar a cabo.

Dicha cifra y el incremento de la reducción de emisiones hasta el 55% que ha anunciado la UE, no parecen estar escogidas al azar. La cifra del 23% es el porcentaje de emisiones con el que la agricultura, la silvicultura y otros usos de la tierra contribuyen al calentamiento global. Y la del 55% corresponde al volumen de emisiones con el que los cuatro principales emisores —China, EE.UU., UE28 e India— han contribuido a las emisiones totales de gases de efecto invernadero durante la última década. Esta es la ambición que tan pomposamente dicen tener España y la Unión Europea en la lucha contra la emergencia climática. Hechos son amores.

Los gobiernos no pueden darse el lujo de esperar. Y las personas y las familias tampoco, pues aún estamos lejos de alcanzar la reducción del 7,6% entre 2020-2030 que la ONU establece como necesaria para poder evitar que el incremento de temperatura global supere los 1,5ºC. Si la reducción efectiva de emisiones continúa retrasándose, dicha postergación hará necesario un incremento del porcentaje de reducción anual. Y si la reducción de las mismas comenzara en 2025, la propia ONU cuantifica el porcentaje de la disminución necesaria en el 15,5% cada año, lo que haría que el objetivo de 1,5 °C fuera casi imposible. 
 
El porcentaje de reducción recogido en el proyecto de ley personifica el abandono por el gobierno del compromiso de limitar el incremento de temperatura de la tierra a 1,5º C y sitúa la contribución de España a la reducción de la temperatura global en el rango objetivos insuficientes que denuncia la ONU que nos abocan a un incremento mínimo del 3,2ºC.

Esta decisión es poco comprensible si se tiene cuenta que España será el país más afectado de la Unión Europea (4), circunstancia que debería colocarnos a la cabeza de los países con mayor ambición climática, a fin de disminuir efectos adversos del cambio climático que estamos y soportando y vamos a sufrir cada vez más: calor, sequía, ruptura de los ciclos agrarios, inundaciones, huracanes; y poder así mitigar las dificultades de adaptación que tendremos.

Por último, se debe destacar la ausencia en el proyecto de ley del concepto de flujo neto de carbono incorporado de los países en desarrollo a los países desarrollados. Dicha ausencia causa un efecto de ‘espejismo de reducción’, pues cuando se agregan al cómputo europeo las importaciones de carbono incorporado, las emisiones per cápita de la Unión Europea —y en consecuencia las de España— son más elevadas que las de China, incluso aún reduciendo las emisiones nacionales (5). Igualmente se debe subrayar la omisión en el proyecto de ley de alguna previsión sobre la esperada y significativa contribución de las emisiones de dióxido de carbono y metano que el aumento del deshielo ocasionará, como avisa la ONU(6), el efecto conocido como de «retroalimentación positiva».

Necesitamos, por tanto, cerrar la brecha entre lo que estamos haciendo y lo que debemos hacer para prevenir los efectos más graves del cambio climático, pues como dicen las Naciones Unidas: «las emisiones de gases de efecto invernadero [siguen] en aumento a pesar de las advertencias de los científicos y los compromisos políticos».

Nada puede ser celebrado entonces con este proyecto de ley, a pesar de la bienvenida de algunas fuerzas políticas. Muy al contrario, este proyecto de ley es intensamente desesperanzador: por los principios que contiene y los objetivos insuficientes que establece. Y porque con este proyecto de ley el coste de los impactos climáticos se transfiere a la ciudadanía y a las comunidades vulnerables, en vez de ser asumido por los actores económicos. 

 
Debe surgir, por tanto, un fuerte liderazgo político —hasta ahora inexistente— que defienda la petición de la comunidad científica y de los jóvenes de una reducción drástica de las emisiones de gases de efecto invernadero, una disminución del orden del 65% para 2030 y emisiones netas nulas para 2040(7), en línea con las demandas de organizaciones ecologistas como Green Peace (8).

El análisis precedente confirma las conclusiones provisionales expuestas al inicio y la inutilidad del proyecto de ley del gobierno para contribuir al esfuerzo común de la humanidad de limitar el incremento de temperatura a 1,5ºC. Tomando como base los compromisos actuales, las emisiones actuales están en camino de alcanzar 56 Gt CO2e para 2030: más del doble de lo que deberían ser, lo que supondría un incremento de temperatura a final de siglo de 3,9ºC. Retrasar, por tanto, la acción climática agravará el problema. Y postergar esas medidas además incrementará el coste de construir defensas costeras, de proteger la seguridad alimentaria, de adaptar la infraestructura y acrecentará la dificultad para reducirlas, haciéndolas más desafiantes.

El desafío es reducir las emisiones a 25 Gt CO2e. Eso significa que los compromisos, políticas y acciones que necesitamos deben dirigirse a la reducción de las emisiones un 7,6% cada año entre 2020 y 2030, como se ha señalado más arriba. Sólo así se podrá limitar el calentamiento global a 1,5 °C.
No podemos volver al modelo productivo y de consumo que nos ha traído esta pandemia y la emergencia climática, pues proseguiremos entonces profundizando en la causa común que las ocasiona. Las pandemias y la emergencia climática nos están avisando que la economía no puede funcionar por encima de los límites planetarios. Pero todavía tenemos la oportunidad de frenar el calentamiento global. Para ello y para satisfacer las demandas de protección de los españoles debemos de variar el rumbo, para lo cual el viraje habrá de materializarse en un nuevo reparto de los recursos, de los cuidados y del poder, que ofrezca algo más que «ladrillo, industria o subsidios», cuando en los próximos meses se concreten las ayudas de la Unión Europea. ¡Hagámoslo!

Francisco Soler Luque 
Esteban de Manuel Jerez


Notas:
(2) Pero este evento hará baldíos los esfuerzos si los planes de acción climática no contemplan esta eventualidad, ni planes de contingencia adicionales y solo tienen en cuenta las emisiones antropogénicas.
(3) Latour, B, Donde aterrizar. Como orientarse en política, Ed. Taurus, Barcelona, 2019.
(4) El objetivo recogido en el proyecto de ley es suicida para los españoles. Las razones son obvias: el informe especial del IPCC sobre la tierra, de agosto de 2019, dice que la temperatura sobre la tierra ya ha aumentado 1,53º C por encima de las temperaturas preindustriales; el área del Mediterráneo sufrirá un incremento de temperatura adicional del 25% y en España el incremento adicional estimado es de 0,5ºC. España es el país de la Unión Europea que va a resultar más afectado por los efectos de la crisis climática y a pesar de ello la ambición climática de España es nula.
(5) Informe sobre la disparidad de emisiones de 2019 elaborado por la ONU. El Informe de brecha de emisiones mide y proyecta tres líneas de tendencia clave:
  1. La cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero cada año hasta 2030.
  2. Los compromisos que los países están haciendo para reducir sus emisiones y el impacto que estos compromisos pueden tener en la reducción general de emisiones.
  3. El ritmo al que deben reducirse las emisiones para alcanzar una emisión baja que limitaría el aumento de la temperatura a 1.5 o C , de manera asequible.


    (6)https://www.unenvironment.org/es/noticias-y-reportajes/comunicado-de-prensa/aumento-de-temperatura-de-3oc-5oc-sera-inevitable-en-el 
     (7) Sin que se deban olvidar dos datos: primero, las emisiones de gases de efecto invernadero en España se incrementaron, en 2019, un 8,8% respecto a 1990; segundo, con los compromisos de reducción remitidos a la ONU el incremento de temperatura sería de 3,9º C, como ya se ha señalado más arriba, escenario que haría que gran parte del planeta quedara inhabitable.(8)https://es.greenpeace.org/es/sala-de-prensa/comunicados/la-declaracion-de-emergencia-climatica-no-es-suficiente-la-ue-debe-tomar-medidas-urgentes-para-reducir-las-emisiones/










    De investiduras, patrias y planetas


    España y la Constitución si se pueden romper, pero no por una confabulación comunista, separatista y pro-etarra como dicen las derechas y la ultraderecha. España puede ser rota por el cambio climático y sus consecuencias sociales y ecológicas, si continúa la inacción o la insuficiencia de la acción climática y no modificamos nuestra manera de movernos, alimentarnos, de producir y consumir energía y los bienes necesarios para asegurarnos un buen vivir en equilibrio con la Naturaleza.
    Es dramático de ello es que una niña de 16 años haya comprendido la gravedad del momento, mejor que todo el arco parlamentario representado en el Congreso de los Diputados. Lo que los jóvenes está reivindicando en las calles no es «la equidad intergeneracional» −que puede ser acomodada a la oportunidad política− como ha dicho el candidato a la presidencia del gobierno en el debate de investidura. Lo que están pidiendo es que se escuche a la ciencia y se actúe con la urgencia y de conformidad con lo que desesperadamente están reclamando los científicos. Por ello dice en Twitter que la emergencia climática no es «una cuestión política más entre otras cuestiones políticas», sino una «emergencia existencial»: «This can no longer be news among other news, an “important topic” among other topics, a “political issue” among other political issues or a crisis among other crises. This is not party politics or opinions. This is an existential emergency. And we must start treating it as such» (Greta Thunnberg).
    Pero ninguno de los intervinientes, sin embargo, pareció sentirse aludido por estas palabras. Las derechas instaladas en la más rancia exaltación patriótica con sus ‘Vivas al Rey y a España’ en el hemiciclo y las izquierdas en su ecoescepticismo social, dedicaron el tiempo a hablar de otras cosas: de patrias, del pasado, de la historia y de sus cuitas. Al tiempo que olvidaban que el planeta es la única patria que tenemos. Y que no tenemos planeta B. Y esto significa −como nos están diciendo los científicos− que en la situación de emergencia climática en que vivimos el tiempo de reacción está limitado a una década: 2020-2030. De lo que hagamos en esta década dependerá como sea el futuro de la humanidad. ¿Hablamos ya de decrecimiento?
    Lo importante para las derechas y la ultraderecha no es el futuro de la humanidad que nos jugaremos en la acción climática. Para ellas lo importante es crear el clima que les permita recuperar el poder que han perdido. Actúan de acuerdo con el principio: «lo importante no es la realidad, sino su percepción, que está condicionada por el lenguaje». Ello explica la escenificación y las expresiones gruesas que se escucharon en el hemiciclo: traición, golpe de Estado, villano de comic, acusaciones de fraude electoral, gritos de asesinos, terroristas. O la petición en las redes sociales de intervención del ejército para parar el golpe de estado separatista de Cataluña que hizo un eurodiputado de VOX.

                                            
    El debate sobre si España es una sola nación, una nación de naciones o una parte del territorio quiere independizarse está silenciando la anomalía de las relaciones de la humanidad con el planeta. Tan es así que ninguna de las diputadas y diputados intervinientes trajeron al debate de investidura –una propuesta, siquiera en sus líneas maestras− de cuestiones como: si la forma de organización territorial del Estado que tenemos es la mejor para afrontar el reto climático. O lo sería un Estado federal, uno confederal o una organización biorregional. Ni el candidato tampoco señaló, cuales serían las líneas generales, siquiera las más genéricas, respecto a la manera en que iba a afrontar la emergencia climática. Esperaba que hubiera dicho algo más que la simple enunciación de leyes que hizo, tratándose del más importante de todos los asuntos de gobierno de esta década. Yo no voy a entrar en este debate trampa.
    Y aunque la música social y climática que desgranó el candidato a la presidencia suena bien. Y me hace respirar mejor saber que en España habrá un gobierno progresista. No puedo ocultar la preocupación y la decepción que sufrí al escuchar sus intervenciones, que confirmaron la sensación de green washing que me produjo leer el acuerdo de coalición de gobierno PSOE-UP.
    Esa preocupación y decepción la ocasiona la insuficiencia del programa de transición energética –que no ecológica− que propuso el candidato. Un programa que no tiene la ambición climática que están pidiendo desesperadamente los científicos, la ONU y los jóvenes. Con el programa esbozado no se alcanzará la reducción del 7% anual de las emisiones según las tasas recomendadas por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Ni mucho menos la reducción de entre 8-10% anual que es necesaria para que la transición ecológica sea justa.
                                                  

    La otra preocupación que me asalta sobre la transición energética anunciada, la origina la escasa mayoría parlamentaria que sustentará al gobierno de coalición. Las leyes sobre cambio climático, transición ecológica, sostenibilidad que han de aprobarse requieren un amplio consenso, que será imposible alcanzar en esta XIV legislatura. Esta circunstancia acrecienta el riesgo de que la aprobación de dichas leyes con el voto en contra de las derechas, pueda traducirse en una reversión o atemperación de los objetivos posterior si llegado el caso éstas recuperaran el poder, como ocurrió con Madrid Central.
    La tibieza de la ambición climática aparece, además, en una pequeña trampa que se introduce en las propuestas de planes de acción. La fecha de inicio de que se especifica es en la mayoría de los casos es 2019, cuando en realidad se iniciarán como más temprano en 2020. Este pequeño desfase del período de  actuación concretado hace que éste no sea real y por ello la posibilidad el fracaso en la consecución de los objeticos se acentúe.
    Tibieza que también queda reflejada en las intervenciones del candidato y sus socios de gobierno. El candidato socialista hizo alusión a la emergencia climática solo una vez en toda su intervención, amén de las medidas concretas que desgranó. Y trató la misma como una política sectorial, no como una política transversal. Iglesias, candidato a Vicepresidente, destacó en su intervención que España se iba a convertir en referente europeo de justicia social. Pero guardó silencio respecto a la justicia ambiental. Ni hizo ninguna referencia al cambio climático en su intervención. Tampoco la hizo el representante de En Común Podem, ni Alberto Garzón de IU. Aunque ellos no pierden ocasión para hacer referencia a la transición ecológica justa, excepto cuando tienen el marco idóneo para defenderla: el debate de investidura en sede parlamentaria. El candidato a la presidencia y sus socios de gobierno lo que hicieron fue tratar este asunto como uno más de la agenda política. Como si dispusiéramos de todo el tiempo del mundo para ello. Hicieron justo lo que los jóvenes están pidiendo que no se haga.
                                                   

    Pero a pesar de las promesas la realidad es tozuda. Tras el Acuerdo de París −que marcó un hito en cuanto al consenso político al respecto− las emisiones interanuales de CO2 siguen incrementándose. Ni siquiera ha sido posible todavía un pequeño descenso neto de emisiones. Una victoria simbólica.
    Pero la actitud de las derechas y la ultraderecha −con el tono bronco y guerra-civilista que emplearon en la investidura defendiendo la España uniforme− y la composición política del Congreso de los Diputados no son un buen augurio. El reto es de tal magnitud que requiere que tanto las empresas, como las ciudades, los ciudadanos y todos los gobiernos tomen cartas en el asunto. Pero a la vista de la inacción climática se necesita que la iniciativa ciudadana sea mayúscula, absoluta para sacar esto adelante. Una rebelión ciudadana.
    Habrá que ver en que queda la tan cacareada transición ecológica del nuevo gobierno. En que quedan las reducciones de emisiones en todas las áreas: energía, transporte, ocupación del suelo y agricultura, que demanda el Instituto de Sostenibilidad. Pues el programa de gobierno concentra su esfuerzo en la descarbonización de la producción eléctrica (85-95% de la misma deberá proceder de renovables en 2040) y en la movilidad urbana y de cercanías. El IPCC de 2013, sin embargo, indica que para evitar un cambio climático descontrolado es necesaria una reducción del total de emisiones –y no solo de la producción eléctrica− del 84% en 2030. Los números no salen.
    Y habrá que ver el efecto de un acuerdo de gobierno que no implica al sistema financiero en la emergencia climática, ni evita políticas contradictorias: habla de sostenibilidad y a la vez apuesta por una «política económica orientada a potenciar el crecimiento».
    Pero una cosa es la letra de los discursos y otro la acción climática que despliegue. Los límites del programa verde del nuevo gobierno pueden quedar aprisionados en la «transición energética realista» que reclama el PNV. En la petición del candidato a la presidencia a sus socios de llevar a cabo una acción de gobierno moderada y de progreso. En el rechazo que manifestó el diputado de la derecha, de Foro por Asturias: que abominaba de la «transición energética radical» que planteaba el candidato socialista, pues empobrece las comarcas mineras y hace subir el recibo de la luz. Rechazo al que se unirá y remachará el resto de las derechas. Éstas ya lo han dicho con toda contundencia: que no les gusta el gobierno de los socialistas con los comunistas, separatistas y pro-etarras, esa especie de nuevo Frente Popular.
    Estamos a un paso de llegar a un punto de no retorno. En lo climático por todas las razones que he expuesto en esta y en otras entradas. Y en lo político porque la estrategia de la ultraderecha de crear caos, desafección y sembrar el miedo, solo busca crear el caldo de cultivo que favorezca su fortalecimiento y crecimiento. La transición ecológica va a ser un camino lleno de obstáculos tanto desde dentro como desde fuera del gobierno. Por eso mismo seguiré pensando y actuando con esperanza para que la vida, la de la generación de Greta y posteriores, no sea escrita por las dinámicas egoístas, irresponsables e insuficientes que han creado el problema. Trabajando por un Frente Climático y de Verdad Amplio. Espero y es mi deseo que los Reyes Magos no nos traigan carbón.

    Francisco Soler

    El envite es un órdago a la grande



    Si hoy queremos llegar a final de mes, debemos dejar atrás los falsos dilemas, mirar a la Medusa de frente sin quedar petrificados y abordar la más irrefutable cuestión política de cuantas tenemos que afrontar como seres humanos: «las condiciones que requiere la continuidad de nuestra especie en un planeta limitado». Es decir, como enfrentar la crisis climática y ecológica. De lo contrario, los seres humanos ―en este verse como habitantes del mundo sin ver el planeta― deberemos enfrentarnos, por nuestra desobediencia a la pureza, a una cuarta ruptura: la existencial. La extinción.

    Los científicos nos están diciendo que no hacemos lo suficiente para combatir el calentamiento global y la emergencia climática. Que son necesarios «cambios sin precedentes y en todos los aspectos de la sociedad» para limitar el calentamiento a 1,5ºC. Transformaciones que ―según la ONU― habrán de constituir «una reorganización sistémica de los factores tecnológicos, económicos y sociales, incluyendo paradigmas, objetivos y valores».

    Pero como decirlo a una sociedad en la que la propensión al consumo es mayor entre las rentas bajas que entre las altas ―mayoritaria por tanto―. Como decirlo cuando sabes que cada día que pasa, cada mes, cada año que retrasamos la adopción de las medidas que conlleven reducciones netas del consumo exigirá que las que tomemos posteriormente ―al disponer de menos tiempo para llevarlas a cabo― deban ser más radicales y dolorosas y gravar más a los que menos tienen y enriquecer a los que más tienen. Hace falta muchísima pedagogía para la comprensión profunda de la emergencia climática y como nos está afectando ya, a la cual no pueden renunciar los partidos políticos.

    Hay que hablar de la emergencia climática con franqueza para generar las condiciones políticas necesarias y repetirlo una y otra vez para vacunar a la gente contra el mensaje de la extrema derecha que no se está cortando en explicar la crisis a su manera, negándola, y en beneficio de su propio plan político. Y para que a medida que la realidad vaya demostrando los hechos sobre los que se está advirtiendo, la gente tenga una comprensión cabal de lo que sucede, por qué sucede y cuales son las alternativas.
     
    La rebelión de amplios sectores sociales por sus expectativas arruinadas, la creciente desigualdad, la corrupción persistente y una profunda sensación de frustración, con las «crecientes tensiones sociales y políticas» que está ocasionado, es evidente que tienen que ver con factores como los avances tecnológicos, la productividad, las políticas fiscales regresivas, el cambio climático o el declive de los combustibles fósiles.

    La emergencia climática y el declive energético apuntan a que las políticas para combatir y atajar la desigualdad no podrán provenir ―como antaño― de la extracción sin freno de materias primas ni del incremento del consumo agregado de los hogares. Y que las inversiones públicas que se destinen a combatir la desigualdad, las transferencias sociales y el aumento del salario mínimo habrán de cumplir la regla: ‘emisiones cero’.

    Esto es tanto como decir que al igual que el incremento de la desigualdad y las tensiones sociales y políticas muestran los límites del sistema económico, la crisis climática y ecológica exterioriza los límites del planeta que permiten la vida, de los cuales: el ozono estratosférico sigue estable; agua dulce, calcificación de los océanos, y usos del suelo están en riesgo de ser sobrepasados; y biodiversidad, agotamiento del nitrógeno y el fósforo y clima ha sido desbordados. Y para muestra un botón: Qatar ha comenzado a refrigerar las calles para combatir el aumento de las temperaturas.

    Si las políticas surgidas del pacto neoliberal de la década de los 90 del siglo pasado explican un cierto regreso a la lucha de clases del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, la crisis ecológica, de la que el calentamiento global es una manifestación, ha destapado un conflicto entre generaciones que condena a los jóvenes a la inseguridad climática, alimentaria, laboral, económica y familiar. Éste se ve en la irrupción social del movimiento Juventud por el Clima y las huelgas climáticas globales. Y en la aparición de otros movimientos homólogos como Madres por el Clima o Científicos por el Clima.

    Los múltiples retos del siglo XXI requieren, por tanto, la reconstrucción del pacto social roto por las élites. Y demandan, además, la institución de un pacto entre generaciones, que garantice a las futuras generaciones el uso del planeta y de unos recursos, al menos, en las mismas condiciones en que nos fue entregado por las anteriores, de manera que las acciones actuales no condicionen a aquéllas su capacidad para tomar sus propias decisiones.

    Sin estas dos alianzas no será posible reconstruir la cohesión social fracturada, de la que son expresión conflictos como los chalecos amarillos, el Brexit, las revueltas de Chile, Brasil o Ecuador, el auge de la extrema derecha y los partidos populistas, los gobiernos iliberales de Europa del Este. O la propia crisis independentista de Cataluña, que goza de apoyo en amplias capas de la población y de una juventud inmersa en la inseguridad y la falta de perspectivas laborales. Independencia que es sentida por muchos como la única vía que les permitirá escapar de un presente sin alternativas.

    La primera tarea de las fuerzas políticas, por tanto, tras las elecciones del 10-N, debe ser el cambio de sus hábitos: el fin del bloqueo político y de la inacción climática.

    La superación del bloqueo político, primer paso para avanzar en la solución del desencuentro entre Cataluña y el resto de España y del resto de empresas pendientes, se traduce en la necesidad de generar espacios de diálogo y alcanzar nuevos pactos y alianzas políticas, económicas, sociales y de sostenibilidad, con los los que generar ilusión en el futuro en territorios y grupos sociales.

     El acceso al agua, la fragilidad de los ecosistemas, la alimentación, la salud y la seguridad se agravará en las próximas décadas de continuar la inacción climática, atentando contra nuestra seguridad actual y futura.




    Es ineludible, por tanto, establecer un nuevo compromiso con las generaciones de españoles y españolas que nacen hoy, pero también con las generaciones futuras. Y esta alianza ha de ser de igualdad y libertad, es decir, económica y social. A la vez que un pacto de equidad y fraternidad, es decir, climático y ecológico, para evitar que el presente se convierta en tirano y déspota de si mismo y del futuro.

    La inacción de los gobiernos, su falta de respuestas políticas a la emergencia climática y ecológica, hace ineludible la asunción por todas las fuerzas políticas de las reivindicaciones del movimiento de justicia climática, como programa político común: declaración de emergencia climática y ejecución de políticas acordes con lo señalado por la ciencia y dotadas de recursos económicos suficientes para abordarlas; decir la verdad a los ciudadanos respecto a la crítica situación climática y ecológica que vive el planeta y señalar la responsabilidad del crecimiento económico en la degradación actual, al ser una garantía para llevar a cabo un giro efectivo, pues sin una adecuada comprensión de la gravedad de la crisis no se podrá salir del estado de inacción actual; acción inmediata: consistente en la reducción drástica de emisiones en el menor tiempo posible, de acuerdo con lo planteado por la comunidad científica; democracia real, mediante la puesta en marcha de instrumentos ciudadanos participativos de supervisión y garantía de cumplimiento de las medidas climáticas que sean adoptadas; y justicia climática, convirtiendo ésta en el centro de toda acción para evitar que los que menos ha contribuido al problema y los sectores más vulnerables sean los que más sufran los efectos.

    ¿Y si, como sociedad, no estamos dispuestos a hacerlo? Habremos de vivir ―cada día más― lo que Churchill llamó «la era de las consecuencias», pues el capitalismo que viene ―escoltado por el calentamiento global y el declive de los combustibles fósiles― reordenará la sociedad de forma que ésta funcione para sus propósitos, con reformas amparadas en el paraguas de la innovación, lo tecnológicamente avanzado y las empresas creativas, tales como: la inteligencia artificial, la automatización, la robotización, el tratamiento masivo de datos o la captura de carbono.

    El capitalismo se está pintando de verde y como ciudadanos debemos saber elegir y optar por aquellas ideas que resultan inspiradoras en lo moral y fértiles en lo teórico, aptas para iniciar la senda hacia una economía poscrecimiento, como el Acuerdo Verde para España, aunque no sepamos bien como realizarlas. Debemos enfocarnos en hacer lo que es necesario, en vez de hacer lo que es políticamente posible.

    Las decisiones que hoy se adopten han de ser, por tanto, las más adecuadas. No aquéllas que sean definidas como las mejores que se pueden adoptar en un entorno lleno de incertidumbres. No podemos ser conformistas y hacer solo la parte que nos toque. Es necesario que hagamos comprender a «la gente» que no está dispuesta a renunciar a sus smartphones, a la comida rápida, los viajes ‘low cost’, a la ropa barata, a los automóviles o a la tecnología ―nosotros incluidos―, que el consumismo sin límite nos está llevando al abismo. Que es necesario y posible vivir de manera más justa, simple y sobria. No hay puntos intermedios entre la acción y la inacción, pero si caminos diversos, urgencias y niveles de miedo. El envite es un órdago a la grande. Hay que tirar del freno de emergencia.



    Francisco Soler






    ¿Te apuntas?


    Nuestro tiempo nos impone el reto histórico de encajar el sistema socioeconómico dentro de los límites del planeta. Pero la crisis climática, a la vez, nos brida la oportunidad para construir una nueva idea de España: moderna, sostenible, generosa, solidaria, abierta, feminista. Una España capaz de contribuir a que el proyecto europeo recupere su mejor dirección. Una España que cuide. Una España que no excluya. Una España que ofrezca orden, seguridad, protección y reglas claras para todos, pero en especial para quienes más las necesitan.

    Pero no hacemos lo suficiente en la lucha contra el calentamiento global, nos dicen los científicos. España ―advierten― será uno de los países más afectados de la UE. Y la zona mediterránea se calienta más rápidamente. En ella la temperatura ya se ha incrementado 1,5ºC. Y cuanto más se caliente el planeta, más se instalará entre nosotros el discurso perverso: “no hay para todos”, cargando sobre los más débiles y sobre la naturaleza la defensa de los privilegios que algunos tienen.

    Así pues, todo el tiempo que perdamos hoy, todo el esfuerzo que regateemos hoy, se volverá contra los y las españolas que hoy están naciendo y que serán los protagonistas del siglo XXI en un mundo más cálido y más difícil: con inseguridad climática, alimentaria, laboral, económica, familiar, afectiva. Sin derecho al futuro.

    La transición ecológica que tenemos que llevar a cabo no es un experimento: se trata de generalizar y masificar aquello que sabemos que funciona. Hoy podemos hacer lo que no se pudo hacer antes por una coincidencia de factores que nunca se habían dado juntos: consenso científico, tecnologías maduras, dirección política europea comprometida con la descarbonización y una ciudadanía activa ―que ha sido capaz de promover las movilizaciones ecologistas más importantes de la historia― y ha construido un nuevo sentido común de mayorías.

    El desbloqueo de la actual política de insostenibilidad pasa, por tanto, por una transición ecológica y energética, que parta de una declaración de la emergencia climática y la aplicación de políticas acordes con lo señalado por la ciencia, dotadas de recursos económicos suficientes para realizarlas; de decir la verdad a la ciudadanía respecto a la crítica situación climática y ecológica que vive el planeta y de la responsabilidad del crecimiento económico en la degradación actual; de una reducción drástica de las emisiones en el menor tiempo posible, según lo planteado por la comunidad científica; y de la participación ciudadana en la supervisión y garantía de cumplimiento de las medidas climáticas que sean adoptadas.

    Pero los desafíos se superponen y el climático no es el único. Nos enfrentamos al declive de las energías fósiles; a una mutación radical del mundo del trabajo y del modelo productivo provocado por la digitalización y la automatización; al incremento de las desigualdades económicas, cronificación de la precariedad laboral e implantación del miedo como condición vital en amplias capas de la población; a demandas de plena igualdad de las mujeres en un contexto de creciente crisis de cuidados; pérdida de legitimidad y de capacidad de cohesión de los sistemas políticos como consecuencia de la ruptura unilateral del contrato social por parte de las élites y un teatro de juego geopolítico progresivamente más inestable y convulso.

    En España, estas tendencias globales se manifiestan con algunas peculiaridades: el bloqueo institucional provocado por la primacía del interés de los partidos sobre cualquier consideración del interés general, potenciador de la desafección de los ciudadanos respecto a las instituciones; la necesidad de repensar el encaje afectivo e identitario de los distintos pueblos y naciones de España en un proyecto común tras el agotamiento del modelo autonómico nacido en 1978; y la hipertrofia territorial que rompe España en dos países contrapuestos: la España urbana y la España vaciada.

    Por ello no podemos esperar más. Ya no queda tiempo si no queremos perder el tren del clima y el del nuevo mundo que llega. Es el momento de hacer la apuesta definitiva que se estudie en los libros de historia. Esa que cambie radicalmente nuestro país, nuestra economía, nuestras formas de vida y la manera de relacionarnos con el planeta.

    La gran transformación que necesita España requerirá modificar nuestra relación con la Naturaleza, reorganizar la economía, reordenar el territorio, blindar derechos, establecer deberes, dar primacía al interés general sobre el partidista, cuestionar privilegios, repartir con justicia los esfuerzos y transformar costumbres e imaginarios arraigados. Por su esencia política esta transformación está en disputa y puede modularse desde valores, compromisos, intereses y definiciones muy diferentes. Este es el cambio queremos y ponemos sobre el tablero político. ¿Te apuntas a esta España?


    Francisco Soler
    Candidato Nº 1 al Senado
    Más País-EQUO
    por la provincia de Málaga

    Ausencia electoral

    Se acaba de configurar tanto en el Congreso de los Diputados como en el Senado un nuevo equilibrio de fuerzas políticas, en el que las fuerzas progresistas son más numerosas que las derechas. Son todos los que están, pero no están todos los que deberían. No hay en el Congreso de los Diputados una fuerza política que sea el referente verde que la sociedad pueda identificar y votar sin necesidad de hacerlo indirectamente a través de otra fuerza política. El partido verde (Equo) continúa invisible para los ciudadanos y subrepresentado con un solo diputado en la lista de Unidas Podemos. Con un pacto que le mantiene en la UCI política, condenado a mantenerse en estado de suspensión política. Vegetativo. Sin poder cumplir la principal función de cualquier partido político: ofrecer un programa político no sometido a más condicionantes que los que derivan de la fuerza parlamentaria de quien lo propone. Ausencia electoral que es una grave error.

    La necesidad que una partido político, de un referente verde en la política española, lo ha puesto de manifiesto, una vez más, la ausencia en el debate electoral del tema más importante: el cambio climático. Este asunto solo una vez fue mencionado, y de pasada, por el candidato del Partido Socialista Obrero Español en el primer debate televisado. Después el silencio envolvió a todos los actores políticos. No se abordó en éstos, ni tampoco a lo largo de la campaña electoral, el debate del Plan Nacional sobre Energía y Clima 2021-2030, la idoneidad de los objetivos y medidas propuestas, la ley de cambio climático... a pesar que España será uno de los países más afectados de la UE por este fenómeno. Los políticos españoles han demostrado no estar a la altura de la emergencia que vivimos.

    A pesar de que en plena precampaña Greta Thunberg −la niña sueca de 16 años que pide a los políticos que hagan caso a los científicos y no dejen tirados a los jóvenes con su inactividad ante la emergencia climática− intervino en el Parlamento Europeo y puso el debate sobre la mesa, en la campaña electoral se ha hablado más de los toreros que iban en las listas de la derecha que del cambio climático. En las comparecencias de los líderes para valorar los resultados electorales tampoco ninguna fuerza política hizo alusión alguna a este asunto. Ni siquiera vaga. Ni caso oiga. Y si nos fijamos en otras crisis colaterales a esta: desaparición de especies, agotamiento de recursos, contaminación por plásticos, como si no existieran.

    Hemos vivido una de las elecciones más decisivas desde el final de la Dictadura, en la que el riesgo de involución democrática y social era real. Pero, ¿justifica esta circunstancia que en la campaña electoral no se haya debatido sobre el cambio climático: el problema más importante que tenemos? ¿Justifica ello que nadie haya propuesto un pacto de estado sobre el cambio climático y la necesaria transición ecológica que hemos de hacer? ¿Justifica esto que ningún análisis político a puesto de manifiesto esta grave ausencia? ¿Cualquier asunto es más importante que el más importante de todos?

    Se anuncia en las elecciones locales y autonómicas una posible victoria de las derechas sobre las izquierdas. Pero como ciudadano me importa saber si las nuevas Corporaciones Locales y Gobiernos Autonómicos adoptarán las medidas necesarias para evitar un incremento de temperaturas superior a 1,5ºC como recomienda el Acuerdo de París ¿va a ser éste el centro del debate de esta triple campaña electoral? ¿O unos seguirán racaneando su responsabilidad y otros negando lo que advierten hasta los adolescentes?

    El arranque del Plan Nacional de Clima y Energía está previsto para 2021. Para entonces habrán transcurrido dos de los 11 años, que advierten los científicos, tenemos para cambiar en profundidad nuestra forma de vida y evitar un cambio climático fuera de control. Cambio que es algo más que la sustitución de una fuente de energía sucia por otra limpia. Quiere decir ello que cada día que pasa, cada mes, cada año que retrasamos la adopción de las medidas para combatir la emergencia climática, exigirá que las medidas que posteriormente tomemos sean más radicales, más dolorosas, pues dispondremos de menos tiempo para llevarlas a cabo. Retraso este que se traducirá en un mayor sufrimiento social de los más débiles. Los científicos, la ONU nos lo están diciendo: no hacemos lo suficiente, y lo repiten una y otra vez, pero los líderes políticos no les hacen caso. Y los adolescentes, los jóvenes, aterrorizados se están echando a la calle para pedir que hagamos caso a los científicos. Los movimientos sociales en favor del clima comienzan a surgir: Jóvenes por el Clima; Madres por el Clima; Extinción/Rebelión. Ante la inacción de los poderes públicos todos la ciudadanía hemos exigir que los líderes políticos que actúen.

    Para el nuevo ciclo electoral que nazca es necesario que haya despuntado ya una fuerza política verde que sea el referente electoral de los ciudadanos y ciudadanas. Que ponga este asunto en el centro de la discusión social y política en las instituciones y que hable con claridad. Sin tapujos. Que diga lo que es necesario decir: que tenemos que actuar sin demora y de manera decidida, que el cambio ha de ser rápido y radical, que ya no tenemos tiempo para estrategias graduales, que ese tiempo pasó, que si no hacemos nada, los efectos sociales de nuestra inacción serán peores que si ahora hacemos lo que tenemos que hacer, que tenemos opciones, que hemos de comenzar a actuar. En este ciclo electoral no ha podido ser, pero habrá de ser en el siguiente necesariamente.

    Esta es la responsabilidad histórica que tiene el partido verde en España. Y ésta ha de ser asumida y cumplida. El partido verde no se puede justificar con la consecución de logros parciales. El envite no es la sostenibilidad, sino la supervivencia. Aún tenemos la opción de dejar a nuestros hijos e hijas un planeta y un mundo habitable y más justo ¡Hagámoslo!

    Francisco Soler 
     http://mas.laopiniondemalaga.es/blog/barra-verde/2019/04/29/ausencia-electoral/?fbclid=IwAR1hn1ySKzTFKzIE6kWhpfSn9Wtgcga7sQNJuseHVFJfDl6knrmfHD_ONzI#.XMdO2v9ayZp.facebook