Expedición
naval para las Cruzadas.
Estatutos
de la orden del Espiritu Santo. Miniatura. S XIV. París, Biblioteca
Nacional La
toma de Jerusalén. Beato de Fernando I y Doña Sancha. 1074. Madrid,
Biblioteca Nacional
En las ciudades se concentran los conflictos:
se intensifican por la mera magnitud de sus cifras, pero también por
tener en su propia naturaleza la encrucijada de infinitos intereses
incompatibles. Un entramado de calles y complejidades. En las ciudades
vive la gente, cada vez más en nuestro siglo y en todo el mundo. Pero
las ciudades no solo se viven, también se consumen y se venden.
Llevamos buscando la playa bajo los adoquines varías décadas. La Memoria de nuestras ciudades incluye siempre a colectivos y movimientos que piensan en ella de forma crítica.
Es la respuesta de los habitantes a las transformaciones urbanísticas y
políticas. La conversión de las ciudades a centros de ocio y consumo
viene, desde la tercerización de la economía española, a ser la tónica
general que pudiera resumir los procesos de transformación de todas
ellas desde la segunda mitad del S.XX. Una ciudad pensada como un
producto, un objeto de consumo, que orilla planificaciones alternativas
donde la habitabilidad de sus vecinas sea el centro de la reflexión y la
acción.
“Sevilla tiene dos partes, dos partes bien diferentes, una la de los
turistas y otra donde vive la gente”. Esta frase que popularizó Pata
Negra, los hermanos Amador, en su Rock del Cayetano, está extendida en el imaginario de los habitantes de esta ciudad. En ella se refleja segregación espacial y social, conflicto centro-periferia, dos ciudades, la sapiencia popular de que un plano no refleja solo dos dimensiones.
Esta guerra entre Sevillas tiene muchas batallas. Unas muy
definitorias son las de los macro-eventos del siglo XX: las exposiciones
universales de 1929 y 1992. De su mano vinieron desarrollo de
infraestructuras, expansiones urbanas y transformaciones duras que
afectaron al corazón y a las arterias de la ciudad. La Sevilla de postal
y Marca-Ciudad le imponía a La Otra sus ritmos y normas. La gentrificacióncreciente desplazaba a las personas empobrecidas y ahora la turistización empobrece a las desplazadas. Estos procesos son capas complementarias de un viraje más global de la ciudad hacia la lógica mercantil.
Gobernantes y empresarios hosteleros se afanan en la difusión
mediática de las bondades de su modelo. Como si llegaran a todas por un
efecto cascada esas “riquezas abundantes” del turismo o la actividad
especulativa de fondos de inversión. Este discurso hegemónico se
tambalea pero sigue instaurado de forma generalizada en una población
que parece no encontrar más alternativas que la de poner en el mercado
sus viviendas, sus comercios y sus plazas.
Ante esto, decir: “el turismo nos empobrece” se
plantea necesario para teñir de grises una realidad que estaba coloreada
de blanco. La industria turística empobrece a las personas trabajadoras
que no puede escapar de la precariedad asociada al monocultivo laboral
de la hostelería, empobrece el tejido social de barrios que se vacían y
empobrece la vida misma, convirtiendo la vivienda en mercancía.
En la vivienda se materializan de la forma más dura las transformaciones urbanas. Su concepción como un bien abierto a la especulación
nos hizo llegar hablar del mercado de la vivienda. Y últimamente,
usamos vivienda turística para denominar lo que por su naturaleza y fin
nunca puede ser una vivienda. El uso como negocio turístico de casas y
pisos debe ser definido y por lo tanto, regulado, como actividad económica y no como uso residencial.
En las ciudades en venta la vivienda es objeto de
inversión de fondos extranjeros, concentración de la propiedad y
especulación. Las leyes de mercado aplicadas en fondo y forma a uno de
los derechos sociales que menos se respetan en nuestro mundo. “Todos los
españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada.
Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y
establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho,
regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general
para impedir la especulación”, dice el artículo 47 de la Constitución.
Ante esto las políticas públicas de vivienda son irrisorias, tímidas, relegadas a un segundo lugar (dejando hacer
al mercado). Además, los poderes públicos repiten en ferias y congresos
de turismo internacionales que la ciudad está disponible para su
compra. Ese espacio que no ocupa la administración queda libre y se pone
a disposición de los intereses privados de fondos de inversión que ven
la ciudad como oportunidad de negocio.
En abril de 2019, colgó una pancarta que decía “Sevilla no se vende”
de La Giralda. Ese alminar-campanario dejó de ser durante minutos un
monumento, un reclamo turístico, para volver al imaginario cotidiano de sus vecinas como protagonista de un mensaje. Una reivindicación que recogía, impulsaba y daba voz a la memoria de tantas personas y colectivos que han reflexionado y actuado sobre su ciudad.
La casa, la calle y el barrio se convierten en espacios de resistencia por el anhelo de poder decidir cómo vivir. En Sevilla se han dado estas luchas, algunas victoriosas, otras más duras pero igual de necesarias.
Jornada de puertas abiertas en la Casa Grande del Pumarejo | Fuente: Casa Grande del Pumarejo
La vivienda no se puede disociar de la calle, el barrio y su ciudad. Es reflejo de las complejidades urbanas y sus transformaciones.
Por esto animo a que sigamos dentro del debate del rumbo de nuestro
entorno más cercano, pensando en el común, en el espacio y en lo social.
Nuestra ciudad es un lugar para lo político, ocupémosla.
Vivimos en la sociedad del acoso, una
sociedad en la que el modelo hegemónico de poder, el patriarcal, nos
estructura verticalmente y nos presiona para que asumamos que si
queremos sobrevivir y prosperar tenemos que mostrarnos superiores frente
a quienes están por debajo en la estructura, y ser complacientes con
quienes están por encima. Este modelo social crea grandes monstruos y
es contrario al ejercicio de los derechos humanos, pues significa que no
nos regimos en la práctica por los derechos establecidos en las
leyes sino por los "regalos y castigos" que nos puedan dar quienes
están más arriba en la estructura. Significa que aunque formalmente
existan numerosas leyes sobre igualdad y sobre cómo ejercer nuestros
derechos, en la práctica se sigue aplicando, en mayor o menor medida, la
ley del silencio, con su miedo y arbitrariedad.
En las Universidades, al igual que en otras estructuras que
destacan por su organización jerárquica, como los Juzgados o las fuerzas
y cuerpos de seguridad del estado, o los hospitales, son frecuentes los
casos de discriminación, hostilidad e incluso de acoso, y dentro de
ellos, especialmente los que sufren mujeres por motivos de sexo o de
género.
Por lo general no se trata solo de la conducta de una persona
concreta, sino de una dinámica abusiva que suele implicar a varias
personas e incluso a la institución. El acoso necesita para
desarrollarse y mantenerse del apoyo cómplice, de preferir seguir
promocionando mientras otras personas (sobre todo mujeres) ven sus
carreras bloqueadas, de los silencios, del no puedo hacer nada, de la
falta de reacción, o de la reacción basada en "compensaciones
informales" más que en el reconocimiento alto y claro de lo que ha
sucedido, de la responsabilidad de la institución u organización, de los
derechos de las víctimas a ser reparadas y protegidas incluso de
represalias, y de las demás personas de vivir en un entorno igualitario.
De esta forma las conductas hostiles y arbitrarias, mezcladas con los
privilegios y regalos, se convierten en una tela de araña. Es triste e
inaceptable para quienes intentamos regirnos por la legalidad y los
derechos humanos, que, tras la Ley Orgánica para la Igualdad efectiva
entre mujeres y hombres, sigan sin estudiarse en profundidad buena parte
de las situaciones que se denuncian como posible acoso, e incluso que
no se facilite la detección de otras víctimas del mismo acosador o
acosadores, aún sabiendo que no es extraordinario que sean delincuentes
en serie.
El acoso suele causar un daño difícil de olvidar en las víctimas que
no pocas veces tienen que huir para protegerse abandonando su proyecto
personal, ante la insuficiente respuesta de las instituciones. El acoso
además dificulta la denuncia por parte de las víctimas, por el temor a
represalias y al aislamiento, lo que facilita que la infracción esté
prescita a nivel administrativo, e incluso que pueda prescribir el
delito. Pero eso no quita que la organización tenga que analizar, para
buscar la verdad y sanar la dinámica del grupo, qué sucedió y qué hay
que hacer para evitar que vuelva a suceder, cumpliendo con las
obligaciones de prevenir proactivamente el acoso y la discriminación, y
de atender proactivamente a todas las posibles víctimas.
El acoso es una infección que es importante limpiar en profundidad
porque no solo tiene un protagonista, pues en esa tela de araña, en
mayor o menor medida, estamos todas las personas. Y buen ejemplo de ello
es la sentencia condenando al que fue decano de la facultad de Ciencias
de la Educación de Sevilla. En esa sentencia se dice literalmente:
"Al menos desde 2006, y en relación siquiera a las aquí denunciantes,
el acusado vino realizando ostentación de su poder académico desde un
primer momento, dejando claro a las mismas que él era quién mandaba en
el Departamento de Educación Física de la Facultad de Ciencias de la
Educación…". "Del mismo modo, y contando para ello con la cooperación de
otros miembros del personal docente y PAS de la Facultad el acusado
señalaba a las personas que consideraba que no se comportaban conforme a
lo que él entendía correcto de manera que quedaban desde el punto de
vista docente, aisladas del resto de las personas próximas al acusado".
La sentencia es un retrato claro de las miserias de la Universidad de
Sevilla, pero bien se podría aplicar a otras muchas organizaciones y a
la sociedad en general. La diferencia, en mi opinión, es que las
Universidades tienen una posición privilegiada a la hora de difundir
modelos de comportamiento, y por tanto una mayor responsabilidad a la
hora de difundir el mensaje de tolerancia cero al acoso y a la
colaboración para el acoso, y ofrecer una alternativa basada en la
colaboración, el trabajo y los méritos. En la Universidad se deben
contener los valores más positivos de la sociedad, aquellos que mediante
la investigación y el estudio se pueden y deben aportar al bien común, y
su actuación debe ser ejemplo de corrección y no de miedo, silencio ni
corrupción.
Vivimos en la sociedad del acoso, pero podemos llegar a vivir (o las
próximas generaciones pueden hacerlo) en la sociedad de la igualdad. En
ese camino el papel de las Universidades es fundamental y ya se está
empezando a recorrer, mirando de frente a las debilidades y errores de
la propia institución, a la par que a sus fortalezas y oportunidades.
Actualmente dentro de las Universidades hay personas que
apuestan valiente y decididamente por hacer visible y repudiar el
sistema corrupto y las dinámicas de acoso, y, en definitiva, apuestan
por la Universidad de la Igualdad. Es importante analizar y recordar
tanto lo malo como lo bueno, y buscar caminos que nos unan y nos mejoren
como personas y como sociedad. En este proceso las Universidades son
imprescindibles.
En Sicilia, cerca del monte Etna, estaba y está
el lago de Pergusa, de una gran extensión y aguas profundas. Los
cines lo revoloteaban, llenándolo de agitación. Alrededor, crecían
arboles frondosos que daban una sombra fresca y agradable. Era un
lugar con una eterna primavera y miles de flores cubrían su tierra.
Proserpina estaba en el lago bañándose, con esa
exhuberancia con que la pintó Rubens, cuando la vió Plutón,
Rey del Mundo Subterráneo y se enamoró perdidamente de ella, hasta
el punto que no vaciló en raptarla y llevársela a su oscuro reino.
Claro está que hubiese sido mejor para ambos, haberse enamorado
“encontradamente”; pero el amor es así, ya se sabe:”el hijo
díscolo de la familia”, como decían los maestros taoístas.
Proserpina, absolutamente horrorizada por aquel
oscuro lugar, gritó llamando a su madre. Pero fue en vano. Ceres, la
Diosa de la Tierra y madre de Proserpina, había escuchado los gritos
de su hija y se precipitó en su búsqueda. Recorrió toda la
superficie de la tierra y de los mares sin encontrarla.
Finalmente, cansada, se sentó sobre una
roca y se abatió en llantos. Tan grande era el llanto de Ceres que
se escuchaba desde cualquier parte del planeta...Es que la mujeres,
cuando nos ponemos a llorar, ¡lloramos tan bien! En su
desesperación maldijo la tierra a la que tanto había cuidado.
Desde aquel día dejó de ocuparse de la tierra y ésta se vio
condenada a la esterilidad.
Arethusa, una ninfa del bosque que había
visto el acontecimiento del rapto, pues las ninfas siempre andan por
ahí a escondidas y ven todo lo que pasa, tuvo piedad de Ceres
y le dijo que no buscase a su hija sobre la tierra porque Plutón se
la había llevado al mundo subterráneo y la había convertido en su
mujer.
Sorprendida por estas palabras, Ceres corrió
al Olimpo y fué al encuentro del dios de todos los dioses, Jupiter,
derramando lágrimas a borbotones y suplicándode que no cesara en
ningún esfuerzo para hacer que su hija volviese. Jupiter era un Dios
muy astuto, ¡y cómo iba a indisponerse con el dios de los
infiernos! Por otro lado, tampoco podía dejar de ayudar a Ceres y
permitir que la tierra continuase en aquel estado de esterilidad y
abandono. Entonces tomó una decisión: "Durante seis meses
Proserpina viviría con su madre en la Tierra y durante otros seis
meses con Plutón en el Mundo Subterráneo".
Esta decisión agradó muchísimo a Ceres, que por
fín pudo sonreir y esa sonrisa hizo que la Tierra renaciese y
volviese a ser fértil. Desde entonces, cuando Proserpina vive con su
marido en el Mundo Subterráneo, la Tierra se cubre de hielo, de
dolor y de tristeza, los árboles pierden sus hojas y las flores se
mueren; pero los granos de los frutos se ocultan profundamente en la
tierra a la espera del momento en el que Proserpina vuelva con su
madre y con ella regresa la alegría, el despertar de las flores y
los frutos que alimentan a todos los seres.
No sabemos si Proserpina terminó amando a Plutón,
el caso es que sigue con él durante todos los inviernos y que a las
diosas no se les dio la capacidad de reberlarse. Y mira por donde, el
cambio climático le echará una mano a Proserpina y sin duda va a
cambiar ese estado de las cosas.
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