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DESMASCULINIZAR


Si admitimos que el machismo es violencia y expresión relacional de la masculinidad, si aceptamos que la masculinidad se está convirtiendo en referente universal de la igualdad entre los sexos, si convenimos en que hombres y mujeres coinciden en el rechazo a la feminidad... tendremos que reconocer que los llamamientos a “feminizar” no incluyen la necesidad de “desmasculinizar” la cultura, la política, las conductas de hombres y mujeres, la socialización de los niños y las niñas...

A principios de siglo hablaba en una entrevista de la necesidad de “feminizar” el referente universal con el que educar a las generaciones futuras, porque la igualdad entre los sexos se estaba dando en torno a los modelos masculinos tradicionales. Las mujeres se estaban masculinizando para sobrevivir en un mundo hecho a la medida de los hombres; se incorporaban al espacio público sin que nosotros llenáramos los huecos que ellas dejaban en el espacio privado, huecos que seguimos sin llenar. Se trató de cubrir estos huecos con políticas de igualdad, con apoyo a la dependencia y con la contratación de mujeres inmigrantes y ahora, con los recortes, se habla mucho más de feminizar la política que de feminizar a los hombres o hacer políticas feministas, como si fuera creíble que los políticos puedan feminizar nada sin antes desmasculinizarse.

“Género” es una de esas palabras que se están desgastado de tanto adulterarlas. Aunque el concepto partía de una diferenciación binaria cada vez más cuestionada, el “género” nos permitió hablar de las expectativas y los mandatos sociales a los que se sometía a niños y niñas en función de sus genitales para naturalizar y reproducir relaciones de poder asimétricas entre hombres y mujeres. Durante un tiempo se usó “género” como sinónimo de mujer, hasta que se admitió que la masculinidad es otra forma de género que ayuda a comprender lo que la sociedad espera de los hombres. Pero esa confusión entre lo biológico y lo cultural (social) perduró y oíamos hablar indistintamente de hombres/mujeres o de género masculino/femenino. Esta confusión propició que se reivindicara la “igualdad de género”, olvidándonos de que la razón de ser de los géneros son unas relaciones de poder que dictan una forma particular de tener que ser en función de los genitales, de que no hay igualdad posible sin la desaparición de los géneros, y de que la alternativa pasa por erradicarlos y consensuar unos valores universales que permitan a cada persona la libertad de intentar inventarse a sí misma en la singularidad.

La confusión está tan naturalizada que hay quien dice estar a favor de la igualdad entre los sexos sin que los hombres dejen de ser masculinos y las mujeres femeninas, como si fuera posible separar los géneros de sus consecuencias. Hay incluso quien sostiene que esas diferencias son necesarias para que surja el deseo sexual, aunque sospecho que sobre todo hablan del deseo heterosexual. Pero justificar los géneros, una socialización masculina y femenina diferenciada, requiere aclarar qué sentimientos o conductas se consideran positivas en los hombres y negativas en las mujeres y viceversa, sin privilegios, desigualdades o violencias que atenten contra la diversidad sexual y de género.

Creía que había acuerdo en el movimiento de hombres por la igualdad en torno a la necesidad de deconstruir la masculinidad y de erradicarla. Desde ese compromiso he combatido los discursos sobre “nuevas masculinidades” o “masculinidades alternativas”. El post-machismo y el neo-machismo demuestran que lo nuevo no siempre es mejor: son dos ejemplos de la capacidad de adaptación del Patriarcado para que parezca que todo cambia aunque no lo haga; pero aunque solo sean los mismos perros con distinto collar, son las únicas “masculinidades alternativas” que pugnan por la hegemonía.

Por eso, cuando oigo a algunos miembros del movimiento de hombres por la igualdad, a los que respeto, hablar de “deconstruirnos para reconstruir nuestras masculinidades”, o de promover “masculinidades contrahegemónicas”, la necesidad de desmasculinizar me parece más necesaria que nunca. No sé de donde les sale esa necesidad de buscar una masculinidad alternativa, qué partes de la tradicional quieren conservar, qué les ata a la palabra masculinidad, ni si cuando hablan de deconstruirla lo que quieren es demolerla o reformarla.

Quienes hemos hecho una parte del camino de la deconstrucción de la masculinidad tenemos la responsabilidad de explicar cómo nos oprime la socialización de los hombres en el Patriarcado, el precio que pagamos por ir de machos por la vida o lo que nos cuestan los privilegios. Tenemos que convencer a otros hombres de la necesidad del cambio y mostrar a las mujeres que no les conviene confundir “empoderamiento” con la interiorización del modelo masculino, sin darse cuenta de que su relación con la masculinidad va más allá de sufrir los privilegios de los hombres: Indira Gandhi, Golda Meir, Margaret Thatcher, Condoleezza Rice o Angela Merkel nos muestran que ser mujeres no las vacunó contra el Patriarcado o el machismo.

“Feminizar” y “desmasculinizar” son dos caras de la misma moneda. La primera nos habla de lo que debemos incorporar: cuidados, empatía...; la segunda de lo que tenemos que abandonar: privilegios, agresividad, competitividad...




José Ángel Lozoya Gómez
Miembro del Foro y de la Red de hombres por la igualdad

ASUMAMOS EL RIESGO A EQUIVOCARNOS


Incorporarnos activa y conscientemente a la lucha por la igualdad implica ser consecuentes en nuestro entorno personal y social, ceder privilegios y dejarnos de excusas para evitar corresponsabilizarnos en lo doméstico; ponernos el delantal, asumir los cuidados de menores y dependientes y hacer el esfuerzo de dedicar el tiempo y el talento necesario para poner palabras a nuestras resistencias, dificultades, expectativas y propuestas.


No basta con solidarizarnos con el movimiento de mujeres y sus reivindicaciones, ni con apoyarlas en las instituciones o difundir con voz de hombre sus análisis; es cierto que al hacerlo contribuimos a la igualdad y logramos que muchos hombres se muestren más receptivos, pero no basta. No basta con ser críticos con el patriarcado reconociendo nuestras responsabilidades en el mantenimiento y reproducción del sexismo, además de ceder privilegios y poder en lo público y lo privado. Los hombres por la igualdad tenemos que asumir el riesgo a equivocarnos, explicar nuestra experiencia de género y hacer propuestas que contribuyan a la deconstrucción de la condición masculina.
Bastante tienen las mujeres con exigir y exigirnos cambios frente a las desigualdades y violencias que padecen, de las que podemos ser –consciente o inconscientemente– responsables, para tener que andarse también con paños calientes para no herir nuestra susceptibilidad, adecuar el ritmo de sus reivindicaciones al que nosotros consideremos razonable, o hacernos ver pedagógicamente que los cambios que proponen nos pueden abrir un mundo insospechado de posibilidades.
No acabaremos con el patriarcado, ni pasaremos de la igualdad legal a la real sin la implicación de la mayoría de los varones en el diseño y construcción del futuro compartido que propone el feminismo. Igual que asumimos el riego a equivocarnos al empezar a desempeñar cualquier tarea profesional o doméstica, hemos de asumir, respetuosamente, el riesgo a decir lo que pensamos, aunque nos equivoquemos o seamos ocasionalmente malinterpretados. Quizás sea oportuno recordar que el silencio es poco productivo y además es, con frecuencia, una estrategia del poder para evitar comprometerse.
Es preferible tener que disculparnos y rectificar que dejar todo el peso de la lucha por la igualdad a las mujeres y al movimiento de liberación sexual y de género. Es preferible asumir el riesgo a equivocarse que limitarse a cambiar solo aquello a lo que nos obliga la presión del entorno, apoyando lo que llama nuestra atención o exige nuestro posicionamiento. Es necesario que un número creciente de varones demostremos que no todos los hombres somos iguales, que somos cada vez más los que coincidimos con el feminismo, los que tratamos de compartir el cambio aportando nuestro ejemplo y nuestra perspectiva ante un sexismo cada vez más intolerable.
No se trata de decirle a las mujeres cómo han de sentirse ni lo que deben o pueden hacer para liberarse, ni de poner el precio que pagamos por nuestros privilegios en el mismo plano que el dolor que ellas padecen por las desigualdades, ni mucho menos de cuestionar su liderazgo en la lucha por la igualdad. Se trata de que hagamos pública nuestra defensa de la igualdad, de que evidenciemos la división del colectivo masculino y la crisis del modelo tradicional, de que demostremos que hay otras formas de ser hombres, de que seamos una alternativa teórico-práctica a las nuevas formas de machismo, de que hagamos nuestras aportaciones asumiendo el riesgo a equivocarnos, sin dejar de escuchar las críticas que nos hace el movimiento feminista para aprender y corregir el rumbo si lo vemos necesario, aunque a veces atribuyamos sus críticas a su sensibilidad o desconfianza.
A veces nos sorprende lo bien que nos conocen, en especial aquellas con las que compartimos la vida íntima, pero ni ellas tienen nuestra experiencia de género, ni nuestra perspectiva, ni la responsabilidad de hablar de nuestras resistencias y dificultades o de decirnos cómo superarlas. Es en este terreno donde nuestra contribución resulta vital para incorporar a los hombres activa y conscientemente al cambio.
Siempre ha habido hombres apoyando la lucha de las mujeres. Aunque con una conciencia de la igualdad muy fragmentada, cientos de ellos se autoinculparon de prácticas abortivas para luchar por la legalización del aborto en los 80, las leyes y programas institucionales igualitarios han necesitado los votos de muchos diputados para salir adelante y la presencia de los hombres se ha ido incrementando en las manifestaciones contra la violencia machista.
Algunos han hecho aportaciones significativas en el análisis de la construcción de la masculinidad, la sexualidad y la resistencia masculina a la anticoncepción, las violencias machistas, los micromachismos, el post-machismo, la masculinidad como factor de riesgo, el impacto de la masculinidad en el fracaso escolar, las ventajas de la paternidad igualitaria, lo que ganamos los hombres con el cambio, las necesidad de que las políticas de igualdad promuevan el cambio de los hombres...
Es cierto que somos un movimiento poco importante numéricamente, pero aspiramos a ser capaces de lograr que nuestra voz sea un referente que anime a otros hombres al cambio y al conjunto de la sociedad a considerar algunas de nuestras propuestas. Si de muestra vale un botón, hablemos de incorporar la homofobia, la socialización de los niños –a quienes se educa en el machismo– y las demostraciones de virilidad –a las que la mayoría de los hombres se sienten permanentemente obligados– como parte de las violencias machistas que buscamos erradicar.


José Ángel Lozoya Gómez
Miembro del Foro y de la Red de hombres por la Igualdad