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Tenemos que hablar. Carta abierta al Movimiento de Hombres por la Igualdad

 

El artículo "El maltratador políticamente correcto" de June Fernández [elDiario.es 30/07/2020] ha sido como una piedra que ha agitado las tranquilas aguas del MHX=. No es la primera vez que alguien de nuestro movimiento es acusado de maltrato, pero sí la primera que algunos de nosotros hemos decidido pronunciarnos públicamente a favor de la denunciante ["Somos lo que hacemos", elDiario.es 11/08/2020].

No ha sido una decisión fácil, al menos para mí. No conozco a June, ni sé de las relaciones que denuncia más que lo que cuenta, pero sí que conozco al acusado y me une a él una relación de cariño y militancia. Tenemos algunas diferencias sobre el camino a seguir, pero nunca imaginé que pudiera ser acusado de violencia sexista. Aunque, como dice June, "No son agresiones que una pueda denunciar a la policía y las heridas que dejan no son visibles", que ella no las olvide ni las perdone dan idea de lo que aún le duelen. No nos corresponde decidir hasta qué punto son ciertos los hechos que denuncia, pero no podemos, bajo ningún pretexto, olvidar que toda mujer que se atreve a denunciar merece ser creída, y que el silencio nos hace cómplices.

Me ha sorprendido el silencio de muchos conocidos militantes de nuestro movimiento; también que algunos lo hayan justificado por falta de datos, o que la mayoría se haya limitado a clicar un “me gusta” al artículo de June o a nuestra respuesta. Pero me ha sorprendido menos que algunos compañeros comenten que alguna de sus parejas anteriores podría decir de ellos cosas similares a las que denuncia June. Es un clásico oír en determinados ambientes que "se liga más" si uno se presenta como igualitario, o que se suelen poner en duda las acusaciones cuando conocemos al acusado por su actividad en pro de la igualdad. Sabemos que no es el primer caso, ni será el último, en el que un militante por la igualdad es acusado de maltrato por su ex pareja.

No se trata por tanto de un caso aislado que podamos despachar echando al acusado a los leones, como hacen muchos defraudadores con quienes han tenido la mala suerte de ser pillados por Hacienda. La lucha contra la violencia ejercida por hombres contra las mujeres es la columna vertebral y la razón de ser de nuestro movimiento. Nuestra prioridad es la lucha contra las desigualdades que la reproducen, y por eso contribuimos a explicar las múltiples formas de violencia contra las mujeres y las causas estructurales que las sustentan. Sabemos que la responsabilidad personal crece con nuestro grado de conocimiento de las violencias sexistas y del impacto que estas tienen sobre quien las sufre, con independencia de que hayan sido ejercidas de forma consciente o inconsciente. Sostenemos que todos hemos sido educados en el sexismo y nos hemos socializado en los privilegios masculinos, pero que cada cual es responsable de la violencia particular que ejerce ante su víctima y ante la justicia.

Sabemos que el camino hacia la igualdad no es fácil. Muchos hombres hemos empezado este camino precisamente a partir del contacto con el movimiento feminista en los foros públicos del activismo social, y de nuestro contacto en lo personal con nuestras compañeras, mujeres feministas, y en este doble aprendizaje hemos comprendido, por encima de la "corrección política" [tan simplista como engañosa], que lo personal es político. Esto nos obliga a un esfuerzo consciente de revisión de nuestra masculinidad que exige la permanente renuncia a los privilegios cotidianos.

Sabemos que, mientras nos movemos en la difusa frontera que a veces separa la discusión de pareja de formas sutiles de maltrato y comportamientos machistas, la reflexión y la aceptación de las críticas nos ayudan a cambiar. También sabemos que por estar a favor del cambio creamos (en algunas compañeras y en nosotros mismos) unas expectativas exageradas, que llevan a esperar que nos comportemos como si hubiéramos llegado al final del camino y estuviéramos definitivamente deconstruidos. No podemos bajar el nivel de exigencia, aunque nos sepamos una suerte de adictos en rehabilitación que tratan de superar el impacto del machismo (del Patriarcado) en sus biografías, que tienen recaídas que los sitúan bajo sospecha permanente, y que necesitan mantener la alerta activada para que estas sean cada vez menos frecuentes e importantes. En este camino hacia la igualdad nadie es el que era cuando inició el cambio, y ni el punto de partida ni los errores cometidos en el camino nos han de impedir seguir luchando por la igualdad.

No debería ser necesario recordar que es fundamental que los hombres por la igualdad seamos coherentes para ser convincentes. Nos jugamos muchos años de trabajo tratando de vencer las legítimas resistencias de los sectores del movimiento feminista que desconfían de nuestras intenciones, que nos ven como a los nuevos semblantes del Patriarcado ("los mismos perros con distinto collar"), capaces de simular para conservar nuestros privilegios, y nos perciben como una amenaza, tanto a su liderazgo como a parte de los recursos que han logrado arrancar a las instituciones.

En el ámbito público, el Patriarcado utiliza la "corrección política" como arma que banaliza y vacía de contenido la lucha en favor de la igualdad. En este contexto, y contra lo que suele suponerse, los hombres por la igualdad somos muy vulnerables a las denuncias por conductas que pueden calificarse de violencia machista; la denuncia se difunde tan deprisa como conocido sea el denunciado y queda en su biografía, aunque la acusación no llegue a probarse. En estos casos podemos ver cómo funcionan algunas relaciones de poder en nuestro entorno observando cómo salen parados sus protagonistas. La víctima es creída y reforzada, y el presunto victimario, pese al tiempo transcurrido y lo que haya cambiado su vida en ese periodo, puede llegar a pagar un precio muy alto en el plano personal, profesional y familiar.

Para avanzar en nuestro camino, los hombres por la igualdad tenemos que tomar nota, evitar las complicidades, censurar las conductas denunciadas y exigir al acusado que asuma el daño causado, aunque no lo provocara de forma intencionada. Que pida perdón e intente repararlo en lo posible. A partir de ahí, creo que, en la mayoría de los casos, no cabe exigir el abandono de la lucha pública por la igualdad, porque eso equivale a una especie de condena de inhabilitación permanente no revisable que les niega la capacidad de cambio que pedimos a la mayoría de los hombres.


Sevilla, agosto de 2020

José Ángel Lozoya Gómez

Miembro del Foro y de la Red de hombres por la igualdad


¿HOMBRES FEMINISTAS ?

Es posible que ser “hombres por la igualdad” (HX=) nos haga feministas, pero llamarnos “hombres feministas” ni siquiera nos hace hombres por la igualdad.
Comparto la necesidad de incorporar la opresión de los hombres por parte del Patriarcado al análisis del mismo que se hace desde los feminismos, y veo la importancia que esta opresión tiene en las políticas públicas que es necesario impulsar, especialmente en el ámbito de la educación y de la prevención de riesgos; pero no participo de la necesidad de compartir el adjetivo “feminista”, que tanta historia atesora en el movimiento de mujeres, ni veo la necesidad de reivindicar nuestro protagonismo en una historia y unos cambios sociales de los que llevamos tan poco tiempo participando.
Creo firmemente en que cualquier mujer tiene derecho a reivindicarse como feminista (aunque ese derecho no la exima de considerar que no basta con ser mujer); pero, con la historia que arrastramos, me parece razonable exigir que los hombres sí tengamos que demostrar hasta qué punto somos igualitarios antes de que algunas feministas nos reconozcan como parte de su movimiento de liberación.
Sé que los HX= hemos tenido que soportar que otros hombres, a los que a veces hemos considerado amigos, nos llamen quintacolumnistas por defender las reivindicaciones del movimiento de mujeres y oponernos a los privilegios masculinos, al mismo tiempo que algunas feministas nos vean como a uno de esos muchos semblantes con los que el Patriarcado demuestra cada día su tremenda capacidad de adaptación a los cambios, logrando que parezca que todo cambia para que todo siga igual.
También he visto que, a fuerza de coherencia en nuestra lucha contra las violencias machistas y los privilegios masculinos, hemos conseguido en unas pocas décadas ir venciendo las resistencias y desconfianzas de aquellas feministas que nos veían como a los mismos perros con distinto collar. Hemos logrado que muchas feministas nos reconozcan como una novedad histórica porque, sin negar nuestra pertenencia al colectivo que disfruta del poder Patriarcal, los HX= hemos declarado nuestra disposición a renunciar a nuestros privilegios y estamos dando pasos en ese sentido. Con ello hemos conseguido que muchas feministas nos reconozcan como actores permanentes y necesarios que han llegado para quedarse; hemos conseguido que se planteen el lugar que ocupamos en la lucha por la igualdad y el tipo de relación que quieren tener con nosotros.
Hoy son mayoría las que nos ven como cómplices del feminismo, y cada vez son más las que nos consideran sus aliados; este proceso de confluencia a largo plazo es de lo más prometedor, porque un cómplice suele compartir objetivos y a veces llega a ser colaborador necesario, pero siempre es un actor secundario, mientras que un aliado suele ser una suerte de socio con quien es necesario contar, hablar y llegar a acuerdos, en una relación que, aunque no sea entre iguales, es casi de tú a tú. Este diálogo ha dado lugar a cierto reparto de papeles, no siempre explícito, por el que los HX= siempre hemos reconocido que las feministas lideran el cambio social mientras que nosotros dedicamos la mayor parte de nuestras energías a convencer al resto de los hombres de la necesidad de que se incorporen al mismo.
Nuestro movimiento no ha crecido tanto como para pensar que sea necesario alterar el equilibrio logrado.
Tampoco debería ser necesario recordar que los HX= seguimos teniendo dificultades para ver muchos de los privilegios que tenemos más naturalizados, porque hemos sido socializados en el machismo y la misoginia, y porque en nuestra vida cotidiana no solemos ser tan coherentes como en nuestros discursos. Los HX= pagamos un precio por alejarnos del modelo hegemónico de masculinidad, pero sería abusivo decir que hayamos sufrido el machismo y la misoginia, que hayamos tenido que soportar lo que la mayoría de las mujeres: que se nos deje de escuchar por ser mujeres, que se nos haya agredido sexualmente hasta en el autobús, que nos hayan enseñado la polla por la calle...
Sabemos además que necesitamos mantenernos siempre en guardia, ser permanentemente críticos con lo que decimos, con lo que pensamos y con lo que hacemos, porque seguimos perteneciendo al grupo de los opresores, seguimos disfrutando de los privilegios estructurales que dependen de la pervivencia del Patriarcado y seguimos siendo vistos como agresores potenciales en muchas situaciones cotidianas.
Por todo esto me cuesta llamarme feminista, y porque me siento cómodo tratando de asumir la responsabilidad que supone seguir experimentando nuevas formas de deconstrucción de la masculinidad, visibilizando algunos de los inconvenientes que se derivan de convertir la masculinidad en el referente de la igualdad entre los sexos, y procurando consolidar un discurso capaz de contrarrestar la influencia neomachista (que aspira a convencer a los sectores más vulnerables de que pueden compensar su pérdida de poder real incrementando el poder de los hombres sobre las mujeres).
No quisiera llegar a confundir los derechos de las feministas con los nuestros. Por eso, y por mucho que me halague que una feminista me considere o me presente como feminista, no me siento legitimado para reivindicar que se me reconozca como tal.

José Ángel Lozoya Gómez
Miembro del Foro y de la Red de hombres por la igualdad

ASUMAMOS EL RIESGO A EQUIVOCARNOS


Incorporarnos activa y conscientemente a la lucha por la igualdad implica ser consecuentes en nuestro entorno personal y social, ceder privilegios y dejarnos de excusas para evitar corresponsabilizarnos en lo doméstico; ponernos el delantal, asumir los cuidados de menores y dependientes y hacer el esfuerzo de dedicar el tiempo y el talento necesario para poner palabras a nuestras resistencias, dificultades, expectativas y propuestas.


No basta con solidarizarnos con el movimiento de mujeres y sus reivindicaciones, ni con apoyarlas en las instituciones o difundir con voz de hombre sus análisis; es cierto que al hacerlo contribuimos a la igualdad y logramos que muchos hombres se muestren más receptivos, pero no basta. No basta con ser críticos con el patriarcado reconociendo nuestras responsabilidades en el mantenimiento y reproducción del sexismo, además de ceder privilegios y poder en lo público y lo privado. Los hombres por la igualdad tenemos que asumir el riesgo a equivocarnos, explicar nuestra experiencia de género y hacer propuestas que contribuyan a la deconstrucción de la condición masculina.
Bastante tienen las mujeres con exigir y exigirnos cambios frente a las desigualdades y violencias que padecen, de las que podemos ser –consciente o inconscientemente– responsables, para tener que andarse también con paños calientes para no herir nuestra susceptibilidad, adecuar el ritmo de sus reivindicaciones al que nosotros consideremos razonable, o hacernos ver pedagógicamente que los cambios que proponen nos pueden abrir un mundo insospechado de posibilidades.
No acabaremos con el patriarcado, ni pasaremos de la igualdad legal a la real sin la implicación de la mayoría de los varones en el diseño y construcción del futuro compartido que propone el feminismo. Igual que asumimos el riego a equivocarnos al empezar a desempeñar cualquier tarea profesional o doméstica, hemos de asumir, respetuosamente, el riesgo a decir lo que pensamos, aunque nos equivoquemos o seamos ocasionalmente malinterpretados. Quizás sea oportuno recordar que el silencio es poco productivo y además es, con frecuencia, una estrategia del poder para evitar comprometerse.
Es preferible tener que disculparnos y rectificar que dejar todo el peso de la lucha por la igualdad a las mujeres y al movimiento de liberación sexual y de género. Es preferible asumir el riesgo a equivocarse que limitarse a cambiar solo aquello a lo que nos obliga la presión del entorno, apoyando lo que llama nuestra atención o exige nuestro posicionamiento. Es necesario que un número creciente de varones demostremos que no todos los hombres somos iguales, que somos cada vez más los que coincidimos con el feminismo, los que tratamos de compartir el cambio aportando nuestro ejemplo y nuestra perspectiva ante un sexismo cada vez más intolerable.
No se trata de decirle a las mujeres cómo han de sentirse ni lo que deben o pueden hacer para liberarse, ni de poner el precio que pagamos por nuestros privilegios en el mismo plano que el dolor que ellas padecen por las desigualdades, ni mucho menos de cuestionar su liderazgo en la lucha por la igualdad. Se trata de que hagamos pública nuestra defensa de la igualdad, de que evidenciemos la división del colectivo masculino y la crisis del modelo tradicional, de que demostremos que hay otras formas de ser hombres, de que seamos una alternativa teórico-práctica a las nuevas formas de machismo, de que hagamos nuestras aportaciones asumiendo el riesgo a equivocarnos, sin dejar de escuchar las críticas que nos hace el movimiento feminista para aprender y corregir el rumbo si lo vemos necesario, aunque a veces atribuyamos sus críticas a su sensibilidad o desconfianza.
A veces nos sorprende lo bien que nos conocen, en especial aquellas con las que compartimos la vida íntima, pero ni ellas tienen nuestra experiencia de género, ni nuestra perspectiva, ni la responsabilidad de hablar de nuestras resistencias y dificultades o de decirnos cómo superarlas. Es en este terreno donde nuestra contribución resulta vital para incorporar a los hombres activa y conscientemente al cambio.
Siempre ha habido hombres apoyando la lucha de las mujeres. Aunque con una conciencia de la igualdad muy fragmentada, cientos de ellos se autoinculparon de prácticas abortivas para luchar por la legalización del aborto en los 80, las leyes y programas institucionales igualitarios han necesitado los votos de muchos diputados para salir adelante y la presencia de los hombres se ha ido incrementando en las manifestaciones contra la violencia machista.
Algunos han hecho aportaciones significativas en el análisis de la construcción de la masculinidad, la sexualidad y la resistencia masculina a la anticoncepción, las violencias machistas, los micromachismos, el post-machismo, la masculinidad como factor de riesgo, el impacto de la masculinidad en el fracaso escolar, las ventajas de la paternidad igualitaria, lo que ganamos los hombres con el cambio, las necesidad de que las políticas de igualdad promuevan el cambio de los hombres...
Es cierto que somos un movimiento poco importante numéricamente, pero aspiramos a ser capaces de lograr que nuestra voz sea un referente que anime a otros hombres al cambio y al conjunto de la sociedad a considerar algunas de nuestras propuestas. Si de muestra vale un botón, hablemos de incorporar la homofobia, la socialización de los niños –a quienes se educa en el machismo– y las demostraciones de virilidad –a las que la mayoría de los hombres se sienten permanentemente obligados– como parte de las violencias machistas que buscamos erradicar.


José Ángel Lozoya Gómez
Miembro del Foro y de la Red de hombres por la Igualdad

UNA ESCLAVITUD DE NUESTRO TIEMPO


No me gusta comenzar el otoño así, con algo de desesperanza en que consigamos un mundo más justo y mejor, pero me puede el compromiso con la causa y me resulta harto difícil morderme la lengua y no aportar mi intento de sensibilización a la celebración, hace unos días, del Día Internacional contra la Explotación Sexual y el Tráfico de Mujeres. 
Apunto algunos datos que estoy recordando del último foro en el que estuve y que, por muy duros que sean, no nos deben hacer mirar para otro lado, sino todo lo contrario.
Este flagrante atentado contra los Derechos Humanos, contra los derechos de las mujeres, ha pasado de ser el tercer negocio más lucrativo del mundo, al segundo; la dureza de la deshumanización a que son sometidas las mujeres en el camino (que es un auténtico camino de esclavitud) provoca que cuando llegan al destino no perciban que se encuentren en duras condiciones, además de sufrir el denominado “Síndrome de Estocolmo”.
Espeluznantes algunos relatos de violaciones en el camino; práctica de abortos con perchas; el tener que turnarse para beberse la orina de unas y otras en el duro camino del desierto (para las que vienen de África) en el que vienen sin nada y en el que de cuarenta pueden llegar con vida apenas diez; el dejarlas embarazadas cuando conviene para que lleguen en las pateras con menores y no puedan ser expulsadas, pero después dar a esos menores a otras mujeres- tras llegar a quererlos aunque sean fruto de agresiones sexuales de los proxenetas- a las que les conviene más que los tengan para evitar la expulsión cuando llegan aquí (de ahí que muchas de las pateras lleguen con menores o mujeres embarazadas...); el obligarlas a dejar a los hijos o hijas después en protección de menores para que ellas puedan ser explotadas en los prostíbulos...Realmente espeluznante y abominable.
Y aún así sigue siendo una alternativa de ocio masculino que busca y encuentra placer en la miseria, desgracia y dolor ajenos. Y todo esto en países democráticos y supuestamente "civilizados" frente a los países de origen de donde provienen.
Y si estos datos son ya tristes, la desesperanza llega (al menos para mí y en la parte que me toca) con la dificultad de luchar contra ellos desde la justicia, al configurarse como redes muy poderosas, con “tentáculos” en otros poderes fácticos que obstaculizan las investigaciones, y cuando ello por fin se consigue, falta el testimonio de las mujeres (que todavía el procedimiento considera imprescindible) porque de un lado temen las amenazas por parte de la red hacia ellas y sus familias en origen, y de otro, sufren un proceso de adoctrinamiento que hace que no persistan en la incriminación y sea muy difícil la condena de los proxenetas.

Ya sé que es un tema incómodo y además nada pacífico (incluso en el feminismo) en la búsqueda de soluciones, que van desde la regularización frente a la abolición. Yo me decanto por la última. Y sí, digo que la base está en el patriarcado del que me sentiría cómplice si hoy optara por el silencio.
¡No podía callarme!
Eulalia Peralta