Las deudas ecológicas de la democracia moderna


El movimiento del 15-M ha puesto en evidencia la profunda deuda que han contraído las sociedades modernas con la democracia. A su vez, la democracia moderna tiene una deuda latente con la ecología política y con su lucha por extender la autonomía personal y la solidaridad colectiva en el espacio (solidaridad transnacional), en el tiempo (solidaridad transgeneracional) y al conjunto de la naturaleza (solidaridad biocéntrica e interespecie). Sobre todo, esta democracia no suele integrar en sus procesos algunos aspectos que, además de ampliar nuestros círculos de solidaridad, son centrales para la transición hacia una supervivencia civilizada de la especie humana: la cuestión de la autolimitación, la representación de los sin voz, la gobernanza glocal y la capacidad de responder a la urgencia ecológica.
En este artículo, no tengo ninguna intención de ser exhaustivo, ni de hallar la solución perfecta. Me ceñiré para cada reto a exponer pinceladas de diagnóstico y de propuestas que espero puedan ser de utilidad para todas aquellas personas inquietas y ansiosas de alternativas, tanto en las instituciones como en la calle.

La democracia de la autolimitación

Ante el carácter despilfarrador de las sociedades occidentales, principal causante de la crisis ecológica, uno de los factores decisivos es la autolimitación (Riechmann, 2008). Dicho de otra manera más institucional, la gestión global de la demanda es una prioridad, no solo en temas más aceptados como el agua o la energía sino también en todos los aspectos del consumo de masas: consumo de carne y pescado, emisiones de CO2, uso de recursos naturales (renovables y no renovables), espacio de tierra disponible, opulencia material aceptable… Por supuesto, establecer límites a nuestro consumo y distribuir los pedazos de naturaleza que nos corresponden según principios de justicia ambiental, y sobre todo de forma ordenada y asumida por todos y todas, plantea un reto de gran magnitud para la res publica.
Para no caer en tentaciones autoritarias —o, peor, ecofascistas— y asumiendo que un modelo descentralizado y participativo es la forma más eficiente de alcanzar el objetivo (Marcellesi: 2008, p6), es común leer en los movimientos ecologistas y transformadores que se decidirán de forma democrática las necesidades (básicas, sociales, instrumentales, etc) ajustadas a los límites ecológicos y a la equidad social. Sin embargo, es menos común encontrar propuestas concretas de cómo articular esta “democracia de las necesidades”. Y no son pocas las preguntas: ¿Quién define y cómo lo que es una necesidad colectiva? ¿Qué necesidades se ponen a debate? ¿Cómo se combina este debate con las libertades individuales, puesto que la satisfacción individual puede entrar en conflicto con las aspiraciones colectivas? Es por tanto importante definir procesos o herramientas democráticos que permitan hacer realidad lo que Riechmann llama la “autogestión colectiva de las necesidades y los medios para su satisfacción” (2008, p.54)
Alcanzar esta reconstrucción colectiva de nuestras necesidades, sin imposiciones, pasa primero por un proceso de reapropriación democrática de la riqueza donde planteamos abiertamente por qué, para qué, hasta dónde y cómo producimos y consumimos. En este sentido Viveret (2002), en un informe solicitado por el gobierno francés de la izquierda plural (1997-2002), animaba a organizar debates participativos a escala estatal, regional o local, sobre “la naturaleza de la riqueza, su cálculo y su circulación”. De hecho, la New Economics Foundation, quien promueve un cambio radical de norma en el trabajo al proponer la semana laboral de 21 horas, defiende una idea parecida: “un debate nacional acerca de cómo usamos, valoramos y distribuimos el trabajo y el tiempo” (Coote et al: 2010, p.38). Aunque no detallan cómo llevar a cabo esta propuesta, podemos encontrar algunas iniciativas llevadas de forma participativa en la práctica: desde las instituciones con la “Iniciativa Spiral” del Consejo de Europa, (1) desde los movimientos sociales, con el “Parlamento de la calle” en Québec que dio lugar al “producto interno suave” (2) o en el Sur, con el indicador de “buen vivir sostenible” para el Estado de Acre, uno de los más “pobres” de Brasil. (3)
Por su parte, las “iniciativas en Transición” (4) son también un movimiento que de forma genuina quiere compaginar límites del crecimiento con nuevas formas de democracia. Asumen como punto de partida que nuestras sociedades tienen que superar a la vez el cambio climático y el techo del petróleo, y buscan soluciones compartidas basadas en procesos comunitarios y deliberativos (a nivel de ciudad, de barrio, de escuela, etc). Aficionadas a metodologías dinamizadoras tipo World Café o Open Space, apuestan por la inclusión como valor central para ser capaz de sumar de forma pragmática a numerosas personas, colectivos, asociaciones, empresas e instituciones. A través también de herramientas de “democracia económica” como las monedas alternativas, los grupos de consumo o los bancos de tiempo, practican la autolimitación —sin necesariamente tener que mencionarla— desde la relocalización ecológica, solidaria y resiliente de la economía.

La democracia de los sin voz

Con el concepto de “sin voz”, me refiero a dos categorías principales que carecen de representación hoy día en nuestros sistemas democráticos establecidos: los seres humanos —que viven en tierras lejanas como en los países del Sur o que todavía no han nacido como las generaciones futuras—, y el resto de seres vivos y no vivos. De hecho, comparto la sorpresa de Bruno Latour que se pregunta ¿por qué “hemos pensado que la política (era) un asunto de humanos entre sí? Puesto que (…) siempre han interactuado humanos y no humanos y que la política siempre ha sido también una definición de cosmos.” (2010) Por lo cual, comparto a su vez la propuesta de Jorge Riechmann de “superar nuestro arrogante antropocentrismo y aprender a hablar (…) en nombre de las generaciones futuras, de las restantes especies vivas, de todos aquellos que no pueden participar en nuestros consejos o asambleas pero se ven sin embargo afectados por nuestras decisiones (2005, p.201).
Además, nos llegan desde el Sur propuestas en torno al sumak kawsay y los «derechos de la naturaleza» que revolucionan nuestra cosmopolítica moderna. Si, como lo dice la Constitución de la República de Ecuador del 2008, la «Pacha Mama (…) tiene derecho a que se respete integralmente su existencia y el mantenimiento y regeneración de sus ciclos vitales», eso implica que la naturaleza, y sus diferentes componentes, se convierten en sujeto político que de una forma u otra se tendrán que ir incorporando en nuestros procesos democráticos humanos. Dicho de otro modo, tenemos que contestar a la pregunta que ya hacía Barbara Ward en 1972: ¿quién defiende la Tierra?
Ante la actual máquina representativa silenciadora de los intereses de las generaciones futuras y de los no-humanos, encontramos primero dos propuestas que tienen en común la articulación de un sistema bicameral para ampliar los espacios de controversias y debates. Por una parte, Bourg y Whiteside plantean en su propuesta de “democracia ecológica” una “bioconstitución” donde se pondría en marcha el “Senado del futuro”. Este Senado encarnaría específica y exclusivamente los intereses largo placistas, y con integrantes elegidos en base a programas también largo placistas. Los autores introducen también en este panorama la presencia de las ONG ecologistas en órganos deliberativos de los poderes públicos (Bourg, Whiteside: 2009). De hecho, al igual que existe un diálogo social con los sindicatos, tampoco es descabellado imaginar por esta vía un “diálogo ecológico” con nuevos agentes que defienden el medio ambiente, generaciones futuras y/o poblaciones del Sur.
Por su parte, Latour propone completar el actual Congreso, el de los seres humanos y que llama “la cámara de los valores”, con un “Parlamento de las cosas”. En esta “cámara de los hechos”, estarían personas reconocidas por su competencia en un ámbito particular y que representarían las “cosas” (atún rojo, abejas, bosques, etc.), al igual que los diputados tradicionales representan hoy día la ciudadanía. Según Latour (2006), este parlamento “extiende a las cosas el privilegio de la representación, la discusión democrática y el derecho”, lo cual a primera vista casa con los avances en el Sur de los derechos de la naturaleza.
En paralelo a estas propuestas, también recojo aquí tres iniciativas que apuntan al mismo sentido y pienso son generalizables:
  • El Ombudsman del futuro: el defensor de las generaciones futuras ya existe por ejemplo en Hungría. Además de salvaguardar el derecho constitucional de las generaciones presentes a un medio ambiente sano, actúa como guardián de las generaciones futuras al abogar por la sostenibilidad en todas las leyes nacionales y locales relevantes y al fomentar la intervención de la sociedad civil en estos asuntos.(5)
  • El defensor de los animales: existe esta figura jurídica en el cantón de Zurich en Suiza que sin embargo, tras un referéndum federal, no se consiguió extender a todo el país.
  • Representantes del Sur en las asambleas del Norte: la red de municipios “Alianza del Clima” (6) otorga de forma estructural la vicepresidencia de su organización a representantes de las poblaciones indígenas de los bosques tropicales.

La democracia glocal

Desde su creación, los movimientos ecologistas lo tienen claro: hay que “pensar global y actuar local” acercando los procesos de deliberación y decisión a la ciudadanía para una mejor cogestión y distribución de nuestros recursos naturales. Al mismo tiempo y aunque esta articulación tardó en cuajar, la Cumbre de la Tierra de 1992 terminó de asentar un nuevo consenso mundial: solo podremos luchar de forma eficiente contra retos globales, como el calentamiento global, la perdida de biodiversidad, la deforestación, etc., con respuestas globales. Se establece de esta manera una danza dialéctica entre dos dinámicas complementarias desde abajo y desde arriba. La democracia de la glocalidad refuerza ambos espacios de participación locales y globales, garantizando una correcta articulación entre ambas dimensiones tanto desde las instituciones como desde los movimientos sociales.(7)
Mientras ampliamos la descentralización como herramienta para la construcción de comunidades y sociedades resilientes (disminución de la conectividad económica y energética global), la situación socio-ambiental mundial requiere de alianzas globales más allá del ecomunicipalismo (aumento de la conectividad democrática global). Asimismo, según el grupo Great Transformation Initiative, “la transformación mundial necesitará el despertar de un nuevo actor social: un amplio movimiento de ciudadanos del mundo que exprese una identidad supranacional y construya nuevas instituciones para una era planetaria” (2010, p3). Los Foros Sociales Mundiales desde 2001 (con sus altibajos sobre cuestiones ambientales), la movilización social en la cumbre sobre cambio climático de Copenhague en 2009, la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra en Cochabamba en 2010, la protesta planetaria del 15-O de los Indignados en 2011, son demostraciones de la facultad de la sociedad civil a ser un agente de cambio organizado en redes de redes a nivel supralocal, permitiendo un trasvase constante entre lo local y lo global y vice versa.
Por otro lado, tras el fracaso de la Cumbre de Copenhague, también es necesario repensar la estructura institucional mundial hacia un “marco deliberativo global”. Por ejemplo, retomemos una vieja reivindicación ecologista, además defendida por algunos gobiernos: la Organización Mundial del Medio Ambiente que tendría como objetivo, entre otras cosas, promover la participación social en relación con los conflictos ecológicos y los bienes comunes mundiales (por ejemplo a través de ONG internacionales y locales o de conferencias de consenso globales). Además, juntemos esta idea con el «Tribunal Internacional de Justicia Climática» propuesto por la Conferencia de Cochabamba en 2010. En paralelo demos un paso más hacia la democracia global con la creación de un “Parlamento mundial” que supere las actuales carencias de la Asamblea General de Naciones Unidas, instaurando una forma de proporcionalidad entre el peso político de un Estado y su número de escaños y llegando, ojalá aunque pueda sonar utópico, a organizar un escrutinio universal (Onesta, 2007).(8) A más corto-medio plazo, está sobre todo al alcance optar por una mayor integración europea, más allá de los Estados-Naciones poco aptos para responder a problemas transfronterizos o a la crisis de las deudas soberanas —profundamente relacionada con la crisis de la economía real-real (la de los flujos de materia y energía). Este federalismo europeo,(9) que espero pueda venir de un verdadero proceso constituyente europeo, no sería un nuevo romantismo supranacional sino una realidad regional de dimensión adaptada (dentro de la actual globalización económica) para impulsar otro modelo de producción y consumo (hacia la relocalización ecológica de la economía).

La democracia de la urgencia ecológica

Llegado a este punto, no podemos obviar una cuestión planteada por algunos autores ecologistas: ¿es compatible la urgencia de la crisis ecológica con los tiempos que implican la democracia de la autolimitación, de los sin voz y de la glocalidad? Es cierto que esta democracia descrita en el artículo supone procedimientos complejos y alargados en el tiempo para poder deliberar, debatir de forma contradictoria, (in)formar a la ciudadanía y articular a una multitud de redes y agentes con intereses múltiples a diferentes niveles locales, regionales y mundial. Asimismo, según Semal y Villalba (2010), existe una incapacidad intrínseca de los procesos deliberativos democráticos a integrar la urgencia en su percepción del tiempo. Es más: hay un ultimátum ecológico (reforzado por el cruce de las cuestiones climáticas y energéticas) y por tanto una “cuenta atrás” para tomar decisiones fundamentales, so pena de una desaparición brutal de cualquier ideal democrático.
Sin negar esta objeción, estas reflexiones se basan por un lado en la predominancia de un escenario de tipo “colapso” (10) y, por otro lado, tienden a favorecer una respuesta a través de una élite eco-ilustrada. Si bien estoy de acuerdo en que hay prisa en adoptar cambios estructurales y no queda casi margen de maniobra para equivocarse, la capacidad de aguante del sistema actual ante el derrumbe social y civilizacional (por encima, por ejemplo, de lo que predicaba el primer informe del Club de Roma en 1972) parece indicar que todavía es probable que exista una “ventana de sostenibilidad” para alcanzar reformas sustanciales y compatible con una transición democrática hacia una sostenibilidad solidaria local y global (que requeriría en torno a una generación). Dicho lo dicho, lo escrito no deja de ser una apuesta con cierta dosis de fe en el ser humano (al igual que los ecologistas del colapso aplican otros tipos de creencias, más pesimistas y hobbesianas, sobre la humanidad). Simplemente, tenemos que admitir que los escenarios de futuro no pueden ser pronosticados puesto que carecemos de una información completa sobre el estado actual del sistema, que no podemos prever la evolución de sistemas complejos turbulentos y que tampoco podemos anticipar las decisiones humanas futuras ante dichas evoluciones.
En conclusión, dentro de la democracia ecológica del siglo XXI marcada por la incertidumbre y la indeterminación, nuestra primera meta es poner todos los recursos para construir sociedades resilientes y cohesionadas preparadas a enfrentarse a cambios bruscos y a probables puntos de ruptura e inflexión. Mi apuesta es clara: no solo es deseable sino que es también posible desde una democracia radicalmente reformada desde la ecología.




Publicado en el nº42 de la Revista Ecología Política






Referencias:
Bourg, D. y Whiteside, K. (2009): Pour une démocratie écologique. Disponible en:
Coote Anna, Jane Franklin and Andrew Simms (2010): 21 horas: Por qué una semana laboral más corta puede ayudarnos a prosperar en el siglo XXI, New Economics Foundation. Disponible en castellano en http://www.ecopolitica.org/
Great Transition Initiative (2010): Imagine All the People: Hacia un movimiento de ciudadanos del mundo, en Visiones y caminos para un futuro lleno de esperanza, GTI.
Latour, B. (2006): “El Parlamento de las cosas”, la Vanguardia, 08.02.2006
Latour, B. (2010): “Remettre les non humains au coeur de la politique”. Ecorev, Invierno 2010, n34.
Marcellesi, F. (2008): Ecología política: génesis, teoría y praxis de la ideología verde, Bakeaz.
Onesta, Gérard (2007): “A European to a Wolrd Parliament” en The Case for global democracy, advocating a United Nations Parliamentary Assembly, Kauppi et al.
Semal, L. y Villalba, B. (2010): “Obsolescence de la durée et actualité du délai”. Ecorev, Invierno 2010, n34.
Riechmann, Jorge (2008): “¿Cómo cambiar hacia sociedades sostenibles? Reflexiones sobre biomímesis y autolimitación”, Democracia Ecológica. Formas y experiencias de participación en la crisis ambiental.
Riechmann, Jorge (2005): Un mundo vulnerable: ensayos sobre ecología, ética y tecnociencia, Los Libros de la Catarata, Madrid 2000
Viveret, Patrick (2002): Reconsidérer la richesse : rapport final de la mission “nouveaux facteurs de richesse”, Secrétariat d’Etat à l’économie solidaire, Paris
Notas:
(1) El Consejo de Europa impulsa en varias localidades europeas la elaboración participativa de indicadores de progreso y de bienestar compartido por todas las personas y agentes de un territorio. Más información: https://spiral.cws.coe.int/
(2) El Parlamento de la calle fue un ejercicio de democracia directa impulsado por movimientos de lucha contra la pobreza que interpeló la Asamblea Nacional de Québec. Como respuesta, el Primer Ministro quebequense creó un órgano llamado el “Cruce de los saberes”. De sus trabajos nació el indicador “producto interno suave”. Más información: http://www.produitinterieurdoux.org/
(3) El estado de Acre ha definido un indicador de “buen vivir sostenible” que tiene en cuenta su principal riqueza: el bosque amazónico. El proceso se ha llevado a cabo de forma participativa con economistas brasileños y la sociedad civil local —en primer lugar, los pueblos indígenas— y ha contado con el asesoramiento de una ONG y una universidad francesas. Más información: http://www.france-libertes.org/Creation-de-l-Indicateur-de-bien.html
(4) Más información en http://movimientotransicion.pbworks.com
(5) Más información: http://jno.hu/en/?&menu=intro
(6) Más información: http://www.klimabuendnis.org/
(7) La Great Initiative Transition propone de hecho una triple dinámica “Desde abajo: las responsabilidades deberán desplazarse hacia los niveles locales dentro del espíritu de subsidiariedad y participación. Desde arriba: las crecientes necesidades de gobernabilidad global desplazarán una parte mayor de la toma de decisiones al contexto internacional. Desde los lados, los negocios y la sociedad civil se convertirán en socios más activos de la gobernabilidad.” (Raskin et al. (2002): La Gran Transición: la promesa y la atracción del futuro, Instituto Ambiental de Estocolmo, p54).
(8) Incluso existe una campaña mundial para una Asamblea Parlamentaria en la ONU: http://es.unpacampaign.org/about/index.php
(9) Por ejemplo, los premios Nobel de economía del 2011 recomiendan que, para superar la crisis, Europa se dote de un presupuesto federal al igual que lo hizo Estados Unidos tras su independencia en 1776. Fuente: http://www.lemonde.fr/economie/article/2011/10/10/resoudre-la-crise-de-la-dette-un-jeu-d-enfant-pour-les-nobel-d-economie_1585401_3234.html
(10) Llamo colapso a un escenario de futuro donde los conflictos y las crisis entran en una espiral descontrolada y las instituciones se desploman.

¿Por qué tanto odio?




¿Por qué tanto odio? es una pequeña obra firmada por la prestigiosa historiadora del psicoanálisis Élisabeth Roudinesco, con traducción de Laura Fólica del título original Mais porquoi tant de haine?, y publicado en Buenos Aires (2011) dentro de la colección mirada atenta de Libros del Zorzal (www.delzorzal.com.ar). Se trata de un precipitado librito (128 páginas con letra de gran formato, a un precio de 11 euros) constituido en buena medida por materiales previos (como una entrevista) y artículos ajenos, y cuya razón de ser no es otra sino la de reaccionar contra el demoledor ensayo del filósofo Michel Onfray Freud. El crepúsculo de un ídolo (504 páginas y un precio de 22 euros) traducido por Horacio Pons del título original Le crépuscule d’une idole. L’affabulation freudienne, publicado por Santillana Ediciones Generales, en Madrid (2010), dentro de la colección Pensamiento de Taurus (www.editorialtaurus.com).

La breve recopilación de Roudinesco resulta asombrosa por varias razones: en primer lugar por el hecho de que una intelectual de su talla se haya dignado responder a un libro que califica de dañino “libelo delirante” (quizás por ello su réplica ha adquirido la modalidad de panfleto); en segundo lugar porque estando su librito plagado de feroces descalificaciones ad hominem, se permite juzgar con la sentencia de “odio en estado puro” al complejo y exhaustivo trabajo de su oponente; en tercer lugar porque una historiadora que se presenta como defensora del “verdadero debate crítico”, de la más eminente “comunidad académica” y de los “saberes constituidos”, no entra a refutar –y a veces, ni roza- las tesis, argumentos y pruebas esenciales del ensayo de Onfray, cuando cualquiera esperaría que Roudinesco pudiese contrarrestar, con gran facilidad, los argumentos deleznables del que según ella es un simple agitador incompetente.

Efectivamente, Élisabeth Roudinesco, abanderada –curiosamente- de una erudición rigurosa, apenas entra a rebatir las tesis del irreverente filósofo francés, a saber: el corpus freudiano no es una disciplina científica sino una “filosofía” subjetiva –muy influida por filósofos alemanes como Nietzsche- empapada de pensamiento mágico y mitológico (él, personalmente, creía en supersticiones y cábalas irracionales); el freudismo es profundamente idealista y anti-histórico, en el sentido de que según Freud las neurosis individuales no obedecen a la peculiaridad cerebral o a los condicionantes socioeconómicos de la realidad histórica de cada individuo, sino a la herencia -no se sabe mediante qué mecanismos- de ancestrales acontecimientos como el “asesinato del padre” que atraviesan épocas y lugares, inoculados como “pecados originales” en todos los inconscientes; Sigmund Freud quiso convertir íntimas obsesiones personales (como su infantil complejo de Edipo, piedra angular del psicoanálisis) en verdades universales para toda psique humana; los deseos y obsesiones de índole incestuosa que tuvo con las mujeres de su familia no quedaron en asuntos privados, sino que determinaron muchos de los rasgos esenciales del freudismo (por ello, el psicoanálisis a quien mejor explica es al propio Freud, pero no al resto de la humanidad); la elaboración de su doctrina y su metodología fueron erráticas y salpicadas de pifias, esas que se intentaron esconder con la destrucción de correspondencia, o con la aún vigente “clasificación” de muchos documentos; elaboró sus dogmas sobre el inconsciente a modo de sofismas cerrados a cualquier refutación (si el paciente niega una obsesión es que la padece como psicosis reprimida); algunas de sus antojadizas interpretaciones falocráticas (descifrando sueños, definiendo la traumática imperfección femenina envidiosa del pene...) son auténticos disparates; fracasó en la curación de sus acaudalados pacientes, incluso en aquellos casos paradigmáticos que él mismo publicó como prueba de sus éxitos; el único fruto terapéutico del diván deriva de su efecto placebo; el psicoanálisis freudiano, conservador a pesar de su apariencia, tomó partido contra el marxismo pero nunca contra el fascismo; etc.

No, Roudinesco no entra a rebatir ni esos ni otros argumentos y sólo contrapone razones a unos pocos asuntos secundarios: afirma que Onfray no usa correctamente las notas bibliográficas, que carece de autoridad académica y se equivoca en alguna referencia erudita, que calumnia a Freud al asegurar que mantuvo una relación adúltera con su cuñada Minna (aunque la autora acepta como posible una aventura breve), o que es falso que Freud simpatizara con el fascismo austriaco e italiano. Relativamente, se podría aceptar que la historiadora consigue matizar las aseveraciones del filósofo sobre alguna de esas cuestiones secundarias (no se puede demostrar que la relación con Minna se prolongara durante décadas), pero lo cierto –y mucho más importante- es que no desmonta ni las tesis ni las pruebas fundamentales del tratado sistemático de Onfray, con el agravante de que le lanza injurias (de pervertido, conspiranoico, endiosado, antisemita, ultraderechista...) mientras -aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid- tergiversa y ridiculiza su hedonismo ateo.

Por ello, creo que este libelo de Élisabeth Roudinesco -que si tuviese el mismo formato del libro de Michel Onfray no llegaría ni a las 50 páginas- es muy interesante por varios motivos: muestra la agresiva impotencia de cierto tipo de intelectualidad que en cualquier época ha reaccionado airada contra las certezas que erosionan sus intereses o la autoridad de sus doctrinas; enseña a diferenciar entre un trabajo apasionado, honesto, documentado y exhaustivo, de otro panfletario, disperso, sesgado y manipulador; posee la virtud inversa de captar nuevos lectores para su oponente (del que se puede destacar Tratado de ateología, publicado en España por Anagrama en 2006), refuerza las advertencias de Onfray sobre el sectarismo de los adeptos a la fabulación freudiana y deja la sensación de que el título ¿Por qué tanto odio? interroga a su propia autora.

Por Juan Pablo Maldonado García




Quebrantaremos este contrato en 2014

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2013-2014


PARTICIPACIÓN CIUDADANA Y CALIDAD DEMOCRÁTICA


El concepto de participación ciudadana se reivindica como una alternativa a los modelos de democracia por delegación cada cuatro años. Aunque no deja de haber oportunistas, quizá el rey de Holanda o el primer ministro inglés..., que lo utilizan para indicar que el estado dejará de prestar servicios y que serán los ciudadanos los que tengan que buscarse la vida por su cuenta para cuidar al hermano discapacitado o la madre con alzehimer. Algo así como el modelo de filantropía norteamericano, en el que se asume que el estado no cubre a la mayoría de la población y que la comunidad ha de implicarse en solucionar las necesidades sociales.
Si queremos podemos ver una parte positiva en ese modelo: la generación de un sentimiento de pertenencia a tu comunidad y la implicación ciudadana, como parte de ella, en la búsqueda de soluciones; la otra parte es que ese modelo al final se ciñe a la participación social y no política (o como mucho la política se limita a lo puntual), con lo cual tampoco se cuestionan las causas subyacentes de los problemas, sino que es una participación utilitarista y que aleja a la ciudadanía (en muchos casos) de la incidencia en las causas importantes.
El problema es que en un sitio hemos dejado que el Estado sea algo extraño y no controlado por la ciudadanía; y en otro han reducido el Estado a la mínima expresión y dejado que sea el apaño de cada cual, coordinado con los vecinos o no, el que vaya buscando soluciones.
¿Retomar el control en el primer modelo sin arriesgarme al segundo?
¿Rescatar cosas de los dos mundos ya que deberían ser complementarios y no excluyentes?
En los países con mayor participación ciudadana (voluntariado, política...) hay una mayor calidad de vida media, mayor equilibrio social y menor número de injusticias. Por contra en los países con menor participación ciudadana, una pequeñísima parte de la población se aprovecha del control político para hacer lo que quiere y saquear los recursos del país...Hay quien afirma que estas dos premisas se pueden discutir, pero estaremos de acuerdo en que nosotros vemos con envidia sociedades más dinámicas y activas en sus procesos de innovación y participación social.
Al respecto quiero traer a colación algunas conclusiones de Vargas Machuca, Pérez Yruela y algunos otros en el año 2010, cuando publicaron “Calidad de la democracia en España: una auditoría ciudadana”, con los resultados de un estudio del CIS realizado en 2007. Allí constatan que los españoles consideramos de manera mayoritaria que los que detentan el poder político y económico están por encima de la voluntad de los ciudadanos, de la soberanía popular y, al mismo tiempo, nos damos cuenta de que la sociedad civil española no llega a niveles de participación suficientes para ser un actor relevante en el proceso político.
Es decir, los problemas de nuestra democracia se localizan en un circulo vicioso alimentado por un débil funcionamiento de la sociedad civil y por la baja calidad de la representación política.
Una sociedad civil desmotivada por la política en el mejor de los casos, cuando no en abierta confrontación, y un sistema de representación alejado de la ciudadanía, incluidas instituciones del estado y organizaciones políticas partidarias, son los dos ingredientes que determinan la calidad de nuestra democracia. Indudablemente no son mimbres para tejer una suficiente calidad democrática.
Quiero resaltar que la construcción de la ciudadanía compete a los gobernantes, políticos y organizaciones políticas a la hora de generar marcos de oportunidad para la generación de modos ciudadanos de comportamiento, pero no es posible sin la confluencia deliberada de la propia ciudadanía autoorganizada. Es decir, que necesitamos modos comunitarios de percibir la democracia como transformacional, no como transaccional (se trata de modificar democráticamente nuestra realidad social, no de firmar un “contrato” en virtud del cual yo te proveo de derechos, en forma servicios públicos, a cambio de tu voto)
La construcción políticosocial tiene tres patas (lo público, lo privado, lo civil). Creo que es importante. Antes la discusión se centraba en lo público y lo privado (lo cívico-social se desdibujaba en lo privado para los liberal-anglosajones o en lo público para los jacobinos), ahora ya no se discute el papel preponderante de la iniciativa privada mercantil en la construcción social, se da por hecho que el estado y la iniciativa pública ya no juegan y se han de traspasar sus funciones a la sociedad civil (menos la parte del león contante y sonante que se privatizará a mayor gloria del capital).
Algo derivado de esta situación habrá que aprender, pero sin perder el papel del estado como redistribuidor de riqueza, generador de igualdad, regulador de los procesos económicos, garante de los derechos básicos de salud, educación y bienestar, responsable, dueño y promotor de la iniciativa económica en sectores estratégicos.
Reivindicando también el papel de la sociedad civil autoorganizada: entender la ciudadanía como virtud cívica y compromiso social, garantizar y facilitar el acceso a la interlocución social a poderes ciudadanos colectivamente organizados (en torno a las necesidades y reivindicaciones autodeterminadas) como mínimo en igualdad de condiciones con los poderes mercantiles.
Y para terminar por donde empazábamos, no dejarse engañar por los cantos de sirena del inglés y el holandés sobre la big society y exigir a los partidos que estén a la altura de las circunstancias y se reinventen como partidos ciudadanos.


Acción Politeia

¿Qué es la horizontalidad en una organización?


Con el surgimiento del1 15-M, la horizontalidad ha vuelto a ser un concepto motor en la construcción de nuevos movimientos sociales y políticos. Sin embargo, ¿qué entendemos por “horizontalidad”?
Al repasar algo de bibliografía, constato que se suele definir en negativo como oposición o rechazo a otros términos como la verticalidad o la jerarquía, puesto que, de forma consciente o no, entendemos mejor las implicaciones de tales conceptos que culturalmente impregnan nuestras sociedades y nuestros cerebros. Asimismo, tanto en el espacio público (Estado, escuela, hospital, trabajo remunerado, etc.) como en el privado (como la familia), vivimos en un mundo principalmente jerarquizado donde en el mejor de los casos elegimos nuestra cadena vertical de mandos (la democracia representativa) o en el peor sufrimos una dominación no deseada (véase el parto medicalizado o el significado de la relación asalariada). Sin embargo, pocas veces encuentro definiciones en positivo de la horizontalidad. Con esta voluntad constructiva, definiré la horizontalidad de la manera siguiente: una profundización de la ética de la liberación, una actitud (y un camino) y un modelo organizativo.

 

La profundización de la ética de la liberación

André Gorz solía conceptualizar la ecología política como una ética de la liberación donde “la expansión de la autonomía [del sujeto] se halla en el centro de la exigencia ecologista. Ello supone una subversión de la relación de los individuos con sus herramientas, con su consumo, con su cuerpo, con la naturaleza” (1975). En esta óptica, desarrollada también por Illich y Castoriadis, la ecología política es una apuesta decidida por la autonomía del sujeto y por su capacidad de cooperar de forma voluntaria y en igualdad de condiciones con otros sujetos para oponerse a cualquier deriva liberticida e insostenible de las “mega-máquinas” mercantiles, estatales o tecnócratas y para construir alternativas concretas al productivismo actual.
De esta visión emancipadora nace la voluntad de poner en pie sociedades —u organizaciones— autónomas, hechas de individuos a su vez autónomos y cooperativos. Estas sociedades (u organizaciones) se convierten en ágora permanente sobre lo que es conveniente producir (y cómo), además siempre dentro de la capacidad de carga de los ecosistemas. Por esta razón, las empresas tendrían que ser controladas por sus personas empleadas, un partido o un sindicato por el conjunto de sus militantes y la esfera política por el conjunto de la ciudadanía. Es un llamamiento hacia organizaciones donde los sujetos autónomos no estén subordinados a ninguna estructura, ni órgano de ésta. En este tipo de horizontalidad también existen límites, pero no provienen de una autoridad superior (el Líder, el Órgano central, la Tradición, la Autoridad, etc.) sino que se basan en la deliberación y la decisión colectiva.

 

Una actitud (y un camino)

Encontramos en la educación horizontal una gran ayuda para conceptualizar la “actitud horizontal”. Esta rama educativa entiende la horizontalidad “como una disposición psíquica y social, interior y exterior al sujeto, en la cual ningún hombre y mujer anula la libre expresión de otro, de manera que todos pueden manifestarse sin hallar un obstáculo en el otro, sino más bien un apoyo para el propio crecimiento” (Santos, 2006). Así, primero, es una facultad del sujeto a vivir su libertad desde el encuentro positivo con la libertad de otras personas que a su vez, dentro una dinámica ganador-ganador, refuerza el propio desarrollo personal. Dicho de otro modo, “se puede concebir el aspecto interno (…) de la horizontalidad como una suerte de receptividad y apertura al otro.” Exactamente lo que los manuales de educación no violenta o de resolución pacífica de los conflictos aconsejan, respectivamente, a los padres y madres con su prole o a los negociadores con las partes en conflicto o con otros negociadores: respeto, escucha activa y empatía.
Además, en una organización social, política, sindical, etc. sus formas de proceder —es decir su actitud que la definirá y le dará credibilidad en el día a día— tienen que ser acordes en cualquier momento con los objetivos planteados. Obviamente no se puede llevar la paz o la emancipación con métodos violentos que sea aquí o en el Sur, no se puede enseñar a nuestros hijos el respeto desde la metodología de la bofetada, ni se puede pedir a las instituciones transparencia y participación sin aplicarlo internamente. Dicho de otro modo y parafraseando a Gandhi, podríamos decir que “no hay camino para la horizontalidad, la horizontaliidad es el camino”.

 

Un modelo organizativo

No se trata de un concepto totalmente nuevo: tiene mucho en común con —y hereda de— las teorías y las prácticas de la autogestión del sindicalismo de finales del siglo XIX, de los consejos obreros húngaros o de las experiencias post-68. Sin embargo, las posibilidades abiertas por las Tecnologías de la Información y de la Comunicación (TIC) y, sobre todo, por las dinámicas cooperativas en torno al conocimiento, la cultura y el software libres o en las actuales dinámicas post-crecentistas (colectivos de decrecimiento, de ciudades en transición, de cooperativa integral, etc.) aportan a la horizontalidad su plena capacidad como modelo organizativo. En las brechas del sistema, la propia existencia y praxis diaria de una organización horizontal son pruebas de insumisión y gérmenes de alternativa a la megamaquina técnica, económica y política.
Dicho esto, destaco algunas características de una cooperativa política funcionando sobre el modelo de la horizontalidad:
  • Trabajo en red: “La red” es ante todo una mentalidad y una forma de trabajar adaptada al siglo XXI: prima la inteligencia colectiva y la propriedad común, como puede ser la lógica cooperativa del software libre. Es una búsqueda de sistemas organizativos basados en la igualdad, la participación activa de todo/as y la voluntad de consenso. En esta estructura líquida y partidaria de la adhocracia, todos los miembros pueden tener autoridad para tomar decisiones y llevar a cabo acciones. Asimismo la fuerza de las redes, físicas o virtuales, reside en su capacidad de mover y mezclar personas y organizaciones de diferentes intereses o círculos, con compromisos flexibles según objetivos y afinidades, desde lo territorial a lo sectorial. Dicho así, no hay que confundir el uso intensivo de Internet (o de comunidades virtuales) con alcanzar una estructura en red presencial y virtual.
  • Flujos de información y transparencia: la información es poder, y el poder es compartido entre todos los miembros en igualdad de condiciones. Lo que significa que la información tiene que fluir en cualquier momento hacia todos los miembros del a organización sin exclusión, dentro de un marco que hace de la transparencia un pilar de su desarrollo. No solo requiere un fácil acceso a las fuentes de información sino una política activa personal y colectiva de transmisión de la información a todas las partes de la organización-red sin que ellas las tengan que pedir. Es también la capacidad de poner en marcha la información peer to peer, donde cada neurona se convierte en un nudo de información seguro para otras neuronas. Con unas reglas de juego claras y sin necesidad de un órgano central, la red valida la veracidad y legitimidad de la información.
  • Confianza multidireccional y cooperativa: tal y como lo desarrollo más en detalle en el artículo Reflexiones sobre la confianza en un partido horizontal, no solo se trata de una confianza undireccional desde las personas asociadas hacia los cargos (y órganos) electos sino también de una “confianza de todas a todas”. Tanto las personas electas como cualquier persona asociada “depositan” en cada una de las personas de la organización o de la red, con o sin responsabilidad interna o externa, la misma confianza. De esta manera, damos un margen de confianza a la inteligencia colectiva que emana de la conexión de nuestras energías y reflexiones.
  • El conocimiento libre: más allá de tener transparencia e información disponible para todas las neuronas, la inteligencia colectiva —es decir el resultado del trabajo cooperativo y en red (que va más allá de la suma de las individuales de la organización)—, pertenece a todos y todas. Decimos que se trata de una propiedad común, cuyo código fuente y posibles mejoras están en la organización, en la red o en el espacio público a un coste nulo.
En resumen, una organización horizontal es un nodo más de una sociedad que pugna por la “democracia de lo común” (véase Subirats, 2011), es decir que favorece los bienes comunes, la lógica cooperativa y la capacidad de compartir.







Referencias:
  • Gorz, A. (1975): Ecologie et politique, Galilée.
  • Santos, M (2006): “De la verticalidad a la horizontalidad, reflexiones para una educación emancipadora”, Revista de ciencias sociales y humanidades, enero-marzo 2006.
  • Subirats, J. (2011): Otra sociedad, ¿otra política? Del “no nos representan” a la democracia de lo común, Icaria Asaco.
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Doctrina Parot


Hoy, jueves 24 de octubre de 2013, tras haber leído y escuchado diferentes opiniones, casi todas escandalizadoras, que versaban sobre la sentencia que ha venido a dar la razón a la demanda o recurso de una miembro de ETA, acusada y sentenciada por varios asesinatos, tentativa de otros y diversos delitos más, a la que se le aplicó la llamada "Doctrina Parot" para alargar su estancia en prisión, he aprovechado mi derecho a la huelga, entre otras cosas, para leer el texto de la sentencia y el comunicado de prensa del tribunal que la dictó.
Aunque yo no tengo los conocimientos suficientes para analizar dichos textos con suficiencia y rigor me atrevo a compartir mis deducciones (espero que mis amigos letrados me corrijan si yerro en exceso y, si quieren añadir o señalar cualquier cosa que consideren relevante y que un iletrado como yo no habrá reparado en ella, les estaré realmente agradecido). Una vez leído al completo el texto (en francés, después de haber leído el resumen del comunicado de prensa, que sí lo han redactado en español) hago las siguientes deducciones:
- La aplicación de la "doctrina Parot" vulnera varias normas de carácter superior, empezando por la propia constitución española. Deduzco de ahí un error o dejación legislativa. A lo mejor había que haber modificado la constitución (pero en ese tiempo era pecado) y/o haber modificado el código penal antes y mejor.
- En ninguna de las consideraciones del tribunal se valora o enjuicia el tipo de delito cometido por la demandante ni hace referencia alguna a las consecuencias de los mismos sobre familiares y resto de la sociedad. Tan solo en una de las opiniones particulares, firmada por 5 jueces,eso sí, se hace mención al hecho de que los delitos fueran de tipología terrorista y a la cantidad de víctimas. En este caso para cuestionar la compensación que el Estado debe hacer a la demandante.
- Tan solo en esa cuestión de la compensación económica hay un grado significativo de divergencia entre los 17 miembros del tribunal, aunque solo son 7 los que votan en contra. De los otros 6 dictámenes son apoyados por unanimidad 4 de ellos, uno por 15 jueces y otro por 16. Siendo el juez británico el más "reticente" al fallo, si se puede decir así.
- También deduzco, aunque de forma aventurada, que consideran que la norma fue, además, mal aplicada en el caso de esta mujer. Sin entrar en la arbitrariedad con que fue usado el concepto de retroactividad en este caso.
- Dudo que los 17 jueces tengan animadversión a los valores patrios de nuestro país, igual que dudo que apoyen o sean cercanos a la causa abertzale, igual que dudo que hayan querido darle la espalda a los familiares de las víctimas de ETA, incluso dudo que hayan querido enmendarle la plana a la guardia civil, ni siquiera a los sucesivos gobiernos culpables, por acción u omisión, de que estas cosas pasaran en nuestro país por mor de un puñado de votos.
-El anterior atajo en la lucha contra ETA juzgado acabó con varios policías y dirigentes del ministerio del interior en la cárcel, me refiero al Gal, ah! y con un gobierno tocado del ala definitivamente. Este caso que nos trae hoy aquí, además de dejar en entredicho nuestro sistema judicial, va a aupar a la derecha más rancia a mayor cota de popularidad. Me resulta tremendamente curioso cómo se puede manipular de una forma tan grosera.
- De lo que estoy más seguro es de que los 17 miembros del alto tribunal desean que Casillas no sea titular y que "la roja" no gane el próximo mundial. No, si ya me parecía a mi.... Y la comunidad educativa de huelga, como si eso fuera importante.


Domingo González