La elección en Chile


Escribo a una semana de las elecciones 2013 en Chile, aunque en este ejercicio electoral se deciden muchos cargos, sin duda que el más importante es la elección de Presidente de la República, habida cuenta del fuerte presidencialismo que existe en el país.
Tan claro como lo anterior es que la ganadora de la elección (en una o dos vueltas electorales) será Michelle Bachelet. Aunque es relevante el fenómeno de la reelección de Bachelet como Presidenta, sin ninguna duda es más interesante analizar qué implicancias tiene su retorno al poder.
En primer lugar, representa un enorme fracaso para la derecha el que tan sólo tras un ejercicio de cuatro años, pierda la presidencia a manos de la alianza que estuvo en el gobierno en el período 1990-2010 con la adición del Partido Comunista.
Más allá de eso, la interrogante principal es qué tipo de gobierno hará esta Nueva Mayoría; en los últimos años la sociedad chilena ha dado indicios de querer moverse hacia una sociedad en que se garanticen más derechos para sus ciudadanos y ciudadanas, en que el mercado no sea el principal decisor de la manera en que se resuelvan algunas necesidades esenciales, en que las leyes sean un vehículo y no un obstáculo para las decisiones individuales en el ámbito íntimo-afectivo y en que la política esté tan preocupada por la desigualdad y las injusticias como lo ha estado hasta ahora por el crecimiento económico.
El asunto es que una parte significativa del electorado tiene desconfianza de que la coalición que ganará las elecciones avance de manera significativa en el sentido expuesto en el párrafo previo, porque considera que - habiendo tenido la posibilidad de hacerlo antes - prefirió transar, “acomodarse” al modelo existente en vez de dar la lucha de cambiarlo.
Nadie está en condiciones de predecir el futuro, por mi parte creo que los actores institucionales y los actores sociales tienen escenarios muy diferentes para el siguiente decenio.
De parte de los actores políticos, gremiales e institucionales será necesario comprender que su éxito depende de la manera en que puedan armonizar la gobernabilidad y el crecimiento económico con la transformación de un conjunto amplio de disposiciones instaladas por la dictadura en la Constitución de 1980 que son sencillamente contradictorias con las ideas expuestas en el primer párrafo y que se hacen más populares cada año que pasa.
De parte de los actores sociales y de los actores políticos minoritarios será necesario incorporar la idea de que los políticos naturalmente tienden al acuerdo y la negociación, en consecuencia, para que las reformas alcancen el estándar que se espera es necesario que se mantengan activos y vigilantes respecto de las decisiones que se tomen sin depositar en manos de los actores políticos el cien por cien de sus demandas pero evitando caer en el campo de la insensatez o la ingenuidad.
A mi juicio, todo parece indicar que la receta para navegar en estas turbulentas aguas será el ejercicio de una práctica política progresiva pero gradualista. Es decir, conducir al país en el sentido descrito al inicio pero en un plan de mediano plazo que vaya generando oportunidades de acomodo institucional y tranquilidad social.
Parece natural que la aplicación del clásico gradualismo chileno generará un proceso político social no especialmente romántico sino más bien aburrido y que se agotará en un plazo de un decenio pero que debiera culminar en una sociedad más conforme consigo misma pero aún distante de su ideal.
Creo que este último punto será decisivo porque no existe un real acuerdo sobre el tipo de sociedad que queremos, de hecho probablemente esta falta de acuerdo es lo que hace tan viable el gradualismo porque Chile no se ha desprendido del trauma que implicó intentar aplicar modelos sin consensuarlos, y, por tanto, la gran conversación será subterránea y de largo plazo pero orientada por una sola gran pregunta ¿Qué tipo de sociedad queremos ser?
Hasta ahora Chile se ha movido en una senda relativamente lógica para salir de la pobreza, llegando a convertirse en un país de ingresos medios aplicando una receta estándar… es decir que recorrió un camino ya trazado. Lo que viene por delante no tiene esa ventaja, ni está claro qué quieren los chilenos y chilenas: ¿seguirán el modelo de los países escandinavos? ¿Las ideas de Alemania? ¿El camino de los países mediterráneos o del sudeste asiático? Pienso que el éxito del país depende de que seamos capaces de encontrar nuestras propias y latinoamericanas respuestas pero eso quizás es materia de otro escrito.
Julio Troncoso
@juliotroncoso


ESTO HOY VA DE PUEBLOS MEXICANOS.


Cables negros que chirrían entretejiéndose en una malla de cobre que secciona cielos cerúleos. Infinitas medianeras de ladrillos ennegrecidos que cuartean la vida humana. Más cables y cordeles en azoteas. Cubiertas planas coronadas con negros tinacos de rotoplás homogeneizando un paisaje que, señores, no deja de ser cultural. Antenas. Lonas publicitarias. Más cables. Verdes manchones arbóreos esparcidos por doquier. Y pares de torres esbeltas, o achatadas, que se alzan con su cruz de neón orgullosas sobre el resto de edificaciones sumisas.
A simple vista de pájaro el panorama que entraña cualquiera de los tantos pueblos mexicanos visitados genera una ligera sensación de decadencia, entre asumida y consentida, que, sin embargo, se desvanece cuando uno se atreve a descorrer el velo de los imperturbables prejuicios.
Al menos así le pasa a quien por sus calles deambula sin el estrabismo de muchos virreyes mexicanos, guiris europeos o excéntricos gringos, que tienen un ojo apuntando al frente y el otro a su ombligo. Para estos que se mueven como plantas perennes, que no enraizan más que en sus macetones dorados, todo entrará dentro de la categoría de lo ranchero; sin embargo, tras este calificativo tan manoseado se desvela una realidad tan rica como diversa, tan pobre como auténtica.
El visitante sensible se maravillará con el aspecto de las fachadas de una planta, coquetas y austeras a la vez, de colores fuertes y chillones combinados entre la pared y los recercados de los vanos; con heridas que devuelven la mirada silenciosa de los bloques apisonados de adobe; con puertas y ventanas de madera, ciertamente desvencijadas, que se visten con infinitas gamas polícromas debidas al descascarillado de una pintura que se hace irremediablemente vieja; y con muros de corrales por los que asoman, sosegados, el ramaje de las alegres buganvillas o los altivos aguacates.
Se sorprenderá del mismo modo con los jardines que visten las plazas de armas, en cuyo centro el kiosco, vivo y orgulloso, continúa latiendo fuerte, mostrando los signos vitales saludables de un buen corredor. En su entorno se disponen numerosos bancos de forja, en los que siempre se verán los mismos eternos ancianos de sombreros y miradas sabias. Y niños, muchos niños. Y en uno de los lados: el mestizo templo, siempre presente, siempre protagónico y sin ningún atisbo de que pueda perecer de afonía.
Pero no es el elemento arquitectónico lo que más pasma el alma del viajero. No. Si de arquitectura se tratase, podría quedarse con los cascarones de los pueblos de la Europa mediterránea, por ejemplo, cuyos conjuntos históricos padecen de una estremecedora armonía congelada. En este plano, muchas de las localidades mexicanas solo podrían presumir de las cuadras centrales de la población, y aún así tendrían que vérselas con una tropa invasora de elementos distorsionantes. Lo que realmente llama la atención en los pueblos mexicanos es la diversidad y la viveza de sus expresiones de vida.
Es en éstas donde se atesora la verdadera riqueza. Son estas expresiones donde uno puede encontrar las lecciones de vida y los tesoros vivos más extraordinarios. Es la genialidad de su cultura tradicional la que desencadena la emoción. La permanencia de oficios ya extintos en otras latitudes, la consagración de familias y poblaciones completas a la elaboración de coloridas artesanías, como las esferas de Tlalpujahua o el papel picado de San Salvador Huixcolotla, la supervivencia de usos ancestrales, los animados puestecitos de exóticas vituallas o el realismo mágico que impregna todo constituyen algunos ejemplos de la diversidad cultural mexicana.
Una diversidad que, sin embargo, no es demasiado atendida por quienes mandan y ordenan en México, que pasa desapercibida, que es ignorada, que es aplastada y herida. No saben, o no quieren entender, que el principal recurso valedor de su territorio y su idiosincrasia lo conforma nada más y nada menos que su propia gente. Pero, ¡ojo!, como tantos otros recursos, tengámoslo muy presente, éste tampoco es inagotable.


Alfonso Suárez Pecero

Revolución y cultura


Cuando hablamos de la rapiña y de la corrupción moral del presente deberíamos estar en condiciones de hurgar en las raíces de nuestro actual desconcierto. ¿Cómo podríamos esperar hoy una sociedad moralmente aceptable cuando ayer nos decantábamos completamente por el botín fácil e inmediato? Nos inclinamos, como una ley general, por la depredación frente a la creación.
Rafael Argullol, La dignidad de la belleza, en El País, 10 de marzo de 2013
La cultura es la actividad artística y espontánea de una comunidad educada. La cultura, en libertad, no necesita ministerios, ni mecenas oficiales interesados, y la administración pública sólo debería procurar leyes que la protejan de la voracidad de la industria cultural.
Hoy día la cultura tiene tres enemigos fundamentales, que prosperan como causa y consecuencia de una disminución palmaria del espesor cultural: la tutela ambiciosa y manipuladora de la administración pública, la rapiña inculta de la industria cultural y, el peor de los tres, la triste deriva de la educación.
España entró en el siglo XX con unas altísimas tasas de analfabetismo, y con una estrecha relación directa entre educación y nivel social, escandalosa en sí misma pero aún más comparada con lo que ocurría en el resto de Europa. Sólo la Segunda República, de un modo más o menos serio, quiso hacer llegar la escuela pública a todos los españoles, y lo que es más importante, se propuso crear un sistema en el que los maestros poseían e impartían cultura, un sistema en el que educación y cultura serían inseparables. El golpe de estado y la dictadura destrozaron esos propósitos, y sólo con la apertura del régimen a Europa y viceversa, se empezó a abordar, aún de un modo bastante epidérmico, la alfabetización universal de los españoles.
La transición a la democracia supuso, como sucedió en otros ámbitos sociales, una aparente ruptura de calidad con la dictadura. Es cierto que se impulsó la alfabetización y el acceso de los ciudadanos a unos eventos culturales que proliferaban en aquel ambiente recién ventilado. El interés político por el fomento de la cultura parecía sincero: todos recordamos los programas electorales de aquellos tiempos, en los que los candidatos prometían con generosidad bibliotecas, teatros, cines… En cada pueblo se inauguraba por entonces una casa de la cultura, aunque por lo común no tardara en ser invadida por las telarañas, o en el mejor de los casos utilizada para los festejos que ya venían celebrándose de antiguo. Si bien la alfabetización básica se extendió de una manera efectiva, la cultura siguió en manos de unas élites intelectuales ahora renovadas, ofreciéndose a la gente un producto elaborado, festivo y entretenido, en un esquema en el que el ciudadano seguía desempeñando un papel absolutamente pasivo. Todo esto, por supuesto, con sus correspondientes y contadas excepciones.
Dicha intelectualidad cultural, compuesta por aquellos artistas y profesores que tenían la suerte (merecida o no) de gustar a los medios especializados, por todos aquellos que, con arte o sin él, conseguían entrar en la cadena de producción cultural, se instalaba cada día más en la fama, aún más sagrada en tanto que ahora era democrática, en una fama que iba convirtiéndose progresivamente en valor en sí misma. Y por eso el producto cultural que se ofrecía, sin dejar nunca de ser fiesta y entretenimiento, fue transformándose más y más en un producto económico, en un artículo venal y rentable distribuido en un mercado feliz y contemplativo.
Una de las aberraciones del capitalismo real es la de haber desligado el éxito económico de un producto de la calidad del mismo. Hoy se consiguen más ventas modificando el mercado, de forma que éste no exija el producto de más calidad, sino el producido en las mejores condiciones para el beneficio. Exactamente esto ha pasado con el mercado cultural que los gobiernos de la Transición, especialmente los socialistas, promovieron en este país. En vez de promover en la sociedad un ambiente cultural de debate, de crítica, de interés por la sabiduría y por la excelencia artística, sin dar menos importancia a los medios y a la participación que a los fines, se optó por elaborar productos simples y superficiales, que se pueden clonar sin esfuerzo, bajando a la par las expectativas de un público que nunca llegó a salir del marasmo acrítico de la dictadura, ni a tomar en serio la cultura. Se adaptó así la demanda a la oferta, y justo a la oferta que menos exige a la industria cultural y que más la beneficia económicamente.
No tardamos en comprobar que el único cambio cultural cualitativo que se buscó en la Transición, y el único que este período democrático ha conseguido con cifras destacadas, es el fortalecimiento de la industria cultural. La capacidad reflexiva de los ciudadanos, que pasan a denominarse consumidores culturales, no sólo no es necesaria en este proceso, sino que actúa como un obstáculo para los propósitos económicos de la industria. Así es como ésta, en connivencia con los gobiernos, o más bien habría que decir manejada por los mismos elementos que manejan los gobiernos, decidió que la educación, principal fuente de inteligencia ciudadana, se transformara en el espejismo de un buen sistema educativo, en la transmisión mecánica y ramplona de unos conocimientos básicos suficientes para el uso nada inteligente, basto y dócil, del mecanismo de compra y venta en el que se basa nuestra sociedad. Mientras durante la Transición hubo un período en el que la conciencia social se mantuvo, convirtiendo a los ciudadanos en un elemento importante a considerar en la toma de decisiones políticas, la conciencia cultural nunca llegó a formarse del todo, y pronto la cultura se democratizó convirtiéndola en una actividad fácil y accesible de distracción. Se dejaron las honduras, las complicaciones de una cultura de esfuerzo y profundidad, a seres extraños, periféricos, poco útiles, gente que molestaba cuestionando la alegre simplificación del genio.
Hoy basta observar de cerca los actuales movimientos de contestación, los movimientos alternativos y pretendidamente revolucionarios, para con muy pocas excepciones descubrir prácticas antiguas que adolecen, sobre todo, de una falta preocupante de creatividad. Algunas organizaciones, como los sindicatos, usan métodos de acción que ya parecían anticuados a mediados del siglo pasado, pero insisten en ellos perdiendo más y más fuerza. Las últimas huelgas educativas, en un triste panorama de desmovilización académica, y a pesar de contener voces discordantes que abogaban por unas acciones más imaginativas y eficaces, han demostrado que la contestación en este país no posee ni busca formas nuevas de enfrentarse al poder, un poder que incluso podría manifestarse encantado con esa válvula de escape que son las manifestaciones pacíficas, consoladoras y algo paralizadoras de la conciencia ciudadana.
Pero más que la falta de creatividad de los métodos usados para el cambio real de la sociedad, la característica más destacada de estos treinta y cinco años de democracia, y de la gran mayoría de las manifestaciones culturales, ha sido el desprecio por la propia cultura, por la cultura como actividad reflexiva y crítica, como forma de vida y de relación de la comunidad y de sus miembros, como método de conocimiento de uno mismo y de los demás. Nadie pone en duda la bondad de una sociedad aficionada a la cultura, pero todo se vuelve desastre si esa sociedad adora y se conforma con el aficionado, si el propio aficionado se considera artista, si cualquiera, sin conocer las más mínimas reglas ortográficas, se siente de profesión escritor. En esta sociedad, literatos que en el pasado habrían sido considerados mediocres son alabados por la industria como genios comparables a los más grandes, y sus libros se venden por millones y se maltraducen con prisas a montones de idiomas.
Todos consumimos los productos en serie de la industria cultural, y los aplaudimos mientras clamamos por la justicia social. Hay una coincidencia aberrante en la sociedad, que une a retrógrados y progresistas, al considerar que la cultura, la cultura sincera y profunda, es mera pose de una élite extraña de individuos que vienen a complicar algo tan sencillo como la extensión universal de la cultura. Si las élites fabricantes de cultura oficial, si las élites famosas están sancionadas por los gurús mediáticos, auténticos vendedores de sucedáneos culturales, y aceptadas por tirios y troyanos, las otras supuestas élites (absolutamente variadas y para nada gremiales) son despreciadas como gente molesta en una sociedad culturalmente feliz.
Uno de los métodos más extendidos de sancionar este estado de cosas es la teoría, hoy incuestionada, que establece que en lo cultural contra gustos no hay disputas. A la industria cultural, y por tanto a cualquier poder, le interesa que todos nos consideremos no sólo con el derecho a consumir la cultura que deseemos, sino con el derecho a tener razón en la elección, y aún mejor, participantes del colectivo creador. Nadie se equivoca, todo vale, todos somos artistas, y de ahí que cualquier producto cultural sea tan válido como otro, siempre y cuando produzca directa o indirectamente beneficios económicos, y más allá, siempre que nos haga pasar un buen rato. El crecimiento cultural de una persona consiste, precisamente, en la elevación progresiva del listón de sus gustos, en absoluto para limitar el abanico de delicias culturales a su alcance sino, muy al contrario, para aumentarlo y mejorarlo, porque cuanto más elaboración y más calidad posee una actividad cultural o una obra artística, más profundo y duradero es el placer que nos provoca. Pero hoy día no tenemos tiempo para ese modelo de crecimiento personal: en música, por ejemplo, disfrutamos orgullosos de los ritmos machacones y fatuos que la industria implanta en nuestros oídos, o exquisitos nos contentamos con algunos elementos aparentemente rompedores que sorprenden a los más con sus ripios ocurrentes. En literatura basta con leer, a veces con verdadera fruición, a los escritores de moda, que generalmente nos cuentan entretenidas historias con frases anodinas, en textos nada arriesgados, pretenciosos; son artistas del aparato que, en el mejor de los casos, usan correctamente los signos de puntuación. Aunque lo que usan siempre correctamente son esas técnicas pseudoliterarias de entretenimiento sin grandeza, sin sorpresa, sin asombro.
El esquema acaba siendo impecable, un bucle aparentemente indestructible: la industria cultural (o sea, la industria del entretenimiento) incluso tiene buena prensa, se muestra solidaria con la revolución, porque además la cultura es por definición de izquierdas y revolucionaria. Ofrece productos de baja calidad y, mediante el uso indiscriminado y subliminal de los medios y el destrozo en la educación (menos pensamiento y más memoria, y hasta eso sin molestar), convence a la sociedad de que sus productos son los mejores, que todos tenemos derecho a consumirlos, que todos somos de un modo un otro artistas, y que debemos defender nuestro derecho a ser definitivamente cultos consumiendo sus productos ligeros, frente a esos pocos y dispersos locos que son los que consideran la cultura no como un mero entretenimiento estático, sino como una búsqueda dinámica y una aventura. Al poder le interesa que esta industria cultural supuestamente revolucionaria domine; el poder y la industria se declaran asediados por sus artistas más revolucionarios, pero los subvencionan, los cuidan, los promocionan. Al poder, además, le interesa que la educación cree ciudadanos entretenidos, no le molesta que piensen en la revolución, ni que salgan a la calle a vocearla, pero se siente seguro cuando los ciudadanos, los que protestan y los que no, se contentan con el humor de zafias series de televisión, con la música ligera de un montón de cantamañanas, con libros frívolos e intrascendentes que leen de forma obsesiva, porque no le rompen el alma al lector, sino que la adormecen. El poder se siente más que satisfecho con una revolución así, con una revolución que, al fin y al cabo, nos iguala a todos en derechos, sobre todo en uno de los más importantes: el derecho a despreciar la filosofía y la reflexión, a considerar la cultura una pura diversión; a creer que nuestros gustos son sagrados, que están hechos, que vienen inscritos en nuestros genes y que nadie tiene derecho a cuestionarlos; a doblegarnos ante una industria cultural a la que le interesan los borregos más que los seres reflexivos y críticos, y que por eso desliga la cultura de la educación. Una revolución que nos iguala en el derecho a disfrutar sea como sea de la vida, a estar convencidos de que lo que cambiará definitivamente nuestra sociedad es el acceso igualitario a los productos artificiosos de este capitalismo salvaje y alienador en el que ya todos, retrógrados y progresistas, nos encontramos tan a gusto.
Si alguien se ha preguntado alguna vez por qué las revoluciones, hasta las más razonables y razonadas, han acabado fracasando, quizá pueda encontrar una respuesta en estas ideas. Tal vez su triunfo político nunca fue un triunfo cultural, tal vez el triunfo político (el de la sociedad, no el de los profesionales de la política) sea sólo una consecuencia del triunfo educativo y cultural, y baste perseguir éstos para conseguir aquél. Puede que en una sociedad culta y educada, en una sociedad donde todos busquen la obra bien hecha, donde todos crezcan personalmente admirando y persiguiendo la belleza, el esfuerzo, el asombro, contemplando la cultura como un medio de aumentar nuestra humanidad y no como un pasatiempo, puede que en una sociedad así no hiciera falta la revolución social. Pero si ésta ha de hacerse, y creo que ha de hacerse, no olvidemos que con canciones ligeras y libros de playa la revolución que consigamos nunca valdrá para gran cosa.


Juan Manuel Hernández
El autor ha coeditado, en marzo de 2013 y junto con Isabel Parreño, el libro "Miquiño mío". Cartas a Galdós, de Emilia Pardo Bazán, Editorial Turner.

ESTOY HARTO DE ANÁLISIS SOBRE LA CRISIS


Ya sé que algunos me dirán que soy un analfabeto por decir esto, que los análisis son imprescindibles para saber que está pasando, y como nos ha sucedido, y blablabla.

Pero algunos ya sabíamos lo que iba a pasar desde antes del 2008, habíamos leído a los economistas y politólogos no oficiales. Veníamos trabajando en colectivos y movimientos sociales muy apegados a la realidad, a la globalización, etc. y sabíamos de sobra como terminaría todo. Por tanto estamos empachados de realidad práctica y teórica.

Lo que yo necesito son salidas, lo que necesitamos son soluciones factibles para acabar con esta corrupción, esta degradación y esta indignidad a la que nos están sometiendo en nombre de las sagradas políticas de estabilidad, de la troika, de la UE, de los partidos del régimen, de la corona corrupta, etc. etc.

Las soluciones a cada problema las sabemos de sobra, a la vivienda, la dación en pago, la deuda, la participación democrática, la regeneración política, y mil cosas más que debatimos en los ágoras de la calle, en las listas de correos, en las asambleas y los grupos de trabajo de barrio.

La pregunta es “quién le pone el cascabel al gato”.

Multitud de grupos y colectivos dispersos, mareas que luchan en su campo de trabajo como gato panza arriba, asambleas del 15M que languidecen en los barrios ante la impotencia de cambiar las cosas y el dogmatismo seudopurista de los asambleitis enfermizos. Manifestaciones multitudinarias, que cada vez van quedando en menos por la creencia de mucha gente de que no sirve de nada, etc.

¿Qué esperábamos, que se iban a rendir los poderes ocultos de la economía y la política al ver a la mayoría del pueblo en la calle y en las encuestas? Alguien pensaba que estos poderes tenían algún barniz democrático u honesto? Que el PSOE era de verdad el partido de los trabajadores y las clases medias progresistas?, que el PP es un partido democrático homologable a las derechas europeas de post-guerra y sin vínculos con el anterior régimen? Pues lo siento, ESTABAN EQUIVOCADOS.

Ya sólo me interesa saber como los vamos a derrotar, a expulsar y juzgar. Y para eso, el único análisis que me interesa en estos momentos es saber COMO, CUANDO Y EN TORNO A QUE ideas nos vamos a unir esa gran mayoría del 99% para derrotarlos y pasar la página de la historia nefasta que estamos viviendo.

Algunos dicen, “Tenemos que seguir en las movilizaciones y unir luchas” por supuesto, ¿hay alguna duda de eso?, pero esta es la única estrategia para derrotarlos. Llevamos varios años saliendo a la calle con mil frentes abiertos, pero no se mueven un centímetro. Están bien protegidos, por los poderes financieros, la UE en manos de los mercaderes, los organismos antidemocráticos mundiales, FMI, OCM, BCE, etc. que les dicen todos los días….Aguantad que los pueblos se cansan y se rendirán a nuestros deseos y políticas. Un poco de vaselina y mucho de mano dura, leyes represivas, reformas continuas, la teoría del SHOCK a lo bestia.

No podemos acudir tampoco a las organizaciones tradicionales de lucha que en otros tiempos formaron la barricada de la dignidad y los derechos sociales. Los sindicatos “oficiales” se encuentran entre la negociación sin rumbo y el estupor, y los combativos están divididos y demasiado débiles para convocar la huelga general indefinida que merecería la ocasión. De los partidos de izquierda, mejor no hablar……..los cómplices, los sectarios, los auténticos y verdaderos, y los “ni chicha, ni limoná”.

Descartando por supuesto cualquier tipo de violencia organizada, por antiética y por estrategicamente derrotada, parece que sólo nos queda la terrible elección de meter los pies en el barro y apelar a la sensatez y el sentido común, aunque sea el menos común de todos los sentidos. Debemos derrotarlo en su terreno también, y digo también porque no podemos fijar la estrategia a un solo frente. SIN MOVILIZACIÓN SOCIAL NO HABRÁ CAMBIO SOCIAL ALGUNO. Pero ese cambio social y mental que estamos percibiendo en una mayoría social, hay que refrendarlo con medios legales y legítimos, la misma mayoría social que tiene que hacer el cambio, no lo permitiría de otra forma, salvo que algunos sigan abogando aún por la vanguardias revolucionarias y visionarias, que al final terminan reproduciendo el mismo mal que pretenden suprimir.

Creo humildemente, que todos los colectivos sociales que estamos en esta pelea contra la crisis, estamos llamados a una GRAN ALIANZA DE CAMBIO SOCIAL, por una autentica y verdadera REVOLUCIÓN DEMOCRATICA del siglo XXI. Muy probablemente una alianza temporal, porque tarde o temprano los lazos de unión de esta alianza que tiene que ser de mínimos forzosamente, saltaran por los aires en cuanto se produzca el cambio de régimen, y no será malo que eso sea así., porque la nueva democracia que pretendemos la mayoría, no es un fin en si misma, sino un carril de vía ancha, un tránsito para que todas las posibles vías de cambio social se puedan asentar, debatir, poner en práctica y resultar elegidas por la gente si lo estiman oportuno. Será el pistoletazo de salida para que aquellos grupos organizados que quieren ofrecerle a la gente un horizonte definido de cambio, puedan tener una herramienta útil en la democracia participativa y directa que queremos implementar.

Pero hasta ese momento, hasta que el PROCESO CONSTITUYENTE no esté en marcha, y con todas las zancadillas y obstáculos que sin duda tendrá que vencer, no esté avanzado, necesitamos esa GRAN ALIANZA DE LA MAYORIA SOCIAL, que no puede ser sólo de la izquierda, sino de toda la ciudadanía comprometida con una democracia avanzada.

Y los procesos electorales son la forma en que la mayoría ciudadana puede ver legitimada y reforzada esa transformación social. La CANDIDATURAS UNITARIA CIUDADANAS Y CONSTITUYENTES, o PLATAFORMAS, o etc. que el nombre es lo de menos, son la herramienta necesaria y urgente.

Muchas iniciativas están en marcha, con más o menos éxito por todo el territorio nacional. Pero ninguna de ellas por separado tendrá la fuerza suficiente para barrer la basura política que nos atenaza. Necesitamos un pacto de generosidad y solidaridad, temporal pero fuerte, hasta culminar los objetivos. Que si lo hacemos bien, puede darse en una sola legislatura.

Los que nos consideramos CONSTITUYENTES, porque creemos y hemos apostado por la vía democrática que consideramos imprescindible para un verdadero cambio social de bases. Estamos llamados a trabajar en esa dirección, y no digo que los constituyentes tengamos que formar o encabezar esas Candidaturas Unitarias Constituyentes, ni mucho menos, sino que debemos trabajar en los cimientos de la casa, como lo hemos hecho en la puesta en valor y divulgación de la idea del PROCESO CONSTITUYENTE.

En las bases, en los colectivos sindicales y de barrio, en organizaciones y universidad, grupos diferentes pero que comparten esta visión de cambio, en todos los colectivos existentes por esta idea central. Constituir esta Unidad, esta Alianza. Convenir en cuales son esos puntos mínimos que todos compartimos, las claves del cambio de reglas de juego que pasan por supuesto por el proceso constituyente y políticas sociales y antineoliberales, y ofrecer una horizonte de esperanza a los millones de ciudadanos que lo están esperando, antes de que pierdan la fe definitivamente en un cambio posible.

Para que esto llegue a buen puerto, tenemos que ser tenaces, pero flexibles en nuestra posturas. Tenaces para convencer de las ideas importantes, sobre todo el cambio constitucional y el proceso constituyente, y sobre todo el carácter estrictamente ciudadano que debe tener esta iniciativa, y flexibles en la negociación con todo el mapa social y político que tenemos a nuestro alrededor.

Olvidar viejas rencillas y apriorismo, porque son muchos y muchas las que han pasado de la complacencia al estupor, y todos tenemos derecho a cambiar y recapacitar.

Tragar quizás algunos sapos, y saber que la historia no nos va a perdonar la oportunidad perdida de la transformación social.

Vamos a pasar de una vez de los análisis sobre lo que ha pasado, y vamos a ponernos a trabajar en como vamos a solucionarlo de una forma democrática, solidaria, afectiva y unitaria.


Federico Noriega González




“qualunquismo”, porque para qué...(1)




Cuando ya no tengamos representantes de los ciudadanos en los órganos de decisión, porque para qué, si todos los políticos son iguales de chorizos y corruptos y los que hacen falta son los gobiernos de los mejores y no de los electos...
Cuando ya no existan representantes de los trabajadores ante las cada vez mayores empresas, porque para qué, si los sindicatos ya no representan a nadie y todos los sindicalistas son unos golfos de Roma...
Cuando ya no existan servicios públicos, porque para qué, si todos los empleados públicos son unos haraganes corruptibles y unos chupópteros y además hay empresas de servicios más eficientes y eficaces...
Cuando a la universidad solo tenga que ir aquel o aquella que luego va a ser demandado por un "mercado laboral" inteligente y por supuesto mejor si en su apellido hay antecedentes profesionales similares, porque para qué, si invertir en formación de parados y de mano de obra no cualificada no es rentable...
Cuando la sanidad pública solo sea una suerte de urgencias disminuida para atender a los desarrapados con papeles a modo de beneficencia, porque para qué, si el resto podrá pagar médicos y hospitales de diseño o incluso telemáticos...
Cuando ya no puedan existir periodistas independientes ni lideres de opinión que no estén a sueldo de una multinacional, porque para qué, si ya con internet y con las redes sociales todos sabemos de todo...
Cuando suceda todo eso tal vez España no gane el mundial de fútbol-soma y entonces comience a fraguarse una cierta voluntad de cambio en algunas personas extravagantes y quien sabe si en 40 o 50 años más …
Domingo González




(1) El movimiento qualunquista surgió, tras la segunda guerra mundial, en torno al semanario L”uomo qualunque, del comediógrafo Guglielmo Giannini, y llegó a tener representación parlamentaria a finales de los años cuarenta del pasado siglo. En los 50 se reprodujo un fenómeno similar en Francia, la Unión pour la défense des commerçants et artisans, que también obtuvo representación parlementaria; y en los 60 volvió a resurgir en Estados Unidos, bajo la denominación de la mayoría silenciosa a la que se apelaba para justificar la represión a los movimientos negros, estudiantiles y contra la guerra de Vietnam.

Dice Gianfranco Pasquino, en su dizionario di política (1983 unione tipografico-editrice torinese, Turín), que la actividad política, el papel de los partidos y toda actitud de disentimiento frente al sistema son considerados por los qualunquistas como fenómenos que turban la ordenada convivencia social, deseada por la mayoría, por obra de minorías agresivas y no representativas.


El perfil del poder. Radiografía de los parlamentarios andaluces (2008-2012)1




El texto que se presenta se basa en un estudio que intenta dar a conocer quiénes son nuestros diputados, cómo llegan al Parlamento, qué hacen allí y qué piensan sobre asuntos relevantes para la ciudadanía y la vida política andaluza y española.


Se trata de un trabajo pionero que se basa en una encuesta presencial a una muestra de 60 parlamentarios/as andaluces y que forma parte de un estudio más amplio en el que se ha entrevistado, por primera vez en España, a 580 diputados autonómicos, senadores y miembros del Congreso.


El perfil social de los parlamentarios es el de un varón (54%) de mediana edad (47 años), casado, con al menos un hijo y nacido en Andalucía. Ha estudiado en centros públicos, tiene una carrera universitaria, suele ser abogado o docente, creyente e implicado en acciones cívicas durante su juventud. Entienden que su profesión previa les ha ayudado a manejarse en la arena política y que, también, la experiencia en la política puede ayudarles en su vuelta a la vida habitual en términos de gestión de la realidad, conocimientos legales, y una visión más global.


Los diputados/as suelen atribuir a los líderes regionales y locales la mayor capacidad para configurar las listas electorales, aunque también entienden que la selección que se desarrolla en los partidos suele combinar elementos democráticos y meritocráticos. La vocación política deriva fundamentalmente de la socialización familiar (39% tienen familiares dedicados a la política) y de experiencias personales y colectivas (como la transición o la lucha contra la dictadura) en combinación con la voluntad de servicio público y de trasformación de la realidad. A poco más de un tercio les gustaría repetir, y un 42% prefiere la vida política municipal para el futuro (especialmente entre las mujeres). Los parlamentarios/as resienten la perdida de privacidad, la falta de posibilidades de conciliar la vida familiar con la parlamentaria y la intensidad de su trabajo.


Los diputados/as suelen tener contactos frecuentes con la sociedad civil y lo más habitual es que se les contacte por medios informáticos (correo electrónico, redes sociales) o por teléfono. En términos generales, entienden que deben tratar de descubrir lo que piensan los electores y trasladarlo a la cámara (61%) y una buena porción (58%) entiende que se debería acceder a los parlamentos por la valía personal de los individuos, no por la existencia de cuotas (58%), aunque casi la mitad (47%) entiende que las cuotas deben ser medidas temporales, reducen la subrepresentación de las mujeres (58%) e incrementan la legitimidad de los parlamentos (67%)


La mayor parte de diputados/as (85%) acepta la disciplina de partido aunque prefieren hacer constar su opinión discordante y, en el caso de que se decida abandonar el partido, el 98% cree que se debería renunciar al escaño para que lo ocupe otra persona. A partir de las percepciones de los entrevistados/as se comprueba que el sistema electoral proporcional basado en listas cerradas y bloqueadas tiene dos efectos principales: por un lado, genera una elevada disciplina de partido y grupos parlamentarios cohesionados; por otro, produce una forma específica de profesionalización política en el interior de los partidos con niveles relativamente bajos de especialización legislativa (“amateurismo legislativo”), como consecuencia de la alta tasa de rotación parlamentaria en las carreras políticas.


No hay duda de que los diputados se sienten españoles y andaluces (83%), ilustrando una identidad dual poco reconocida por el nacionalismo. Para la gran mayoría (83%), ser andaluz es algo especial, particularmente para los más jóvenes, y este “ser especial” se concreta en una cultura, un sentimiento de pertenencia, una identificación con un colectivo en combinación con sentimientos de orgullo y satisfacción. El nacionalismo andaluz es más bajo (2.99 de media) que el español (4.59), aunque lo que impera es un cierto regionalismo (5.76) que casa con la identidad dual. Hay un cierto agravio histórico que no empuja hacia una reivindicación de más competencias entre los diputados/as, aunque sí un cierto descontento con el nivel de financiación (67%)


La cámara andaluza tiene una media ideológica del 4.37. Aunque hay diferencias por partidos, como es de esperar (IU 2, PSOE 3.2 y PP 5.7), existe congruencia entre la ideología media de los diputados de un grupo y la que atribuyen a su partido. La ideología de los diputados está estrechamente vinculada a la de sus familias, lo que permite hablar de una cierta reproducción ideológica. Hay una cierta coincidencia en las causas del desprestigio de la política, que la achacan a la corrupción de algunos políticos, la crispación de la vida política cotidiana y las críticas de los medios de comunicación. Estos factores también son referidos como los más importantes para explicar la desconfianza hacia los partidos, en combinación con la acusación de la falta de contacto con los problemas reales de la gente.


La gran mayoría de los parlamentarios/as (84%) cree que debería reformarse la Constitución, especialmente en lo que se refiere a la Corona (sucesión), la organización territorial del Estado y el Senado. Más de tres cuartas partes de los diputados/as creen que el Senado debería convertirse en cámara de representación territorial, aunque más de dos tercios creen que deberían ser elegidos por el sistema actual o uno similar.


Europa es la asignatura pendiente de los diputados/as andaluces. España es uno de los grandes receptores de las ayudas comunitarias en Europa. De la misma manera, tanto el Estado central como los representantes de las comunidades autónomas están muy presentes en las instituciones comunitarias. Sin embargo, apenas hay indicios de este proceso de “europeización” entre los diputados/as españoles. Dichos representantes colaboran poco con sus homólogos extranjeros. Además, pocos perciben las instituciones de la Unión Europea como una posible salida laboral. A la postre, la mayoría de sus señorías se muestra muy pesimista en cuanto al papel de los parlamentos españoles en la esfera europea. A fin de cuentas, la buena imagen de la que goza la integración europea en España parece más motivada por un cierto desconocimiento que por un interés real.


Xavier Coller (Universidad Pablo de Olavide) y Antonio M. Jaime (Universidad de Málaga), editores.


Se puede encontrar más información sobre este estudio y los profesores que lo realizan en la dirección www.upo.es/democraciayautonomias (ver la sección “proyectos”, apartado “encuesta a parlamentarios”). Para más información sobre los datos concretos, contacte con xaviercoller@upo.es o con amjaime@gmail.com




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Notas
(1)El texto ha sido editado por el Parlamento de Andalucía y consta de ocho capítulos donde se tratan aspectos como el perfil social, la selección y el reclutamiento de los parlamentarios/as, las motivaciones para dedicarse a la política, las formas de representación, el desarrollo de las tareas parlamentarias, la identidad colectiva, la reproducción ideológica y las explicaciones de la desconfianza hacia la política, y las relaciones con Europa. En algunos de estos asuntos hay diferencias por partido y género que son relevantes, pero probablemente menos de lo que se podría esperar. El resumen que se facilita no entra en estas diferencias sino que da una visión global de algunos aspectos tratados en el libro. Los datos se basan en una encuesta presencial realizada a una muestra representativa de 60 diputados. El trabajo que se presenta tiene una dimensión académica y divulgativa, con profusión de tablas donde el lector/a, ayudado por el análisis de profesores de distintas universidades andaluzas, podrá extraer sus propias conclusiones.


Se puede descargar en el siguiente enlace





DIEZ COSAS QUE DEBERÍAS SABER SOBRE LOS CRÍMENES DEL FRANQUISMO



1.- El 18 de julio de 1936 no comenzó una guerra civil. Lo que ocurrió fue que un grupo de militares dio un golpe de estado contra un gobierno elegido democráticamente.

2.- El golpe de estado fue apoyado de forma militar, ideológica y económica por la Alemania de Hitler. Cuando la rebelión no triunfó en todo el territorio, la Alemania nazi empezó a probar su armamento contra civiles indefensos, en un ensayo de lo que haría posteriormente en Europa.

3.- Cientos de miles de personas murieron como resultado de la contienda. Todavía siguen enterradas en fosas comunes más de 100.000 personas, que fueron asesinadas por quienes se levantaron contra el orden constitucional.

4.- La mayoría de las personas que siguen sin identificar en las fosas no había ido a ninguna guerra. Fueron exterminadas dentro de la estrategia del golpe militar de eliminar cualquier posible disidencia y atemorizar al conjunto de la población.

5.- Pinochet confesó su admiración por esta forma de alzamiento militar y la aplicó en Chile. Fue uno de los pocos jefes de Estado que acudió al funeral de Franco.

6.- La represión no terminó en 1939. Los crímenes, torturas y graves violaciones de derechos humanos se prolongaron durante décadas, hasta el final del franquismo. El prestigioso historiador Paul Preston ha señalado que no existe equivalente en Europa respecto a la intensidad y duración de estas atrocidades de Estado.

7.- España es el segundo lugar del mundo con más desaparecidos, por detrás de Camboya. La ONU ha exigido a nuestros poderes estatales que protejan los derechos de los familiares de las víctimas del franquismo.

8.- El Tribunal Supremo consideró que ya no podían ser investigados penalmente los crímenes del franquismo. Remitió a los familiares de las víctimas a la Ley de la Memoria Histórica, para que por parte de la administración pública se procediera a las exhumaciones de los restos mortales. El Gobierno actual paralizó al comenzar su mandato el plan de exhumaciones que se inició en su momento.

9.- Resulta vergonzoso que un Estado democrático mantenga sin identificar y sin una sepultura digna a las víctimas mortales de un régimen totalitario.

10.- Ante esta situación todos podemos hacer mucho. Es perfectamente posible que los muertos por sus convicciones democráticas salgan por fin de las fosas. Generemos un amplio estado de opinión a favor de las exhumaciones. Reclama al Gobierno que respete el derecho de los familiares a recuperar los restos de sus seres queridos. No olvidemos a quienes dieron su vida por una sociedad más justa.


JOAQUIM BOSCH
Magistrado y portavoz de Jueces para la Democracia